La Barcelona de la dama blanca

Cuando yo era un crío a menudo acompañaba a mi padre a Santa Coloma de Gramanet y a Badalona no sé por qué. Supongo que tenía por allí conocidos del Turó de la Peira o del hospicio, como llamaba él al orfanato de los Hogares Mundet donde estuvo interno hasta los dieciocho. De aquellas escapadillas de media mañana, recuerdo parar en San Roque (Sant Roc, Badalona) con seis, siete u ocho años y, ya en el coche, estar bastante cagado con el panorama. Aun así, si me diesen veinte euros por describir algo de aquello no podría: supongo que a un criajo de clase media le sorprendían las pintas, los edificios, la gente pidiendo y, sí, la cantidad de politoxicómanos que había. De adulto, he vuelto por allí un centenar de veces a pasear con los amiguetes y Sant Roc ha mejorado mucho; Badalona no tiene nada que ver con lo que fue: hace treinta años, Badalona era otro mundo (y Barcelona, que no se nos olvide) y Sant Roc, con sus eternos refugiados de las chabolas del Somorrostro, también.

Cualquiera que haya crecido en los ochenta en la periferia de una gran ciudad ha visto demasiadas jeringas y adictos. No digo nada nuevo. Hubo una época en que la heroína estaba en todas partes: en la calle, en la tele, en los «ten cuidado» y los miedos de la familia. La heroína despierta muchas emociones en cualquiera, no siempre buenas o malas de forma categórica, pero, sobre todo, tiene muchos nombres —jaco, caballo, colacao— y luchas muy distintas entre sí: está la lucha política, la social, la realidad (no tan) oculta que no es extraño negarse a uno mismo; está en los telediarios, en las columnas de opinión de los gurús que de todo saben, en los reportajes de los diarios con aires de cine quinqui, en las peleas callejeras entre los gitanos de la cocaína con los paquistaníes y los dominicanos de Badalona, en el edificio Venus y, por descontado, en el narcoturismo de las plazas del Raval.

Sant Roc (Badalona)
Una calle del barrio de Sant Roc (Badalona). Foto: Marga Cruz

La ley de la selva, sin buenos, solo los que conocen lo que hubo y a los que les importa tres cojones: porque se lucran a cualquier precio, porque no saben lo que viene después, porque están «enganchadísimos» y solo piensan en el siguiente pico. Pero ¿y qué, verdad? Poder escribir de esto, o leer sobre esto, es no tener la necesidad de vivirlo de veras: no estar sumergido a la fuerza: por error, por vida, por clase social. Salen noticias, claro que sí, pero solo nos demuestran que, quien generaliza, es un imbécil; ahí está María, politoxicómana de setenta y tres años que retrata el periodista Pedro Simónla transformación del Toño en un zombi del Raval, las historias de superación (que también existen), como el «via crucis» y los diecisiete de enganche del David, que ya quedaron atrás.

En Barcelona, el ayuntamiento afirma que no hay más heroinómanos que ayer, o que el año pasado, pero en Sant Roc, La Mina y El Raval, que son aquellos vecinos que han estado siempre en primera línea de fuego, lo desmienten. En Badalona ni tan siquiera hay narcosala, dicen, ¿cómo van a controlar el número de casos si los yonquis van a ponerse en una furgoneta abandonada debajo de la autopista? Tampoco hay estudios detallados sobre el perfil del nuevo consumidor de heroína: unas noticias hablan de jóvenes de clase media alta, otros de cuarenta para arriba, también están los viajeros que vienen buscando narcopisos: esos que saben lo que significan unas bambas colgando del cable de la Telefónica.

Furgoneta Badalona (heroína)
La furgoneta abandonada donde muchos heroinómanos de Badalona se inyectan. Foto: DLF

En EEUU, la heroína está haciendo estragos. Nadie había visto algo así. Cuentan que no es un problema de blancos o de negros, de gente pobre o de gente rica: es una emergencia nacional. Es un rompecabezas con más aristas de las que nos podemos imaginar. Es probable  que esa situación al otro lado del Atlántico haga un poco más fácil de entender por qué, en Cataluña, nadie sabe nada. Mientras, seguimos como siempre: en Barcelona, el ranking de decomisos de droga sigue aumentando (por algo somos la mayor puerta de entrada de droga a Europa); ¿y lo de educar a los más jóvenes?, cuando uno pierde un buen rato y lee, da la sensación de que nos creíamos que esto había quedado en el pasado, que las charlas de padres a hijos sobre el cigarro, el porro, el perico y el caballo que de chavales nos parecían tan exageradas y prejuiciosas habían quedado en otra época. Quizá toca volver a prevenir, a educar y a buscar otras alternativas con las que complementar la lucha contra la dama blanca, porque está claro que creímos que habíamos vencido antes de tiempo. Y quien no se crea nada de lo que se ha dicho aquí, que haga un pequeño ejercicio, que coja el coche (o un tren) y se vaya de paseo por Sant Roc, La Mina o El Raval. Al final, es la mejor forma de enfrentar la realidad: mirándola a la cara, de igual a igual.


