BoJack Horseman y sus lecciones sobre cómo contar una historia

Estos días me he vuelto a ver la quinta temporada de BoJack Horseman (Netflix, 2014), una sitcom de animación —a partir de aquí, todo es posible— sobre un actor de televisión que vive en Hollywoo(d). Él es un caballo; su mánager, una gata persa de color rosa; su álter-ego, un perro labrador, que también es actor. Por ahí está Todd, que es humano, pero el menos normal de todos ellos, y Diane, que es una escritora-redactora creativa de ascendencia vietnamita. ¿Y cómo es esto posible? En este mundo, conviven personas y animales antropomorfos, pero eso es lo más sencillo que su creador, Raphael Bob-Waksberg, nos tira a la cara para que digiramos o nos atragantemos: a menudo, parece que se la suda (y hace bien).

En BoJack Horseman los personajes evolucionan a través de la trama: algo a lo que no estamos acostumbrados en las series de animación. Tampoco es habitual que este tipo de series oscilen entre el drama y la comedia (o la tragicomedia), ni se atrevan a tratar temas tan profundos como el éxito y el fracaso, la necesidad de ser amado, las carencias afectivas de las personas, la búsqueda de atención constante. Todas estas cuestiones dan una profundidad a la serie que hace que valga la pena verla, pero, en realidad, yo he descubierto algo mucho más importante para aquellas personas que queremos aprender a contar una historia: ahí metidos hay verdaderos maestros de la narración, y voy a hablaros de algunos capítulos que lo demuestran, ¿vale? Por supuesto, hay mucho escrito sobre la serie, pero si queréis un texto que os convenza de que tenéis que ver este pelotazo de Netflix, leed este artículo de Ana Pacheco: Regodearse en la miseria, como BoJack Horseman. Por mi parte, yo os voy a hablar un rato sobre literatura…

BoJack… ¿qué?

Las dos primeras temporadas de Bojack son una especie de Charlie Harper viviendo la vida de Charlie Sheen (Dos hombres y medio, Chuck Lorre, Lee Aronsohn, 2003-2015). Bojack es una ex estrella de televisión; alcohólico, drogadicto, disfuncional. Gracias al éxito de su antigua serie, Horsin’ Around, Bojack puede mantener un buen nivel de vida mientras sigue sin reconocer sus problemas, su frustración, resentimiento y odio por sí mismo. Hasta aquí, todo es bastante más negro de lo que uno imaginaría para una serie de animación, ¿verdad? Bueno, esa parece ser la clave de su éxito. En cualquier caso, sobre las virtudes de la serie que te hable otro (u otra), para mí ya estás tardando en tragártela a palo seco, y con ansia, y ahora voy a hablar de los capítulos que me han dado una buena hostia en la cara (con [algunos] spoilers [pequeñitos], luego no llores: aunque intentaré no destripar más que lo estrictamente necesario) y me han enseñado cuatro cosas más sobre cómo contar una historia. ¿Te apuntas?

BoJack Horseman es una de las primeras series de animación en Estados Unidos con un hilo narrativo serializado, donde los sentimientos de los protagonistas evolucionan conforme avanza la trama. Will Arnett, actor de voz de BoJack, la ha definido de la siguiente forma: «La paradoja es que los animales protagonizan una comedia cruda sobre la condición humana y sobre una persona que no sabe avanzar (…) Parodiamos lo absurdo de este mundo interesado en las bajezas de los famosos. Es lo más dramático que he hecho. Raphael Bob-Waksberg y yo salimos de la grabación hechos polvo».​

He recopilado diez capítulos que narran una historia (o parte de esta) de formas muy distintas entre sí. ¿Por qué diez episodios? Por nada en especial, porque son diez los episodios que más me han llamado la atención y más difíciles me parecen de construir y mover conforme a sus respectivas tramas. ¿Son mis capítulos favoritos? Algunos sí y otros no. Como pez fuera del agua, por ejemplo, ni tan siquiera me gustó demasiado, pero el final te da un buen meneo a la cabeza y, de paso, explica todo lo que ha ocurrido durante, y hay que reconocerlo: eso no es fácil de hacer.

Final infeliz (Bojack Horseman, 1×11)

Sinopsis del capítulo: BoJack, aún molesto por el libro que escribió Diane, le pide al señor Pinky Pingüino que le dé una semana para escribir una versión mejor. Al no poderse concentrar para escribir, pide ayuda al doctor Hu, quien le ofrece drogas para dejar fluir su creatividad. Sara Lynn y Todd deciden ayudar a BoJack, pero este termina en un “viaje” alucinógeno. 

El cambio de narrativa en ese capítulo es uno de los primeros ejemplos para acercarnos a un Bojack sin filtros. Algo que apenas conseguimos como espectadores en la primera temporada debido al carácter del personaje (en BoJack odia a los soldados, BoJack Horseman, 1×02, somos testigos de la mala relación con su padre en un flashback), pero no es hasta esta experiencia a lo gonzo cuando podemos observar muchos de sus traumas: infancia, amigos dejados a un lado, sentimientos contradictorios hacia el señor Peanutbutter, el cacao mental entre lo que se ve de cualquier famoso y lo que queda detrás y, por descontado, guiños a un montón de cosas, desde los Peanuts hasta Dr. Who que nos recuerdan todo el tiempo que Bojack sigue siendo un dibujo animado: le quitan la línea de contorno, lo borran… En las pesadillas psicotrópicas, parece que todo vale, incluso jugar con la cuarta pared. Sobre el uso de la animación a favor de la narrativa, en Hablemos de BoJack Horseman: La autodestrucción y el miedo a la infelicidad (de la cuenta de YouTube Un Mapache A Prueba de Todo) se listan varios ejemplos de los que hablo.

Diane y el señor Peanutbutter caracterizados como dos personajes de Peanuts en el viaje alucinógeno de BoJack…

Tras la fiesta (Bojack Horseman, 2×04)

Sinopsis del capítulo: La historia se divide en tres partes que se enfocan en distintas visiones sobre la fiesta sorpresa de cumpleaños de Diane. Al largarse de la fiesta, Princess Carolyn intenta descubrir qué oculta su nuevo novio, Vincent; mientras tanto, el sistema operativo de teléfono de Todd se enamora del sistema operativo del teléfono de Princess Carolyn por un fallo en el software. BoJack y Wanda golpean a un venado mientras Wanda se dirige al bosque para ver si está bien y Diane y el Señor Peanutbutter discuten sobre si Tony Curtis está muerto o no y por qué demonios eso importa.

