¿Quién era José Antonio?

El cadáver de un hombre de cincuenta y ocho años descansa en su sillón de relax. Parece haberse dormido, despacio, sin prisas, mirando hacia una enorme pajarera donde se refugian un periquito y dos diamantes de Gould. Tomo asiento frente a él, y le propongo una partida de ajedrez, asumiendo el papel de la muerte de Bergman. No lo hago por cariño, pues no conozco a José Antonio Arrabal; electricista, enfermo de ELA, lector de premios Planeta. No sé nada de este abulense afincado en Alcobendas; solo lo que leo sobre él, e imagino. No sé nada de él; pero en el sofá aledaño, ese que tiene los cojines con forma de salchicha que también tenía mi abuela en casa, ya percibo una historia compartida.

—Lo has preparado todo tú solo —afirmo más que pregunto.

José Antonio sonríe, cómplice; también cansado. Tiene el DNI en la mesa junto al historial clínico, el testamento, una carta al juez y algunos papeles; uno reluce sobre el resto, y grita: NO RCP. No reanimar. Grita en silencio, pero lo hace muy alto por su libertad, como todos esos héroes anónimos que esperan su momento.

José Antonio Arrabal
Fotografía de José Antonio Arrabal junto a un perro.

Quedo en silencio a su lado. Le dejo hacer. Coger los frascos, hacer las mezclas, no dudar ni por un instante; o solo uno, un segundo de incertidumbre que busca ese milagro que no existe, pero con el que los enfermos sueñan hasta despiertos. Después, José Antonio se pone a degustar Ofrenda de la tormenta, el tercer volumen de la Trilogía del Baztán; una historia que, para él, no tendrá fin, que terminará de forma abrupta, con un fundido en negro. Quizá Arrabal sabe que las mejores historias no tienen final; y si lo tienen, nunca es aquel que imaginábamos.

Desde el asiento contiguo, hablo con un José Antonio de ficción que no puede escucharme. Le explico que mi padre también se llamaba José, y Antonio, que también luchó contra una enfermedad terminal, y que murmuró sobre un viaje solo de ida hasta Suiza; que, al final, nos pedía la muerte —una que no podíamos darle—, y que tampoco le dio el Estado, sino una aguja colmada de reproches.

A José Antonio le han matado, por partida triple. Y eso es mucho más triste que el ir a morir. Le han matado obligándole a despedirse del mundo a solas, sin su familia al lado, sin una mano amiga; por miedo a leyes idiotas, y a gente idiota. Le han matado antes de tiempo, robándole días, semanas o meses, negándole un tiempo que aún podía intentar disfrutar con los suyos hasta el suicidio asistido; y sobre todo le han empujado al suicidio, y le han vuelto a matar, una vez más, con unas pastillas que mezcla en un vaso y una breve despedida, un «adiós a todos» y un último acto libre al que acompañan algunos acordes de la canción  de Nino Bravo.

¿Quién era José Antonio Arrabal? Él mismo te responde en su vídeo: un electricista de Alcobendas con esclerosis lateral amiotrófica. Solo era él. Un hombre. «Pero mañana podrían ser tus abuelos, tus padres, tus hermanos, tus hijos, tus nietos, o tú.» Piénsalo, concluye; él ya no puede.


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El cumpleaños de un feminista

Sería bueno mirarse el ombligo y reconocer ese pequeño lazo ya invisible que nos une a unos y a otros; recordar que todos debemos la vida a una mujer. Recordarlo; respetar lo que somos —lo que fuimos—, y matarlas, pero a besos, y comprenderlas, solo entre caricias, y sorprenderlas, esforzándonos por ser mejores personas.

Es el Día de la Mujer Mundial – Javier Ruiz (2015)

Hoy, Twitter resplandece bajo hashtags como #NosotrasParamos o #DiaInternacionalDeLaMujer. También la prensa y la blogosfera; ¡el WhatsApp incluso! Las mujeres toman literal y metafóricamente las calles, para evitar que sigan arrebatándoles más vidas, más derechos, más libertades; y los hombres de verdad, ahí deberían estar: junto a ellas, apoyándolas; respaldando cada una de sus reivindicaciones. No por necesidad, sino por justicia. Gritando con todas ellas por un cambio real; un cambio que cada vez está más cerca y que, henchido de las desgracias que nos legó el 2016, ha levantado el vuelo para alcanzar el lugar que le corresponde a la mujer en nuestra sociedad.

Graffiti de Laila Ayawi: WOW Unchained
Graffiti de Laila Ayawi en el encuentro de 2015 en El Cairo, bautizado como WOW Unchained.