NdA: El artículo más completo que he encontrado sobre la situación actual de Barcelona es el reportaje de David López Frías para El español titulado El caballo cabalga de nuevo por Barcelona: vidas tiradas en tres barrios enganchados. Lo he enlazado en la entrada, pero si alguien está interesado en informarse con más detalle, recomiendo su lectura: si bien no deja de ser «algo» sensacionalista, ofrece una instantánea global del problema.

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Hoy no es 1936

La campaña del ¡votad, coño! fue un éxito: depositaron sus papeletas un 75,7 % de los ciudadanos, y eso que los españoles que viven fuera de las fronteras han de pasar por toda una odisea de libro para ejercer este derecho. No se había votado tanto desde 1982 con Felipe González y, entonces, se tenía mono de democracia y de felipismo. Vamos, unos resultados para llevarse las manos a la cabeza, la hostia. Confieso, sin embargo, que, esta vez, España me ha sorprendido para bien: voté a primera hora y me escapé del colegio electoral con una sensación agridulce, luchando por creer que sí, que estas elecciones tenía que ganarlas el bloque de centro-izquierda, pero con las predicciones del politólogo Francisco Carrera en mente. Nadie más le daba tantos escaños a VOX (setenta, en concreto), ¿y qué? El tal Carrera la había clavado en los comicios andaluces. Así que, a riesgo de no encontrar el modo de hacer un Madonna en la era Trump (o de romper mi palabra como hicieron Barbra Streisand o Bryan Cranston), juré y perjuré que, si lo de VOX iba en serio, me largaba lo más lejos posible.

Si se pasan los derechos de mujeres, inmigrantes, ateos o LGTBI+ por el forro de… las escopetas, ¿qué iba a hacer Abascal con la Warner Bros? Almas de cántaro… Esto lo cuenta mejor Facu Díaz en Lait Motiv.

Siento ser tan gráfico, pero el domingo no me cabía un alfiler en el ojete. Y creo que no era el único, ¿verdad? No por el hecho de que, en España, haya señores de derechas, que sigue habiéndolos hoy, y muchos: ahí siguen sin orden alguno en lo que a fachosidad se refiere el Partido Popular, Ciudadanos y VOX, sino porque, pese a que el CIS a menudo tiene tanta credibilidad como Sanchez Dragó, la victoria de la derecha era posible. Por suerte (agrega tú mismo un emoji de esas de gotilla de sudor por el cogote), los peores presagios no se han confirmado: el primero no ha sabido retener al centro ni a la derecha; el segundo es, con probabilidad, la futura oposición, aunque Rivera ya se trae esta idea al presente y, del tercero en discordia y sus votantes, ¿qué voy a decir? Es bueno que 2.671.173 se hayan quitado la máscara, pero ¡qué cantidad de odio!

Según El Mundo, Ciudadanos y VOX están devorando a los populares en un ejercicio inverso al de Saturno y sus hijos: los primeros le rascaron 1,6 millones; los otros, 1,4. Igual que nos ha ocurrido con Juego de Tronos, de lo que tanto le gusta hablar a Pablo Iglesias hasta en elecciones, después de la batalla —y con menos bajas de las que esperábamos, ¡toma medio spoiler que no te esperabas, que ya es jueves!—, ahora (la mayoría) respiramos algo más tranquilos, aunque confieso que dudé hasta las once de la noche, dudé mucho. Actualizaba la prensa digital cada pocos minutos, preguntándome: ¿Quizá no hay tantos señores ni tantas señoras de izquierdas? ¿Y qué coño hacemos si a las derechas les caen escaños suficientes para pactar? ¿¡Y Cataluña, es que nadie piensa en Cataluña?! Hoy, con menos ácido en el estómago, sigo pensando que no hay tanta gente de izquierdas, que el domingo 28 ganó el miedo (el miedo a volver al pasado, a caer vencidos frente a un futuro más incierto de lo que este ya suele ser; el miedo a la extrema derecha: algo bueno debía tener el guardar todos esos fantasmas en el fondo de un cajón). También ganó el discurso centrista de Pedro Sanchez, al que que ni un Podemos desmembrado desde el interior ni un Cancerbero de derechas pudieron hacer frente (lo del «trifachito» no me gusta, parece de viñeta de Mortadelo y Filemón y, aunque le quita hierro al asunto, que mola, hace otra cosa que no mola nada: subestimar al enemigo).

¡El GAYSPER NO! ¡Todo menos el Gaysper!

