Reiniciar el sistema

No siempre advertimos cuánto pesa la mochila que cargamos. Hace unos meses, cumplí treinta y dos, y confieso que ha sido uno de los años en los que me han asaltado ideas más locas. Nunca me sentí peor por no tener una hija: un hijo es impensable, y, por eso, llegado el día, estoy convencido de que todo serán nenes, aunque no pierdo la esperanza de que alguno me salga gay; por plantearme un cambio laboral, por romper mi propia palabra y meter en casa —se supone que en acogida, pero no me lo creo ni yo— a una perra ciega que se encontraron unos amigos abandonada en un bosque cercano.

Mi amigo Pipo, que está dando la vuelta al mundo, me diría: boludo, eso son pendejadas; Antonio, que es de Venezuela, y ha trabajado de contable, mecánico, adiestrador y mil cosas más, tendría claro que me tengo que dejar de vainas, y me llamaría bro, marico, que me gusta más; los de aquí, me aconsejarían lo mismo supongo: que hiciese aquello que de verdad quiero. ¿Qué se le va a hacer? Los que nos quedamos en España, nos hemos malacostumbrado a soñar. No seré yo quien tenga cojones de colar como tendencia el apretarse el cinturón para vivir —de eso ya se encargan los medios—, pero que salir de una crisis con sueldos de mierda e ir hacia la siguiente, nos deje al menos trabajar de lo que nos gusta, o intentarlo. Si no, seguimos tranquilos: ya no quedan trabajos con sueldos dignos.

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Pero vuelvo a lo mío, que la desigualdad entre rentas y la pasividad social son demasiado para un jueves de agosto. En mi caso, tomé la decisión de reiniciar el sistema y todavía ando reajustando mi día a día. Y tú te preguntarás (con razón) qué cojones significa eso de reiniciar el sistema, ¿no? Pues ni yo lo sé muy bien, pero justo hoy leía en otro muro de Facebook: “Encontrar el equilibrio entre mis pasiones, mis talentos y lo que es útil para mi entorno de forma sostenible.” A grandes rasgos, a eso es a lo que aspiro; pero mi propia revelación llegó mientras mi hermano jugaba una partida multijugador en el ordenador, y parece ser que por esos mundos virtuales la cosa se puso fea; yo miraba de reojo dos libros que tenía en la mesita de noche de su habitación: Mistborn, de Brandon Sanderson, y El viejo y el mar, de Hemingway.

—Pues tiro de cable —me dice.

—¿Eh?

Pa’no joder las estadísticas, que estos están overs.

Así hablamos ahora los jóvenes, ¿qué os parece? ¿Veis por qué mejor no tener hijos? Yo, que aún soy moderno, os lo traduzco: apagó el router a lo bruto para escaparse de la partida y que no le marcase el resultado; y lo de overs es algo así como que los fulanos contra los que se pegaba tiros tienen mucha habilidad, o equipo, o monsergas varias.

—Y ahora reinicio el ordena y me apunto a otra.

Joé, nene. Si todo fuera tan fácil…

—Y los otros cagándose en mí.

Yo me quedé pensando. En algún momento, mi hermano me largó de su habitación por cansino, y seguí pensando en otro lado. Quizá es cierto eso de que damos por sentadas demasiadas cosas, pero en todos los sentidos. Quiero decir: vale, estamos hartos de oír hablar a gente que sigue diciendo que le prometieron una cuenta corriente con muchos ceros a la derecha por estudiar Ingeniería, Derecho o lo que sea; pero lo mismo pasa al revés: ¿cuánto aguantamos por el mero hecho de que así está montado el tinglado? Trabajos de cuarenta horas ocultos en prácticas, alquileres millonarios con tal de seguir viviendo en ciudades masificadas que ya no nos quieren ahí, profesiones que no nos motivan para sobrevivir; pues esto no va a cambiar… Quizá mejor cambiamos nosotros, ¿no? Y, por lo menos, escogemos la dirección hacia donde pegarnos la hostia.

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Ignatius, quien nos enseñó a amar las coles.

Yo he empezado con tres cosas sencillas que cumplir tras las vacaciones: se acabó eso de escribir sobre cualquier tema del que no me apetezca leer; se acabó acoger cualquier proyecto laboral que me quite las ganas de escribir, y, sobre todo, se acabó eso de dejar que terceros tengan los santos huevazos de atreverse a guiar mis acciones. Esto vale para la vida, y vale para el trabajo, y para este blog. Como diría Ignatius Farray, de quien me he chupado (qué “bien” queda lo de chupar en relación a este… hombre) las dos temporadas de El fin de la comedia en un par de días: me quedo con mi pequeño grupo de radicales fieles.

Si las marujas y los padres de familia políticamente correctos se piran, pues que se piren.