Hay quien sigue pensando que la brecha salarial es un cuento; que el «iba provocando» es un atenuante, y que el feminismo que exige su papel en sociedad nos remite al hembrismo, y no a una justicia e igualdad real que, poco a poco, conseguiremos alcanzar entre todos. Hay hombres y mujeres que piensan así; que piensan que solo hay un tipo de feminismo, y que no se puede ser feminista vistiendo un hiyab o enseñando los pechos; personas que creen que pueden domesticar el feminismo, adaptarlo a sus cánones: simplificarlo.

A mí el feminismo me ha enseñado que somos libres. Libres para acertar y para equivocarnos, para cambiar el mundo o para invertir todas nuestras energías en aquellas batallas que decidimos librar; me ha enseñado que las diferencias son escasas o enormes dependiendo de cada hombre y de cada mujer, y casi siempre maravillosas; y que aquello que nos define e, indefectiblemente, nos une a todos es inmensamente más importante que lo que nos diferencia.

Existen distintos tipos de feminismo: asúmelo ;-)Hoy es mi cumpleaños. Cumplo 31. Nací en 1986, a las tres de la madrugada, por lo que mi madre siempre dice que ya llegué dispuesto a dar por saco a todo quisqui. Y, además, tengo fama de ser «criticón» y puntilloso, pero si hay algo que nunca me ha molestado es compartir mi día con una lucha que, a medida que todos crecíamos, se volvía más necesaria, más fuerte, y más imparable.

Supongo que hoy es mi día, pero me alegra sentir que también es el día de mi la mujer que decidió pasar sus días junto a mí, de mi madre, de mis amigas, y compañeras, y de todas aquellas que, lo sepan o no, ayudan a construir un mundo más justo para todos y todas.

La pesadilla de la irresponsabilidad

Ana del Barrio es periodista y madre; escribe en El Mundo y está especializada en temas sociales. Suani, una buena amiga mía, también es madre, y trabaja entre IPRIM, la Fundación Mona y la redacción de textos en formato analógico y digital. Ella es la que me envía un enlace a través de Facebook con el artículo en cuestión; después, lo comparte en las redes, y muchos de nuestros contactos alucinan por partida doble.

Sin embargo, Ana quizá sigue perdida; observa su timeline de Twitter y se escapa a por un café, sin atisbar, ni por asomo, el alcance de sus palabras. Ana reacciona con indiferencia primero; pero las críticas llegan a la redacción, y la incomprensión se apodera de su «juernes», donde puede llegar un poquito más tarde a casa, ya que los niños tienen extraescolares, y tomar una cerveza con los compañeros o con alguna amiga. Ayer, Ana no tomó nada, y se escapó a casa, envuelta en un mar de dudas.

Hoy, se levanta pronto y acerca a los niños al colegio en coche, confiando en que el temporal ha pasado, con esa ambivalencia que cualquiera que junta letras tiene ante el éxito inesperado de un viral y la posibilidad de que no lo sea, y así evitar el juicio de un mundo de caras anónimas. Sigue sin entender, le ha dado muchas, muchas vueltas, pero no alcanza a comprender qué ha ocurrido en ese texto que ha cambiado su semana, y quizá más.

Cerdos vietnamitas como mascota
Una pareja de cerdos vienamitas (probablemente, enanos) paseando con correa.

Por el poder que nos otorga la literatura, Ana se sienta en la terraza de una cafetería; yo también. Ella prende un cigarro, yo sorbo un café largo sin azúcar. Le digo: «Vengo a explicarte qué es lo que creo que ha sucedido». Ella suspira, sin entender, y va a por otro par de cafés.

Nos guste o no, todas las madres tenemos que convivir en determinados momentos con alguna mascota.

Señalo la primera frase. «Eso es mentira», afirmo. Y rápidamente conecto con las dos razones que me llevan hasta esa aserción temprana. 1) No puede haber obligación posible; todo lo contrario: en tu casa, mandas tú, o compartes el poder con tu pareja. 2) Detestar a los animales domésticos  y no adoptar ninguno te hace responsable; creer que otros animales silvestres pueden cubrir ese hueco o requerir menos atenciones, no.

Ella dice:

Durante años, he sufrido un asedio numantino por parte de mis dos hijos para que comprase un perro o un conejo y me he resistido como una leona, pero a cambio he tenido que hacer algunas concesiones en forma de tortugas galápagos. Las adquirí para un aniversario con la idea de que no iban a durar más de seis meses, pero pasaban los años y allí seguían con nosotros.