Hoy, es lunes escribía el 27 de junio de 2016 ante una mayoría de votantes que habían dado el control del país a un Mariano Rajoy que nunca pareció un tipo peligroso, si acaso bobo, lo que lo hacía todavía más peligroso. Fuese porque era demasiado tonto para plantar cara a los mercados financieros (que, de nuevo, alargan sus tentáculos ante el secretario general del PSOE), fuese porque le salía demasiado bien eso de hacerse el tonto. No escuches a tus electores, le dicen ahora a Sánchez; forja una alianza con Ciudadanos; a Unidas Podemos le das un par de bocatas de queso y un ministerio menor. Por suerte, este lunes no fue tan duro, ni se hace tan difícil soñar hoy como lo ha sido estos años: cuando toca ser positivo, toca ser positivo, ¿o no? No quita esto que la extrema derecha vuelva al Congreso con otro nombre (siempre ha estado allí), que PACMA siga fuera por una injusta Ley d’Hondt y que ERC siga siendo despreciada, con políticos presos con escaños en el Congreso (Junqueras, Sànchez, Turull y Rull) y en el Senado (Raül Romeva) y una situación enquistada que algunos piensan que podría arreglar el federalismo de estado y otros creen que ya no la arregla ni dios. En fin, parafraseándome a mi «yo» pasado diré que sigue siendo bueno recordar que nada es imposible, ni gobernando el Partido Popular ni gobernando el PSOE. Después de mucho tiempo, quizá podemos empezar a creer que nuestra democracia saldrá reforzada de estas, pero es que, para la mayoría, los que somos demócratas, no hay otra: quizá con VOX esto no pasaría: no habría necesidad de que la democracia se superase a sí misma, porque como dice el meme aquel de Kayode Ewumi (el señor negro que piensa mucho): si no hay democracia, no hay por qué preocuparse de que funcione, ¿o no? Por ahora, respiremos tranquilos: el fascismo crece en España, y en todos lados, pero no se impone. Hoy, es jueves, pero no es 1936.

A la vida se la suda

Estos últimos meses se me ha escurrido el tiempo. ¿No te ha pasado nunca? Seguro que sí: tú te organizas, planificas, y, de repente, descubres que todo el contexto y las suposiciones que habías dado por buenas han hecho lo que les ha dado la gana. Es como el juego aquel tan idiota al que nos hacían jugar de niños: ese en el que se iban quitando sillas y se eliminaba a todo el que no estaba sentado cuando paraban la música, pero no bien, bien; en este caso, cuando te das media vuelta, de repente han desaparecido todas las sillas y, claro, te sientes idiota. El niño o la niña que llevas dentro diría: ¡Eh, eso no vale! ¿Y qué? A la vida se la suda.

A mí, probablemente, este tipo de cosas me dan todavía más rabia que a ti, porque yo soy un tarao de esos de las listas. En serio. A medida que me he hecho mayor, he empezado a hacerme listas hasta de cómo voy a organizarme el tiempo libre (luego las pierdo): quiero leer tal libro, escribir sobre aquella madre que riñó a su hija por perseguir a las palomas, perderme con los perros en la montaña el sábado, seguir estudiando sobre etología a las cuatro de la tarde del viernes, y así, etcétera, etcétera, etcétera. Me van a poner el Google Calendar de pago, no te digo más. Hoy, sé que quiero seguir en la asociación que ayudé a montar hace tres años: Conectadogs. Es curioso, pero para esto no me hace falta ninguna lista. Supongo que esta es una buena razón para escribir sobre el tema. Quizá ahora no tienes ni idea de sobre qué te estoy hablando: normal, no todo el mundo sabrá que estoy en una asociación (entidad, oenegé, llámala como quieras) para ayudar a perros y personas. Por qué van a saberlo, ¿no? Ni que uno fuese Dani Rovira[1]. En definitiva, gracias a esta asociación, y a la gente que la compone, he participado en actividades junto a chavales con TEA, en charlas de tenencia responsable de bichejos, en la rehabilitación de perros de difícil adopción.

Strady es uno de los perros que ahora mismo estamos rehabilitando en Conectadogs.

Poco a poco, el proyecto ha ido tomando forma y, algunas veces, abusando de los contactos y el por favor, que también abre muchas puertas, he publicado o difundido textos sobre lo que hacíamos y hacemos (en Doblando tentáculos, aquí y aquí, en 20minutos, aquí, en Eldiario.es, aquí, en Canarias Ahora, aquí, y esto ya se está haciendo cansino, así que paro). ¿Por qué? Pues lo cierto es que, hasta ahora, no lo había pensado demasiado, supongo que porque es algo que considero importante y trascendente, un proyecto que muchas veces me ha robado más tiempo del que yo esperaba dar. Eso también pasa con todo lo que nos gusta y nos llena, ¿o no? A veces, llego a casa y me da rabia no haber podido terminar aún de depurar la novela o de leerme el Carvalho que ha sacado Carlos Zanón; ni sacar un rato para estructurar la trama de un cuento corto que quiero presentar a algún certamen (y después aún queda escribirlo, y reescribirlo); yo qué sé, de estar con los míos y, ¡qué coño!, de tocarme los huevos una tarde quemando el Netflix (¡que para algo lo pago!). Como escritor (o intento de), eso es algo que tengo asumido: la gente suele creer que el tiempo invertido en escribir (o pintar, o componer) se volverá dinero contante y sonante, pero la mayoría de las veces no es así. Incluso cuando uno “triunfa” y publica (o expone, o graba un disco), claro que sacará algo de pasta, pero ¿qué precio real tienen las miles de horas que has dedicado? Si ganases 50.000 euros por 5.000 horas, estarías ganando 10 euros la hora; por 1.000 horas, 50 euros por hora. Hay trabajos más rentables, ¿no crees? Al final, hacemos las cosas por lo que mueven dentro de nosotros y no tanto por lo que dan.