  • He creado una nueva página de Facebook relacionada con este blog; también con mis escritos.
  • Empiezo a trabajar en el sector de la educación canina en Barcelona a través de Dog’N’Roll (¿os gusta el nombre o qué?).
  • Aprovechando esta entrada en la que digo poco o nada, os presento a Dae, la perra que pulula (junto al resto de la troupe) por mi casa desde mayo.
  • Esta entrada tiene mucho yoísmo. (Yo) ¡Lo siento!
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¡Casi cataclísmico!

Alguien se ha colado por aquí y ha empezado a borrar las entradas del blog. No sé si eso significa que lo estoy haciendo bien, mal, que hay mucho cabronazo (o cabronaza) suelto, o que alguien se ofendió: no se me ocurren más posibilidades. ¿A vosotros qué os parece? Por mi parte, espero que no haya más sustos y contextualizo todo esto con una captura del último episodio de la serie Dinosaurios, que era para niños, pero moría allí todo quisqui (¡hasta el bebé!) por culpa de Earl, su jefe y otros tantos de la empresa PorqueYoLoDigo a los que les importaba tres cojones la naturaleza y llevaron lo del calentamiento global hasta las últimas consecuencias.

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Y la musiquilla del inicio qué, ¿eh? ¡Molaba un montón!

Sed buenos/as y no hackeéis cuentas ajenas. Y no me hagáis escribir hackear, que está aceptado, pero da urticaria.

Ahogado de faena

Llevo un par de meses bastante ahogado de faena, y, como no es mi estilo pasarme por aquí y escribir cualquier cosa por eso de actualizar, pues paso menos, aunque me cueste. No es que coja el blog con menos ganas que antes, en realidad, todo lo contrario; se me hace complicadísimo no dedicarle el mismo tiempo, pero se han ido sumando una serie de proyectos que lo han dificultado un poco, y, por qué no decirlo, en algunos momentos, también me han hecho algo más feliz.

Para empezar, a finales de abril, la periodista Melisa Tuya —que escribe En busca de una segunda oportunidad Madre reciente me pegó un toque para prologar su salto a la novela juvenil: Mastín y la chica del galgo, que saldrá este año a la venta y cuyos beneficios irán destinados a ayudar a la Fundación Amigos del Perro (Oviedo).

Por esas fechas (mediados de abril, según recuerdo), también me escribieron de Diversa Ediciones —que no llevan un buen año tras la muerte de su perro Coco— para que participe en una antología de relatos animalistas para la que tengo en la recámara un relato breve muy, muy especial.

Nevermind

A la novela ya le estoy limando las aristas, pero seguirá llevándose bastante del tiempo de las primeras semanas del verano. Eso sí, todo aquel que se ha podido leer el primer borrador, me ha enviado, entre sus consejos, muy buenas energías e impresiones, por lo que estoy cien por cien convencido de que ahora sí.

¿Y más cosas? Pues sí, más cosas. Por un lado, tengo dos artículos para El caballo de Nietzsche a los que he dedicado bastantes horas de trabajo; sus títulos, aún provisionales (o no) son: La influencia de los medios en la normalización del maltrato animal, que será el primero en salir publicado (y su título define bastante bien de qué trata, ¿verdad?), y Defendamos la alegría como una trinchera, en el que hablo de positivizar el movimiento animalista y de algunas estrategias que (creo que) pueden hacer esto posible.

En esta línea, hoy es recomiendo la carta abierta de Ruth Toledano al ministro Màxim Huerta, y la lección de escritura que daba el sábado Juan José Millas en El País, de título: El hijo del joyero.

Y si de veras me echáis de menos (¿en serio?), junio es el último mes de “poco blogging”. 

Poco se salva del olvido

El jueves pasado me tomé una cerveza con mi amigo Eduardo. Eduardo se doctoró en historia hace un par de años —y ese pronombre reflexivo no puede usarse mejor—, y ahora da clases a chavales de la ESO y el bachillerato en el mismo colegio donde estudiamos ambos: no sé cómo, pero casi han pasado quince años de aquello.

Le pregunté sobre el trabajo, sobre si los críos son tan insoportables como nos recuerdo a nosotros; él también me lanzó preguntas: que si la novela, que en qué ando, que si va a haber niños, esas cosas. Hablamos de los vaivenes propios del lector: ahora que yo leo más, él lee menos; luego yo leeré menos, y él volverá a leer más. Él siempre había leído más: a mí me costó demasiado entender que, si quería escribir, tenía que pegarme una buena borrachera de palabras. Lo mío eran otro tipo de excesos.

También hablamos de los profesores de entonces, claro: son recuerdos compartidos.

—¿Tú te acuerdas de cómo daba clases el Fulano? —me preguntó Eduardo durante la tarde.

—Ni idea —contesté—. Yo de pocos me acuerdo, salvo de tres o cuatro. Y para ratificar lo dicho, no tardó en aparecer una chica que Eduardo juraba y perjuraba que nos había dado clase de inglés. Yo, ni idea.

Debimos decir que eso es el tiempo, que poco se salva del olvido. Pero ahora, recordando, diría que lo que queda dentro siempre es nada frente a lo que se pierde. Muy pocas cosas entran en las cabezas para resistir, y eso también lo sabe Eduardo, que quiere enseñar a sus alumnos cómo se hace fuego por fricción con arco para ilustrar parte del temario de prehistoria. Es lo mismo que todas las cosas que nos dijimos que haríamos, y que, si hemos tenido suerte, todavía las recordamos e incluso seguimos persiguiéndolas; y, si no, han muerto junto a una parte de lo que fuimos.

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El rapero Jay-Z frente a David Letterman en el programa My Next Guest Needs No Introduction with David Letterman.

Estos días me he aficionado a un programa norteamericano que presenta David Letterman en Netflix —sí, el que hacía el Late Show—; aunque no sé si aficionado es la palabra correcta, pues No necesitan presentación con David Letterman va a episodio mensual, y no es cuestión de verse los cinco en bucle tampoco. Por ahora, todos los invitados han sido de caché: Barack Obama, George Cloney, Malala Yousafzai, Tina Fey y el rapero Jay-Z. Y fue la entrevista a este último —el cuarto episodio, si no recuerdo mal— el que, por sorpresa, más me gustó. Y hasta sé el porqué: en un momento de la entrevista entre Letterman y Jay-Z, que más bien es un diálogo de esos que les gustan tanto a los yanquis y que aquí aún vemos con malos ojos, uno de los dos dijo: tú eres padre, igual que yo, y que muchas otras personas aquí —refiriéndose al teatro donde se graba el talk show—. ¿Por qué ese sentimiento no trasciende a la sociedad?

Yo no tengo hijos, por ahora. Pero puedo imaginar algo similar en el extremo contrario: perder a una persona. ¿Por qué no se mantiene ese aprendizaje que creemos haber hecho tras perder a alguien? Esos días, horas, minutos, en los que uno piensa: voy a aprovechar mi vida, y a darle sentido. Lo más probable es que lo olvidemos porque resulta imposible vivir con la intensidad de esos sentimientos. Quizá por esto, no podemos cambiar el rumbo del mundo, solo darle forma. Hacernos un poco más sabios, retener algunos de nuestros sueños de niños, observar hoy con una pizca más de claridad que ayer: tratar de no traicionarnos.

Y nos dimos un abrazo, y nos despedimos, y nos largamos a nuestras respectivas casas. Y antes, me invitó a la cerveza, y a unas bravas, porque Eduardo, además de profesor, es un tío de puta madre.

Tiendas que no venden nada

Hay un lugar mágico en Oklahoma donde vive Harley. Hoy, viudo del amor de su vida, sigue trabajando en el edificio del viejo mercado de carne de Erick, pero no tiene nada para vender. Cuando pasé a verle, me enseñó la tienda, su casa, su perro labrador (Shine) y un bote de marihuana sobre el que me dijo que nada de chivarme, motherfucker. Si vas a verle, y está de buenas, te canta un par de canciones con la guitarra, o te invita a un trago, o te enseña souvenirs de la Ruta 66. En nuestra mentalidad europea, Harley no trabaja; en EEUU será un entertainer o algo así, un icono vivo de la Carretera Madre, o de La Madre de Todas las Carreteras —no hay palabra que enfundarle en español y que encaje bien—; es un animador, alguien que ha hecho de su pasión un modo de vida, y allí eso se respeta mucho más.

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Por Harley, digo yo, me llegó otra solicitud de amistad a mi Facebook. Era un tal Keith Holt, propietario del Apple Valley Hillbilly Garden and Toyland, una gran colección de juguetes de todas las épocas que se puede visitar cerca de Calvert City, en Kentucky. Si vuelvo, me gustaría pasarme a ver qué hay. Si me preguntasen por qué, no creo que tuviera una respuesta, y lo mismo me ocurría con este viaje. Cruzar un país de punta a punta entraña muchos secretos: ciudades, caracteres, costumbres, historia… Pero hasta hace poco no entendí por qué le propuse hacer la Ruta a mi mujer, y no es por el mero hecho de disfrutar conduciendo o de viajar de otro modo —más despacio, más digerible, más real—, sino para comprobar con mis propios ojos que no hay una única forma de hacer las cosas, que, en California, hay un tío que vive en su bosque de botellas de vidrio, que hubo otro que se montó su propia réplica de una gasolinera Sinclair tras jubilarse, y, en definitiva, que siempre habrá una oportunidad en algún tramo del camino.

