Mastín y la chica del galgo

Hace meses, quizá un año, Melisa me escribió pidiéndome un favor: prologar una novela juvenil. Le dije que sí, de inmediato. Entonces, Mastín y la chica del galgo, como se titula la novela, todavía era una historia planteada por entregas en su blog, todavía tenía que pasar por correctores, pruebas de galera y todo lo que su autora haya estimado oportuno antes de lanzar el Verkami solidario que, en 5 días, ha conseguido casi el 75 % de su objetivo. Estoy convencido de que alcanzará los 8.000 euros que necesita en un plisplás, porque se lo merece, porque cualquiera que esté familiarizado con el trabajo editorial y el crowdfunding sabe que lanzar un libro es una labor titánica y tener éxito en una campaña de micromecenazgo tres cuartos de lo mismo. Ella se ha lanzado a la piscina por duplicado y no verá ni un duro de todo este trabajo, porque toda la pasta va destinada a la protección de perros y gatos sin hogar a través de la Fundación Amigos del Perro. Yo, por mi parte, os dejo aquí el prólogo que me pidió y, de paso, os invito a aportar lo que podáis al proyecto.

Ahí va mi prólogo de Mastín y la chica del galgo:

Fue un humorista americano quien nos dejó una de las mejores frases que se han dicho sobre los perros. Ese humorista era Corey Ford, un neoyorquino que atrapó gran parte de la verdad que viaja con cualquiera de estos animales en una idea muy simple: debidamente entrenado, el hombre puede ser el mejor amigo del perro, ¡y qué indiscutible es esto! Porque uno puede entrenar a un perro, enseñarle trucos, educarle, pero si hay algo que no hace ninguna falta trasmitir a nuestros peludos es a ser buenos, nobles y fieles: no hay por qué esmerarse en que sean nuestros mejores amigos, porque eso les viene de serie.

A esta novela que tienes entre tus manos le ocurre algo similar, porque a su autora también le acompaña una sensibilidad de esas que impresionan —como defensora de los animales, como madre, como activista— y que ha sabido trasladar a esta apasionante historia que, a su vez, es una lección avanzada de animalismo y humanidad.

Melisa emuló en su blog, En busca de una segunda oportunidad, una gesta que, de algún modo, la ha conectado con Dickens, Dostoievski y Hemingway; o con el Gurb de Eduardo Mendoza, el Alatriste de Pérez-Reverte o la Mirta Bertotti de Hernán Casciari, pues también Melisa se ha atrevido a recrear una novela por entregas, que, ahora, salta a la edición en papel. Y salta para hacerte pasar un buen rato, hacerte pensar y para darte la oportunidad de apoyar el trabajo de la Fundación Amigos del Perro. Pero lo sepa ella o no, estoy convencido de que su acción va a llegar mucho más lejos, y tengo mis razones.

​Con el fin de que empieces a leer con más ganas, si eso es posible, te diré que te vas a encontrar con una historia cien por cien animalista, y más importante todavía, cero por ciento mascotera. A lo largo de la narración, comprobarás lo que supone tener un perro, los esfuerzos y las alegrías, las pequeñas cosas: enseñarle a hacer pis cuando es un cachorro y buscar consuelo en vuestros paseos tras un mal día, que él o ella siempre percibirá y se acercará a colorearlo con su presencia y con un par de lametones. También acompañaremos a Martín, el protagonista, en su lucha por demostrar junto a Logan, el pitbull de la familia, que el problema nunca es la raza, sino cómo educamos al perro, y que nuestros colegas caninos envejecen como cualquiera, y que hace falta que todos nosotros nos impliquemos hasta comprender cada una de estas cosas como sociedad.

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Vendí el Ford por cuatro duros

Vendí el Ford de mi padre por cuatro duros a una de esas empresas de compraventa de coches. Estaba hecho caldo. No me ofrecieron mucho, pero sí suficiente, y ahí quedó tras más de una década juntos, en un garaje de Cornellá, entre dos decenas de vehículos que, de algún modo, transmitían cierta tristeza del tiempo pasado.