¿Y por qué te cuento todo este rollo? Hace diez días, pasó algo que todavía no me había pasado nunca (será que soy un tipo afortunado): de repente, todo se desmoronó en Conectadogs. Parte del equipo se largó e incluso se planteó disolver la entidad. Yo tengo un defecto muy grande y es que me paso el día refunfuñando: aquí, con tiempo (e incluso prórrogas que me concedo para escribir con calma), parezco un tipo incluso ocurrente, pero en la vida real no soy más que otro viejoven de esos (que lo sepas). No obstante, así como tengo este defecto, tengo una virtud asociada al mismo: cuando se me pasa el cabreo, intento sacar la parte buena de las cosas (por muy mal que hayan salido) y de la “casi muerte” de Conectadogs, he extraído una lección importante. Verás, me parece a mí que no hay nada más jodido que el miedo. El miedo nos hace desconfiar, dudar de nuestras capacidades, creer que eso tan malo va a volver a pasar, o que vendrá algo que será todavía peor. Y no es así. En diez días, tenemos otro terreno para Conectadogs (del actual tenemos que irnos), recibido miles de euros en donaciones por Facebook, PayPal e ingreso bancario; hemos encontrado el modo de seguir adelante y hemos salido reforzados de este traspiés. Sin embargo, este aprendizaje (el anterior) es importante, pero no es lo más importante. Durante este camino, yo he cometido varios errores de los que quiero aprender, y, si os sirven, en la protectora a la que ayudáis, en la entidad donde hacéis voluntariado o en la vida en general, aquí los dejo. ¿Y por qué? Porque errar nos hace humanos, pero asumir (y aceptar) que, a veces, nos equivocamos es aquello que nos vuelve personas. El primero es ser fiel a uno mismo, porque de nada sirve seguir en la brecha si te estás traicionando día tras día: cuando parece que todo se va a desmoronar, cuídate de no desmoronarte tú. El segundo es ser confiable y aprender a confiar: esto no significa ser un tontopollas, sino lo suficientemente fuerte como para poder asumir que las personas (y nosotros mismos) te van a sorprender, te van a contagiar su ilusión, y también te van a defraudar: cuando venga lo que tiene que venir, actúa en consecuencia. Tampoco olvides nunca (tercero) que el trabajo no es trabajo en una ONG: es tiempo libre, anhelos a cumplir, deseo de dar, pero no trabajo: a mí me ha costado cinco años (soy un poco cortico) aprender la diferencia entre comprometerme y dar más de lo que quiero. Esto parece una idiotez, ya lo sé, pero es el germen de muchos de los problemas en entidades sin ánimo de lucro. Por último, hay algo que yo diría que recoge todo lo anterior: no permitas nunca que te digan lo que tienes que hacer o sentir (cuarto, y último); llegará un momento en el que no estés de acuerdo con alguien, o con casi nadie: si tratan de entenderte, y te escuchan, no hay problema. Puedes estar equivocado o equivocada, pueden estarlo el resto, pero la mayoría de los problemas empiezan cuando te dicen que lo que tú sientes no es real o justo.

Y termino con una vivécdota, como diría Andreu Buenafuente en el programa de radio que comparte con Berto Romero: el día que empecé este artículo pasaron dos cosas. La primera es que Strady, uno de los perros de nuestra asociación, se puso muy enfermo y todos pensamos que se iba a morir; la segunda es que se quemó la Catedral de Notre-Dame. Después, supimos que Strady no tenía un tumor gigante en el cerebro, que era el 99 % de las posibilidades que nos daban, sino una infección tratable (el otro 1 %, que dejó alucinados a los neurólogos con un buen ¡zas, en toda la boca!) y que la catedral parisina se iba a reconstruir aunque supusiese mil millones de euros (ojalá también se invirtiese así en preservar el futuro de todos, no solo la historia). Y a mí son dos cosas que me hacen sentir muy humano y muy persona: aunar esfuerzos para salvar un monumento del pasado de Europa y perder el culo por salvar a un perro; vamos, lo mismo que hicieron nuestros ancestros, tanto los que construyeron en piedra y en madera un edificio que los sobreviviría a todos, como los que dejaron en el genoma del perro parte de su propio ser.


[1] Por cierto, hace un par de meses el tío me mencionó en el Instagram: no es coña, no.

