Poner coma, quitar coma

Estoy reescribiendo. A finales del verano, terminé el borrador de una novela, y, en unas semanas, dejaré de manosear, y magrear, y rasgar, y despedazar, y acariciar sus hojas. Nunca hay una versión perfecta de un texto, pero se me empiezan a acumular esas voces que me dicen que vaya cerrando este capítulo, y aquel otro, porque no aceptan más cambios. Ya sabes: podrás hacerlo distinto, pero no mejor. Por esto, focalizo mis energías en el sprint final, y aunque tengo notas y más notas de temas sobre los que me gustaría escribir en el blog —la turba mexicana que quemó a dos inocentes por un bulo de WhatsApp, el gravísimo problema del activismo de sofá, el procés en Cataluña, que ya me aburre, o la absolución de los cargos de violación y asesinato a los malnacidos que acabaron con la vida de Lucía Pérez en Argentina—, estoy en la recta final de este maratón. Ya está todo hecho, y, quizá por eso, parece que falte más que nunca.

El gran problema del proceso de reescritura de una novela es que es un dolor de huevos (u ovarios) mucho más intenso y duradero que en cualquier otra obra literaria —bueno, quizá la lírica es peor aún, ¿pero quién escribe hoy poesía?—. Decía Oscar Wilde: Me pasé todo el día trabajando en las pruebas de uno de mis poemas. Por la mañana puse una coma, y, por la tarde, la volví a quitar. En eso ando yo, destruyendo párrafos a los que, al final del día, les devuelvo la vida, y poniendo comas de las que me arrepiento casi igual de rápido. Cogiendo distancia del texto y obligándome a no caer en la tentación de creer que tengo un manuscrito excepcional o una mierda. Está a medio camino. Y yo estoy aproximándome por última vez al texto, orientalizando todo lo que contiene bajo aquel paradigma del menos es más e intentando que los capítulos, que ya he perdido la cuenta de las veces que he impreso, dejen de parecer cuadros de Antoni Tapies.

En unas semanas, seré valiente para abandonar el texto y dejarlo volar; mientras, yo qué sé qué más decirte… Mírate la nueva comedia de Chuck Lorre (El método Kominsky, 2018), léete Los Caín, de Enrique Llamas, ve al cine a ver al Mr. Robot como Mercury en Bohemian Rhapsody. Yo aquí sigo, estrujando neuronas; macerando palabras; tabicando historias.

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Ladrar a las bombas

Argos y yo tenemos una relación difícil. Los días de sol, mientras tecleo sobre la mesa blanca del despacho, él se queda durmiendo en la terraza de tablones agrietados. De repente, se arranca a ladrar y yo salgo escopetado a reñirle. Eso hago, sí. Le llamo la atención y le invito a entrar en casa, a tumbarse en el colchón que tienen en nuestra habitación; le susurro promesas: que luego iremos a pasear; que jugaremos un rato con la pelota; que descanse, que el día es largo. Pero no soy muy duro, nunca, porque yo también debo molestar al perro con mis mierdas, y Argos no me riñe a mí: él lo soporta todo, estoico. Por esto, aunque sé que hago mal, algunas veces no salgo tras el perro, y le dejo alborotar un poco el vecindario: sin excesos. Hoy, se da esta situación que describo, porque se ha levantado tormenta, y Argos no soporta los truenos, y, durante esos segundos de desatención, le imagino hermanado con un perro sirio, un perro que ladra a las bombas, a los gritos de la gente, al absurdo de la lucha, sin advertir que cada estruendo podría ser su fin; y ladrando a la guerra, que lo despierta una y otra vez de su apacible paz, espero todavía un poco, pensando en que es maravilloso cómo los perros no cesan de preocuparse jamás por su orgullo herido. Y salgo fuera, y ladro con él.

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Una combatiente kurda junto a su perro en Qahtaniya, en la frontera entre Siria y Turquía, el 13 de febrero de 2015.
Fotografía © AFP/Archivos | Delil Souleiman

Los seres humanos pensamos con los pies

Breton, Thoreau, Sebald, Kerouac… Ellos lo sabían: los seres humanos pensamos con los pies. Esta frase no es mía, se la he robado a un redactor de El País que escribió un buen artículo acerca de escritores caminantes. Caminar es el germen de aquel viejo consejo que ya es cliché: ¿quieres escribir? ¡pues sal a hacer cosas! ¡Ay, si salieras a vivir más! ¿Es cierto? Dependerá: en la otra orilla están Proust, Salinger, Harper Lee, Thomas Pynchon, Hunter S. Thompson… ¿necesitaban ellos hacer cosas para escribir?; ¿vivía su escritura de ideas y recuerdos? ¿Qué puede más? ¿El hacer o el imaginar?

Dicen que José Saramago nunca escribía más de dos páginas al día. Sus jornadas de trabajo eran largas, aun así, pero no gastaba demasiado papel. Se ponía frente a la máquina de escribir y tecleaba un par de folios sin prisa. También el escritor Josep Pla se lo tomaba con calma: cuando se atascaba buscando un concepto, mandaba a tomar por culo la inercia narrativa y se liaba un pitillo pensando qué palabra faltaba por ahí. No es ningún secreto que Javier Marías se hace pajas mentales intentando no perder el ritmo narrativo —y eso se traslada a sus novelas de maravilla— o que Juan Marsé no trabaja nada como los inicios de sus novelas, en los que se obliga a recoger la esencia de toda la historia.

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El río Besós a la altura de las casas baratas del Bon Pastor (Barcelona, 1929).

Yo no he podido escribir todo lo que he querido este año, pero sí he podido conocer mejor mi propia escritura: algo es; un consuelo pa’tontos, pero algo es. Sé, por ejemplo, que para escribir tengo tanto que hacer como imaginar, pero sobre todo hacer: moverme; si quiero llevar una escena sobre el río Besós, tengo que ver ese río, u otro río, y poder imaginar y describir esos mojones como submarinos de grandes de los que hablaba Pérez Andújar o esas riadas de octubre que, en otro tiempo, hubiesen mandado a tomar por culo los pisos de los charnegos de Badalona (ahora ocupados por inmigrantes chinos y árabes). Debo tener tiempo para pensar qué decir, que parece una obviedad, pero no lo es: porque no es sencillo escribir siendo pobre; porque la vida literaria siempre fue para los ricos, que son aquellos que pueden conjugar, sin grandes esfuerzos, tiempo y talento. Hay que tener tiempo para desarrollar ideas y para tirarlas a la papelera sin piedad, y salvar retazos, y construir historias, y sacar brillo, y que reluzca. Pero todo lo anterior es nada si uno no se toma el tiempo de consumir —siempre en papel— las vidas de otros.

Cuando palmó Umbral, que me parecía un tipejo horrible y un lector inconmensurable (pero de eso ya hablé), los magacines y la prensa se hicieron eco de aquella locución latina del pienso, luego existo trasladándola al consumo, luego escribo; y jamás a la inversa. Lo que pasa es que se nos olvida, o no hay tiempo —ya lo he dicho por ahí arriba— o está Netflix subiendo más y más series. Hay quien la caga creyendo que leer no es trabajo, sino el hacer, pero, de un modo u otro, leer también es parte de ese caminar. La escritura no es más que un destilado de las letras de otros: la traslación del recuerdo a la actualidad a través del presente en Patria, la perfecta ejecución de un inicio que obliga a seguir leyendo en Superviviente —y en la mayoría de novelas de Chuck Palahniuk—, el adentrarse en la mente del protagonista como álter-ego del escritor, el hablar con los muertos y cómo hacerlo con la puntuación que nos salga del cimbrel (o del horcate) entre imágenes certeras y ensoñaciones, y gaseosa en los oídos, con Marsé, y Chispa, y David, y el piloto del Spitfire…

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Detalle de Saturno (Peter Paul Rubens, 1636)

Los americanos saben mucho de todo esto: son la hostia en los inicios y creando imágenes potentes, como las de Jonathan Franzen, a quien apenas he leído, o David Foster Wallace, a quien empiezo a leer. ¿Quieres ver cómo late Nueva Orleans entera al ritmo de los pasos de un gordo antisocial? La conjura de los necios. Nosotros aquí teníamos La colmena de Cela, pero, al final, idolatramos El ruido y la furia, también con razón; igual que hacemos con la mayoría de historias de Gabriel García Márquez, que nos enseñan cómo apuntalar el inicio de una historia desde aquella muerte anunciada. Y, a partir de aquí, toca despiezar el mecanismo que nos obliga a seguir leyendo y a adentrarnos en la construcción del mundo. Como lectores, porque no podemos hacer otra cosa; como escritores, porque tenemos la obligación de arrancarle las tripas a ese cosmos y devorarlo sin prisas, con el anhelo de que una parte de todo lo allí presente germine en nuestro interior.

Noviembre está siendo injusto conmigo

Tengo una decena de entradas por publicar, pero noviembre está siendo injusto conmigo. Sea como sea, no tardaré en recuperar la rutina de blog y, por ahora, os dejo con un par de relatos que he presentado en el Club de Escritura de la Fundación Escritura(s)-Fuentetaja.

El primero es Trece millas, que ha sido destacado por su calidad por el jurado entre más de cuatrocientos participantes.