Este episodio se divide en tres historias distintas que nacen de un punto de partida que comparten todos los personajes, algo que no es una gran novedad (por ejemplo, Trilogía del error en Los Simpson, 12×18), pero que no deja de ser bastante difícil de articular y que quede como dios manda en la narración. Aun así, de las tres historias, lo más interesante es el uso de un recurso bastante complejo en forma de chiste que le cuenta Wanda a Bojack. El chiste en sí parece no tener sentido hasta que lo conecta con la segunda parte de otra historia que, a su vez, no parecía tener ninguna relación con la primera historia que le ha explicado un buen rato antes. A la vez, resulta un guiño hacia el espectador y hacia el personaje de BoJack (a veces las cosas buenas necesitan de tiempo, le dice).

El “chiste” de Wanda y el jardinero que siempre acertaba con la cantidad de abono.

Mi hogar es el mar (Bojack Horseman, 2×12)

Sinopsis del capítulo: Al volver a Hollywoo, BoJack se entera por parte de Princess Carolyn que la filmación de Secretariat terminó sin él cuando Lenny Turtletaub reemplaza al verdadero Bojack con una versión CGI. El caballo consigue dinero para el establecimiento del “Orfanato BoJack Horseman” como parte de una promesa que hizo en el funeral de Herb Kazzaz. Princess Carolyn y Rutabaga Rabbitowitz están cerca de abrir su propia agencia. Todd abandona la casa de BoJack para trabajar en el crucero propiedad del grupo de comedia de improvisación, donde al final termina descubriendo que se trata de una secta y es rescatado por su mejor amigo.

El equipo creativo sigue probando cosas nuevas en Mi hogar es el mar con un capítulo que empieza mostrando, en paralelo (pantalla partida en el episodio), el día a día de Diane y el señor Peanutbutter que están afrontando una crisis de pareja: Peanutbutter cree que su mujer está fuera del país y Diane se niega a admitir que ha fracasado otra vez. La construcción de esta escena inicial nos permite asistir a una narración no lineal mientras seguimos, a la par, las acciones de estos dos personajes. Sin embargo, la parte más divertida del episodio es aquella en la que Todd se une a un grupo de improvisación y, para escapar del crucero, debe vencer a sus antiguos amigos mediante la improvisación, una narrativa en la que BoJack participa a regañadientes para poder recuperar a su amigo. A ver si me explico, en este caso, BoJack no cree que lo que las acciones de Todd y los marineros improvisadores tengan sentido ni relevancia, pero les sigue el rollo aceptando ese “nivel ontológico de realidad” para poder largarse del barco con su colega y, a la vez, todo lo anterior se hace necesario para nosotros como espectadores para que avance la trama. Rebuscadillo, ¿eh?

Todd Chávez: “Tú no lo entiendes, si mueres en teatro improvisado, ¡MUERES en la vida real!”
BoJack: “Este barco está lleno de imbéciles.”

Por descontado, pueden haber muchas otras muestras en las dos primeras temporadas que me he saltado o he obviado, pero se trata siempre de pinceladas o de pequeños ejemplos: del narrador protagonista al monólogo interior, de recursos como la elipsis, la paraelipsis, la anticipación, el suspense, el macguffin… Sin embargo, a partir de la tercera temporada, BoJack Horseman empieza a tener capítulos que consiguen cosas que series de televisión con muchísima más trascendencia (y no estoy hablando solo de series de animación) ni se han atrevido a soñar. Estoy hablando de episodios como Como pez fuera del agua, Estúpido desgraciado, La flecha del tiempo o Las novias del señor Peanutbutter. Junto a los tres anteriores, he escogido otros siete episodios que cree que enseñan más que cientos de horas de lectura y cine.

En fin, sigo.

Como pez fuera del agua (Bojack Horseman, 3×04)

Sinopsis del capítulo: BoJack llega al Festival de Cine del Océano Pacífico, en donde se está presentando “Secretariat”. En el lugar trata de encontrarse con Kelsey para disculparse por haber provocado su despido. Al mismo tiempo, BoJack trata de devolver a un caballito de mar bebé a su familia.

¿Qué ocurre si a una serie cuya principal fortaleza son los diálogos se los arrancamos de cuajo y sin previo aviso? Este parece el planteamiento que se hicieron para este episodio. Como pez fuera del agua tiene como característica principal la ausencia total de diálogos tras la introducción del episodio, donde BoJack y Ana Spanakopita hablan sobre por qué el actor tiene que asistir a la presentación de su nueva película en el Festival de Cine del Oceáno Pacífico (FCOP). A partir de aquí, la mímica y la gestualidad de los personajes, la belleza de las animaciones y la música acogen una importancia enorme como recursos que nos ayudan a sumergirnos en la trama. Confieso que no es de mis episodios favoritos, ni mucho menos, pero igual que a muchos escritores no les encantan las larguísimas descripciones estilo Tolkien, entienden su por qué dentro de la narración, ¿verdad? Aquí, igual.

(Imagina el sonido de cientos de sardinas en el autobús…)

Estúpido desgraciado (Bojack Horseman, 4×06)

Sinopsis del capítulo: En su monólogo interno, BoJack se come el coco después de que su madre y su enfermera se mudan con él. Para salvar la película fallida, Princess Carolyn decide avanzar la falsa relación de Courtney y Todd con un matrimonio simulado con la ayuda de Rutabaga. Todd está en conflicto sobre esto, sobre todo porque se está sintiendo más cómodo identificándose como asexual.

Aunque se ha visto anteriormente, este capítulo explota los sentimientos y pensamientos de BoJack a través de una narrativa interna a la que el espectador puede asistir en paralelo al desarrollo de las distintas escenas que se suceden. La composición del monólogo interior del protagonista es muy distinto al estilo general de la serie para ayudarnos a diferenciar rápido lo que BoJack dice de lo que BoJack piensa: dibujo, sonido y animaciones que nada tienen que ver con el estilo habitual en el que se presenta la serie son recursos que completan todo esto.

La flecha del tiempo (Bojack Horseman, 4×11)

Sinopsis del capítulo: A través de los borrosos recuerdos de Beatrice, se revela cómo en 1963 su padre la empujó hacia un matrimonio concertado. Ella rechazó a su pretendiente y se enamoró de un apuesto aspirante a escritor, Butterscotch Horseman. Más tarde, viviendo en pareja en San Francisco, su matrimonio vacila; no son felices, no han alcanzado nada de lo que se proponían de jóvenes: ambos beben mucho y pagan sus frustraciones con su hijo, BoJack. Años después, cuando BoJack ya es un adulto, Butterscotch tiene una aventura con una doncella llamada Henrietta, una aspirante a enfermera. Beatrice convence a Henrietta para que entregue al bebé en adopción para que pueda continuar en la escuela de enfermería.

El viaje en coche a una residencia donde BoJack planea ingresar a su madre se difumina entre los recuerdos de Beatrice, quien ya no distingue la realidad. Esto nos permite asistir a un capítulo en el que la información se nos ofrece de forma parcial debido al alzheimer o la demencia senil. Para ejemplificar esto, los rostros de muchos de los personajes que Beatrice no recuerda aparecen tachados o difuminados (a menudo, solo son siluetas) y lo mismo ocurre con los escenarios, vacíos de objetos y detalles.

La flecha del tiempo es uno de esos capítulos que no solo son importantísimos para la serie (explican al espectador por qué Beatrice es como es, quién es, en realidad, Hollyhock, qué ocurrió en la infancia y juventud de BoJack, Butterscotch, Beatrice, etc.), sino porque presenta una narrativa segmentada e incompleta que el espectador puede entender mejor así, y con más profundidad, que si se le diese de golpe toda la información que nos faltaba al inicio. La forma en la que se reserva con cuentagotas la información que nos llega como espectadores (lo que los personajes dicen, lo que vemos y lo que no…) lo convierte en un capítulo asombroso y, sobre todo, muy humano: se hace difícil pensar en otros ejemplos que hablen de la vejez con la misma emotividad.

Free churro (Bojack Horseman, 5×06)

Sinopsis del capítulo: BoJack recita su elegía en el funeral de su madre delante de un público al que no vemos y al más puro estilo del comediante americano de clubs nocturnos.

Free Churro es una puñetera locura que empieza con un flashback muy agrio que recupera al padre de BoJack y la relación de desatención que mantuvo con su hijo durante toda su vida. En muchos sentidos es un episodio muy arriesgado que se apoya, a la fuerza, en un texto trabajadísimo para funcionar, ya que solo vamos a ver a BoJack y un ataúd cerrado a lo largo de 25 minutos en los que pretende hablar sobre su madre (aunque habla sobre muchas más cosas).

La elegía se convertirá casi desde el primer momento en un monólogo en el que se entremezcla comedia y tragedia: sin duda, pongo la mano en el fuego en que este es el capítulo más triste de toda la serie hasta la fecha. A nivel narrativo, los guionistas optaron por un modelo muy cercano a la stand-up comedy y un humor negrísimo que llega a picar, y juegan magistralmente con lo que se ve y lo que no se ve en pantalla (el tío del órgano, los recuerdos superpuestos como imágenes de la madre de BoJack bailando en las fiestas que hacía en casa, la sorpresa final…) para aliviar un poco la tensión y descargar la catarata de emociones que se nos viene encima.

Free Churro es como si Richard Pryor, Jerry Seinfeld o Woody Allen sacasen sus demonios en un show de comedia en vivo en un funeral. Algo que, de algún modo, emula una de las grandes revelaciones de 2018-2019 con El método Kominsky (Chuck Lorre, 2018). ¿Y sabes qué? El funeral que vamos a ver en la primera temporada con Michael Douglas y Alan Larkin no le llega ni a la suela de los zapatos a este episodio, que no solo lleva a BoJack a ver lo vacía que estuvo hasta el final la relación con su madre (I see you: ya lo pillaréis), sino que se atreve a demostrar cómo su padre solo quería lo que tiene su hijo (fama, atención, saber si aquel tarado de Montana había leído su novela…), pero su hijo no puede disfrutar de lo que, de un modo u otro, ha conseguido por culpa de lo que sus padres le hicieron vivir de niño.

Tras el flashback inicial, Free Churro se desarrolla durante la casi media hora de capítulo con BoJack hablando a una audiencia de la que no sabemos nada.

No estoy muy de acuerdo con el análisis del episodio Free Churro de Cinema Ivis, pero es interesante. ¡Echadle un ojo!

Interior Sub (Bojack Horseman, 5×07)

Sinopsis del capítulo: La narrativa se vuelve un poco loca cuando una psicóloga le cuenta a su esposa la historia de BoBo, la cebra angustiada; mientras tanto, la esposa de la psicóloga, que es mediadora profesional, le explica el último caso en el que ha tenido que mediar, la grave disputa entre el Rey Caramano y Bruma de cacao mental anhelante con forma de mujer por la desaparición de un trozo de queso.

Este es uno de los capítulos más cojonudos que existen de esta serie y de cualquier serie. Una pareja de mujeres afroamericanas de mediana edad quedan a comer en un restaurante italiano y la historia se divide en dos tramas y se plantea a través de dos narradores testigo: una de ellas es psicóloga y está tratando a una paciente (Dian… Diana, princesa de… ¡Gallos! [Diane, Princess of Whales]) debido a su insana relación con BoJa…  ¡BoBo, la cebra angustiada! que intenta superar la muerte de su madre; la otra es mediadora profesional y no sabe si podrá resolver, sin llegar al arbitraje, el caso del… Rey Caramano (Emperador Finger-Face) y Bruma de cacao mental anhelante con forma de mujer [Tangled Fog of Pulsating Yearning in the shape of a woman] que han discutido por quién se comió el último queso hilado (string cheese) del apartamento que comparten. El capítulo oculta a los personajes que conocemos: BoJack, Todd, Princess Carolyn, Diane… y los caracteriza (con el secreto profesional de esa pareja como excusa) en un juego con el espectador en el que, poco a poco, las dos narradores que creen contar dos historias diferentes se dan cuenta de que los protagonistas de ambas están conectados entre sí.

El Rey Caramano y Bruma de cacao
El Rey Caramano y Bruma de cacao anhelante con forma de mujer en una sesión de mediación.

Las novias del señor Peanutbutter (BoJack Horseman, 5×08)

Sinopsis del capítulo: Durante la fiesta número 25 de Halloween de BoJack nos adentramos en las relaciones de pareja del Sr. Peanutbutter a través de cuatro mujeres que han compartido parte de su vida con el labrador: su actual novia, Pickles the Pug, y sus tres ex mujeres: Katrina, Jessica Biel y Diane.

En 1993, el señor Peanutbutter inicia una extraña tradición, llevar sus fiestas de Halloween a casa de su amigo BoJack. Para ello, la narración nos presenta cuatro saltos temporales para situarnos en poco más de tres minutos y los interrelaciona entre ellos. El episodio está repleto de guiños y licencias narrativas que funcionan a las mil maravillas, por ejemplo: para que el espectador no se pierda, los personajes se toman la libertad de decir en qué año están, se hacen guiños constantes del pasado hacia el futuro (como el famoso, wait for it… de Cómo conocí a vuestra madre) o se conectan de forma directa situaciones que han ocurrido en esos veinticinco años (siendo esto posible porque nos han realizado una presentación de todas las reglas del juego que el capítulo utilizará desde el inicio: conexión entre personajes, saltos temporales, uso de elementos presentes en el pasado y viceversa, etc.). En cualquier caso, el capítulo utiliza los eventos anteriores para explicar el presente del señor Peanutbutter (y, en parte, también de otros personajes, como BoJack, Todd o Princess Carolyn), pero sobre todo nos ayuda a entender mejor por qué ese labrador bobalicón es como es y cómo los errores que ha cometido en el pasado le ayudarán a crecer como… ¿persona? Bueno, sí, persona… supongo.

La serie se va a la ruina (Bojack Horseman, 5×11)

Sinopsis del capítulo: Cuando la adicción a las drogas de BoJack llega tan lejos que no logra distinguir la realidad con su programa de televisión, su actual novia, Gina, lo enfrenta a su problema.

Quizá este es uno de los episodios más magistrales de la serie (y creo que mi favorito de las cinco temporadas: o este, o Interior Sub). No es casual que el opening con el que empieza el capítulo sea el de Philbert —la serie que está grabando Bojack con Gina como coprotagonista— y no el de Bojack Horseman; a partir de aquí, las escenas se confunden, la voz del narrador de Philbert, que es Bojack interpretando al detective Philbert, se diluye con el monólogo interior del propio Bojack; cuesta saber cuándo Bojack está grabando y cuándo está viviendo en su paranoia, hay guiños constantes entre los distintos niveles de realidad y el argumento está planteado para seguir llevando al protagonista a una situación límite hasta que, totalmente desubicados y dudando como espectadores de si tenemos delante a un narrador fiable (es evidente que no, al menos en este episodio) todo explota en el plató.

Como ves, en BoJack Horseman se han inventado un mundo de mierda para hablar sin tapujos de nuestro mundo de mierda. Con temas recurrentes como el éxito y el fracaso, el aborto, el feminismo, la cultura de la violación, la caricaturización de uno mismo, lo que exige la fama y el éxito, la necesidad de ser amado, las personas con enormes carencias siendo admiradas y replicadas como modelo… Y todo esto, además, evoluciona, así que a saber dónde nos llevarán las siguientes temporadas y, sobre todo, cómo lo harán, que es una de las grandes fortalezas de esta serie. Leí por ahí que, en otras series de animación, como Los Simpson, la realidad flexible llevada al límite hace que todo quepa ahí, pero, en en BoJack Horseman parece que el verdadero secreto es que sus creadores no tienen miedo a nada. En definitiva, habrá que seguir en la brecha. Si habéis visto la serie, ya sabes que la solución la tenemos desde la segunda temporada, cuando el papión le dice: ‘Se vuelve más fácil, cada día se hace un poco más fácil; la parte mala es que tienes que hacerlo cada día, pero se vuelve más fácil’.

Ahora veamos si BoJack lo consigue…


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Mastín y la chica del galgo

Hace meses, quizá un año, Melisa me escribió pidiéndome un favor: prologar una novela juvenil. Le dije que sí, de inmediato. Entonces, Mastín y la chica del galgo, como se titula la novela, todavía era una historia planteada por entregas en su blog, todavía tenía que pasar por correctores, pruebas de galera y todo lo que su autora haya estimado oportuno antes de lanzar el Verkami solidario que, en 5 días, ha conseguido casi el 75 % de su objetivo. Estoy convencido de que alcanzará los 8.000 euros que necesita en un plisplás, porque se lo merece, porque cualquiera que esté familiarizado con el trabajo editorial y el crowdfunding sabe que lanzar un libro es una labor titánica y tener éxito en una campaña de micromecenazgo tres cuartos de lo mismo. Ella se ha lanzado a la piscina por duplicado y no verá ni un duro de todo este trabajo, porque toda la pasta va destinada a la protección de perros y gatos sin hogar a través de la Fundación Amigos del Perro. Yo, por mi parte, os dejo aquí el prólogo que me pidió y, de paso, os invito a aportar lo que podáis al proyecto.

Ahí va mi prólogo de Mastín y la chica del galgo:

Fue un humorista americano quien nos dejó una de las mejores frases que se han dicho sobre los perros. Ese humorista era Corey Ford, un neoyorquino que atrapó gran parte de la verdad que viaja con cualquiera de estos animales en una idea muy simple: debidamente entrenado, el hombre puede ser el mejor amigo del perro, ¡y qué indiscutible es esto! Porque uno puede entrenar a un perro, enseñarle trucos, educarle, pero si hay algo que no hace ninguna falta trasmitir a nuestros peludos es a ser buenos, nobles y fieles: no hay por qué esmerarse en que sean nuestros mejores amigos, porque eso les viene de serie.

A esta novela que tienes entre tus manos le ocurre algo similar, porque a su autora también le acompaña una sensibilidad de esas que impresionan —como defensora de los animales, como madre, como activista— y que ha sabido trasladar a esta apasionante historia que, a su vez, es una lección avanzada de animalismo y humanidad.

Melisa emuló en su blog, En busca de una segunda oportunidad, una gesta que, de algún modo, la ha conectado con Dickens, Dostoievski y Hemingway; o con el Gurb de Eduardo Mendoza, el Alatriste de Pérez-Reverte o la Mirta Bertotti de Hernán Casciari, pues también Melisa se ha atrevido a recrear una novela por entregas, que, ahora, salta a la edición en papel. Y salta para hacerte pasar un buen rato, hacerte pensar y para darte la oportunidad de apoyar el trabajo de la Fundación Amigos del Perro. Pero lo sepa ella o no, estoy convencido de que su acción va a llegar mucho más lejos, y tengo mis razones.

​Con el fin de que empieces a leer con más ganas, si eso es posible, te diré que te vas a encontrar con una historia cien por cien animalista, y más importante todavía, cero por ciento mascotera. A lo largo de la narración, comprobarás lo que supone tener un perro, los esfuerzos y las alegrías, las pequeñas cosas: enseñarle a hacer pis cuando es un cachorro y buscar consuelo en vuestros paseos tras un mal día, que él o ella siempre percibirá y se acercará a colorearlo con su presencia y con un par de lametones. También acompañaremos a Martín, el protagonista, en su lucha por demostrar junto a Logan, el pitbull de la familia, que el problema nunca es la raza, sino cómo educamos al perro, y que nuestros colegas caninos envejecen como cualquiera, y que hace falta que todos nosotros nos impliquemos hasta comprender cada una de estas cosas como sociedad.

Vendí el Ford por cuatro duros

Vendí el Ford de mi padre por cuatro duros a una de esas empresas de compraventa de coches. Estaba hecho caldo. No me ofrecieron mucho, pero sí suficiente, y ahí quedó tras más de una década juntos, en un garaje de Cornellá, entre dos decenas de vehículos que, de algún modo, transmitían cierta tristeza del tiempo pasado.

Antes de ayer, me enviaron un correo electrónico para que valorase el servicio. No respondí, pero por la noche soñé alguna estupidez, algo como que el espíritu de mi padre muerto se había quedado allí encerrado: como si las cosas de otros se impregnasen de parte de su esencia. Tampoco es tan raro, ¿no? Se me vinieron a la cabeza unos cuantos ejemplos más: los libros con encuadernación de lujo que me llevé de casa de mis abuelos (y que no sé si ellos leyeron o, simplemente, mi abuela se pasó cincuenta años quitando el polvo a las cubiertas mientras las páginas amarilleaban como una piel que envejece); el piso de la tía de mi madre en la calle Guipúzcoa, con su comedor separado del salón fingiendo ser clase media-alta, sus paredes empapeladas y sus mil historias que ni mi abuela, ni mi madre, ni yo conocimos (y quizá de ahí lo de ponerlo rápido en alquiler, por el no sentirlo muy propio); el collar marrón de Golfo, el labrador blanco de mis suegros, que heredó mi perro Argos, y que hace mucho que debe sentir suyo, advirtiendo en el cuero o en la piel sintética un matiz familiar —pues los dos perros se conocieron cuando uno era anciano y el otro aún cachorro—. Usar las cosas de otros es muy similar a mantener expresiones rancias en el presente e incluso a atreverse a legar palabras a un tercero —en el caso de mi padre, nos regaló sapera para las chaquetas de entretiempo, y trabanqueta para las zancadillas, que he terminado por rastrear en una canción de Serrat, a caballo entre el castellano y el catalán—, también la duda de si creía en política o era un descreído a los sesenta, y, sobre todo, si desordenaba pronombres aposta —la típica lucha castiza de muchas casas entre el me se y el se me— o lo hacía para tocarme las pelotas.

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El Ford se lo compró poco antes de saber que el cáncer le había alcanzado—vaya carrera de fondo la suya con el tabaco— y lo empezó a coger mi hermano mayor. Pero a mi hermano le ocurre eso de las viejas que tienen que sacar rápido la ropa del muerto de los armarios, y así la berlina acabó rápido en un parking con más columnas de la cuenta (de los que debe diseñar un arquitecto primo hermano de un mecánico) hasta que yo empecé a salir con una chica con carnet de conducir. Pero bueno… No creo en espíritus ni en más allás, así que dudo que la esencia de mi viejo perviva ahora en un Ford desguazado o vendido por algún duro más de los que me lo compraron. Sí había hollín o tizne de diez mil cigarros sobre la felpa gris de la ventanilla del conductor: le sobró tiempo, porque fumaba como un carretero; una agarradera suelta de la que estiraba mi abuela como si aquello fuese la respuesta a todas sus plegarias; el plástico del cambio de marchas raspado desde que yo lo cogí, porque alguien (supongo que él, mi padre) arrancó un trozo de la palanca, y luego siguió y siguió hasta que llegó a mí. Eran este tipo de cosas lo que le daban mal rollo a mi hermano y le provocaban el síndrome de vieja de pueblo; yo las leía distintas: como recordatorios que me hacían sonreír a veces, y recordar; recordar cuando mi padre y yo bajábamos juntos hacia el puerto —él a trabajar, yo a la universidad; casi siempre discutiendo—, algún viaje en familia (quizá los últimos), y los cabreos por haber cambiado de coche y lo poco que giraba la dirección (no era cierto, era un coche de puta madre, pero debía sentir algo similar a lo que me pasa a mí ahora con el nuevo, que no tiene motor, ni reprise, ni un carajo de cosas que me voy inventando sobre la marcha). Uno no necesita de un coche para recordar a la familia, claro que no; antes o después, es suficiente con las imágenes que se evocan, las expresiones que se comparten, incluso las barrigas que se van pareciendo las unas a las otras.

No, no creo que el espíritu de mi padre esté preso en el Ford. Es más, no creo que haya espíritus de esos. Pero me gusta pensar que sí que estaba conmigo en los momentos importantes en los que él ya no estuvo: cuando me saqué el carnet de conducir (tarde, y no cuando él hubiera querido), cuando me mudé de casa una y otra vez, cuando murió mi perro Caos y dio la puñetera casualidad de que el coche estaba en la esquina de la calle (algo que no era habitual) o cuando caí por un barranco a cincuenta metros de altura, y ni yo ni mi mujer nos hicimos ni un rasguño. Sé que no estaba en espíritu, pero en esto prefiero pensar que sí, y también intuyo que no fue vender el coche lo que me puso triste, sino otra cosa, algo más personal de lo que hoy no me apetece escribir.

IV Concurso de Historias de la calle: “El brillo de los ojos en las ventanas”

Como ya empieza a ser costumbre, voy subiendo algunos relatos en el Club de Escritura de la Fundación Escritura(s)-Fuentetaja. De este modo, me obligo a preparar algún texto que también puedo compartir por aquí. En esta ocasión se trata de una historia titulada El brillo de los ojos en las ventanas, centrada en una preocupación que mencionaban las bases del concurso y que también he hecho mía: la pérdida de la calle para los niños, la ausencia en los hijos de un espacio amplio y flexible —como mencionan por allí— que sí que tuvieron sus padres y abuelos, y que, en buena parte, les convirtió en los adultos que son hoy.

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Y el Pitu va y se desmonta

El Pitu encañona a la secretaria, chavala pija que se ha caído del Putxet. Testigos: la grapadora (que aún castañetea), el albarán, arrugado del susto, y un archivador tripudo, que le juzgan desde la mesa de recepción.

El mundo hace girar al quinqui del Turó y a la mierda de STAR 9 mm que le ha comprado a otro pieza en el Paralelo. Será, quizá, el descubrir así esta escena (tan de sopetón), que le hace a uno perder el interés en el resto de los elementos que la componen: el mostrador de abedul contrachapado, los nudos marineros que cuelgan de la pared o las letras en azul serigrafiadas en las que se lee escuela náutica, todo esto suspendido sobre los rizos pelirrojos de la chavalita, y las pecas, y esa nariz respingona de putita fina del barrio chino a lo Marilyn Monroe.

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—Tira aquí la caja —exige.

La niña inmóvil, temblando, vuelta del revés, y en estas que aparece por la puerta el matrimonio de los dueños, que viene de desayunar. Ella: corte francés, morena, delgaducha, cuarenta y pocos; él: panzón, con niqui azul del cocodrilo, y pantalones de pinza, y el pelo negrísimo hacia atrás.

Se da la vuelta el Pitu y encañona a los recién llegados.

Pero le cae una hostia que casi lo desmonta.

¡Cagüendios!

Le pitan los oídos.

Le burbujea una oreja.

Baja el arma, coge los caudales y se escurre sin obstáculos hasta la puerta.

Asomado al quicio:

—No me jodas, Niño. Como digas algo en el barrio, vengo y os mato.

Se pierde por las escaleras, y, clic, el seguro, y, tap, tap, tap, esconde el arma en el bolsillo camino a la portería. Allí se encuentra a un tío con cara de sapo sentado tras un escritorio. Ese ya le ha llamado la atención al subir, el muy cabrón, recuerda, y se pierde por la calle Balmes con sus pintas de periferia: el chándal, la chaqueta tejana, las greñas que clarean por delante.

Corre del gris de las prisas al verde de los jubilados: lo hace por Castanyer —callejuela, más que calle— y sube por Roca i Batlle —casi peatonal, y bien lo sabe el golfo—. Sin demora, arranca la motocicleta bajo las escaleras de acceso al parque de la calle Marmellà, de rejas verdes que se encuadran en piedra vieja con gangrena en el rebozo. Las voces de la colina —la pija, la del Putxet— le acercan imágenes de ancianos tostándose al sol en bancos de madera combada, y escapa también de estas, quemando rueda hasta Mitre, a veces en contradirección, para huir de la apatía, del riesgo y de la Barcelona preolímpica que le expulsa en los cruces de miradas, por charnego, y por ladrón.

Ese cabrón ya me ha puesto a los picoletos detrás, piensa. Los semáforos conspiran en su contra, pero él da gas: no deja de dar gas. Las viejas se lanzan en ámbar por Verdi, los ojos de un urbano le apuñalan en Escorial; se atribuye cualquier sirena en su ascenso esquivo por el Guinardó. Llega a su colina: la de la Peira. Se despide de la motocicleta por ahí arriba, donde no se sube si eres de fuera, por Pins, Riberes o Cornudella, donde el laberinto de casas bajas muere y da paso a edificios condenados por aluminosis. Tomando una caña a un par de esquinas, ya ni se acuerda de dónde queda la moto del gafe de turno, y mejor.

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El bar son dos mesas y tres taburetes, y Pepe Culé —cincuentón, rechoncho, campechano— detrás de la barra; y allí la plancha, el barril, la máquina de café. Eso es todo; todo en lo que se ha fijado el Pitu ahí en su puta vida. Invita a los presentes a picar algo para celebrar el éxito —dos sevillanos y un moro a los que ni mira— y se larga a reventar la caja de caudales al taller de su cuñado, que nunca pregunta.

Mientras el Paco hace su magia, contempla el Pitu la persiana del taller, que ya cierra sus fauces medio muerta de hambre.

—Que son las dos y cuarto, Pitu, me cago en la puta —gimotea el Paco, de panza gorda y patas esmirriadas, de ojos bobos y bolsas viejas que los enmarcan.

—Para un favor que te pido, cabrón.

El Paco prueba con los clics, y con los clacs, pero termina abriéndola con una cizalla, un mazo y un catapún. En estas, que se escurren por la esquina los tres tenores: el José, el Pepe y el otro Paco, al que llaman Paquito para no confundir. El primero marca el paso, con los náuticos que le trajo de Perpiñán el Niño del Turó, y el Pitu bien lo sabe, y sabe que, para ellos, es como irse a los Estados Unidos: moreno, mitad calé, camisa abierta pese a febrero y chaqueta en mano. Le clava al Pitu la mirada a cincuenta metros, y lo peor es que este también se da cuenta de eso. Detrás, el Pepe viene distraído hablando con el que nos falta por ver, que se mueve fuera de la línea de visión del Pitu, y también del Paco, quien deja los trastos y se asoma a ver quién se acerca armando jaleo.

—Los sapos son sapos, Paquito, y las ratas, ratas —explica el Pepe mordisqueando las palabras. Es el más bajo de los tres, camiseta verdiblanca del equipo del barrio que representan, perfil de águila imperial, costurón en el cuello de oreja a oreja.

—Que sí. ¡Que sí! Yo solo digo que estos son de aquí, y el otro es más de allí que de aquí, ¿me entiendes? —contesta el Paquito junto al taller—. Qué, ¿no hay hambre?

El Pitu se encoge de hombros. Mano en el bolsillo. El José le echa una mirada de esas que dicen: pero tú de qué cojones vas, so mierda. Saca la mano de ahí, y el resto que se miran sin verlas venir. Aparece por la retaguardia el Paquito, que el diminutivo bien saben todos que le queda como a un Cristo dos pistolas: metro noventa y tantos, delgaducho, siempre en chándal, y las greñas prisioneras en una coleta.

Habla el Paco:

—Aquí me tiene el cuñao, que ya se ha hecho la escapada de la semana.

—No jodas —contesta el José, y asiente levantando el hocico al cielo. —¿Un pringado de Pedralbes o más pa’l centro?

—De cerca del Putxet.

—¿Pero pa’la zona del Putxet o del Farró?

—Del Farró, por el otro ni piso, ya lo sabes bien —miente, natural.

El Paco que va a hablar, y el Pitu que lo congela con la mirada.

Se hace un silencio incómodo pese a los cinco.

—Cierra pronto, que a las cuatro te vas a arrepentir —comenta el José, encendiéndose un pitillo apaleado que saca del pantalón.

—Tú me dirás. Por cuatro cochinas perras que ha arramblado este gamberro —croa el mecánico.

—Bueno, tú tira, que ya te cerramos nosotros. Pasamos por tu casa y te dejo las llaves cuando suba a comer algo.

El Paco que mira al Pitu. El Pitu que mira al Paco. Se encoge de hombros uno, y se encoge de hombros el otro. La caja en manos del golfo, y el golfo que cierra la persiana. Tira la caja ahí mismo, junto a unas ruedas viejas y un par de latas de aceite; guarda el fajo en el bolsillo.

—Venga, que hoy vamos a comer a La Esquinica, que invito yo, eh.

El Paquito sonríe bobalicón, despertando a la sin hueso que se relame antes de tiempo. El José y el Pepe juzgan con asco, y el Pitu las coge al vuelo.

—Tu puta madre La Esquinica —dice el José.

—Anda que ha tardado el maricón —gruñe el Pitu—. Anda que ha tardado en veniros con el cuento, y aún te habrá llamado por el teléfono.

—Tu puta madre ha llamado.

El Paquito que no lo entiende, y, en estas, que el muy sinvergüenza del Pitu se atreve a sacar de nuevo la mierda de STAR del bolsillo con el seguro puesto. Patada en los cojones marca de la casa. El Pepe aparta el pie y el Pitu se dobla sobre sí mismo; aprovecha este para intentar hacerse con el arma, pero el José la caza antes y le regala un sopapo en la cara que lo lleva al suelo.

—Qué se ha dicho siempre, Pitu. Qué se ha dicho de robarnos en el barrio —el Pepe escupe las palabras, una tras otra.

—Tu puta madre se ha dicho.

Le cae una hostia. Luego otra. Y, en estas, el Pitu que se desmonta frente al taller de su cuñado con los billetes en el bolsillo. ¿Y la llave para cerrar? La llave para cerrar la lleva el José, que ha abierto, ha cerrado y luego viene con el vespino a solucionar un par de temas.

***

José Antonio visita a su madre una o dos veces por semana. Ella: viuda, más vieja por el desgaste que por los años, pegada al moño negro y a las gafotas de pasta que no hay cojones de que cambie. Lleva al mediano con él para ver a la abuela, que no sale de aquel piso con aluminosis que hay que derribar. 

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Camina por el Turó de la Peira como lo que es: su barrio; delantero pichichi de tercera regional, compañero de juergas, parte de la cuadrilla. Allí tiene un nombre y un sitio por siempre. Se forró en los negocios, vive dos o tres barrios más allá y trabaja en la otra Barcelona: la pija, la del Putxet y la de Balmes, y la Diagonal, y la Plaza Cataluña… Pero es el Niño del Turó. Sigue siéndolo. Ahora, y siempre. Ayuda a todo dios, y no se deja engañar: si le pides para drogas, nada; para la familia, los chavales, el perro, ahí siempre. Es bueno, pero no idiota, también se sabe eso: si le engañas una vez, a tomar por culo.

El José lo ve de lejos, camina con el Paco, que no el Paquito, y ríen de alguna idiotez que le ha pasado a uno en el Molino, el cabaré del Paralelo, que se ve que le largaron por baboso, y aún le cayeron cuatro hostias, si no cuarenta.

—¡Niño! Qué abandonados nos tienes, cabronazo —dice el José comiéndose la mitad de las sílabas—. Y este chaval tan guapetón quién es, ¿eh? ¿Quién es?

José Antonio se acerca a los compañeros del barrio con naturalidad. Se imagina que lo del Pitu ya lo sabe todo dios, pero no quiere sacar el tema. Va con su hijo mediano, Javier, que siempre se olvida si ya tiene tres o cuatro años. ¿El chaval?, moreno, con cara de pillo y mofletes regordetes que el Paco le estruja segundos antes de que le imite el José.

—Soy el Javi —dice el crío, chulesco.

—¡Mírale el tío! No sabe ni ná tan enano —ríe el José.

—Le llevo a ver a la abuela —comenta el Niño—. A ver si la convencemos para que venga a comer con la Carmela y los otros.

—Pues suerte, maestro, que tu madre a partir del mediodía ni la policía la saca de ahí según la Antonia, que no es pesá la cabrona —contesta el José, y lo hila en seguida—. Oye, que nos hemos enterado de lo del Pitu, pero ya está hablado por aquí.

José Antonio levanta la palma de la mano y, de inmediato, una ceja; el José asiente, con la lengua apuntando al cielo pintado en gris.

—Venga, Javierillo —dice el calé—, que te vienes a los columpios con el tío José.

Y al niño que no hace falta repetírselo, que ya está corriendo al parque frente a la casa de la abuela y columpiándose, y gritando, y riendo.

—José —dice el Paco, mirando serio al Niño del Turó—. Aquí seremos lo que somos, pero honrados, y las cosas que se hacen, se hacen pues pa’salir adelante siempre, ¡a ver si no!

El Paco, gordo, de patas esmirriadas, que viste camiseta Imperio y pantalones de pinza, saca el fajo de billetes y se lo devuelve al Niño.

—Si ya lo sé —contesta el otro—. Olvídate. Ya vendré yo a hablar con tu cuñado, que hoy no me quiero enfadar con el crío por aquí.

—No, Niño. No. El Pitu se ha largado del barrio. Se ha ido a Huelva, que allí tenemos familia: lo hablamos con estos, y hay cosas y cosas —explica el Paco.

—Pues si se ha ido, y él va a estar mejor y en el barrio menos líos, pues mejor para todos. Pero sí que se ha ido lejos —barrunta, inquisitivo.

—No lo sabes tú bien.

—Pues lo siento de veras, Paco. Y guárdate eso, que, al final, el susto a la Carmen y a la otra chavalita pues ahí queda, en un susto, pero las cosas, si hay cosas, las resolvemos quienes las resolvemos —comenta el Niño, incoherente para quien le escuche, excepto para el Paco y la cuadrilla.

—No te pongas metafísico.

Y vuelve el José con el nene, que se come una piruleta que vete tú a saber desde cuándo dormía en la chaqueta vaquera del gitano.

De vuelta:

—Mira, Niño, vete a tomar por saco a casa de tu madre, y cuando os diga que no unas cuantas veces estamos en La Esquinica, echando una caña, y te traes al crío, que para una Coca-Cola tenemos todos.

El Niño del Turó sonríe, porque sabe que hay cosas aquí que no están allá, y cosas allá que nunca estarán aquí. Es la putada de ser un pobre que se ha hecho rico.

—Luego vengo —dice.

Y luego va.

Poner coma, quitar coma

Estoy reescribiendo. A finales del verano, terminé el borrador de una novela, y, en unas semanas, dejaré de manosear, y magrear, y rasgar, y despedazar, y acariciar sus hojas. Nunca hay una versión perfecta de un texto, pero se me empiezan a acumular esas voces que me dicen que vaya cerrando este capítulo, y aquel otro, porque no aceptan más cambios. Ya sabes: podrás hacerlo distinto, pero no mejor. Por esto, focalizo mis energías en el sprint final, y aunque tengo notas y más notas de temas sobre los que me gustaría escribir en el blog —la turba mexicana que quemó a dos inocentes por un bulo de WhatsApp, el gravísimo problema del activismo de sofá, el procés en Cataluña, que ya me aburre, o la absolución de los cargos de violación y asesinato a los malnacidos que acabaron con la vida de Lucía Pérez en Argentina—, estoy en la recta final de este maratón. Ya está todo hecho, y, quizá por eso, parece que falte más que nunca.

El gran problema del proceso de reescritura de una novela es que es un dolor de huevos (u ovarios) mucho más intenso y duradero que en cualquier otra obra literaria —bueno, quizá la lírica es peor aún, ¿pero quién escribe hoy poesía?—. Decía Oscar Wilde: Me pasé todo el día trabajando en las pruebas de uno de mis poemas. Por la mañana puse una coma, y, por la tarde, la volví a quitar. En eso ando yo, destruyendo párrafos a los que, al final del día, les devuelvo la vida, y poniendo comas de las que me arrepiento casi igual de rápido. Cogiendo distancia del texto y obligándome a no caer en la tentación de creer que tengo un manuscrito excepcional o una mierda. Está a medio camino. Y yo estoy aproximándome por última vez al texto, orientalizando todo lo que contiene bajo aquel paradigma del menos es más e intentando que los capítulos, que ya he perdido la cuenta de las veces que he impreso, dejen de parecer cuadros de Antoni Tapies.

En unas semanas, seré valiente para abandonar el texto y dejarlo volar; mientras, yo qué sé qué más decirte… Mírate la nueva comedia de Chuck Lorre (El método Kominsky, 2018), léete Los Caín, de Enrique Llamas, ve al cine a ver al Mr. Robot como Mercury en Bohemian Rhapsody. Yo aquí sigo, estrujando neuronas; macerando palabras; tabicando historias.

Ladrar a las bombas

Argos y yo tenemos una relación difícil. Los días de sol, mientras tecleo sobre la mesa blanca del despacho, él se queda durmiendo en la terraza de tablones agrietados. De repente, se arranca a ladrar y yo salgo escopetado a reñirle. Eso hago, sí. Le llamo la atención y le invito a entrar en casa, a tumbarse en el colchón que tienen en nuestra habitación; le susurro promesas: que luego iremos a pasear; que jugaremos un rato con la pelota; que descanse, que el día es largo. Pero no soy muy duro, nunca, porque yo también debo molestar al perro con mis mierdas, y Argos no me riñe a mí: él lo soporta todo, estoico. Por esto, aunque sé que hago mal, algunas veces no salgo tras el perro, y le dejo alborotar un poco el vecindario: sin excesos. Hoy, se da esta situación que describo, porque se ha levantado tormenta, y Argos no soporta los truenos, y, durante esos segundos de desatención, le imagino hermanado con un perro sirio, un perro que ladra a las bombas, a los gritos de la gente, al absurdo de la lucha, sin advertir que cada estruendo podría ser su fin; y ladrando a la guerra, que lo despierta una y otra vez de su apacible paz, espero todavía un poco, pensando en que es maravilloso cómo los perros no cesan de preocuparse jamás por su orgullo herido. Y salgo fuera, y ladro con él.

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Una combatiente kurda junto a su perro en Qahtaniya, en la frontera entre Siria y Turquía, el 13 de febrero de 2015.
Fotografía © AFP/Archivos | Delil Souleiman