Las tribute bands y el rock’n’roll

Enciendes la radio: tribute bands. Una hora de rock sin publicidad. Y tribute bands. Un tío con acento de Olot anunciando la mejor banda tributo de Deep Purple (aunque pronuncia dip parpal, e incluso yo, que tengo inglés medio a la española, me descojono), otro con la de Héroes del Silencio, Queen hasta en la sopa, Dire Straits, Iron Maiden, los Beatles, los Rolling, la experiencia Abba; incluso los imitadores de Motorhead también tuvieron sus meses de auge cuando palmó Lemmy: ahora ya no tanto. Si te fías de la publicidad, parece que hay más bandas tributo que bandas auténticas. Y uno podría creer que esto es una moda, un fenómeno de un par de meses, pero ya hace unos cuantos años que dura el tema…

Puede que alguien esté leyendo esto y piense: “Mira este idiota, pues deja a la gente que rinda tributo a quien le salga del jíbiri.” Es cierto, que lo sigan haciendo: os aseguro que no voy a ser yo quien intente boicotear algo tan guay como un tributo. Pero estos homenajes huelen un poco… Os lo razono. Para empezar, un tributo se define como un gesto que va acompañado de un sentimiento de admiración, respeto o afecto, que no es contrario a sacarse unas perras, claro que no, pero si nueve de cada diez minutos de publicidad en la radio anuncian este tipo de bandas… No sé, llámame loco, pero creo que ahí prima lo que viene siendo el business, ¿no?

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“Somos Cianuro, en cariñoso homenaje a Poison.”

Sin embargo, lo anterior me parece rebien. En serio. Puede que, con el humor adecuado, igual que me vi la serie de Carvalho interpretada por Eusebio Poncela, me puedo tragar un homenaje a Enrique Bunbury y al resto de la banda. Ahí no hay maldad, todo lo contrario: mola, y mola hasta que las tribute bands nos ocultan a otras bandas nuevas por eso de anclarnos en el pasado. Si se reúnen los Platero y Fito Cabrales deja de hacer el fitipaldi, pues yo me compro la entrada y me voy a un concierto, pero, si no lo hacen, quizá antes que un tributo, puedo ver qué coño están haciendo las mil y una bandas que siguen yendo al Viña Rock, al Azkena, a Iruña o al Rock Fest (o a lo que coño le guste a cada cual de música, que conste). Tiene esto que comento un nivel 2, además, que son las bandas tributo que rinden tributo a bandas activas, que si ya no es por negocio o por el síndrome del lo quiero aquí y ahora, no sé ya qué puede ser.

Sí es cierto que, si cada día hay más tribute bands, es que hay público y hay pasta de por medio: eso es indiscutible. Así que olé sus huevos. Si todos están contentos, pues aquí me quedo yo escribiendo mis tonterías, y, como sigo escribiendo, se me ocurre una razón más por la que no entiendo a las bandas tributo, y es por ellas mismas. Vaya lío, ¿eh? Me queda la duda, qué le voy a hacer: ¿cómo le sabe eso de triunfar así a un músico? ¿Eso es lo máximo a lo que algunas personas aspiran? ¿A sobrevivir o, casi peor, a vivir del éxito de otros? Está de puta madre ser el mejor imitando a Mercury, a Morrison, a Angus Young; eso mola un huevo, de verdad, pero cuando se convierte en trabajo, no sé, me parece que tiene muy poco de rock and roll. Si alguien puede imitar la escritura de otro alguien famoso, seguro que sabe lo suficiente como para ganarse la vida haciéndolo: ¿valdrá la pena? En lo que a música se refiere, yo solo sé rasgar cuerdas de la guitarra, y hacer punteados, y cuatro acordes, pero ¿puede ser que eso sea lo máximo a lo que alguien aspira como músico? Espero que todos ellos, todas las tribute band, lo vean como un medio, y no como un fin. Y, dicho esto, qué coño sé yo: el rock también es hacer lo que le sale a uno de los cojones, o de donde le salga.


NdA: Ya hace varios años que escribía entradas por el Día de la Mujer, pero este año no. Yo me sumo siempre, e intento aportar todo lo que puedo en este día, y apoyo, si se me permite. Si a alguien le apetece recordar entradas anteriores —como la columna de opinión del 2018, ¿Entonces nosotros no vamos? ¿Vais solas?o la de 2017, El cumpleaños de un feminista, aquí están—, pero creo que es mejor aprovechar estas últimas líneas para recomendar textos de mujeres como el de Lucía Lijtmaer en Público: Feliz Día de la Muj… ¿Me puedes pagar, por favor? Gracias. Eso va a valer más la pena que venir a leer a un rockero tontaina que se pone a rajar sobre tribute bands el 8-M, ¿no crees? Si al menos lo escribiese una tía, como decía Lucía Lijtmaer… Y ya no sabes de qué coño estoy hablando, ¿eh? ¡Pues lee su columna!

Si Marie Kondo metiese la cabeza en mi armario…

Si Marie Kondo metiese la cabeza en mi armario… iba a alucinar. Pero no por el desorden, sino por la guarrería (los pelos en las sudaderas, las botas desgastadas, las manchas que no salen aquí tan bien como en casa de mi madre). Nada extremo, por supuesto: soy de esos que se dan por satisfechos al encontrar algún estudio científico que me deje llevar los mismos tejanos un par de días más; mi mujer lo acepta, pero no lo soporta. Por el contrario, ella es bastante desordenada, y yo no lo soporto, pero lo acepto. Ella no es de buscar artículos en los periódicos: es más de frasecicas. Tiene una muy chula: “Aun en el caos, hay orden”, dice a todas horas, orgullosa, haciendo referencia a la Teoría del caos; pero me huelo que Marie Kondo no estaría muy de acuerdo.