Pero eso no tiene sentido. ¿No será un fallo educativo en primer término? Un fallo que conjuga a padres (y madres) helicóptero de esos tan de moda y a niños dependientes que nunca se han visto frente a unos niveles lógicos de estrés. Claro que eso es muy políticamente incorrecto de decir: así que mejor continúa como vas; cógele la mochila al nene, aguántale el bocata mientras merienda, que no tiene manos; demuéstrale que tu tiempo no vale una mierda, y que tú estás ahí para demostrarle cuánto le debe el mundo a tu maravilloso hijo; ¿todos esos deberes te ha mandado el profe? ¡qué barbaridad!

Han Solo - Chewbacca (niño y perro)
“Han Solo” es otra foto que ilustra el artículo… Sigue leyendo. 😉

Yo no tengo hijos, pero sé dos cosas. Uno, cada caso es un mundo, así que nadie debería ser excesivamente duro aquí (¡cuando seas padre, comerás huevos!); y dos, no es cuestión de resistirse a nada, sino de marcar unas pautas. Ellos son niños; y en los niños está el pedir, pedir y pedir; en los padres, educar en responsabilidad, pero, para ello, también se tiene que ser responsable: buscar qué tamaño de acuarios necesitamos, cada cuánto hay que cambiar el agua, o por qué van a hacer caso a una tortuga si los nenes te están pidiendo un perro o un conejo. Esa última es buena.

Esa última es tan buena que tengo que preguntarlo una vez más. ¿Cuál es la absurda dialéctica que lleva a los padres a escuchar «perro» y pensar «tortuga»? ¿No sería más lógico creer que si «el nene» quiere hacer karate, no quiere hacer fútbol? Otra cosa es que tú no quieras que el nene tenga un perro, o haga karate, ¡pero no le encasquetes una tortuga y te quejes de que no le hacen caso!

Por la cara que pone, no sé si Ana lo entiende. Pone cara de ¿a ti quién te ha dado vela en este entierro?, pero seguimos desgajando su historia interpersonal. De improviso, la tortuga Manolita se convierte en una santa, porque la familia carga con dos pollos con la nostalgia como único reclamo de adopción.

Ella dice:

En nuestra época, todo el mundo atesoraba un pollito. Los vendían en cualquier tienda o en el Rastro y hasta los teñían de colores. Tuve varios pero nunca me duraron mucho. Enseguida desaparecían, se caían por el balcón o sufrían cualquier accidente doméstico (visto lo visto, empiezo a sospechar de mi madre).

Ana sospecha de su madre, pero todavía no entiende que los animales no son flores de un día. Quizá Ana debería leer a la periodista Martha Gutiérrez. Entonces, quizá entendería por qué la nostalgia no es un buen referente para adoptar dos pollos de mascotas, y por qué morían sus pollitos de colores.

Y ahora, Ana carga con todas sus fuerzas, pero aún sin comprender nada en absoluto, creyendo al mundo culpable de sus decisiones y, sobre todo, de la peligrosa falta de información de la que se acompaña una vez más. Los pollitos, enclaustrados en el balcón, son liberados por toda el piso, descubriendo que un piso del centro de Madrid no es lugar para ellos.

La casa empezaba a parecer una pocilga y tuve que tomar cartas en el asunto: los pollitos volverían a la terraza. Se acercaba el invierno (‘winter is coming’) y aquello se convertía en un problema. No sabíamos qué hacer con ellos. Llamé a varias asociaciones pero todas los rechazaron. Al final, localicé a un amigo de una vecina que tenía una granja y se los pudo llevar.

Manolita quizá tuvo más suerte, y acabó en Atocha, con cientos de sus hermanas de padres irresponsables que creían buscar una mascota para sus hijos, pero, en realidad, solo querían un poquito de paz, y no tenían la visión suficiente para ver que caminaban directos hacia una nueva guerra.

Pollos pintados de colores
Como es lógico pensar, existe una gran controversia sobre pintar pollos recién nacidos de colores. Aquí puedes leer una noticia de la MNN que habla sobre ello.

Ana no entiende que los animales no están ahí para nuestro propio beneficio. No están ahí para ser torturados, ni pintados de colorines, ni usados, ni cazados en un safari, pese a que mucha gente continúa haciéndolo. Ana no entiende que ha confesado, públicamente, varios delitos de maltrato y abandono animal, pero ese es el problema: Ana sigue sin entender.

Por eso, ella dice:

Y aprendí la lección: ¡a Dios pongo por testigo que ