Categoría: Opinión

Artículos y columnas de opinión: sobre todo, temas de actualidad, política y sociedad.

El Infierno son las rondas

Si no eres de Barcelona, o nunca has visitado la ciudad, quizá no tienes ni idea de cómo se estructura aquí el tráfico ni por qué el Infierno tiene forma de vía de circunvalación. Es un fenómeno curioso, verás: tenemos tres rondas: la Ronda de Dalt, la Ronda del Mig y la Ronda del Litoral. La de Dalt fue la última en llegar, y cuando el imaginario colectivo todavía no había olvidado lo del segundo cinturón, ya se daban las primeras retenciones. Los atascos, además, llegaron acompañados de una cicatriz que se ha mal curado en los barrios de Horta-Guinardó y quizá en algunos puntos de la Gracia que, incluso a los de aquí, casi se nos olvida que es Gracia —Vallcarca i els Penitents— y Sarrià-Sant Gervasi, donde hay más pasta para insonorizar ventanas.

Pero sobre la historia de los cinturones, y el por qué dejaron de llamarse cinturones, Enric Sierra, subdirector de La Vanguardia, tiene una columna muy esclarecedora titulada Cuando el cinturón perdió el nombre; yo poco más puedo añadir ahí. También hay noticias suficientes acerca de las reivindicaciones de los vecinos y del mosqueo ante tanta tomadura de pelo con la cobertura de la vía, y de la guerra que lleva veintiocho años reivindicando una muchedumbre que se nos ha hecho anciana… Este tema da para mucho.

ronda-litoral-torre-mapfre
Fotografía de archivo que muestra las obras de construcción de la Ronda del Litoral, en 1989. Al fondo se pueden ver las Torres Mapfre, también en construcción.

A grandes rasgos, parece ser que la crisis financiera de 2008 salvó a Barcelona de colapsarse antes (qué ironía, ¿no?), pero ya hace un par de años que, por todos lados (aquí, por ejemplo), alertan de que la recuperación trae consigo serios riesgos para el tráfico en la ciudad. ¿Y cuál es la solución planteada? La restricción parcial de coches y el desmantelamiento paulatino del parque automovilístico. Y, con razón, me dirás: “¿Y te parece mal, Javier? Se está haciendo en todos lados.” Y a mí me parece de puta madre —en especial, frente a los niveles de polución a los que nos enfrentamos en Madrid o Barcelona—, pero con cabeza.

Vamos a hacer un poco de historia para que se entienda. Un Once Upon a Time de esos. Hubo un tiempo en el que las aglomeraciones en la ciudad —en especial en una ciudad como esta, limitada en dos de sus cuatro direcciones por mar y montaña— se resolvieron chutando gente a las cercanías y prometiendo unas buenas comunicaciones que nunca han llegado. Más tarde, este modelo se ha invertido: a nivel ecológico y económico, es mucho mejor concentrar gente en vertical que extender viviendas en horizontal (servicios, calefacción, infraestructuras, etcétera). Sin embargo, a nivel de transporte, ni se hizo la inversión entonces, ni se han buscado alternativas durante todos estos años. Esta falta de previsión viene de lejos, es casi una tradición, eso sí: para muestra, cuando se inauguró el tramo completo de la Ronda de Dalt, en 1996, los seis carriles —tres en dirección al Besós y tres en dirección al Llobregat— eran insuficientes para acoger el tráfico de la época: no se supo ver más allá de los JJ. OO ni se proyectó siquiera una posible ampliación o un probable aumento del tráfico de la capital catalana.

La respuesta política en Barcelona ha sido eliminar plazas de aparcamiento público y carriles para la circulación e incentivar la bicicleta. ¿Funciona? Parece que no. Desde 2011 (según El País: La cifra de ciclistas diarios se mantiene estable) a 2017 no ha habido cambios (190.000 personas aparcan el coche para desplazarse en bici): unos 400.000 en toda Cataluña. Ni puñetera idea de cuántos de estos viven en la capital: no he conseguido encontrarlo. Lo que sí sé es que estas actuaciones no pueden solucionar el problema de un buen porcentaje de municipios con accesos deficitarios a Barcelona mediante el transporte público: las 800.000 personas que viven en el Baix Llobregat, por ejemplo. Visto así, por lentas e infernales que sean las rondas, el coche es una ayuda. A todo ello se suman los retrasos de RENFE y la limitación de las rutas acogidas por los Ferrocarriles de la Generalitat de Catalunya, que apenas han incrementado el número de usuarios en una década: algo no se está haciendo bien.

construccion-tunel-ronda-litoral
Trabajos de construcción de uno de los túneles de la Ronda del Litoral.