Sin embargo, y aunque no soporto las pilas y pilas de ropa que se acumulan en los armarios del vestidor mientras estoy escribiendo esto, más miedo me da la moda de los organizadores profesionales: sobre todo, si pasa de moda a tendencia, como los coachs, y los asistentes, y los personal trainers ( ¡ojo!, quien crea que los necesita, que los contrate). Como siempre que me agarro los machos y me pongo a lanzar opiniones por aquí y por allá, puedo estar equivocado, pero se me han ocurrido tres razones que no he encontrado aún quien me las rebata (y me he envalentonado, claro).

Tidying Up with Marie Kondo
Marie Kondo con un pirata que le hace feliz. © Netflix

La primera es la más tonta, y, a la vez, la que más pica si lo piensas: con esto del organizador profesional, vamos a sumar unas cuantas responsabilidades más a nuestro día a día, ¿no os parece? Ya no solo hay que tener el cuerpo perfecto, y el trabajo perfecto, y la pareja perfecta, ahora también hay que tener el fondo de armario o el trastero perfectos. Por favor, Decidme que por ahí fuera hay alguien más a quien se la suda colgar las camisetas o enrollarlas en un cajón: ¡tanto perfeccionismo genera angustia vital!

La segunda es la más importante, diría yo. No sé si alguien ha leído sobre eso de tirar todos los libros que tenemos a excepción de aquellos treinta (¿¡TREINTA?!) que nos hacen felices. Ya le han dicho (a Marie Kondo) por activa y por pasiva que los libros no solo tienen que hacernos felices, sino que despiertan muchas otras emociones (como cualquier tipo de arte), así que yo me voy a ir por otros derroteros, ¿de acuerdo?, porque no me gusta nada esa idea de proyectar la vida que quieres en algo tan estúpido como organizar tu armario. Por supuesto que cualquier gran gesta empieza con una pequeña acción —por casualidad, este fin de semana vi un discurso de un navy seal estadounidense sobre ese tema, titulado Change the World by Making Your Bed—, pero ¿qué es eso de hacer creer a la gente que los problemas de su vida diaria (el padre poco colaborador en casa, la viuda que debe sobrellevar su dolor… ¡¿tener demasiados libros?! ¿¡TIRAR LIBROS!?, ¡joder!) se van a solucionar cambiando el modo en el que ordenamos nuestras posesiones?

La tercera razón es la más obvia, porque incluso aparece mencionada así en el programa de Marie Kondo, pero ¿cuántas veces más que faltar espacio nos sobran cosas? Y lo más importante de todo esto, ¿eso de veras requiere una nueva especialización laboral? ¿Entender que vivimos en un mundo capitalista y en casas llenas de cosas que no necesitamos? En el derecho romano hay un aforismo que dice: Accesorium sequitur principale (Lo accesorio sigue la suerte de lo principal), es decir, si hay una sentencia de expropiación de una casa, en esa misma casa se expropiará lo accesorio que se entiende que compone lo principal: las ventanas, las baldosas, los grifos y las tuberías. Pero, ¿estamos seguros que con Marie Kondo no lo hemos entendido al revés? ¿El problema no será que no sabemos para qué queremos todo lo que hay dentro de ese armario y no tanto que necesitemos ordenarlo?

Quizá la cuestión no sea conservar la camiseta de los Guns N’Roses de tu primer concierto de rock, ni esos patines que no usas desde los quince (pero que a tu madre le costaron medio sueldo). No siempre es cuestión de orden y de espacio, Marie Kondo, a veces, cuando metes la cabeza en un armario ves lo que hay, y no lo que hubo; a veces, en cuestión de armarios, importa más el olor de tu perro en una vieja correa de nailon oculta en el cajón de los calcetines, la dedicatoria de tu abuelo en un libro que no te hace feliz, la ropa hecha un asco en el vestidor porque te estás tomando una cerveza fuera, con los tuyos.

¿No estaremos demasiado empeñados en buscar la perfección, Marie? Mi amigo Félix, que siempre cita a otro amigo que no sabe que cita a Voltaire, me ha dicho cien veces: “Lo mejor es enemigo de lo bueno.” Y es que, a lo mejor, no necesitamos casas perfectas, ni trabajos perfectos, ni cuerpos perfectos, sino encontrar el modo de ser gente feliz. 

