Todo tiene su tiempo

Todo tiene su tiempo: este blog también. Vaya frasecitas, ¿eh? No, no se acabó lo que se daba; todavía no. Sonaba un poco a eso, ¿verdad? Por lo menos, no es mi intención, sino que, tras darle muchas vueltas, toda apunta a que los temas sobre los que me apetece escribir están cambiando. Este 2019 ha sido un año de mucho trabajo en la novela que tenía que cerrar del todo (ya lo comenté en diciembre y en abril, así que no es plan de ponerse pesado: ahora, bajo mi criterio ya puede publicarse y voy a empezarla a moverla en serio), pero también de replantearse las cosas: de pensar por qué equis temas sobre los que uno mismo tenía la necesidad de escribir mucho (y que siguen siendo importantes) ya no te incitan a juntar letras tan a menudo; de encontrar otros asuntos de los que escribir (el triste retorno de la heroína a Barcelona, el macromatadero ese que pretende cargarse casi doce millones de cerdos al año, de las sensaciones que le producen a un fan acérrimo y tardío de Vázquez Montalbán que hayan sacado a Carvalho de la tumba).

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Fotografía que acompañaba una noticia de El Periódico de 2017 que trataba la vuelta de la heroína y heroinómanos al barrio del Raval y la presencia de narcopisos donde operan narcotraficantes. Foto: ©Ferran Nadeu

Yo qué sé, muchos bichejos por cojones han tenido que pasar por crisálida, y eso es lo que suele pasarme a mí por estos derroteros. Llega un día en el que desacelero por una razón y, entonces, me resisto a parar del todo y mirar alrededor, como si hubiera algo malo en eso. Pero esta vez no. Esta vez me he dicho: «qué cojones, quizá es lo que necesito, y punto». No voy a engañar a nadie tampoco: he ido a un ritmo —cosas de la vida— que tampoco permitía largas noches pulsando teclas: no es el quid de la cuestión, pero no me apetecía pasarme por aquí. Ya me sabe mal. He leído que mucha gente que escribe (si me tildo de escritor, me va a salir un sarpullido, pero bueno) y publica suele dejar otros canales aparcados (sus blogs, redes sociales, columnas de opinión, lo que sea) hasta tener finiquitado aquel proyecto al que le viene dando prioridad; no obstante y, aunque me serviría de excusa, no creo que haya sido eso. Solo es que no me apetecía, como ya he dicho, y no tenía ganas de descubrir por qué.

Ahora, en cambio, me parece evidente: hay equis temas que ya no tengo ganas de tocar aquí: de perros, hablo de vez en cuando en el blog de un negociete que me he montado con dos colegas; si tengo tiempo y ganas (y algo interesante que aportar) sobre animalillos y putadas que les hacemos en general, me siguen aguantando por El caballo de Nietzsche, ¿y qué me queda para Doblando tentáculos? Pues la literatura y sus destilados: el cine, las series de televisión, los videojuegos. Si me apuras, alguna columna de opinión en la que cagarme en la madre (pobres, las madres) que los parió a todos —a los políticos corruptos, a la gentuza que justifica, permite y perpetúa acciones como las de la Manada en sanfermines, a los cabrones de los fachas que se han hinchado a procrear estas dos últimas décadas parece, al imbécil del ciudadano medio y las grandes corporaciones, que les suda un huevo cargarse el planeta mientras puedan meterle una planta más a su mierda de chalet de siete millones de dólares en Beverly Hills, Dubái o Marbella—.

De todo eso iba esto desde el principio, de lo que a mí me diera la gana, y ahora me da la gana escribir más; luego quizá menos, pero seguiremos en la brecha: sobre todo, porque aquí me aguanto yo y me aguantáis los que me leéis, pero, en otros lares, a un tocapelotas de libro (como un servidor) no le aguanta cualquiera. En fin, pasa a la entrada siguiente, porque de esto ya he dicho todo lo que venía a decir…

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BoJack Horseman y sus lecciones sobre cómo contar una historia

Estos días me he vuelto a ver la quinta temporada de BoJack Horseman (Netflix, 2014), una sitcom de animación —a partir de aquí, todo es posible— sobre un actor de televisión que vive en Hollywoo(d). Él es un caballo; su mánager, una gata persa de color rosa; su álter-ego, un perro labrador, que también es actor. Por ahí está Todd, que es humano, pero el menos normal de todos ellos, y Diane, que es una escritora-redactora creativa de ascendencia vietnamita. ¿Y cómo es esto posible? En este mundo, conviven personas y animales antropomorfos, pero eso es lo más sencillo que su creador, Raphael Bob-Waksberg, nos tira a la cara para que digiramos o nos atragantemos: a menudo, parece que se la suda (y hace bien).

En BoJack Horseman los personajes evolucionan a través de la trama: algo a lo que no estamos acostumbrados en las series de animación. Tampoco es habitual que este tipo de series oscilen entre el drama y la comedia (o la tragicomedia), ni se atrevan a tratar temas tan profundos como el éxito y el fracaso, la necesidad de ser amado, las carencias afectivas de las personas, la búsqueda de atención constante. Todas estas cuestiones dan una profundidad a la serie que hace que valga la pena verla, pero, en realidad, yo he descubierto algo mucho más importante para aquellas personas que queremos aprender a contar una historia: ahí metidos hay verdaderos maestros de la narración, y voy a hablaros de algunos capítulos que lo demuestran, ¿vale? Por supuesto, hay mucho escrito sobre la serie, pero si queréis un texto que os convenza de que tenéis que ver este pelotazo de Netflix, leed este artículo de Ana Pacheco: Regodearse en la miseria, como BoJack Horseman. Por mi parte, yo os voy a hablar un rato sobre literatura…

BoJack… ¿qué?

Las dos primeras temporadas de Bojack son una especie de Charlie Harper viviendo la vida de Charlie Sheen (Dos hombres y medio, Chuck Lorre, Lee Aronsohn, 2003-2015). Bojack es una ex estrella de televisión; alcohólico, drogadicto, disfuncional. Gracias al éxito de su antigua serie, Horsin’ Around, Bojack puede mantener un buen nivel de vida mientras sigue sin reconocer sus problemas, su frustración, resentimiento y odio por sí mismo. Hasta aquí, todo es bastante más negro de lo que uno imaginaría para una serie de animación, ¿verdad? Bueno, esa parece ser la clave de su éxito. En cualquier caso, sobre las virtudes de la serie que te hable otro (u otra), para mí ya estás tardando en tragártela a palo seco, y con ansia, y ahora voy a hablar de los capítulos que me han dado una buena hostia en la cara (con [algunos] spoilers [pequeñitos], luego no llores: aunque intentaré no destripar más que lo estrictamente necesario) y me han enseñado cuatro cosas más sobre cómo contar una historia. ¿Te apuntas?