En cualquier caso, la decisión está tomada: limitar vehículos a partir de 2019 y renovar el parque automovilístico antes de 2025. Habrá quien diga que es poco tiempo, pero a mí me parece más que suficiente para adaptarse al cambio. Y este es el otro gran problema del que no he oído hablar ni la DGT, ni el RACC ni a ningún gurú de la circulación: limitar las emisiones de CO2 es una buena noticia, ¿pero cómo planteamos terminar con los atascos? ¿Acaso el planeamiento urbanístico los da por perdidos? Desde luego, esa es la impresión. Y peor todavía: ¿por qué no se plantea ningún tipo de control de la circulación interna? Estamos convencidos de que todas las grandes vías de las capitales —en Barcelona: las rondas, la avenida Diagonal, la calle Aragón, la Gran Vía de les Cortes Catalanas, etc.—, se colapsan por ese porcentaje de personas que tienen que utilizar su vehículo para desplazarse desde fuera de la ciudad a la misma, y viceversa. ¿Y todo el tráfico que coge el coche por comodidad para ir a trabajar a dos barrios de distancia?, ¿y el colapso que agravan las entradas y las salidas de los colegios? Porque, vale, por la mañana quizá se unen niños y adultos, pero si en España el 90 % de los trabajos terminan más allá de las seis de tarde, ¿por qué cojones están colapsadas las carreteras a las cuatro, y a las cinco, y a las seis? Por esto mismo, cada verano nos queremos creer que la (relativísima) fluidez del tráfico se debe a que la gente se ha largado de vacaciones, y no a que han cerrado colegios, y a que somos demasiado cómodos para coger el metro o el autobús para ir a buscar a los críos.

En definitiva, no hay dinero para invertir en transporte público, no hay ganas de usarlo y nos puede la comodidad. Pues estamos apañaos. Y habrá quien crea  que el Infierno son las rondas, pero no, como ya ocurría cuando Sartre escribió El ser y la nada, el Infierno siguen siendo los otros.


Entradas relacionadas:

¿Qué va a saber Mario?

Baudelaire no es más de un francés que mío. De veras. Quizá por esto tengo tantísima facilidad por cagarme en los nacionalismos (incluso hoy), y me atrevo a cribar a la gente que conozco a través de esas emociones que exhiben o esconden, porque casi nunca hay medias tintas. Me agrada saber si se consideran patriotas, o sienten la tierra, que es algo que yo nunca he entendido: si lees la Historia, el estado ha sido siempre el gran Leviatán que enviaba a sus hijos a morir a las guerras, y, hoy, de tintes más moderados, solo los esclaviza en trabajos precarios y les roba el futuro. Ha mejorado la cosa, pero no mucho.

La patria es mierda, y, a menudo, muerte. Imaginar que la patria es el arte, las letras, es tan idiota como creer, a pies juntillas, que de verdad importa quién llegó antes a la luna, si los rusos o los americanos. Ni el arte ni la ciencia corresponden a un país, sino a la humanidad, y, como mucho, a las personas que llevaron a cabo tal gesta. Al Vargas Llosa de La ciudad y los perros, al Baudelaire de Las flores del mal o al Cervantes de El Quijote. Y ni ellos no son tan dueños de su obra como historia de otros, porque ni Vargas Llosa ni Baudelaire ni Cervantes supieron en su puñetera vida que eran Vargas Llosa, Baudelaire y Cervantes. Y el primero, que aún vive, ¡ni tan siquiera lo sabe hoy! ¿Qué va a saber Mario? Estará ocupado con la súcubo aquella, pero ni reputa idea tiene de hasta dónde ha llegado la proyección de su ser en otros. Puede imaginarlo, claro, y regodearse en ello: aunque haciendo esto me imagino más a Javier Marías, por ejemplo, encerrado en un cuartucho lleno de librerías repletas de libros ya abandonados, fumando, siempre solo, frente a su máquina de escribir demodé.