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Poner coma, quitar coma

Estoy reescribiendo. A finales del verano, terminé el borrador de una novela, y, en unas semanas, dejaré de manosear, y magrear, y rasgar, y despedazar, y acariciar sus hojas. Nunca hay una versión perfecta de un texto, pero se me empiezan a acumular esas voces que me dicen que vaya cerrando este capítulo, y aquel otro, porque no aceptan más cambios. Ya sabes: podrás hacerlo distinto, pero no mejor. Por esto, focalizo mis energías en el sprint final, y aunque tengo notas y más notas de temas sobre los que me gustaría escribir en el blog —la turba mexicana que quemó a dos inocentes por un bulo de WhatsApp, el gravísimo problema del activismo de sofá, el procés en Cataluña, que ya me aburre, o la absolución de los cargos de violación y asesinato a los malnacidos que acabaron con la vida de Lucía Pérez en Argentina—, estoy en la recta final de este maratón. Ya está todo hecho, y, quizá por eso, parece que falte más que nunca.

El gran problema del proceso de reescritura de una novela es que es un dolor de huevos (u ovarios) mucho más intenso y duradero que en cualquier otra obra literaria —bueno, quizá la lírica es peor aún, ¿pero quién escribe hoy poesía?—. Decía Oscar Wilde: Me pasé todo el día trabajando en las pruebas de uno de mis poemas. Por la mañana puse una coma, y, por la tarde, la volví a quitar. En eso ando yo, destruyendo párrafos a los que, al final del día, les devuelvo la vida, y poniendo comas de las que me arrepiento casi igual de rápido. Cogiendo distancia del texto y obligándome a no caer en la tentación de creer que tengo un manuscrito excepcional o una mierda. Está a medio camino. Y yo estoy aproximándome por última vez al texto, orientalizando todo lo que contiene bajo aquel paradigma del menos es más e intentando que los capítulos, que ya he perdido la cuenta de las veces que he impreso, dejen de parecer cuadros de Antoni Tapies.

En unas semanas, seré valiente para abandonar el texto y dejarlo volar; mientras, yo qué sé qué más decirte… Mírate la nueva comedia de Chuck Lorre (El método Kominsky, 2018), léete Los Caín, de Enrique Llamas, ve al cine a ver al Mr. Robot como Mercury en Bohemian Rhapsody. Yo aquí sigo, estrujando neuronas; macerando palabras; tabicando historias.

Hijos de la ira

No hace mucho que Netflix ha adquirido los derechos de algunas temporadas de Salvados. Están… algunos capítulos, según recuerdo, pero no todos, y tampoco por orden. Quizá Netflix ha escogido a la carta, y los últimos episodios se los sigue reservando Atres Media, supongo. Pero no importa: de los que yo vengo a hablar hoy sí están ahí, y no me los había visto hasta hace un par de semanas: se trata de un doble episodio soberbio, y acojonante en todos los sentidos, que conecta la victoria de Donald Trump en EEUU con el auge del Frente Nacional —hoy, Agrupación Nacional— en Francia. Se títula Hijos de la ira, y empieza con dos realidades que solo se entienden juntas: americanos y franceses de clase media que votan por las nuevas propuestas, por los nuevos partidos, y la voz en off del actual presidente de los Estados Unidos de América prometiendo una nueva era dorada para el estado de Michigan y la ciudad de Detroit.

Hoy, tras el triunfo de VOX en las elecciones andaluzas de 2018, me ha dado por hacer un resumen; a ver si a vosotros os da por echarle un ojo al episodio, que vale la pena.

La depresión que solo entiende en el Medio Oeste

Empezamos con un Detroit en decadencia. Al lugar se le conoce como el Rust Belt: el Cinturón del Óxido. Ruinas dentro de una ciudad que fue motor económico, restos de antiguas fábricas de automóviles que ya nadie recuerda, fábricas que daban trabajo a un millón de norteamericanos. Detroit fue la cuarta ciudad de los EEUU en número de habitantes: hoy, la decimoctava. ¿Las razones? Son muchas: las energías renovables, el uso de robots, la competencia internacional, el NAFTA y el consecuente traslado del negocio a México…

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¿Y qué ocurre en Michigan? En Michigan, los habitantes no saben contra quién arrojar su furia tras esta depresión que solo se entiende en el Medio Oeste americano: tasas de paro de casi el 50 % y un índice de población que ha descendido hasta cifras previas a los felices años veinte a medida que la industria echaba el cierre. Ni Chrysler, ni Buick; ni Chevrolet, Dodge, RAM, GMC… Las fábricas de automóviles ya no dan el trabajo que daban, y poco puede hacer Trump hoy frente a esta realidad: los michiguenses se quejan de que se cachondean de ellos: les llaman los flyover states —los estados del sobrevuelo—, pues muchos estadounidenses no ven nada interesante en el centro del país, y solo viajan de costa a costa. Pero aquí es donde mejor se puede rastrear ese cambio de paradigma; aquí está el secreto mejor guardado de la nueva política; aquí es donde uno ve por qué Trump venció, por qué a Trump se le perdonan muchas cosas. Si el presidente miente, dice uno de sus votantes, lo hace por no estar bien informado. A esto hemos llegado: preferimos un gobernante impulsivo e idiota a volver a confiar en aquellos  que hemos tenido hasta hoy.