BoJack Horseman es una de las primeras series de animación en Estados Unidos con un hilo narrativo serializado, donde los sentimientos de los protagonistas evolucionan conforme avanza la trama. Will Arnett, actor de voz de BoJack, la ha definido de la siguiente forma: «La paradoja es que los animales protagonizan una comedia cruda sobre la condición humana y sobre una persona que no sabe avanzar (…) Parodiamos lo absurdo de este mundo interesado en las bajezas de los famosos. Es lo más dramático que he hecho. Raphael Bob-Waksberg y yo salimos de la grabación hechos polvo».​

He recopilado diez capítulos que narran una historia (o parte de esta) de formas muy distintas entre sí. ¿Por qué diez episodios? Por nada en especial, porque son diez los episodios que más me han llamado la atención y más difíciles me parecen de construir y mover conforme a sus respectivas tramas. ¿Son mis capítulos favoritos? Algunos sí y otros no. Como pez fuera del agua, por ejemplo, ni tan siquiera me gustó demasiado, pero el final te da un buen meneo a la cabeza y, de paso, explica todo lo que ha ocurrido durante, y hay que reconocerlo: eso no es fácil de hacer.

Final infeliz (Bojack Horseman, 1×11)

Sinopsis del capítulo: BoJack, aún molesto por el libro que escribió Diane, le pide al señor Pinky Pingüino que le dé una semana para escribir una versión mejor. Al no poderse concentrar para escribir, pide ayuda al doctor Hu, quien le ofrece drogas para dejar fluir su creatividad. Sara Lynn y Todd deciden ayudar a BoJack, pero este termina en un “viaje” alucinógeno. 

El cambio de narrativa en ese capítulo es uno de los primeros ejemplos para acercarnos a un Bojack sin filtros. Algo que apenas conseguimos como espectadores en la primera temporada debido al carácter del personaje (en BoJack odia a los soldados, BoJack Horseman, 1×02, somos testigos de la mala relación con su padre en un flashback), pero no es hasta esta experiencia a lo gonzo cuando podemos observar muchos de sus traumas: infancia, amigos dejados a un lado, sentimientos contradictorios hacia el señor Peanutbutter, el cacao mental entre lo que se ve de cualquier famoso y lo que queda detrás y, por descontado, guiños a un montón de cosas, desde los Peanuts hasta Dr. Who que nos recuerdan todo el tiempo que Bojack sigue siendo un dibujo animado: le quitan la línea de contorno, lo borran… En las pesadillas psicotrópicas, parece que todo vale, incluso jugar con la cuarta pared. Sobre el uso de la animación a favor de la narrativa, en Hablemos de BoJack Horseman: La autodestrucción y el miedo a la infelicidad (de la cuenta de YouTube Un Mapache A Prueba de Todo) se listan varios ejemplos de los que hablo.

Diane y el señor Peanutbutter caracterizados como dos personajes de Peanuts en el viaje alucinógeno de BoJack…

Tras la fiesta (Bojack Horseman, 2×04)

Sinopsis del capítulo: La historia se divide en tres partes que se enfocan en distintas visiones sobre la fiesta sorpresa de cumpleaños de Diane. Al largarse de la fiesta, Princess Carolyn intenta descubrir qué oculta su nuevo novio, Vincent; mientras tanto, el sistema operativo de teléfono de Todd se enamora del sistema operativo del teléfono de Princess Carolyn por un fallo en el software. BoJack y Wanda golpean a un venado mientras Wanda se dirige al bosque para ver si está bien y Diane y el Señor Peanutbutter discuten sobre si Tony Curtis está muerto o no y por qué demonios eso importa.

Este episodio se divide en tres historias distintas que nacen de un punto de partida que comparten todos los personajes, algo que no es una gran novedad (por ejemplo, Trilogía del error en Los Simpson, 12×18), pero que no deja de ser bastante difícil de articular y que quede como dios manda en la narración. Aun así, de las tres historias, lo más interesante es el uso de un recurso bastante complejo en forma de chiste que le cuenta Wanda a Bojack. El chiste en sí parece no tener sentido hasta que lo conecta con la segunda parte de otra historia que, a su vez, no parecía tener ninguna relación con la primera historia que le ha explicado un buen rato antes. A la vez, resulta un guiño hacia el espectador y hacia el personaje de BoJack (a veces las cosas buenas necesitan de tiempo, le dice).

El “chiste” de Wanda y el jardinero que siempre acertaba con la cantidad de abono.

Mi hogar es el mar (Bojack Horseman, 2×12)

Sinopsis del capítulo: Al volver a Hollywoo, BoJack se entera por parte de Princess Carolyn que la filmación de Secretariat terminó sin él cuando Lenny Turtletaub reemplaza al verdadero Bojack con una versión CGI. El caballo consigue dinero para el establecimiento del “Orfanato BoJack Horseman” como parte de una promesa que hizo en el funeral de Herb Kazzaz. Princess Carolyn y Rutabaga Rabbitowitz están cerca de abrir su propia agencia. Todd abandona la casa de BoJack para trabajar en el crucero propiedad del grupo de comedia de improvisación, donde al final termina descubriendo que se trata de una secta y es rescatado por su mejor amigo.

El equipo creativo sigue probando cosas nuevas en Mi hogar es el mar con un capítulo que empieza mostrando, en paralelo (pantalla partida en el episodio), el día a día de Diane y el señor Peanutbutter que están afrontando una crisis de pareja: Peanutbutter cree que su mujer está fuera del país y Diane se niega a admitir que ha fracasado otra vez. La construcción de esta escena inicial nos permite asistir a una narración no lineal mientras seguimos, a la par, las acciones de estos dos personajes. Sin embargo, la parte más divertida del episodio es aquella en la que Todd se une a un grupo de improvisación y, para escapar del crucero, debe vencer a sus antiguos amigos mediante la improvisación, una narrativa en la que BoJack participa a regañadientes para poder recuperar a su amigo. A ver si me explico, en este caso, BoJack no cree que lo que las acciones de Todd y los marineros improvisadores tengan sentido ni relevancia, pero les sigue el rollo aceptando ese “nivel ontológico de realidad” para poder largarse del barco con su colega y, a la vez, todo lo anterior se hace necesario para nosotros como espectadores para que avance la trama. Rebuscadillo, ¿eh?

Todd Chávez: “Tú no lo entiendes, si mueres en teatro improvisado, ¡MUERES en la vida real!”
BoJack: “Este barco está lleno de imbéciles.”