Vargas Llosa - Isabel Presley
Una fotografía de Vargas Llosa junto a Isabel Preysler (2015).

Y esto pasa en cualquier arte. En el cine, por ejemplo, y a Federico Luppi, que se nos fue. A Luppi le dieron una perita en dulce con aquella película de Adolfo Aristarain coprotagonizada por Juan Diego Botto. El personaje de Luppi era un cineasta, expulsado de la Argentina, apátrida, burgués, burgués de esos que se flagelan hablando de aquella revolución de la que se tiraron en marcha… pues, ni con todo esto, llegó tan lejos como hubiera merecido, ya que no era una película gringa: era una coproducción española, y Federico, que no se sabía Luppi, tampoco era —yo qué sé— Anthony Hopkins o algún otro viejales (¿Connery?), y luego se murió, y antes de esto, pegaba a las mujeres que tenían la mala pata de tropezarse contra él, el muy hijoputa, y ahora, quizá con razón, la vida condena al arte. Pero a lo que iba, lo que decía Luppi —bueno, el personaje—; decía: se estima a la gente, y no al país, ni tan siquiera al barrio; la patria es un invento, cojones; cojones que aquí agrego yo.

Luego se acabaron las historias de fachas, porque gobiernan en Argentina, y también aquí, pero yo hace mucho que supe de esto, y vivo tranquilo en cualquier lugar, puesto que de adolescente leí a un ruso de esos del siglo diecinueve, cuando por allí todo despertaba, y empezaban las peleas, y él se gritaba, y se despreciaba con los Marx y con los Engels, y decía: Mi patria es el mundo; mi familia la humanidad.

Pues ya está, coño.

Las calles están que aúllan

La Manada… ¡menudo nombre! La Manada son ellas, ¡que han demostrado todo lo bueno de esa palabra! Y no cinco violadores cobardes, basura de la peor calaña, que no han tenido valor ni para admitir su culpa.

Hoy, sigo creyendo que el camino es el de las verdaderas manadas: las de los siempre sufridos lobos ibéricos, que son familias, y las de las mujeres valientes que inundan las calles de esperanza. Sigo creyendo que unidos somos más, que ellas no nos necesitan, pero, joder, ¡vamos a estar ahí!, a su lado, porque eso es ser hombre, y ser persona, también. Sigo creyendo que no hay nada que no podamos cambiar, que hay que seguir saliendo a la calle, y que no nos van a callar, ni a vencer.

la-manada

Hoy, me da pena España, que maltrata y encarcela a los catalanes que quieren un referéndum, a los raperos que denuncian las injusticias levantando la voz; me da pena el poder, que sigue llenándose la boca con ETA, y generando conflicto, y dividiendo, en Alsasua, en Cataluña, en Murcia, y hasta en la Audiencia Provincial de Navarra; sobre todo en la Audiencia Provincial de Navarra, donde dicen que cinco hombres metiendo a una chica en un portal y rompiéndole el cuerpo y el alma no es violación, es abuso.

Me dan pena los españoles —y me da igual que sean vascos, catalanes o madrileños— que creen que el Código Penal son las putas tablas de Moisés, los que dicen que la ley llega hasta donde llega, y los que aprovechan para hacer política incluso aquí.

Me da pena España, y el Gobierno, que no es que se crean canovistas viviendo en el siglo XIX, sino que, excepto por las pantallas de plasma donde se oculta el presidente, se atreven con el disfraz del Leviatán de Hobbes, condenando al peor absolutismo a sus votantes, y peor, a los que ni se les ocurriría votar a esa mafia. El lobo es un lobo para el hombre, ¿eh? Vosotros lo que sois es basura humana, bastardos hijos de puta.

Violaron a una niña de dieciocho años que se fue de fiesta, y encima la han juzgado a ella: que si seguía con su vida, que si consentía, que si no se defendió frente a cinco malnacidos que no valen ni el aire que respiran. Han estirado la sentencia tanto como les ha sido posible, han esperado, a ver si se enfriaban los ánimos; se han atrevido a decirle a la víctima que disfrutó, que es culpable de no haber muerto, que nadie la va a creer. Pues aquí no se ha enfriado nada: y yo sí la creo; joder, si la creo, y sé que todo el mundo te cree, y que las calles son nuestras y ya pueden empezar a cambiar las cosas, hermana, porque, las calles están que arden, las calles están que aúllan.