La historia es manida, con una pareja de atracadores psicópatas y dos camareras muertas en un bar de carretera en la ruta 66 a su paso por Kansas. Pero el texto resulta sugerente por la voluntad de su autor de darle la vuelta a la atmósfera que tanto le debe a la estética popular norteamericana, hasta casi caricaturizarla, como caricaturiza a los personajes, con un narrador muy visible, que llega incluso a deconstruir varias escenas del relato para remarcar la distancia entre la acción y la narración. (Fuente: III Concurso de Historias de Viaje)

El segundo es Terminó por ser nadaque estoy terminando de pulir, pero que ya podéis leer haciendo clic en el título. Es un relato sobre la despoblación, sobre todos esos pueblos aislados que mueren de soledad a lo largo y ancho de España. Certamen al que me animé a participar tras leer el siguiente párrafo que tanto me recuerda a mis abuelos:

Hay dos Españas, pero no son las de Machado. Hay una España urbana y europea, indistinguible en todos sus rasgos de cualquier sociedad urbana europea, y una España interior y despoblada, que he llamado España vacía. La comunicación entre ambas ha sido y es difícil. A menudo, parecen países extranjeros el uno del otro. Y, sin embargo, la España urbana no se entiende sin la vacía. Los fantasmas de la segunda están en las casas de la primera. (Fuente: Relatos sobre la despoblación)

Los diálogos me traen de cabeza

—Siéntate donde quieras. Ya ves lo que hay en el estudio: una mesa, dos sillas, el ordenador portátil… Poco más.

—Comida basura, botellas de vino, latas. Pensaba que los comehierba erais gente sana.

—Eso es una gilipollez. Siempre puedes comer fatal.

—Bueno, ¿y qué pasa? Eh, no me jodas. Deja esa botella donde pueda verla…

—Los diálogos me traen de cabeza.

—Pues claro. Si es que intentas unas cosas… ¿Quién te crees que eres? ¿J. M. Coetzee?

—No, yo estoy vivo.

—Con los muertos es más difícil luchar.

—…

—Está bien. Saca todo lo que tienes ahí en la pila de papelajos. ¿Es el borrador?

—Sí, lleva varios meses ahí, dormido.

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—Pero está acabado dijiste, ¿o mentías a todo dios?

—Está acabado. ¿Seguro que no quieres un trago?

—Mantente despejado, chaval.

—Despejándome.

—Mejor cero veinticinco que cero cincuenta.

—Necesito que le eches un buen vistazo. Coge ese taco de hojas; por algún lado estarán los primeros capítulos…

—Mira debajo de la tostadora.

—Aquí están.

—Anda, vete a poner el lavavajillas y déjame aquí.

—Te dejo el bourbon.

—Llévate el bourbon, que no soy Stephen King.

—Él ya no bebe.

***

—En serio, ¿no te molesta el ruido del lavavajillas?

—¡Largo! Déjame leer.

—Voy a los ultramarinos a por un par de pizzas.

—Compra una ensalada, chaval. Oye, ¿y ella no se ha leído la novela?

—Dice que no puede. Pero fui egoísta e intenté obligarla.

—¿Y?

—No fue bien. Esas cosas nunca funcionan así.

—Es cierto.

—Empezó a leer, pero se ven las marcas de frenada, ¿entiendes?

¿Lo qué?

—Cuando llegaba a un punto en el que le tocaba la fibra, se echaba a llorar y no paraba. Ahí apenas hay correcciones, porque para eso tienes que conseguir distanciarte del texto un poco, y es jodido cuando hay demasiado que te recuerda cómo fue.

—Es lo que tiene la autoficción.

—Pero la mitad es mentira, cojones.

—Sí, pero la otra mitad es verdad.

***

—Claro que hay marcas. Menudo editor sería si no las hubiera, ¿no?

—Pero hay marcas donde no puede haberlas.

—Ya lo hablaremos.

—Oye, ¿y este pisucho a qué viene? ¿Tú no vivías en una casa con jardín?

—Necesitaba un sitio para pensar. Por eso te llamé a ti también.

—Ya lo pillo. A veces, va bien eso. La gente que escribe lo tiene fácil. Pásame un mondadientes.

—Qué asco. Mi padre solía hurgarse siempre los dientes con palillos también.

—Ya hace que se murió, ¿no?

—Hoy hace ocho años.

—Vamos, no me jodas. Y tú aquí, en casa, escribiendo otra novela de muertos.

—No es de muertos, idiota: es de vivos.

—Haz café, chaval, que tenemos para rato.

—Queda en la cafetera. Lo recaliento.

—Y un carajo. Ya que he venido hasta aquí, haz café.

—A ella tampoco le gusta nada recalentado, dice no sé qué coño del pH. Mi padre sí lo tomaba recalentado, pero con leche.

—Oye, y esta mesa está coja.