Por descontado, pueden haber muchas otras muestras en las dos primeras temporadas que me he saltado o he obviado, pero se trata siempre de pinceladas o de pequeños ejemplos: del narrador protagonista al monólogo interior, de recursos como la elipsis, la paraelipsis, la anticipación, el suspense, el macguffin… Sin embargo, a partir de la tercera temporada, BoJack Horseman empieza a tener capítulos que consiguen cosas que series de televisión con muchísima más trascendencia (y no estoy hablando solo de series de animación) ni se han atrevido a soñar. Estoy hablando de episodios como Como pez fuera del agua, Estúpido desgraciado, La flecha del tiempo o Las novias del señor Peanutbutter. Junto a los tres anteriores, he escogido otros siete episodios que cree que enseñan más que cientos de horas de lectura y cine.

En fin, sigo.

Como pez fuera del agua (Bojack Horseman, 3×04)

Sinopsis del capítulo: BoJack llega al Festival de Cine del Océano Pacífico, en donde se está presentando “Secretariat”. En el lugar trata de encontrarse con Kelsey para disculparse por haber provocado su despido. Al mismo tiempo, BoJack trata de devolver a un caballito de mar bebé a su familia.

¿Qué ocurre si a una serie cuya principal fortaleza son los diálogos se los arrancamos de cuajo y sin previo aviso? Este parece el planteamiento que se hicieron para este episodio. Como pez fuera del agua tiene como característica principal la ausencia total de diálogos tras la introducción del episodio, donde BoJack y Ana Spanakopita hablan sobre por qué el actor tiene que asistir a la presentación de su nueva película en el Festival de Cine del Oceáno Pacífico (FCOP). A partir de aquí, la mímica y la gestualidad de los personajes, la belleza de las animaciones y la música acogen una importancia enorme como recursos que nos ayudan a sumergirnos en la trama. Confieso que no es de mis episodios favoritos, ni mucho menos, pero igual que a muchos escritores no les encantan las larguísimas descripciones estilo Tolkien, entienden su por qué dentro de la narración, ¿verdad? Aquí, igual.

(Imagina el sonido de cientos de sardinas en el autobús…)

Estúpido desgraciado (Bojack Horseman, 4×06)

Sinopsis del capítulo: En su monólogo interno, BoJack se come el coco después de que su madre y su enfermera se mudan con él. Para salvar la película fallida, Princess Carolyn decide avanzar la falsa relación de Courtney y Todd con un matrimonio simulado con la ayuda de Rutabaga. Todd está en conflicto sobre esto, sobre todo porque se está sintiendo más cómodo identificándose como asexual.

Aunque se ha visto anteriormente, este capítulo explota los sentimientos y pensamientos de BoJack a través de una narrativa interna a la que el espectador puede asistir en paralelo al desarrollo de las distintas escenas que se suceden. La composición del monólogo interior del protagonista es muy distinto al estilo general de la serie para ayudarnos a diferenciar rápido lo que BoJack dice de lo que BoJack piensa: dibujo, sonido y animaciones que nada tienen que ver con el estilo habitual en el que se presenta la serie son recursos que completan todo esto.

La flecha del tiempo (Bojack Horseman, 4×11)

Sinopsis del capítulo: A través de los borrosos recuerdos de Beatrice, se revela cómo en 1963 su padre la empujó hacia un matrimonio concertado. Ella rechazó a su pretendiente y se enamoró de un apuesto aspirante a escritor, Butterscotch Horseman. Más tarde, viviendo en pareja en San Francisco, su matrimonio vacila; no son felices, no han alcanzado nada de lo que se proponían de jóvenes: ambos beben mucho y pagan sus frustraciones con su hijo, BoJack. Años después, cuando BoJack ya es un adulto, Butterscotch tiene una aventura con una doncella llamada Henrietta, una aspirante a enfermera. Beatrice convence a Henrietta para que entregue al bebé en adopción para que pueda continuar en la escuela de enfermería.

El viaje en coche a una residencia donde BoJack planea ingresar a su madre se difumina entre los recuerdos de Beatrice, quien ya no distingue la realidad. Esto nos permite asistir a un capítulo en el que la información se nos ofrece de forma parcial debido al alzheimer o la demencia senil. Para ejemplificar esto, los rostros de muchos de los personajes que Beatrice no recuerda aparecen tachados o difuminados (a menudo, solo son siluetas) y lo mismo ocurre con los escenarios, vacíos de objetos y detalles.

La flecha del tiempo es uno de esos capítulos que no solo son importantísimos para la serie (explican al espectador por qué Beatrice es como es, quién es, en realidad, Hollyhock, qué ocurrió en la infancia y juventud de BoJack, Butterscotch, Beatrice, etc.), sino porque presenta una narrativa segmentada e incompleta que el espectador puede entender mejor así, y con más profundidad, que si se le diese de golpe toda la información que nos faltaba al inicio. La forma en la que se reserva con cuentagotas la información que nos llega como espectadores (lo que los personajes dicen, lo que vemos y lo que no…) lo convierte en un capítulo asombroso y, sobre todo, muy humano: se hace difícil pensar en otros ejemplos que hablen de la vejez con la misma emotividad.

Free churro (Bojack Horseman, 5×06)

Sinopsis del capítulo: BoJack recita su elegía en el funeral de su madre delante de un público al que no vemos y al más puro estilo del comediante americano de clubs nocturnos.

Free Churro es una puñetera locura que empieza con un flashback muy agrio que recupera al padre de BoJack y la relación de desatención que mantuvo con su hijo durante toda su vida. En muchos sentidos es un episodio muy arriesgado que se apoya, a la fuerza, en un texto trabajadísimo para funcionar, ya que solo vamos a ver a BoJack y un ataúd cerrado a lo largo de 25 minutos en los que pretende hablar sobre su madre (aunque habla sobre muchas más cosas).

La elegía se convertirá casi desde el primer momento en un monólogo en el que se entremezcla comedia y tragedia: sin duda, pongo la mano en el fuego en que este es el capítulo más triste de toda la serie hasta la fecha. A nivel narrativo, los guionistas optaron por un modelo muy cercano a la stand-up comedy y un humor negrísimo que llega a picar, y juegan magistralmente con lo que se ve y lo que no se ve en pantalla (el tío del órgano, los recuerdos superpuestos como imágenes de la madre de BoJack bailando en las fiestas que hacía en casa, la sorpresa final…) para aliviar un poco la tensión y descargar la catarata de emociones que se nos viene encima.

Free Churro es como si Richard Pryor, Jerry Seinfeld o Woody Allen sacasen sus demonios en un show de comedia en vivo en un funeral. Algo que, de algún modo, emula una de las grandes revelaciones de 2018-2019 con El método Kominsky (Chuck Lorre, 2018). ¿Y sabes qué? El funeral que vamos a ver en la primera temporada con Michael Douglas y Alan Larkin no le llega ni a la suela de los zapatos a este episodio, que no solo lleva a BoJack a ver lo vacía que estuvo hasta el final la relación con su madre (I see you: ya lo pillaréis), sino que se atreve a demostrar cómo su padre solo quería lo que tiene su hijo (fama, atención, saber si aquel tarado de Montana había leído su novela…), pero su hijo no puede disfrutar de lo que, de un modo u otro, ha conseguido por culpa de lo que sus padres le hicieron vivir de niño.