Que se preparen.

Justicia y venganza

No hace mucho se prostituyó el dolor de las víctimas en el Congreso. El dolor de aquellas víctimas que aún están entre nosotros; de los padres, y madres, parejas, hermanos y hermanas, los que quedaron aquí. Fue en el marco de la PPR (la prisión permanente revisable), donde se invitó a las familias al Parlamento, y el PP y Ciudadanos iniciaron una guerra por el sector más conservador de los votantes españoles. ¿Qué deben sentir unos padres destrozados, como los de Diana o Mari Luz?, ¿o el padre, o la madre (biológica), de un chiquillo como Gabriel Cruz al comprobar que su dolor no es más que una herramienta al servicio del poder?

Hay que ser muy canalla, o vivir en una puta burbuja de confort, para pensar que algo así se hace para beneficio del ciudadano. Lo entendieron al revés: no se trata de utilizar, sino de implicar a las víctimas; no se trata de dejar que las víctimas sean los verdugos, sino de encontrar el modo de que no vuelva a pasar, y, si esto sucede, que cada desgracia encuentre la mayor justicia posible. Pero tampoco nos sorprendamos; hoy, en Cataluña, nos levantamos con las siguientes declaraciones: «Rajoy, dispuesto a abrir la negociación de la financiación autonómica sin Catalunya», que parece que no tenga nada que ver, pero sí lo tiene. ¿Alguien cree que el vecino de la esquina, o uno mismo,  o aquellos que viven en la otra punta del país importan en el plan del Gobierno y de las principales fuerzas políticas? Que nadie se trague eso de que el ciudadano tiene en sus manos un gran poder, ¡por dios!, en España al menos, el ciudadano no es más que un medio, un activo, una cifra.

¿Qué deben sentir unos padres destrozados […] al comprobar que su dolor no es más que una herramienta al servicio del poder?

Pero vuelvo al caso sobre el que venía hoy con ganas de escribir, el de justicia y venganza. Podríamos hablar de muchas cosas al mencionar la PPR, de otra ley aprobada a carpetazo limpio, de oportunismo político, de lucha por ese electorado más conservador y, a veces, rancio y de blancos y negros, pero no deberíamos olvidar tres cosas. La primera es que la mayoría de personas que votan y legislan nunca han pisado una cárcel, ni como visitantes siquiera (y tiene gracia, porque más de uno debería quedarse allí un tiempo); si lo hubieran hecho, sabrían que, en realidad, si no eres rico, casi cualquiera puede acabar allí por un error: no hablo solo de asesinos, aunque también (véase el caso del anciano de Porreres, en Mallorca), sino de marginalidad, de drogadicción, y de exclusión social. Si alguien cree de veras que vivimos en sociedades justas e igualitarias es que vive con los ojos puestos en casos como el del joven granadino que falsificó una tarjeta (y ¡ojo!, esto es un delito, y grave, no seré yo quien diga lo contrario), y en casos que se pasan por la piedra la libertad de expresión, como el de los titiriteros, los raperos, los tuiteros, en los que pervierten la democracia y ensalzan la falta de diálogo y el haber quien tiene los cojones más gordos, como todos los sucesos en Cataluña desde el 1 de octubre. También en lo de Alsasua, que, a riesgo de no entender desde fuera un contexto concreto, parece más una caza de brujas que un juicio. Pero la Pantoja es otra historia, ya lo dije hace tiempo, o Farruquito, también la Infanta o Vera y Barrionuevo que lanzaron a los GAL contra un francés al que confundieron con un etarra; también Roldán, y Gómez de Liaño, y a los cientos y cientos de casos de asesinato y de corrupción política impunes.

Familiares de las víctimas PPR
Los padres de Diana Quer, Mari Luz y Sandra Palo, tras la votación en el Congreso. © El País

La segunda es no confundir justicia con venganza, que siempre llegará desde el dolor, y, por ello, no dejamos que sean las personas a las que alguien hirió aquellas que acojan el papel de juez o jurado. Esto es sencillo de entender: somos humanos; la mayoría de nosotros siempre intentaremos devolver el mismo mal —ojo por ojo—, o incluso más. Ganar votos con el cadáver de Gabriel Cruz es asqueroso, y está al mismo nivel que intentar hacer creer a todas esas familias rotas que ellos pueden tener el voto decisivo sobre la condena al criminal. Eso ya ocurrió no hace tanto con las asociaciones de víctimas de ETA, y está bastante claro que las víctimas del delito no pueden ser la fuente del derecho penal.