—Supongo que hay personas que creemos que la literatura puede mantener vivas las cosas, y otras que solo se acuerdan de lo que perdieron.

—Hablas de ella y del perro, ¿no? Confieso que comparto su punto de vista.

—Vamos, no me jodas. Si lo sé, no te llamo.

—Quizá para ella fue más importante. Tú tienes bastante facilidad en eso de traer a los muertos a la literatura.

—Bueno, ¿y qué?

—Se puede publicar. ¿Y el café?

—Voy, coño.


Fotografías: La adolescencia del novelista J. M. Coetzee en blanco y negro

Una mierda de foto

Encontré una foto vieja en la que salgo con mi hermano pequeño. No sé quién la hizo: debimos usar el temporizador de la cámara, o algo así, porque está hecha como el culo; vamos, completamente descuadrada. Quizá la hizo el yayo, pero lo dudo horrores.

Laura vio la foto un día y solo dijo: “Vaya mierda de foto.” No le faltaba razón, verás: mi hermano está en la esquina izquierda de la instantánea, mientras el marco de la puerta de nuestra habitación intenta robarle parte del protagonismo; yo le agarro por la cabeza y cierro la mano contra su frente, cubriéndole casi todo el pelo, muy corto y sin forma —mejor eso que a lo tazón, ojo—; él tiene la boca abierta, porque se está riendo, y los mofletes regordetes le avisan de que está volcando su ansiedad de prepúber en las chuches. Mi boca, en cambio, forma una media sonrisa extraña —nunca se me ha dado bien sonreír enseñando los piños, y ahora menos, que ya me rompieron un par—.

De vuelta con las manos, la que tengo contra su almendra se confunde con su brazo izquierdo, que sube hacia arriba y se pierde fuera del encuadrado; en cambio, por abajo, su otra mano no se ve, y la mía está delante del bolsillo delantero de su sudadera amarilla y azul, como diciéndole: ¡estás poniendo pancha, majo! Menudo niño cabrón y repelente que fui para algunas cosas.

Mi viejo yo de la foto no me gusta tanto. No solo por la tontería de la mano, que también, sino por la cara de Virgen de Móstoles que pongo. Sin expresividad, ¿sabes? Un bigotillo y la sonrisa falsa esa, el flequillo largo, que brilla por el satinado de la foto, y el ojo izquierdo entrecerrado, que es algo que me sigue pasando, y que hace que parezca que voy guiñándole el ojo a todo quisqui. Lo que más me gusta de mí en esa foto es la sudadera azul, con dos líneas marrones en el pecho, y unas franjas blancas en los brazos. Joder, ¡cómo me gustaba esa sudadera!

Pero, en realidad, miento, no como el calendario que nuestro abuelo o el azar atinó a sacar en la esquina superior derecha de la imagen —debajo se ve la colcha amarilla y un par de almohadones que cualquiera diría que diseñó Miró—, porque eso no es lo que más me gusta de esta imagen. Es febrero, y por los días de la semana sé que se trata del año 2001 —yo, catorce para quince; mi hermano, once, o ya doce: puede que fuese su cumpleaños, y ahí tendría más sentido esta imagen—. Lo bueno de esta foto es que nos la suda el encuadre, y todo aquello que no debería estar en ese cartón de diez por quince; importa la realidad que transmite, el modo en el que se construye una relación, los buenos momentos que no siempre recordamos, su risa, sincera; porque, no me jodas, él se ríe como nos reímos de verdad: con la bocota abierta y sin pensar si va a salir mejor o peor; y yo no sé en qué pensaba, pero sé que esta imagen me deja viajar a un instante irrepetible de nuestras vidas. ¿Cómo va a ser una mierda de foto? ¡Si consigue todo lo que el arte promete!

Pero a Laura no le dije nada de esto, ¿y a mi hermano?, tampoco.

Trece millas

Hace unas semanas, publiqué mi participación en el III Concurso de Historias de Viaje de la Fundación Escritura(s) Fuentetaja. El título del relato: Trece millas, que hace referencia a la escasa distancia que recorre la Ruta 66 en Kansas. Sin embargo, quizá hice un poco de trampas, porque, sin saberlo, estaba escribiendo un fragmento de un libro que he imaginado mucho y que, sobre todo, recoge un capítulo muy especial de mi vida. Un libro de viajes al que aspiro cuando concluya una historia anterior; un libro que imagino repleto de iconos, e imágenes, y símbolos; de literatura de esa que trata de fotografiar una imagen inabarcable; de gente que vive en el pasado, y de otros que hicieron cosas imposibles porque nadie se atrevió a decirles que no podían.

Ahí va un pequeño retazo de cosas que no pasaron así, pero pasaron. ¿El resto? Bueno, el resto ya vendrá.

Trece millas

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