Tras el flashback inicial, Free Churro se desarrolla durante la casi media hora de capítulo con BoJack hablando a una audiencia de la que no sabemos nada.

No estoy muy de acuerdo con el análisis del episodio Free Churro de Cinema Ivis, pero es interesante. ¡Echadle un ojo!

Interior Sub (Bojack Horseman, 5×07)

Sinopsis del capítulo: La narrativa se vuelve un poco loca cuando una psicóloga le cuenta a su esposa la historia de BoBo, la cebra angustiada; mientras tanto, la esposa de la psicóloga, que es mediadora profesional, le explica el último caso en el que ha tenido que mediar, la grave disputa entre el Rey Caramano y Bruma de cacao mental anhelante con forma de mujer por la desaparición de un trozo de queso.

Este es uno de los capítulos más cojonudos que existen de esta serie y de cualquier serie. Una pareja de mujeres afroamericanas de mediana edad quedan a comer en un restaurante italiano y la historia se divide en dos tramas y se plantea a través de dos narradores testigo: una de ellas es psicóloga y está tratando a una paciente (Dian… Diana, princesa de… ¡Gallos! [Diane, Princess of Whales]) debido a su insana relación con BoJa…  ¡BoBo, la cebra angustiada! que intenta superar la muerte de su madre; la otra es mediadora profesional y no sabe si podrá resolver, sin llegar al arbitraje, el caso del… Rey Caramano (Emperador Finger-Face) y Bruma de cacao mental anhelante con forma de mujer [Tangled Fog of Pulsating Yearning in the shape of a woman] que han discutido por quién se comió el último queso hilado (string cheese) del apartamento que comparten. El capítulo oculta a los personajes que conocemos: BoJack, Todd, Princess Carolyn, Diane… y los caracteriza (con el secreto profesional de esa pareja como excusa) en un juego con el espectador en el que, poco a poco, las dos narradores que creen contar dos historias diferentes se dan cuenta de que los protagonistas de ambas están conectados entre sí.

El Rey Caramano y Bruma de cacao
El Rey Caramano y Bruma de cacao anhelante con forma de mujer en una sesión de mediación.

Las novias del señor Peanutbutter (BoJack Horseman, 5×08)

Sinopsis del capítulo: Durante la fiesta número 25 de Halloween de BoJack nos adentramos en las relaciones de pareja del Sr. Peanutbutter a través de cuatro mujeres que han compartido parte de su vida con el labrador: su actual novia, Pickles the Pug, y sus tres ex mujeres: Katrina, Jessica Biel y Diane.

En 1993, el señor Peanutbutter inicia una extraña tradición, llevar sus fiestas de Halloween a casa de su amigo BoJack. Para ello, la narración nos presenta cuatro saltos temporales para situarnos en poco más de tres minutos y los interrelaciona entre ellos. El episodio está repleto de guiños y licencias narrativas que funcionan a las mil maravillas, por ejemplo: para que el espectador no se pierda, los personajes se toman la libertad de decir en qué año están, se hacen guiños constantes del pasado hacia el futuro (como el famoso, wait for it… de Cómo conocí a vuestra madre) o se conectan de forma directa situaciones que han ocurrido en esos veinticinco años (siendo esto posible porque nos han realizado una presentación de todas las reglas del juego que el capítulo utilizará desde el inicio: conexión entre personajes, saltos temporales, uso de elementos presentes en el pasado y viceversa, etc.). En cualquier caso, el capítulo utiliza los eventos anteriores para explicar el presente del señor Peanutbutter (y, en parte, también de otros personajes, como BoJack, Todd o Princess Carolyn), pero sobre todo nos ayuda a entender mejor por qué ese labrador bobalicón es como es y cómo los errores que ha cometido en el pasado le ayudarán a crecer como… ¿persona? Bueno, sí, persona… supongo.

La serie se va a la ruina (Bojack Horseman, 5×11)

Sinopsis del capítulo: Cuando la adicción a las drogas de BoJack llega tan lejos que no logra distinguir la realidad con su programa de televisión, su actual novia, Gina, lo enfrenta a su problema.

Quizá este es uno de los episodios más magistrales de la serie (y creo que mi favorito de las cinco temporadas: o este, o Interior Sub). No es casual que el opening con el que empieza el capítulo sea el de Philbert —la serie que está grabando Bojack con Gina como coprotagonista— y no el de Bojack Horseman; a partir de aquí, las escenas se confunden, la voz del narrador de Philbert, que es Bojack interpretando al detective Philbert, se diluye con el monólogo interior del propio Bojack; cuesta saber cuándo Bojack está grabando y cuándo está viviendo en su paranoia, hay guiños constantes entre los distintos niveles de realidad y el argumento está planteado para seguir llevando al protagonista a una situación límite hasta que, totalmente desubicados y dudando como espectadores de si tenemos delante a un narrador fiable (es evidente que no, al menos en este episodio) todo explota en el plató.

Como ves, en BoJack Horseman se han inventado un mundo de mierda para hablar sin tapujos de nuestro mundo de mierda. Con temas recurrentes como el éxito y el fracaso, el aborto, el feminismo, la cultura de la violación, la caricaturización de uno mismo, lo que exige la fama y el éxito, la necesidad de ser amado, las personas con enormes carencias siendo admiradas y replicadas como modelo… Y todo esto, además, evoluciona, así que a saber dónde nos llevarán las siguientes temporadas y, sobre todo, cómo lo harán, que es una de las grandes fortalezas de esta serie. Leí por ahí que, en otras series de animación, como Los Simpson, la realidad flexible llevada al límite hace que todo quepa ahí, pero, en en BoJack Horseman parece que el verdadero secreto es que sus creadores no tienen miedo a nada. En definitiva, habrá que seguir en la brecha. Si habéis visto la serie, ya sabes que la solución la tenemos desde la segunda temporada, cuando el papión le dice: ‘Se vuelve más fácil, cada día se hace un poco más fácil; la parte mala es que tienes que hacerlo cada día, pero se vuelve más fácil’.

Ahora veamos si BoJack lo consigue…


Enlaces relacionados:

Juego de Tronos no se ha traicionado

Contiene spoilers del capítulo final de Juego de Tronos.

Desde el lanzamiento de la octava temporada de Juego de Tronos, Internet es un coladero de noticias sobre Jon, Daenerys y compañía. De la prensa a todo tipo de páginas web que se apuntan al fenómeno JdT/GoT (sea por visitas, sea por fanatismo) y a los blogs especializados: Los Siete Reinos, Sensacine, Espinof… Se ha escrito sobre esta serie lo que no se ha escrito sobre ninguna otra. Quizá de ahí todo el revuelo con el final, o una parte de este. Esta temporada ha sido, con diferencia, aquella en la que más se ha percibido la falta de una historia en papel: ¿dónde están aquellos diálogos tan potentes a los que nos tenían acostumbrados?, ¿los golpes de efecto?, los gazapos que se han amontonado (cafés, y pelucas, y botellas de agua), ¿y esa prisa por concluir tramas?, ¿para qué?, ¿para grabar una de Star Wars? ¡Pero si esto era tan grande como Star Wars!

Daenerys Targaryen, madre de dragones
Una de las secuencias más espectaculares del episodio. Daenerys se dispone a arengar a sus tropas mientras Drogon aterriza a sus espaldas. Las alas del dragón se funden en la silueta de la madre de dragones.

En cualquier caso, el sexto episodio deja un sabor agridulce —como debe ser—, pero (opinión de un servidor) aumenta notablemente la calidad de esta cortísima temporada con batallas larguísimas, y también espectaculares, que han perdido un poco la perspectiva de lo que había sido Juego de Tronos: 80 minutos de película de muertos vivientes en el tercer episodio (una trama que se resuelve demasiado rápido y un capítulo que aporta muchas cosas a nivel televisivo, pero pocos elementos al arco argumental), y otros chorrocientos minutos de locura Targaryen en el quinto. El cierre, correcto a casi todos los niveles, pero no sublime; no ha sido un fiasco a lo Lost (esto siempre es algo relativo, por descontado, pues también hay quien dice que Breaking Bad tiene un final apoteósico, y meh…), pero generará opiniones contrapuestas como el fundido en negro de Los Soprano.

Por eso, dejo aquí una serie de artículos que me han aportado muchas cosas positivas para poder disfrutar más aún de esta serie cuando me dé por darle otro visionado, porque (admítelo) parte de la rabia que llevamos encima es que se acabó lo que se daba.

Por todo lo anterior (sobre todo estos últimos meses todo dios ha escrito sobre casi todo lo imaginable de Juego de Tronos), he creído que no valía la pena hablar sobre gazapos, problemas narrativos, tramas que no se han cerrado (los espectadores más críticos, por cierto, deberían ser conscientes de lo inviable que es cerrar todas las tramas de un mundo tan vivo como este: y esa es parte de su gracia) y centrarme en una sola cuestión de la que me gustaría escribir: ¿es un buen final o es un mal final? ¿Es un cierre acorde con el espíritu de la serie o ha traicionado su propia propuesta? Ahí voy.

Daenerys y Jon 1
Daenerys y Jon en el Salón del Trono.

El mundo que necesitamos no se erigirá con hombres leales al mundo que tenemos

Tras su aplastante victoria militar frente a las fuerzas Lannister de Desembarco del Rey, Daenerys contempla el Trono de Hierro a solas en el gran salón. Llega Jon a su lado tras una charla con Tyrion Lannister, ya preso, e intenta conseguir un gesto de clemencia por parte de la reina. La grandeza de esta escena es que Jon ya sabe cuál es el único desenlace posible, pero busca en un único acto de la Targaryen la excusa para mentirse una vez más. Retrocedemos ahora un momento, Daenerys arengado a sus tropas —en dothraki y valyrio, pero no en lengua común— en una escalinata entre las ruinas de la ciudad donde deja claras sus intenciones: hoy, la capital de los Siete Reinos; mañana, el mundo (“Pero la guerra no ha terminado. No bajaremos nuestras lanzas hasta haber liberado a todos los pueblos del mundo.”). La reina dragón se niega a perdonar a la Mano de la Reina tras la traición y le dice una frase a Jon que cae como una losa: “El mundo que necesitamos no se erigirá con hombres leales al mundo que tenemos.” Todo lo anterior, conecta directamente con la última conversación en los calabozos entre Tyrion y Jon: Daenerys ha impartido justicia tantas veces contra la gente correcta (asesinos, esclavistas, caminantes blancos) que ya no cree que pueda errar en su juicio al escoger entre el bien y el mal.

Drogon y Jon
Drogon bate sus alas frente a Jon Nieve tras la muerte de Daenerys.

A veces, el deber es la muerte del amor

Jon besa a Dany y clava una daga en su corazón; en un acto que a mí se me asemeja, de otro modo, al asesinato que Ned Stark cometió contra ser Arthur Dayne, la Espada del Alba, sin ningún tipo de honor. Lo que hace Jon es horrible, pero es real, y necesario, y es Juego de Tronos. Como dice Daenerys sin saber que se aplicaría, de inmediato, contra ella misma: [Jon] también ha castigado a los que le han traicionado aunque le partiera el corazón. Después, es historia. La reina que no pudo reinar yace muerta en el suelo y su fiel dragón funde el Trono de Hierro con la secuencia más potente de todo el episodio: Drogon no descarga su furia contra el ejecutor, sino contra el trono que tantas muertes ha provocado.

Jon y Daenerys 2
Jon Nieve sostiene el cadáver de Daenerys Targaryen a los pies del Trono de Hierro.

¿Qué une a los pueblos? Las historias. No hay nada más poderoso en el mundo que una buena historia

Saltamos ahora varias semanas después. Bran ya es rey; Sansa ha decidido que Invernalia no formará parte de los Siete Reinos; un nuevo consejo se reúne a puerta cerrada con algunos de los personajes más reconocibles de este universo que se sientan a reconstruir el reino. Los Inmaculados marchan a Naath, reniegan de tierras y posesiones en Poniente, y uno imagina que los dothraki habrán hecho algo similar (tragar saliva, subir a otro barco de esos que tanto odian y volver a Essos). En Desembarco del Rey, Tyrion vuelve a ser la Mano del Rey, Bronn es consejero de la moneda, Brienne de Tarth es guardia juramentada y Sam es gran maestre. ¿Qué ha cambiado? No importa si Tyrion es el gran vencedor de este juego (lo es, para mí), sino cuánto se ha cumplido lo que profetizaba Daenerys de la Tormenta. ¿Es este un mundo mejor que aquel con el que soñaba la Targaryen? Probablemente. Parece un mundo en el que soñar por un cambio a mejor parece posible, pero no deja de asemejarse mucho al que ya encontrábamos en las primeras temporadas, ¿verdad? Aquel tipo de mundo con los fundamentos para que los Lannister, los Bolton y los Frey pudiesen aterrorizar a sus semejantes. Bronn lo tenía claro: los nobles solo son descendientes de alguien a quien se le daba bien matar y venció a sus enemigos y, gracias a ello, sus descendientes pueden sentarse a beber vino, perder el tiempo en burdeles y conspirar en un palacio. Con esa idea en mente, y visto el final, parece que al señor de Aguasnegras no le ha ido tan mal…

Jon y Fantasma
Jon se reencuentra con Fantasma en el Norte.

Han sufrido demasiado bajo la rueda, ¿la romperéis conmigo?

Tras ser condenado a la Guardia de la Noche, Jon se reencuentra con Fantasma y marcha al verdadero Norte con Tormund Matagigantes y el pueblo libre. No está claro qué ocurre ahí, pero los grandes peligros que acechaban más allá del Muro parecen haberse diluido tras la victoria frente a los caminantes blancos. Quizá las dudas se asienten ya para siempre en su cabeza: ¿hice bien? ¿Merecía Daenerys una muerte así? (aunque ¿quién la merecía en Juego de Tronos? Parece aquella lección que Gandalf le suelta a Frodo cuando el mediano todavía no ha abandonado Hobbitón...). Es un final agridulce por varias razones: la primera de todas porque incluso al final de todo ha habido grandes sacrificios (¿qué fue de esa imagen que muchos se habían hecho de tía y sobrino reinando juntos?) para alcanzar un statu quo en el que nadie es feliz; la segunda es que es un final que es un nuevo inicio, repleto de incertidumbre, de nuevos errores, de olvidos de la gente común (porque si algo nos ha enseñado Juego de Tronos es que ningún rey reina para siempre) y, tercera, porque qué fácil parecía seguir ciegamente a alguien como Daenerys, ¿verdad? Sin advertirlo nadie, Daenerys se convirtió en el Leviatán de Hobbes, en el despotismo ilustrado, en la opción segura. La reina justa que tenía poder y ejércitos suficientes para dictar qué era el bien y qué era el mal, para moldear el mundo a su criterio, para arrasar con todo aquello y aquellos que no compartiesen su visión.

Cuando era niña, mi hermano me dijo que fue forjado por Aegon con miles de espadas de sus enemigos caídos. ¿Qué son mil espadas en la mente de una niña que no sabía ni contar hasta veinte? Me imaginaba una montaña de espadas muy alta para escalarla, tantos enemigos caídos que ni veías las plantas de los pies de Aegon.

Juego de Tronos nos enseña una vez más cómo la vida real te abofetea con aquello del fin justifica los medios; nos muestra que esta serie es real porque la traición forma parte de nosotros, y la ira, la envidia, el sacrificio, pero también la clemencia y la bondad. De ahí surge su propia Revolución francesa, sus reyes menos reyes y más democráticos (buena ocurrencia la de Sam, por cierto), sus Bronn y sus Brienne en una misma mesa. Al final, Brann no era el Rey de la Noche ni el fundador de su propio linaje (como afirmaban múltiples teorías sobre la serie en 2017), no era el pasado de los reinos de Poniente, sino su futuro.

Algunos miembros del Consejo del Rey tras la reconstrucción de Desembarco del Rey.

Esta serie nos ha enseñado todas sus caras y, a veces, todas las nuestras. Ante eso, ni un mal final (que no me lo parece) tenía poder para destruir lo que habían construido Benioff y Weiss encima de las novelas de George R. R. Martin. El sexto episodio de la octava temporada de Juego de Tronos cierra una historia que ha sido consecuente con lo que proponía, no siempre en los términos que nos hubiera gustado (casi todos hubiésemos preferido una o dos temporadas más de la misma calidad que las anteriores), pero sí en todos y cada uno de los mensajes que nos dieron. Y para muestra, la naturaleza de Daenerys, que hemos intentado ocultar tras una casa caída en desgracia, cientos de enemigos que buscaron su fin, unos dragones por los que yo he sufrido más que por muchos otros personajes (y casi me los matan a todos, ¡cabrones!), pero que al final tuvo que explotar a lo grande, porque siempre estuvo ahí. Ya lo dijo en las primeras temporadas y lo repitió poco antes de su muerte: Cumplisteis las promesas que me hicisteis. ¡Matasteis a mis enemigos con sus trajes de hierro! Derribasteis sus casas de piedra. ¡Me habéis entregado los Siete Reinos! 


Discurso de Daenerys Targaryen a sus tropas tras su victoria en Desembarco del Rey.

¡Ay, Paquita! La nueva heroína LGTBI+

La gente vuelve a estar que no caga con Paquita (Brays Efe), y normal me parece. No porque el chaval se autodenomine «gordo maricón», que eso también mola (y desarma a todo tipo de imbéciles homófobos e inframentales), sino por lo revolucionario que es todo alrededor de su figura, ¡coño! Pero antes, la obligada sinopsis:

Paquita Salas es una serie de Netflix que se estrenó en verano de 2016 y cuenta la historia de una representante de actores de los noventa para quien el cambio de siglo se le ha hecho un poco cuesta arriba.

Paquita mola porque sorprende, pero también porque normaliza; porque coge a la persona perfecta para hacer un papel, y no importa que esta sea un hombre, ¿sabes?, que estamos en el siglo veintiuno, y, aunque fundamentados en razones más misóginas, ya lo hacían en el teatro clásico. Así que… que tampoco se flipe nadie, que esto no es la sopa de ajo. Son diez capítulos (dos temporadas) que, a través de la comedia, narran historias y construyen personajes que sorprenden y enamoran: de Magüi a Lidia San José, de Yolanda Ramos a Mariona Terés.

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Los llamados “Javis” —Javier Calvo y Javier Ambrossi—, que se han buscado o les han colgao un apelativo bastante horrible como pareja artística y sentimental, no lo han petado por crear una serie novedosa, con actores reconocidos y, si nos ponemos pedantes, un gran uso de los niveles ontológicos de realidad; eso le da cuerpo, claro que sí, porque mola oír hablar a Ana Obregón de tirarse Coca-Cola en el chichi, o las tramas locas (y bizarras) de cama entre Brays Efe y Andrés Pajares; lo han petado por coger un concepto por el que seguro que mucha gente no daba ni un duro y pegarles una buena hostia de realidad. Porque Paquita Salas es un señor canario caracterizado como mujer que va para los cincuenta, pero también son los actores gays que no quieren que se les encasille, la gente trans que quiere representar a gente trans en televisión, y la peña intersexual o asexual, de la que empezamos a saber antes por series de animación como Bojack Horsemancómo mola Todd— que por historias que se supone que se basan en nuestra realidad.

Confieso que, en su momento, al ver el piloto de la serie, mezclé interés, curiosidad y cierto rechazo; no creo que fuesen prejuicios (aunque quizá sí), sino falta de herramientas para procesar esa ruptura de mis propios esquemas viendo a Paquitaque emociona despidiéndose de su actriz estrella entre ambivalencias sobre la alfombra roja o visitando a su madre en el pueblo; y jugando con el orgullo, el fuera de época, la vergüenza ajena, la verdad a lo bruto.

Paquita Salas es televisión, es arriesgar, innovar, probar otros formatos, buscar nuevas narrativas, y aquí sale bien. También podría haber salido como el culo, o quedarse en un buen intento —aunque si uno mira la propuesta en detalle, comprueba cómo todo —desde los actores y las actrices hasta el equipo técnico y la narrativa— está cuidado para dar un petardazo del bueno. La cosa funciona, y yo que me alegro de que hoy España sea un poco más pionera.

Black Mirror, de la filosofía a la interactividad

Black Mirror es de lo mejor(cito) que hay en Netflix. Y con este, son cinco los artículos que he escrito sobre la serie. No está mal, ¿eh? Durante meses, no obstante, me he reencontrado con una entrada en borrador: un artículo que nunca terminé sobre los dos últimos capítulos de la tercera temporada. Después, ya había escrito mis impresiones acerca de la cuarta, así que tenía poco sentido publicarla (o quizá no). No estaba mal esa entrada, que conste: exponía la relación entre Nicolás Maquiavelo, Thomas Malthus y el episodio La ciencia de matar. Un poco demasiado filosófico incluso, pero la historia de ese capítulo valía la pena como apuntó Adriana Izquierdo en La deshumanización de la guerra en “Men Against Fire”.

También me dejé en el tintero Odio nacional, que habla de un tema más difícil de conectar con ideas anteriores al siglo XXI. Hoy, autores como D. E. Wittkower pueden hablar de amistad útil y accidental, así como de la imposibilidad de una amistad pura aristotélica en redes; esto no es nuevo para la filosofía, pero se han generado nuevos contextos que atraen la atención de la filosofía hasta Facebook e Internet. En la otra orilla, quedan islas inexploradas: el ciberbullying, el fénomeno del trolling y la no-culpa o a la deshumanización de la red. Qué ironía, ¿no? Algo que se creó para conectar a las personas entre ellas ha degenerado en un pozo de bilis que, a menudo, ni tan siquiera requiere de álter-egos o avatares.

Dicho esto, te preguntarás por qué vuelvo a dar la matraca con Black Mirror si aún no ha salido la quinta temporada. Pues verás, porque me he asustado con titulares como los siguientes: El último experimento de «Black Mirror»: deja al espectador elegir su final ‘Black Mirror’ prepara capítulos interactivos con múltiples desenlaces. En Verne, de El País, han aprovechado para recuperar los libros de “Elige tu propia aventura” y mostrar cómo el formato ha aparecido por todos lados y nunca ha terminado por caer en el olvido. El titular periodístico, algo soso: La historia de ‘Elige tu propia aventura’, el formato que probará ‘Black Mirror’. A mí se me vinieron dos cosas a la cabeza: Rayuela, de Cortázar, que también se menciona en el artículo (¡faltaría más!) y el pavor que me transmite una idea así en televisión.

Os pongo en antecedentes.

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Quince millones de méritos (1×02) planteaba un mundo en el que las personas viven en espacios cerrados y automatizados en los que tienen que ganarse la vida montando sobre bicis estáticas y produciendo energía que cambian por “méritos”, una moneda virtual.

El otro día leía un artículo sobre la experiencia del usuario en la radio; este artículo mencionaba lo negro que la mayoría de las emisoras lo tienen contra Spotify u otros servicios de streaming. El porqué es bastante sencillo si uno lo piensa un poco: la radio no aprovecha las fortalezas que le quedan (a sus locutores, por ejemplo)  e intenta luchar haciendo gala de sus debilidades (casi todo lo que ofrece son listas de canciones que no puedes escoger entre anuncios); vamos, que está condenada. Y algo así puede sucederle a la TV si escucha demasiado al usuario… Y es que, muy probablemente, es igual de malo creer que nuestros consumidores no tienen derecho a hablar del producto como considerar que su palabra es ley.

Volviendo a Netflix y a la interactividad nos topamos con un gran ejemplo de esto: puede parecer guay, pero, en realidad, más allá de advertir un cambio de modelo, nos avisa de cosas bastante chungas. Primero, no es algo tan moderno, todo lo contrario: muchos videojuegos utilizan este sistema, algunos lo hacen incluso casi con devoción frente al modelo, como la empresa TellTale Games. Segundo, la capacidad de atención del espectador medio y, sobre todo, su tolerancia a la frustración… es cada vez menor. Tercero, ¿puede existir arte cuando lo quiero todo y lo quiero ya?

Ofrecer varias líneas narrativas supone no tener un lore real.

Ya, lo sé, parece que se me ha ido la olla con este último punto, ¿verdad? Me voy a explicar poco a poco. Hoy, sentimos la necesidad de ser protagonistas de todo, de controlar, de tener ese falso poder de decisión entre las manos: si no controlamos algo, o nos cuesta entenderlo, o ese algo requiere de un mínimo esfuerzo, no vale la pena. El principal problema de esta propuesta es que ofrecer varias líneas narrativas supone no tener un lore real, porque tendrías varios que son antagónicos entre sí. ¿Sería Casablanca si Humphrey Bogart hubiese elegido a la chica? ¿Y si Anakin Skywalker no hubiese sucumbido al Lado Oscuro? Vale, habrá alguien por ahí que diga: “Coño, pero no te van a dar control sobre los núcleos de la trama, so listo.” Entonces, me cabrearía todavía más, porque me sentiría estafado como usuario, que no espectador, ya que me van a hacer interactuar a un nivel de coste-beneficio que hará que siga prefiriendo cien veces un capítulo “normal” de Black Mirror.

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¿Sería igual de impactante el capítulo de San Junípero (3×04) si nos hubieran dejado tomar decisiones en varios puntos de trama?

Esto nos lleva a un punto todavía más conflictivo; volviendo a la UX/experiencia del usuario, resulta imprescindible seguir defendiendo el (necesario) esfuerzo del receptor: el problema de la radio, por ejemplo, no es que el usuario no quiera escuchar anuncios, que también, sino que la fuerza que tiene este medio (noticias, actualidad, presentadores/as con garra…) se deja a un lado, y nos meten una lista de reproducción entre anuncios en el 99 % de las emisoras. Normal que todo quisqui prefiera un Spotify, ¿no? Sin embargo, la televisión —también el cine y los videojuegos— mantiene un nivel de exigencia más elevado, pero, en contraposición, devuelve más de lo que pide. O lo hacía.

¿Está cambiando nuestro nivel de tolerancia acaso frente a la masificación de productos audiovisuales? Puede ser. Y lo explico con un ejemplo práctico: hace un par de meses que estoy viendo una sitcom americana titulada Brooklyn Nine-Nine en la que el mejor gag de todo el capítulo suele reservarse para el primer minuto. Hay que enganchar al espectador… y la fórmula funciona, que conste. Pero también es un poco triste hasta donde hemos llegado, ¿no? Con la televisión tenemos muy metido dentro el cambiar de canal, incluso en Netflix o HBO, que es aún más sencillo: no es más que una menor y menor capacidad de atención combinada con cero tolerancia a la frustración. Y nos pasa a todos, ¿eh? Yo esperé durante año y algo como un loco a que saliese la segunda temporada de Westworld, y el primer capítulo se me hizo horriblemente lento… ¡pues aún no me he visto ninguno más!