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Todo eso es lo que uno aprende en las viejas carreteras que oculta la Autopista 40, y aunque cueste de tragar, es jodidamente zen el sentimiento con el que te abofetea diciendo: no hay una forma de hacer las cosas; ser nómada también está dentro de ti; el mundo está lleno de locos que viven su propia locura, y también de oportunidades. Y todo eso, ¿dónde?, solo unas millas más…

Black Mirror: nueva temporada; pocas sorpresas

Contiene spoilers de los capítulos.

El 29 de diciembre, Netflix liberó los seis episodios de la cuarta temporada de Black Mirror. Yo había prometido escribir un tercer artículo (o cuarto, ya ni recuerdo) sobre las cuestiones morales que flotaban —o te arreaban un bofetón— en los dos últimos capítulos de la tercera temporada, y lo retrasé, y retrasé, y ¡catapum! Cuarta temporada. A las pocas horas, miles de opiniones por todas partes; a los pocos días, llegan los artículos, los análisis y las columnas de opinión; palabras en prensa en busca del trending, de la viralidad, de esas cosas que ya siempre va a necesitar el medio digital.

Alberto Rey es una de esas figuras que ha escrito cuatro líneas en El Mundo. No muy tarde. Le pagan por columna, de un modo u otro, y sabe que aquí primero es mejor que segundo; por lo menos, en relevancia, comentarios, estadísticas; en definitiva, en redes sociales. Por eso yo llego rápido hasta él, y leo: «A medida que Charlie Brooker entrega episodios de ‘Black Mirror’ cae su valoración en el voluble mercado de la opinión televisiva. Una mezcla del clásico (e injusto) “tú antes molabas” y la lógica pérdida del factor sorpresa. No es tanto una merma de calidad del producto como un cambio del mercado y el espectador.»

Y una mierda.

Así que aquí empiezo yo, que también descubrí Black Mirror antes de que fuese tendencia. Pero primero una opinión rápida, en ráfaga, certera o no. Hay dos o tres capítulos que se salvan: Arkangel, que ya no sorprende, y Black Museum, que juega en exceso con la nostalgia del espectador fiel. ¿USS Callister? Es original, pero se pierde en el buenismo. Cocodrilo… No trasciende. Cabeza de metal, falla en el fondo y hasta en la forma. ¿Y Hang the DJ? Pues a mi me encantó, a través de la lectura que yo hago de un capítulo algo confuso. Hasta aquí, ahora de uno en uno.

4×01 USS Callister

En cariñoso homenaje a Star Trek, USS Callister podría haber sido una joya, porque habla de las grandes cuestiones de la naturaleza humana: identidad, sufrimiento, muerte… Si alguien hiciese una copia idéntica de ti, ¿serías tú o sería otra persona? Es todo lo contrario a la Paradoja de Teseo (¿cuándo al reemplazar todas las partes de un objeto deja de ser ese objeto?), y, en realidad, está intrínsecamente ligado a la misma, puesto que Robert Daly reemplaza completamente todas y cada uno de los átomos que forman a cada uno de sus prisioneros y los vuelca en una versión digital de ellos mismos. En este mundo, que también tiene algunos elementos de dos episodios míticos de Star Trek (La colección de fieras El escudero de Gothos) que ya se parodiaron en Futurama, Robert ha duplicado a personas de su vida diaria y las ha introducido en un mundo virtual con reglas propias.

USS-Callister (4x01)

Aquí se generan preguntas verdaderamente interesantes: ¿es la copia una extensión de la identidad del original?, ¿hasta qué punto siente y es moralmente reprobable comportarse mal con estas últimas?, ¿es real el sufrimiento en ese mundo o es acaso menos real que en el primer nivel de realidad? De cualquier modo, es una locura ontológica, y también antológica, en la que yo diría que, si las copias son tan exactas como los originales, el sufrimiento que pueden padecer será igual o mayor incluso, puesto que, en este otro mundo, las copias saben que son prisioneras de un demiurgo maligno similar al que podía imaginar Descartes, que no se limita a engañarnos (duda metódica), sino que se presenta y nos tortura; a menudo, y, sobre todo, en un inicio, por cuestiones que no tienen una relación directa con nuestra comportamiento como segundo individuo, sino con las acciones del individuo original. Podría ir mucho más allá (¿tienen los originales una responsabilidad ética frente a sus copias?, por ejemplo), pero no lo haré. Por el contrario, sí agrego que el capítulo podía haber mejorado mucho de dos formas: primero, consiguiendo que alguno de los individuos del mundo real comprendiese el comportamiento de Robert en su mundo “no tan ficticio” (quizá así las consecuencias de sus acciones no parecerían tan inverosímiles), y, segundo, ahorrándonos la carga de buenismo final, donde Daly es castigado hasta niveles que nos cuesta deducir (¿la versión se actualiza y Robert Daly queda atrapado en el parche anterior?, muy rebuscado) y donde los clones, si bien no son liberados, acceden a una cárcel de dimensiones galácticas.