Tercero, y última cosa, ni deberíamos dejarnos llevar por lo anterior —ni por esa falta de conocimiento del propio sistema judicial, ni por la venganza atávica con la que todos viajamos—, ni  tampoco deberíamos contentarnos con un sistema penal que, desde luego, no funciona: ni disuade, ni reforma ni permite la reinserción. Si de veras queremos cambiar el sistema, echémosle un par de narices, y exijamos esto a los políticos que (no) nos representan. ¡Basta de tonterías! Podemos comprender un cambio social y judicial que nos lleve hacia la necesidad de una prisión permanente revisable, pero este deberá ir siempre acompañado de un diálogo por parte de toda la sociedad, de verdaderas garantías de rehabilitación de los internos (porque no, la cárcel no es ni fácil, ni divertida ni se vive de puta madre, por mucho que les pongan una piscina) y de una justicia que, de veras, sea justa, igualitaria y democrática. Una ley que condena desde las alturas a la privación de libertad total sin garantías de ningún tipo, jamás puede ser una ley que debería aceptarse en una democracia; y si se acepta, nos define, y define el país en el que vivimos. ¿Y cuál es la solución? La solución tampoco es tener miedo a endurecer unas leyes que son blandas y no funcionan como debieran: y quien crea que sí, que dedique diez minutos a empaparse de las historias de Sandra Palo, Diana Quer o Mari Luz.


Enlaces relacionados:

¿Entonces nosotros no vamos? ¿Vais solas?

Parece ser que el esquema que han difundido las plataformas organizadoras para la manifestación de mañana ha levantado ampollas. No mentiré aquí, se veía venir, pero las opciones que ha ofrecido el movimiento feminista me parecen muy correctas. Si eres hombre y quieres ayudar, puedes facilitar la incorporación de cualquier mujer que, de otro modo, no podrá asistir: hacer la comida para que tu madre se vaya para el centro, o tu pareja, o cuidar a los hijos de tu hermana, lo que sea.

manifestacion-feminista-flavita-banana
Viñeta de Flavita Banana sobre la manifestación de mañana.

Hay muchos supuestos que no todos compartimos: yo no comparto esa locura, a mis ojos, de convertir la paridad de género en paridad lingüística, ni de quitar arcaísmos o vulgarismos de un diccionario porque la actualidad nos dice que nuestros antepasados se equivocaron. Tengo serias dudas sobre si es justo que un hombre que pueda ir a apoyar el feminismo tenga que quedar relegado a un espacio concreto, o que tenga lógica la propuesta de ceder el sueldo del día de ellos a ellas: las huelgas son huelgas, y cuestan lo que cuestan. Pero no perdamos lo que sí es evidente: no se trata de postureo, ni debería tratarse de un día, y esto quizá es lo más importante. Mañana habrá aciertos y habrá errores, pero el objetivo está claro: la lucha por una igualdad real.

Quitémonos de la cabeza que hay que ayudar a empoderar a alguien, coño, que ya se empoderan ellas solitas (y lo hacen de puta madre). Si queremos y podemos ayudar, fantástico; ¿que somos hombres y no queremos? Bueno, en ese caso, nadie nos ha pedido nada, porque esto no va de nosotros, sino de ellas: solo va de nosotros en la medida en la que podemos facilitar la igualdad. Y ¡qué coño!, en todo caso, como mucho de mí, que ya nací feminista de libro un ocho de marzo de hace, mañana, treinta y dos años.


NdA: Para no “contaminar” la columna, que, además, hoy, es bastante breve, no he hablado sobre el tema de la prohibición de Matar a un ruiseñor de Harper Lee (1960) y Las aventuras de Huckelberry Finn (1835) de Mark Twain por contener la palabra nigger, pero me parece un ejemplo «clarisísimo» de corrección política mal aplicada, que, desde mi punto de vista, también se está haciendo con el lenguaje en España con iniciativas por el uso de castellano no sexista con las que no estoy de acuerdo. Aquí más sobre el tema.