Eso no es del todo malo, claro que no; igual que en los libros hay que encontrar ese punto en el que ni nos leemos cualquier cosa ni descartamos un libro por la portada, pero tengo la sensación de que la estrategia televisiva ha optado por dar al espectador demasiado poder; a un usuario que consume sin tiempo que perder ni intención alguna de plantearse un mínimo esfuerzo; y no siempre es posible conectar con alguien que se plantea así su papel como espectador. Si alguien pretendiese lo mismo con cualquier gran obra de la literatura, o con la música, la pintura, la fotografía, creeríamos que no es más que un esnob imbécil que no quiere más que fingir, y, sin embargo, hoy queremos un The Wire o un Los Soprano por año, sin realizar un ejercicio de percepción, de empatía, de análisis, de recepción.

En la actualidad, ya no es que no respetemos los tiempos de creación del artista —sea un cineasta o un escritor—, es que vamos camino a la ley del mínimo esfuerzo como receptores.

No sé yo…


NdA:  Dejo aquí algunos de los enlaces que todavía no había adjuntado en ningún artículo sobre Black Mirror.

Los artículos que he escrito sobre Black Mirror son:

Golpearé, y aprenderé algo

Miyamoto Musashi (Provincia de Harima, 1584 – Provincia de Higo, 1645), el legendario samurái que escribió El libro de los cinco anillos, resumió toda su experiencia vital en una única enseñanza que dice así: “La espada tiene que ser más que una simple arma, tiene que ser una respuesta a las preguntas de la vida.” Este es un concepto difícil de comprender para alguien que nunca ha cogido un sable —ya lo debía ser entonces, cuando Musashi se retiró a morir a una cueva al oeste de Kumamoto— y, en cambio, es la gran aspiración que mantiene cualquier practicante de artes marciales en la actualidad: preservar el verdadero significado de la espada, comprender que la espada, hoy, no necesita de la guerra para ser, y, sobre todo, entender que la espada no es más que una vía hacia el autodescubrimiento que nos permite evolucionar como seres humanos. Por esto a veces no es una espada; es una alabarda, un bo, una naginata, las propias manos, el cuerpo.

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En el kendo, el arte marcial que sabéis que practico, todos empezamos creyendo que se trata de la espada, pero nadie tarda demasiado en descubrir que se trata de quién la blande. Esta es la parte más mística, diría; después está aquella más práctica: aunque suene irónico, kendo son más piernas que brazos, y es más cuerpo que espada. Golpear con el sable requiere de golpear con el cuerpo: sin una buena posición de pies, sin equilibrio, sin un buen salto, sin potencia para romper la guardia del oponente, el hombre, el sable, no puede alcanzar el yuko-datotsu: un golpe válido que se acompaña de todo el espíritu, una postura apropiada, con la zona correcta del arma, en la zona correcta del oponente, y con zanshin (estado de alerta mental y físico). Pero, volviendo sobre nuestros pasos, encontramos otras dos ambivalencias que uno tiene que interiorizar con la práctica: uno no solo combate contra el oponente, uno combate contra sí mismo y, a su vez, trata de agradecer, con honestidad, el corte del sable del adversario: así es como se aprende, como uno entiende y corrige su propia debilidad. Los ataques exitosos te hacen reflexionar sobre aquello que hiciste bien, pero lo mismo ocurre con los golpes que uno falla o recibe, incluso más. Ya lo comenté al inicio: es una práctica de vida, y, por esto, un sensei sonríe al recibir lo que hubiera sido un golpe mortal, porque ha conseguido comprender, e interiorizar, y hacer suya esta enseñanza.

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Aunque suele atribuirse a Newton, la famosa frase somos enanos subidos a hombros de gigantes pertenece al filósofo neoplatónico Bernardo de Chartres (c. 1080 – c. 1130). No somos nada sin aquellos que nos precedieron, y, por ello, uno no puede más que sentirse pequeño cuando es consciente de todo el conocimiento humano que lo sustenta detrás. Esta idea también forma parte del camino de cualquier kenshi: el saber y la técnica de tus maestros construyen también tu camino, y ni uno ni el otro hubiesen sido posibles sin la guía del maestro de tu propio maestro, y así, sucesivamente. A todo ello se suma un concepto más: no es posible alcanzar el éxito solo, mejorar significa ser parte de algo más grande: apoyarte en los compañeros, practicar y aprender juntos, construir mediante el esfuerzo mutuo y las enseñanzas que se nos han transmitido.

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Dentro del kendo, la familia Takizawa es un ejemplo maravilloso de todo lo anterior y, además, mantiene una relación directa con la expansión de este arte marcial en España y en Europa. Los kendokas más veteranos cuentan historias sobre Kouzou Takizawa, el padre de Kenji Takizawa, que han llegado hasta nosotros a través de los escritos y los recuerdos de su hijo; parafraseándolo, el maestro Takizawa (hijo) recuerda: “Recibir un men —corte en la cabeza— de mi padre era formativo: enseñaba”; ese corte (ippon) le convertía en alguien un poco más sabio tras cada combate. Ahí radica el sentido del orden en un dojo durante el saludo y los agradecimientos —en el pasado, el momento más peligroso frente a un ataque del exterior—: cuanto mayor es el rango del practicante, más lejos estará de la puerta: una escuela puede reconstruirse con nuevos alumnos, incluso sin los senpais de mayor grado, pero no sin un maestro o sensei.

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Entrenar siempre debe llevar esa aspiración dentro del dojo: mejorar con la espada y como persona. Y, de nuevo en palabras del maestro Takizawa, combatir es no tener miedo a la lucha, y vencer sin presumir, y perder con dignidad: palabras que, cada día, trato de hacer mías. No es casual que, en Japón, la vida no se entienda sin kendo; el kendo es una práctica para la vida: para vivir con honestidad, para ser mejor persona, más justo, bondadoso, sincero con uno mismo y con los que nos rodean, y, a todas luces, ser más feliz. Habrá quien crea que kendo es coger un sable de bambú y ser un mejor espadachín, pero se equivoca; el kendo es mucho más; el kendo es una cura para la vida. Y hay pocas cosas que puedan definirse con tal exactitud.

Doblando tentáculos, en Facebook

A partir de ahora, encontraréis todos los contenidos relacionados con este blog en la página de Facebook de Doblando tentáculos. Aquí os expliqué un poco el porqué, aunque no es nada muy allá —nombre, gente que se lía, antiguos seguidores/as que me comentan que ya no publico sobre temas de los que nunca he publicado, y cosas así—. Sea como sea, ¡sois más que bienvenidos/as a la página nueva!