4×02 Arkangel

Un gran planteamiento, y ahí queda. El problema que tiene Arkangel, además de una tecnología muy parecida a la de Toda tu historia (1×03), que más tarde entendemos (Black Museum, 4×06), es una falta total de conflicto fuera del ámbito familiar. No sorprende porque la tecnología que se presenta ya la conocíamos, pero también por el hecho de que el mismo conflicto tampoco es nuevo, y puede relacionarse más o menos rápido con el capítulo que menciono. Si Sara hubiese tenido problemas en el desarrollo, quizá ahí podríamos hablar de un cabo al que agarrarnos, pero la hija de Marie solo es rara, y solo es rara de niña; después, su madre desactiva el filtro, y esta consigue crecer con relativa normalidad (por cierto, esto es poco verosímil por razones puramente psicológicas) hasta la edad del pavo. En realidad, el uso del dispositivo se limita a poco más que a una cámara espía con la que conseguir ver cómo su hija se droga por primera vez, folla y se enamora de un amigo. Sí, la sobreprotección consigue el efecto contrario, como casi siempre, y hasta aquí; pero hay un gran acierto: Arkangel consigue mostrar que el problema, en última instancia, no lo tenía Sara, la hija, sino Marie, su madre, quien desde el nacimiento de la primera no ha aprendido cómo vivir sin esa dependencia que destruye la principal herramienta con la que se relaciona con su hija.

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4×03 Cocodrilo

Cocodrilo es ágil en su planteamiento: se produce un accidente, una pareja decide deshacerse de un cadáver y el tiempo pasa. Quince años después, el artífice del suceso desea reabrir viejas heridas, y, entonces, todo se complica. Otro capítulo que juega con la identidad y el sentimiento: ¿quién es Mia? ¿Una madre y una arquitecto que no quiere que su vida se desmorone o una asesina a sangre fría? ¿Nos define lo que hicimos en el pasado o también las decisiones que tomamos en cada momento? Estas son las dos preguntas básicas que nos pueden guiar por este mundo.

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Cocodrilo es, probablemente, uno de los capítulos más siniestros de todo Black Mirror (¿quién podría matar a un bebé ciego?), y, sin embargo, el uso positivo de las nuevas tecnologías está presente a lo largo de todo su desarrollo. ¡Ah! No está mal, pero ni sorprende, ni convence; quizá por la ausencia de ese cambio palpable que nos mueve de una veinteañera histérica que se ve sobrepasada por la situación a una psicópata capaz de todo. ¿Será la falta de castigo lo que la cambió o solo faltaba motivación suficiente? No lo sabemos. Y tampoco se explica: apenas se entrevé.

4×04 Cuelguen al DJ

Quizá no soy objetivo, pero este es el capítulo que más me ha transmitido: con más chicha que Arkangel, menos exigente que Black Museum —que lo es, y a distintos niveles—. Empieza así: en el Sistema Amurallado ya no tienes por qué conocer gente, tener citas vacías o comerte el tarro pensando si encontrarás a tu media naranja: el sistema te empareja constantemente con otras personas hasta que, tras dos, diez o doscientas relaciones, encuentra a tu pareja ideal. ¿El problema? El problema es que Frank y Amy se gustan desde el principio, se caen bien, encajan, y el sistema dicta que su relación durará solo doce horas. Doce. A partir de aquí, Cuelguen al DJ explora las relaciones posteriores de ambos y cómo hay algo que no encaja en este mundo. Más adelante, su Tutora, el cachivache digital que les asesora, vuelve a emparejarles, pero recelosos del tiempo que les ofrece esta vez, deciden no descubrir la cuenta atrás presente en toda relación de aprendizaje que les ha asignado.

El planteamiento recuerda, en líneas generales, a San Junípero (3×04): un amor imposible condenado a terminar, y ofrece un giro de ciento ochenta grados cuando los protagonistas comprenden que el programa de citas es la verdadera prueba: si tienen que vivir en el Sistema, mejor escapar donde puedan estar juntos; y si Amy tiene razón, así es como realmente podrán conseguirlo. Pero no. Al escaparel capítulo nos muestra como todo eran versiones del algoritmo de citas del programa que utilizan ambos en el mundo real, y que, en el 99,98 % de las veces ha demostrado que son compatibles. En un bar, mientras suena Panic de The Smiths, Frank ve a Amy de lejos, y Amy a Frank, y nosotros quedamos estupefactos al comprobar que toda la historia que hemos presenciado solo era un cálculo más del programa de citas que los dos utilizan en su smartphone.