Antes de ayer, me enviaron un correo electrónico para que valorase el servicio. No respondí, pero por la noche soñé alguna estupidez, algo como que el espíritu de mi padre muerto se había quedado allí encerrado: como si las cosas de otros se impregnasen de parte de su esencia. Tampoco es tan raro, ¿no? Se me vinieron a la cabeza unos cuantos ejemplos más: los libros con encuadernación de lujo que me llevé de casa de mis abuelos (y que no sé si ellos leyeron o, simplemente, mi abuela se pasó cincuenta años quitando el polvo a las cubiertas mientras las páginas amarilleaban como una piel que envejece); el piso de la tía de mi madre en la calle Guipúzcoa, con su comedor separado del salón fingiendo ser clase media-alta, sus paredes empapeladas y sus mil historias que ni mi abuela, ni mi madre, ni yo conocimos (y quizá de ahí lo de ponerlo rápido en alquiler, por el no sentirlo muy propio); el collar marrón de Golfo, el labrador blanco de mis suegros, que heredó mi perro Argos, y que hace mucho que debe sentir suyo, advirtiendo en el cuero o en la piel sintética un matiz familiar —pues los dos perros se conocieron cuando uno era anciano y el otro aún cachorro—. Usar las cosas de otros es muy similar a mantener expresiones rancias en el presente e incluso a atreverse a legar palabras a un tercero —en el caso de mi padre, nos regaló sapera para las chaquetas de entretiempo, y trabanqueta para las zancadillas, que he terminado por rastrear en una canción de Serrat, a caballo entre el castellano y el catalán—, también la duda de si creía en política o era un descreído a los sesenta, y, sobre todo, si desordenaba pronombres aposta —la típica lucha castiza de muchas casas entre el me se y el se me— o lo hacía para tocarme las pelotas.

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El Ford se lo compró poco antes de saber que el cáncer le había alcanzado—vaya carrera de fondo la suya con el tabaco— y lo empezó a coger mi hermano mayor. Pero a mi hermano le ocurre eso de las viejas que tienen que sacar rápido la ropa del muerto de los armarios, y así la berlina acabó rápido en un parking con más columnas de la cuenta (de los que debe diseñar un arquitecto primo hermano de un mecánico) hasta que yo empecé a salir con una chica con carnet de conducir. Pero bueno… No creo en espíritus ni en más allás, así que dudo que la esencia de mi viejo perviva ahora en un Ford desguazado o vendido por algún duro más de los que me lo compraron. Sí había hollín o tizne de diez mil cigarros sobre la felpa gris de la ventanilla del conductor: le sobró tiempo, porque fumaba como un carretero; una agarradera suelta de la que estiraba mi abuela como si aquello fuese la respuesta a todas sus plegarias; el plástico del cambio de marchas raspado desde que yo lo cogí, porque alguien (supongo que él, mi padre) arrancó un trozo de la palanca, y luego siguió y siguió hasta que llegó a mí. Eran este tipo de cosas lo que le daban mal rollo a mi hermano y le provocaban el síndrome de vieja de pueblo; yo las leía distintas: como recordatorios que me hacían sonreír a veces, y recordar; recordar cuando mi padre y yo bajábamos juntos hacia el puerto —él a trabajar, yo a la universidad; casi siempre discutiendo—, algún viaje en familia (quizá los últimos), y los cabreos por haber cambiado de coche y lo poco que giraba la dirección (no era cierto, era un coche de puta madre, pero debía sentir algo similar a lo que me pasa a mí ahora con el nuevo, que no tiene motor, ni reprise, ni un carajo de cosas que me voy inventando sobre la marcha). Uno no necesita de un coche para recordar a la familia, claro que no; antes o después, es suficiente con las imágenes que se evocan, las expresiones que se comparten, incluso las barrigas que se van pareciendo las unas a las otras.

No, no creo que el espíritu de mi padre esté preso en el Ford. Es más, no creo que haya espíritus de esos. Pero me gusta pensar que sí que estaba conmigo en los momentos importantes en los que él ya no estuvo: cuando me saqué el carnet de conducir (tarde, y no cuando él hubiera querido), cuando me mudé de casa una y otra vez, cuando murió mi perro Caos y dio la puñetera casualidad de que el coche estaba en la esquina de la calle (algo que no era habitual) o cuando caí por un barranco a cincuenta metros de altura, y ni yo ni mi mujer nos hicimos ni un rasguño. Sé que no estaba en espíritu, pero en esto prefiero pensar que sí, y también intuyo que no fue vender el coche lo que me puso triste, sino otra cosa, algo más personal de lo que hoy no me apetece escribir.

IV Concurso de Historias de la calle: “El brillo de los ojos en las ventanas”

Como ya empieza a ser costumbre, voy subiendo algunos relatos en el Club de Escritura de la Fundación Escritura(s)-Fuentetaja. De este modo, me obligo a preparar algún texto que también puedo compartir por aquí. En esta ocasión se trata de una historia titulada El brillo de los ojos en las ventanas, centrada en una preocupación que mencionaban las bases del concurso y que también he hecho mía: la pérdida de la calle para los niños, la ausencia en los hijos de un espacio amplio y flexible —como mencionan por allí— que sí que tuvieron sus padres y abuelos, y que, en buena parte, les convirtió en los adultos que son hoy.

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Y el Pitu va y se desmonta

El Pitu encañona a la secretaria, chavala pija que se ha caído del Putxet. Testigos: la grapadora (que aún castañetea), el albarán, arrugado del susto, y un archivador tripudo, que le juzgan desde la mesa de recepción.

El mundo hace girar al quinqui del Turó y a la mierda de STAR 9 mm que le ha comprado a otro pieza en el Paralelo. Será, quizá, el descubrir así esta escena (tan de sopetón), que le hace a uno perder el interés en el resto de los elementos que la componen: el mostrador de abedul contrachapado, los nudos marineros que cuelgan de la pared o las letras en azul serigrafiadas en las que se lee escuela náutica, todo esto suspendido sobre los rizos pelirrojos de la chavalita, y las pecas, y esa nariz respingona de putita fina del barrio chino a lo Marilyn Monroe.

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—Tira aquí la caja —exige.

La niña inmóvil, temblando, vuelta del revés, y en estas que aparece por la puerta el matrimonio de los dueños, que viene de desayunar. Ella: corte francés, morena, delgaducha, cuarenta y pocos; él: panzón, con niqui azul del cocodrilo, y pantalones de pinza, y el pelo negrísimo hacia atrás.

Se da la vuelta el Pitu y encañona a los recién llegados.

Pero le cae una hostia que casi lo desmonta.

¡Cagüendios!

Le pitan los oídos.

Le burbujea una oreja.

Baja el arma, coge los caudales y se escurre sin obstáculos hasta la puerta.

Asomado al quicio:

—No me jodas, Niño. Como digas algo en el barrio, vengo y os mato.

Se pierde por las escaleras, y, clic, el seguro, y, tap, tap, tap, esconde el arma en el bolsillo camino a la portería. Allí se encuentra a un tío con cara de sapo sentado tras un escritorio. Ese ya le ha llamado la atención al subir, el muy cabrón, recuerda, y se pierde por la calle Balmes con sus pintas de periferia: el chándal, la chaqueta tejana, las greñas que clarean por delante.

Corre del gris de las prisas al verde de los jubilados: lo hace por Castanyer —callejuela, más que calle— y sube por Roca i Batlle —casi peatonal, y bien lo sabe el golfo—. Sin demora, arranca la motocicleta bajo las escaleras de acceso al parque de la calle Marmellà, de rejas verdes que se encuadran en piedra vieja con gangrena en el rebozo. Las voces de la colina —la pija, la del Putxet— le acercan imágenes de ancianos tostándose al sol en bancos de madera combada, y escapa también de estas, quemando rueda hasta Mitre, a veces en contradirección, para huir de la apatía, del riesgo y de la Barcelona preolímpica que le expulsa en los cruces de miradas, por charnego, y por ladrón.

Ese cabrón ya me ha puesto a los picoletos detrás, piensa. Los semáforos conspiran en su contra, pero él da gas: no deja de dar gas. Las viejas se lanzan en ámbar por Verdi, los ojos de un urbano le apuñalan en Escorial; se atribuye cualquier sirena en su ascenso esquivo por el Guinardó. Llega a su colina: la de la Peira. Se despide de la motocicleta por ahí arriba, donde no se sube si eres de fuera, por Pins, Riberes o Cornudella, donde el laberinto de casas bajas muere y da paso a edificios condenados por aluminosis. Tomando una caña a un par de esquinas, ya ni se acuerda de dónde queda la moto del gafe de turno, y mejor.

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El bar son dos mesas y tres taburetes, y Pepe Culé —cincuentón, rechoncho, campechano— detrás de la barra; y allí la plancha, el barril, la máquina de café. Eso es todo; todo en lo que se ha fijado el Pitu ahí en su puta vida. Invita a los presentes a picar algo para celebrar el éxito —dos sevillanos y un moro a los que ni mira— y se larga a reventar la caja de caudales al taller de su cuñado, que nunca pregunta.

Mientras el Paco hace su magia, contempla el Pitu la persiana del taller, que ya cierra sus fauces medio muerta de hambre.

—Que son las dos y cuarto, Pitu, me cago en la puta —gimotea el Paco, de panza gorda y patas esmirriadas, de ojos bobos y bolsas viejas que los enmarcan.

—Para un favor que te pido, cabrón.

El Paco prueba con los clics, y con los clacs, pero termina abriéndola con una cizalla, un mazo y un catapún. En estas, que se escurren por la esquina los tres tenores: el José, el Pepe y el otro Paco, al que llaman Paquito para no confundir. El primero marca el paso, con los náuticos que le trajo de Perpiñán el Niño del Turó, y el Pitu bien lo sabe, y sabe que, para ellos, es como irse a los Estados Unidos: moreno, mitad calé, camisa abierta pese a febrero y chaqueta en mano. Le clava al Pitu la mirada a cincuenta metros, y lo peor es que este también se da cuenta de eso. Detrás, el Pepe viene distraído hablando con el que nos falta por ver, que se mueve fuera de la línea de visión del Pitu, y también del Paco, quien deja los trastos y se asoma a ver quién se acerca armando jaleo.

—Los sapos son sapos, Paquito, y las ratas, ratas —explica el Pepe mordisqueando las palabras. Es el más bajo de los tres, camiseta verdiblanca del equipo del barrio que representan, perfil de águila imperial, costurón en el cuello de oreja a oreja.

—Que sí. ¡Que sí! Yo solo digo que estos son de aquí, y el otro es más de allí que de aquí, ¿me entiendes? —contesta el Paquito junto al taller—. Qué, ¿no hay hambre?

El Pitu se encoge de hombros. Mano en el bolsillo. El José le echa una mirada de esas que dicen: pero tú de qué cojones vas, so mierda. Saca la mano de ahí, y el resto que se miran sin verlas venir. Aparece por la retaguardia el Paquito, que el diminutivo bien saben todos que le queda como a un Cristo dos pistolas: metro noventa y tantos, delgaducho, siempre en chándal, y las greñas prisioneras en una coleta.

Habla el Paco:

—Aquí me tiene el cuñao, que ya se ha hecho la escapada de la semana.

—No jodas —contesta el José, y asiente levantando el hocico al cielo. —¿Un pringado de Pedralbes o más pa’l centro?

—De cerca del Putxet.

—¿Pero pa’la zona del Putxet o del Farró?

—Del Farró, por el otro ni piso, ya lo sabes bien —miente, natural.

El Paco que va a hablar, y el Pitu que lo congela con la mirada.

Se hace un silencio incómodo pese a los cinco.

—Cierra pronto, que a las cuatro te vas a arrepentir —comenta el José, encendiéndose un pitillo apaleado que saca del pantalón.

—Tú me dirás. Por cuatro cochinas perras que ha arramblado este gamberro —croa el mecánico.

—Bueno, tú tira, que ya te cerramos nosotros. Pasamos por tu casa y te dejo las llaves cuando suba a comer algo.

El Paco que mira al Pitu. El Pitu que mira al Paco. Se encoge de hombros uno, y se encoge de hombros el otro. La caja en manos del golfo, y el golfo que cierra la persiana. Tira la caja ahí mismo, junto a unas ruedas viejas y un par de latas de aceite; guarda el fajo en el bolsillo.

—Venga, que hoy vamos a comer a La Esquinica, que invito yo, eh.

El Paquito sonríe bobalicón, despertando a la sin hueso que se relame antes de tiempo. El José y el Pepe juzgan con asco, y el Pitu las coge al vuelo.

—Tu puta madre La Esquinica —dice el José.

—Anda que ha tardado el maricón —gruñe el Pitu—. Anda que ha tardado en veniros con el cuento, y aún te habrá llamado por el teléfono.

—Tu puta madre ha llamado.

El Paquito que no lo entiende, y, en estas, que el muy sinvergüenza del Pitu se atreve a sacar de nuevo la mierda de STAR del bolsillo con el seguro puesto. Patada en los cojones marca de la casa. El Pepe aparta el pie y el Pitu se dobla sobre sí mismo; aprovecha este para intentar hacerse con el arma, pero el José la caza antes y le regala un sopapo en la cara que lo lleva al suelo.

—Qué se ha dicho siempre, Pitu. Qué se ha dicho de robarnos en el barrio —el Pepe escupe las palabras, una tras otra.

—Tu puta madre se ha dicho.

Le cae una hostia. Luego otra. Y, en estas, el Pitu que se desmonta frente al taller de su cuñado con los billetes en el bolsillo. ¿Y la llave para cerrar? La llave para cerrar la lleva el José, que ha abierto, ha cerrado y luego viene con el vespino a solucionar un par de temas.

***

José Antonio visita a su madre una o dos veces por semana. Ella: viuda, más vieja por el desgaste que por los años, pegada al moño negro y a las gafotas de pasta que no hay cojones de que cambie. Lleva al mediano con él para ver a la abuela, que no sale de aquel piso con aluminosis que hay que derribar. 

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Camina por el Turó de la Peira como lo que es: su barrio; delantero pichichi de tercera regional, compañero de juergas, parte de la cuadrilla. Allí tiene un nombre y un sitio por siempre. Se forró en los negocios, vive dos o tres barrios más allá y trabaja en la otra Barcelona: la pija, la del Putxet y la de Balmes, y la Diagonal, y la Plaza Cataluña… Pero es el Niño del Turó. Sigue siéndolo. Ahora, y siempre. Ayuda a todo dios, y no se deja engañar: si le pides para drogas, nada; para la familia, los chavales, el perro, ahí siempre. Es bueno, pero no idiota, también se sabe eso: si le engañas una vez, a tomar por culo.

El José lo ve de lejos, camina con el Paco, que no el Paquito, y ríen de alguna idiotez que le ha pasado a uno en el Molino, el cabaré del Paralelo, que se ve que le largaron por baboso, y aún le cayeron cuatro hostias, si no cuarenta.

—¡Niño! Qué abandonados nos tienes, cabronazo —dice el José comiéndose la mitad de las sílabas—. Y este chaval tan guapetón quién es, ¿eh? ¿Quién es?

José Antonio se acerca a los compañeros del barrio con naturalidad. Se imagina que lo del Pitu ya lo sabe todo dios, pero no quiere sacar el tema. Va con su hijo mediano, Javier, que siempre se olvida si ya tiene tres o cuatro años. ¿El chaval?, moreno, con cara de pillo y mofletes regordetes que el Paco le estruja segundos antes de que le imite el José.

—Soy el Javi —dice el crío, chulesco.

—¡Mírale el tío! No sabe ni ná tan enano —ríe el José.

—Le llevo a ver a la abuela —comenta el Niño—. A ver si la convencemos para que venga a comer con la Carmela y los otros.

—Pues suerte, maestro, que tu madre a partir del mediodía ni la policía la saca de ahí según la Antonia, que no es pesá la cabrona —contesta el José, y lo hila en seguida—. Oye, que nos hemos enterado de lo del Pitu, pero ya está hablado por aquí.

José Antonio levanta la palma de la mano y, de inmediato, una ceja; el José asiente, con la lengua apuntando al cielo pintado en gris.

—Venga, Javierillo —dice el calé—, que te vienes a los columpios con el tío José.

Y al niño que no hace falta repetírselo, que ya está corriendo al parque frente a la casa de la abuela y columpiándose, y gritando, y riendo.

—José —dice el Paco, mirando serio al Niño del Turó—. Aquí seremos lo que somos, pero honrados, y las cosas que se hacen, se hacen pues pa’salir adelante siempre, ¡a ver si no!

El Paco, gordo, de patas esmirriadas, que viste camiseta Imperio y pantalones de pinza, saca el fajo de billetes y se lo devuelve al Niño.

—Si ya lo sé —contesta el otro—. Olvídate. Ya vendré yo a hablar con tu cuñado, que hoy no me quiero enfadar con el crío por aquí.

—No, Niño. No. El Pitu se ha largado del barrio. Se ha ido a Huelva, que allí tenemos familia: lo hablamos con estos, y hay cosas y cosas —explica el Paco.

—Pues si se ha ido, y él va a estar mejor y en el barrio menos líos, pues mejor para todos. Pero sí que se ha ido lejos —barrunta, inquisitivo.

—No lo sabes tú bien.

—Pues lo siento de veras, Paco. Y guárdate eso, que, al final, el susto a la Carmen y a la otra chavalita pues ahí queda, en un susto, pero las cosas, si hay cosas, las resolvemos quienes las resolvemos —comenta el Niño, incoherente para quien le escuche, excepto para el Paco y la cuadrilla.

—No te pongas metafísico.

Y vuelve el José con el nene, que se come una piruleta que vete tú a saber desde cuándo dormía en la chaqueta vaquera del gitano.

De vuelta:

—Mira, Niño, vete a tomar por saco a casa de tu madre, y cuando os diga que no unas cuantas veces estamos en La Esquinica, echando una caña, y te traes al crío, que para una Coca-Cola tenemos todos.

El Niño del Turó sonríe, porque sabe que hay cosas aquí que no están allá, y cosas allá que nunca estarán aquí. Es la putada de ser un pobre que se ha hecho rico.

—Luego vengo —dice.

Y luego va.

Poner coma, quitar coma

Estoy reescribiendo. A finales del verano, terminé el borrador de una novela, y, en unas semanas, dejaré de manosear, y magrear, y rasgar, y despedazar, y acariciar sus hojas. Nunca hay una versión perfecta de un texto, pero se me empiezan a acumular esas voces que me dicen que vaya cerrando este capítulo, y aquel otro, porque no aceptan más cambios. Ya sabes: podrás hacerlo distinto, pero no mejor. Por esto, focalizo mis energías en el sprint final, y aunque tengo notas y más notas de temas sobre los que me gustaría escribir en el blog —la turba mexicana que quemó a dos inocentes por un bulo de WhatsApp, el gravísimo problema del activismo de sofá, el procés en Cataluña, que ya me aburre, o la absolución de los cargos de violación y asesinato a los malnacidos que acabaron con la vida de Lucía Pérez en Argentina—, estoy en la recta final de este maratón. Ya está todo hecho, y, quizá por eso, parece que falte más que nunca.

El gran problema del proceso de reescritura de una novela es que es un dolor de huevos (u ovarios) mucho más intenso y duradero que en cualquier otra obra literaria —bueno, quizá la lírica es peor aún, ¿pero quién escribe hoy poesía?—. Decía Oscar Wilde: Me pasé todo el día trabajando en las pruebas de uno de mis poemas. Por la mañana puse una coma, y, por la tarde, la volví a quitar. En eso ando yo, destruyendo párrafos a los que, al final del día, les devuelvo la vida, y poniendo comas de las que me arrepiento casi igual de rápido. Cogiendo distancia del texto y obligándome a no caer en la tentación de creer que tengo un manuscrito excepcional o una mierda. Está a medio camino. Y yo estoy aproximándome por última vez al texto, orientalizando todo lo que contiene bajo aquel paradigma del menos es más e intentando que los capítulos, que ya he perdido la cuenta de las veces que he impreso, dejen de parecer cuadros de Antoni Tapies.

En unas semanas, seré valiente para abandonar el texto y dejarlo volar; mientras, yo qué sé qué más decirte… Mírate la nueva comedia de Chuck Lorre (El método Kominsky, 2018), léete Los Caín, de Enrique Llamas, ve al cine a ver al Mr. Robot como Mercury en Bohemian Rhapsody. Yo aquí sigo, estrujando neuronas; macerando palabras; tabicando historias.

Ladrar a las bombas

Argos y yo tenemos una relación difícil. Los días de sol, mientras tecleo sobre la mesa blanca del despacho, él se queda durmiendo en la terraza de tablones agrietados. De repente, se arranca a ladrar y yo salgo escopetado a reñirle. Eso hago, sí. Le llamo la atención y le invito a entrar en casa, a tumbarse en el colchón que tienen en nuestra habitación; le susurro promesas: que luego iremos a pasear; que jugaremos un rato con la pelota; que descanse, que el día es largo. Pero no soy muy duro, nunca, porque yo también debo molestar al perro con mis mierdas, y Argos no me riñe a mí: él lo soporta todo, estoico. Por esto, aunque sé que hago mal, algunas veces no salgo tras el perro, y le dejo alborotar un poco el vecindario: sin excesos. Hoy, se da esta situación que describo, porque se ha levantado tormenta, y Argos no soporta los truenos, y, durante esos segundos de desatención, le imagino hermanado con un perro sirio, un perro que ladra a las bombas, a los gritos de la gente, al absurdo de la lucha, sin advertir que cada estruendo podría ser su fin; y ladrando a la guerra, que lo despierta una y otra vez de su apacible paz, espero todavía un poco, pensando en que es maravilloso cómo los perros no cesan de preocuparse jamás por su orgullo herido. Y salgo fuera, y ladro con él.

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Una combatiente kurda junto a su perro en Qahtaniya, en la frontera entre Siria y Turquía, el 13 de febrero de 2015.
Fotografía © AFP/Archivos | Delil Souleiman

Los seres humanos pensamos con los pies

Breton, Thoreau, Sebald, Kerouac… Ellos lo sabían: los seres humanos pensamos con los pies. Esta frase no es mía, se la he robado a un redactor de El País que escribió un buen artículo acerca de escritores caminantes. Caminar es el germen de aquel viejo consejo que ya es cliché: ¿quieres escribir? ¡pues sal a hacer cosas! ¡Ay, si salieras a vivir más! ¿Es cierto? Dependerá: en la otra orilla están Proust, Salinger, Harper Lee, Thomas Pynchon, Hunter S. Thompson… ¿necesitaban ellos hacer cosas para escribir?; ¿vivía su escritura de ideas y recuerdos? ¿Qué puede más? ¿El hacer o el imaginar?

Dicen que José Saramago nunca escribía más de dos páginas al día. Sus jornadas de trabajo eran largas, aun así, pero no gastaba demasiado papel. Se ponía frente a la máquina de escribir y tecleaba un par de folios sin prisa. También el escritor Josep Pla se lo tomaba con calma: cuando se atascaba buscando un concepto, mandaba a tomar por culo la inercia narrativa y se liaba un pitillo pensando qué palabra faltaba por ahí. No es ningún secreto que Javier Marías se hace pajas mentales intentando no perder el ritmo narrativo —y eso se traslada a sus novelas de maravilla— o que Juan Marsé no trabaja nada como los inicios de sus novelas, en los que se obliga a recoger la esencia de toda la historia.

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El río Besós a la altura de las casas baratas del Bon Pastor (Barcelona, 1929).

Yo no he podido escribir todo lo que he querido este año, pero sí he podido conocer mejor mi propia escritura: algo es; un consuelo pa’tontos, pero algo es. Sé, por ejemplo, que para escribir tengo tanto que hacer como imaginar, pero sobre todo hacer: moverme; si quiero llevar una escena sobre el río Besós, tengo que ver ese río, u otro río, y poder imaginar y describir esos mojones como submarinos de grandes de los que hablaba Pérez Andújar o esas riadas de octubre que, en otro tiempo, hubiesen mandado a tomar por culo los pisos de los charnegos de Badalona (ahora ocupados por inmigrantes chinos y árabes). Debo tener tiempo para pensar qué decir, que parece una obviedad, pero no lo es: porque no es sencillo escribir siendo pobre; porque la vida literaria siempre fue para los ricos, que son aquellos que pueden conjugar, sin grandes esfuerzos, tiempo y talento. Hay que tener tiempo para desarrollar ideas y para tirarlas a la papelera sin piedad, y salvar retazos, y construir historias, y sacar brillo, y que reluzca. Pero todo lo anterior es nada si uno no se toma el tiempo de consumir —siempre en papel— las vidas de otros.

Cuando palmó Umbral, que me parecía un tipejo horrible y un lector inconmensurable (pero de eso ya hablé), los magacines y la prensa se hicieron eco de aquella locución latina del pienso, luego existo trasladándola al consumo, luego escribo; y jamás a la inversa. Lo que pasa es que se nos olvida, o no hay tiempo —ya lo he dicho por ahí arriba— o está Netflix subiendo más y más series. Hay quien la caga creyendo que leer no es trabajo, sino el hacer, pero, de un modo u otro, leer también es parte de ese caminar. La escritura no es más que un destilado de las letras de otros: la traslación del recuerdo a la actualidad a través del presente en Patria, la perfecta ejecución de un inicio que obliga a seguir leyendo en Superviviente —y en la mayoría de novelas de Chuck Palahniuk—, el adentrarse en la mente del protagonista como álter-ego del escritor, el hablar con los muertos y cómo hacerlo con la puntuación que nos salga del cimbrel (o del horcate) entre imágenes certeras y ensoñaciones, y gaseosa en los oídos, con Marsé, y Chispa, y David, y el piloto del Spitfire…

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Detalle de Saturno (Peter Paul Rubens, 1636)

Los americanos saben mucho de todo esto: son la hostia en los inicios y creando imágenes potentes, como las de Jonathan Franzen, a quien apenas he leído, o David Foster Wallace, a quien empiezo a leer. ¿Quieres ver cómo late Nueva Orleans entera al ritmo de los pasos de un gordo antisocial? La conjura de los necios. Nosotros aquí teníamos La colmena de Cela, pero, al final, idolatramos El ruido y la furia, también con razón; igual que hacemos con la mayoría de historias de Gabriel García Márquez, que nos enseñan cómo apuntalar el inicio de una historia desde aquella muerte anunciada. Y, a partir de aquí, toca despiezar el mecanismo que nos obliga a seguir leyendo y a adentrarnos en la construcción del mundo. Como lectores, porque no podemos hacer otra cosa; como escritores, porque tenemos la obligación de arrancarle las tripas a ese cosmos y devorarlo sin prisas, con el anhelo de que una parte de todo lo allí presente germine en nuestro interior.