No es bueno: en todo caso, es alarmante, e inquieta; igual que inquietan los discursos racistas contra los inmigrantes en Francia, la omisión del electorado norteamericano de proyectos de sanidad asequible como el Obamacare, y, sobre todo, la falta de alternativas frente a propuestas que, en realidad, no son propuestas, sino populismo disfrazado. Es el conflicto de la clase media con la pobreza —el empobrecimiento actual, y la futura pérdida de clase social— y con aquellos que han permitido que se llegue hasta aquí. En cierto modo, es el principio del fin de las grandes potencias occidentales, y, sobre todo, es la necesaria resistencia frente a este fenómeno.

¿Cuál es el contratiempo aquí? Porque hay uno, y muy gordo. Y es que no hay enemigo a batir; no hay aliado real ni enemigo a batir. La mejor prueba la tenemos en eslóganes como el Make America Great Again! (Haz América grande otra vez!) o el Au Nom Du Peuple (En nombre del pueblo)países divididos que buscan una idea vacía que puedan llenar de su propio significado; personas asustadas por no saber cómo mantener su estilo de vida, por no saber cómo conseguir que sus hijos tengan la oportunidad de una vida mejor; personas que siguen buscando el modo de no sumar más y más dificultades a un futuro de por sí incierto.

El mismo votante de Trump del que hablaba antes: un jubilado al que Évole entrevistaba en un bar de Detroit, decía: no queremos que el star system de Hollywood nos diga a quién votar; no queremos que nos digan que somos de derechas por apoyar a un candidato; ven aquí y ponte en mi lugar. Hijos de la ira va de eso; es la desconfianza en los medios tradicionales, aquello que explica el salto a la nueva política, a las fake news, a los nuevos medios de difusión. No es la victoria de Trump o de Le Pen, sino la materialización de esa distancia entre los viejos partidos y el pueblo; entre los nuevos políticos —o reciclados, en muchos casos— y la lección aprendida: el autócrata que conecta con el votante mediante el precio del café. Por eso, que un fulano diga que él y un actor de cine tienen distintos problemas, no nos sorprende, pero quizá sí esta otra frase lapidaria con la que acaba su testimonio:

No creo que hayamos sido abandonados por ellos. Sí hemos sido ignorados, pero ha sido así en todo el país.

Puede que la historia no se repita, pero rima: Évole consigue en Salvados algo que vale mucho la pena: explicar por qué todo dios —a excepción de una minoría en el sur de Europa— se dirigió desde el principio hacia la derecha, porque todo dios cree ya que la derecha —la extrema derecha, en muchos casos— es esa tercera vía: y quizá aquí también, eventualmente, ¿o no? Acaba 2018, y ahí están, más presentes que nunca: Ciudadanos, y VOX.

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Nacidos en un mundo de reglas inquebrantables, parece ser que  la vieja clase obrera no ha conseguido hacer acopio del estoicismo y el todo es relativo que la crisis de 2008 obligó a tragarse a los miembros de la generación Y. Los milennials, que nunca han (hemos) podido conseguir lo que tenían sus padres ni con el mismo esfuerzo, saben cuáles son las reglas del juego: se las cambiaron a mitad de la partida, es cierto, pero conservaban la flexibilidad que sus padres y abuelos ya no tienen. A estos últimos, se les suma el miedo al que pasará, el ser políticamente incorrectos, la tendencia a esconder los problemas bajo la alfombra, a elegir el discurso útil, el camino corto… No todos, claro que no: generalizar es una cagada total, pero el votante de VOX son cuarentones y cincuentonas de derechas, lo dicen las encuestas. Lo mismo ocurre en los EEUU, en Francia, y en Alemania, y en todos lados; en todos esos sitios en los que la gente se despierta y, por fin, se da cuenta de que lo de sacrificar el futuro de sus hijos y de sus nietos era solo el principio, que ahora les toca a ellos y ellas, porque a los milennials ya poco más se les puede quitar, y el sistema exige lo que exige.

No es casual que el periodista cierre estas dos horas de documental reuniéndose con Marion Maréchal-Le Pen, quien no cree en las sociedades multiculturales. Una sociedad multicultural, afirma la nieta de Jean-Marie Le Pen sentando cátedra, es una sociedad en guerra. Para ella, la integración significa abrazar la nueva cultura y repudiar la propia: emigrar significa una derrota total, una pérdida de cualquier rastro del propio mundo y, por encima de todo, el agradecimiento por permitir ser acogido en un nuevo país como ciudadano o ciudadana de segunda clase.

¿Queda espacio para el optimismo? Queda. Muchos franceses, y estadounidenses, no están de acuerdo con Trump o Le Pen, pero otros tantos sí. Muchos españoles y españolas no están de acuerdo con Santiago Abascal, Pablo Casado o Albert Rivera, pero otros muchos y muchas sí. El quid de la cuestión, sin embargo, no es tanto aquellos que abrazan la ideología de la extrema derecha, sino más bien la gran masa que no vota con la intención de apoyar, sino de castigar a quien los decepcionó en el pasado. Esto es lo más peligroso.