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Como es habitual, Black Mirror vuelve a jugar con los niveles de realidad, así como con nuestra percepción de los mismos. ¿Es falso todo eso que hemos visto porque no ocurre en nuestro mundo?, ¿tienen valor esas relaciones y esos mundos creados en la Nube?, ¿hasta qué punto podemos amar, sentir o vivir como hasta ahora en un mundo donde son Tinder o Siri los encargados de hacer que nos conozcamos y reconozcamos? Complicado, sin duda. En mi opinión, le falta algo de innovación, que ya es difícil encontrar en esta cuarta temporada, y un desenlace menos abrupto, o, por lo menos, más digerible tras tanta metafísica.

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Horrible. Atroz. Y no merece ser Black Mirror. El peor capítulo de toda la serie con muchísima diferencia. No obstante, para que se entienda que no es una crítica bestial sin fundamento y, entendiendo que cualquiera que esté leyendo esto ha visto los episodios o no le preocupan los spoilers, ahí va la sinopsis argumental: unos supervivientes/carroñeros intentan robar en un almacén algo para un tal Graham, que está muy enfermo, y se ven sorprendidos por un robot que los ataca y asesina; la única superviviente escapa y consigue refugiarse en una casa, armarse con una escopeta y destruir a la máquina que la persigue, pero, al morir, esta explota incrustando en su rostro y en su cuello rastreadores para que otros robots la encuentren. En el almacén, la cámara nos enseña que fueron a por un oso de peluche, por lo que se entiende que el enfermo era un niño que quería un juguete y que el mundo está hecho una mierda.

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Vale. ¿Y? No nos importa qué coño era el Mcguffin porque ya no hay conflicto, y lo peor es que, en Cabeza de metal, nunca lo ha habido. Por contexto se presupone que el mundo es una distopía, pero no sabemos ni qué ha pasado, ni qué está ocurriendo ni qué propósito tiene la protagonista, ¡porque no lo tiene! Los americanos que son tan y tan buenos en plantear historias y meternos dentro de ellas rápido, aquí la pifian: no hay trama, no hay presentación, y no hay conflicto más allá de la mera supervivencia típica de las películas de zombis. Para terminar de cagarla, el capítulo se presenta en blanco y negro sin un fundamento lógico; vale, quizá el nivel de detalle de las expresiones y sensaciones de los personajes transmite mejor así, y, de paso, se aleja del gore típico de las películas de terror o los thrillers, pero me importa un bledo —como si es un universo alternativo, o un espacio digital monocromo—, porque no hay historia. De filosofía, moralidad y similares, ni hablamos; es un capítulo estilo Rick Grimes y compañía, pero de los más malos que se te ocurran.

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Por último, el episodio con el que se cierra la temporada es original, diferente y arriesgado, pero funciona. Rolo Haynes es el propietario del Museo Negro, un espacio donde se exhiben extraños objetos de vanguardia con una espantosa historia detrás. Al museo llega Nish en su coche eléctrico, y al comprobar que este necesita tres horas para cargar la batería, decide hacer un tour por el espectáculo circense. Con este planteamiento se nos explican tres historias relacionadas con el pasado de Rolo: el implante neurológico del Dr. Peter Dawson, el oso de peluche donde está atrapada la conciencia de Carrie y el holograma de Clayton Leigh, condenado a sufrir la silla eléctrica una vez, y otra, y otra más, por toda la eternidad.

Sin duda es el episodio más complejo de toda la temporada, tanto en la trama como en la escenografía, que recoge alusiones (huevos de pascua o easter eggs, en inglés) de todos los capítulos de la serie y que, de nuevo, sirve para comprender que muchas de las historias conviven dentro de un mismo universo —o podrían hacerlo—. Las tramas siguen hablando de la identidad, y de cómo esta puede pervertirse mediante el mal uso de la tecnología. Black Museum retoma el discurso del individuo y el yo, y de cómo este puede alterarse y descontrolarse a medida que creamos y superponemos capas de realidad, así como las implicaciones éticas y los sesgos cognitivos que estos pueden causar —hay que tenerlos cuadrados para convencerse de que es buena idea meterte a tu novia en la cabeza, así como  a tu ex en un osito de peluche— como el resto de personajes que se mueven entorno a Carrie en su historia o la ausencia de un proceso legal que prevea la mayoría de los casos en los que Rolo se ve envuelto durante su época como reclutador de investigación neurológica: ¿qué importa más?, ¿el individuo o el avance científico? La respuesta parece obvia.

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Con toda probabilidad, el desenlace de Nish y Rolo es la mayor vuelta de tuerca que encontramos en estos seis episodios, o casi, y, a su vez, se encuentra perfectamente hilada tanto con la última historia, como es lógico, como con las anteriores: el oso de peluche en el coche, la identidad de Nish, el museo en llamas, la justicia poética que se le inflige a Rolo… Como pequeña contrapartida, lo adelanté al inicio del artículo: parece difícil creer que todas estas historias se puedan desarrollar en una misma línea temporal; esperemos que este caramelo que se nos lanza a los espectadores, no se vuelva contra la serie.

En definitiva, la cuarta temporada se cierra con dos conceptos que están mucho más cerca de nosotros de lo que podríamos imaginar: conciencia digital e identidad virtual llevadas, a menudo, a los extremos más espantosos y distópicos que se nos pudieran ocurrir, pero solo en el marco de la falta de probabilidad, no de la imposibilidad. Asusta un poco, ¿eh?


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¡Feliz 2018, por cierto!

Firewatch: 79 días en Wyoming

Pocas son las historias de otros que me empujan a escribir. Estoy convencido de que asistimos a un momento donde el cine está siendo fustigado por la tecnología, por las historias que pueden narrarse en televisión y por los límites de un modelo audiovisual que, poco a poco, ha ido perdiendo fuelle y resistiendo entre títulos reconocibles: Blade Runner 2049, Trainspotting 2, Kong, Alien, It, Saw, y Star Wars, Star Wars y Star Wars. De vez en cuando, siguen apareciendo verdaderas maravillas en la gran pantalla, claro que sí, pero la oferta audiovisual se ha ampliado lo suficiente para que muchas de esas grandes historias se hallen hoy, en Netflix o en HBO, y, más allá todavía, en nuestros ordenadores; de un modo que no imaginábamos los que tuvimos una Nintendo con el Duck Hunt —pobres patos; y qué perro tan cabrón— y que ahora babeamos con propuestas tan complejas como Firewatchsobre el que me he decidido a escribir un año más tarde del debut de Campo Santo. Y eso debería ser suficiente para ver que las cosas han cambiado, porque lo que nos movía hace unos años, no tiene nada que ver con lo que nos mueve ahora, o, por lo menos, no en la misma medida: por eso no vengo a hablar sobre la mirada que Villaneuve —que no Ridley Scott, que también está muy ocupado exprimiendo la saga Alien— hace de los replicantes (y que ni de puta coña merece la nota que tiene en IMDB, Rotten Tomatoes o similares), sino de una historia que te invita a perderte en un parque natural en Wyoming (EEUU), y donde todo se complica, más y más.

Firewatch (mapa; brújula)

Cuando la narración cobra vida propia

Imagínate que algo te ocurre. Algo muy grave que pone tu vida patas arriba. Algo que te hace ver que no puedes seguir así. Sabes que solo quieres escapar, coger aire, distancia; recordar cómo era todo antes. Y, entonces, en el periódico, aparece un anuncio: es una oferta para trabajar como vigilante de incendios forestales en el Parque Nacional de Shoshone, en Wyoming; estamos en 1989, y Yellowstone lo ha cambiado todo. Tu vida también cambia por completo. Tu esposa, enferma de gravedad, vive ahora en Australia: te sientes muy culpable; no puedes más. Subes las escaleras a la torre de vigilancia que será tu hogar durante todo el verano, suena el walkie-talkie. Es Delilah: tu jefa. Día 1.

Así empieza una historia de ocho horas de duración en la que la naturaleza compone el escenario idílico de un relato en el que te ves obligado a zambullirte sin provocaciones; él es Henry, tú eres Henry, hasta lo más profundo. Le conoces perfectamente; te conoces perfectamente, y, ahora sí, con toda una historia detrás, puedes iniciar un viaje cuya principal virtud es la búsqueda de la propia identidad en el otro, que también eres tú. A partir de aquí, cualquier pequeño detalle (o spoiler) podría romper parte del encanto de este relato que se puede devorar en poco más de cuatro horas, calculo, pero que es necesario extender a lo largo de uno o dos días de travesía: descubriendo los juegos de luces, el sonido de la fauna autóctona, recogiendo las latas de cerveza de los senderistas más guarros sin un motivo real, o sumergiéndote en las conversaciones por radio con tu supervisora. Eso son los tres grandes «qués» que convirtieron a un título indie como Firewatch en uno de los juegos del año pasado: naturaleza, introspección de los personajes y, sobre todo, narrativa, porque no es un shooter en primera persona, ni un survival; no es nada de eso, es un libro de esos de «elige tu propia aventura» con más espacio alrededor; y le han puesto mil nombres (walking simulator, aventura interactiva…), mas queda entre medias de todos ellos. Es genial.

#1. El mundo desde una atalaya

Henry: What’s a lichen?

Delilah: Well wouldn’t you lichen to know.

Henry: Oh my god, GOODBYE.

Firewatch (Camposanto, 2016)

Naturaleza y jugabilidad en un tándem imposible. En una atalaya, con tu supervisora llamando tu atención a lo lejos, un espacio que se prevé limitado al jugador y cientos de objetos que nada tienen que ver con tus tareas: latas vacías de cerveza, libros, el cuerno de un venado, chocolatinas que olvidaron otros guardas… ¡Y quieres verlo todo! ¡Empaparte! Rastrear cada pequeño secreto, cada nota, edificio o palmo del río. Firewatch te sorprende a cada paso, porque, en un escenario de unas pocas hectáreas ficticias, inicias un viaje que te habla de la propia identidad: de quién somos, de qué huimos, de la paternidad, del amor, del olvido, de las relaciones humanas; y también nos enfrenta a todo aquello que normalmente tendemos a obviar: la naturaleza, las pequeñas cosas, los instantes en los que el iris devora el ojo para beber un ocaso de arenisca roja, o en el frío que viaja entre las yemas de tus dedos al palpar esa botella de tequila que ha dormido un día entero bajo el curso de un río; la artificialidad de nuestras vidas. ¿Quería Henry la vida que tenía?; ¿realmente quiere vivir con Delilah algunas de las experiencias que comparten a lo lejos?, ¿está proyectando otra vida en otra mujer?

Firewatch (torre de vigilancia)

#2. Conócete a ti mismo

Fui a los bosques porque quería vivir deliberadamente; enfrentar solo los hechos de la vida y ver si podía aprender lo que ella tenía que enseñar.

Henry David Thoreau (1817-1862)

Los desarrolladores de Firewatch aprovechan un entorno perfecto para hacer evolucionar la psicología del personaje. Henry está a varias millas de distancia de cualquier compañero y, a lo largo de toda esta aventura, la interacción física con otros personajes será mínima. Es más, la aparición de otras figuras, de forma tangible como intangible —en la pantalla, me refiero—,  resultará insignificante. Es esta soledad la que nos permite conocer rápidamente al protagonista en los 79 días que enmarcan la historia. Ese minimalismo de los personajes permite abstraernos hacia la emocionalidad, donde la imperfección de Henry y Delilah, sus propias taras personales y su psicología se dibuja y desdibuja a través de los extraños hechos que se suceden en el parque. Esta conexión solo es posible gracias al escenario, a la invisibilidad de los personajes (tanto a través de la complicidad visual que permite la primera persona como por la falta de elementos comunicativos, que se limitan a un walkie-talkie y aquello que encontramos en varias hectáreas a la redonda) y a la dimensión que confiere un contexto desconocido —para el jugador y para el personaje— en el que estamos obligados a movernos, y, quizá, sobrevivir. Es esta abstracción la que convierte un buen juego en toda una experiencia, la que nos permite viajar por la psicología de los personajes sin verlos siquiera, y, poco a poco, movernos a través de sus emociones más íntimas.

Firewatch (ocaso)

#3. Sobreviviendo a las Rocosas

De pronto, recordé lo que dijo Carlomagno. “¡Que mis ejércitos sean las rocas, los árboles y los pájaros del cielo!”

Indiana Jones y la última cruzada (Steven Spielberg, 1989)

Y no es ninguna tontería eso de sobrevivir en el Parque Nacional de Shoshone. No solo porque los osos pardos se acerquen a limarse las uñas contra árboles de cincuenta pies de altura que usan como mondadientes, sino porque el argumento ofrece más pronto que tarde un hombre del saco que se suma a la naturaleza, lo desconocido y el mismo protagonista, quien antes o después, advertimos que no deja de ser su peor enemigo. Frente a esa gran carga que arrastra Henry (¿encontrará la forma de encauzar su vida de nuevo?) se suma otra pregunta: ¿qué ocurre en Shoshone?; ¿están en peligro?; ¿lo descubrirán siquiera? Aquí, Firewatch juega muy bien con las expectativas del jugador, e incluso con las normas internas del propio género (destrozándolas), donde cada pequeño detalle suele conducir a otra cosa, y esta, a otra… pero no aquí . Quizá una tienda de campaña hecha jirones puede significar o no significar; o una llamada misteriosa de tu jefa, quien ha olvidado colgar el teléfono… Es realismo puro y duro: en el peor sentido de las palabras.

Firewatch (bosque de álamos)

Es esta trama articulada en pequeñas decisiones que te acercan a Wyoming sin prisa la verdadera maravilla tras Firewatch. Su secreto. Son los pequeños detalles: los textos, el pastor alemán o el beagle, esa primera frase, los hijos ahora, o nunca, la música que perfila la escena, y, poco a poco, las montañas, y el verde, y esa luz anaranjada, de amarillos y rojos cuando el sol agoniza. Un planteamiento novedoso que crea expectación y nos introduce en una historia con los elementos justos al principio (texto, un garaje, una senda, el bosque) y explota en una panorámica de postal. Tu trabajo. Tu nuevo hogar. Tu vida.


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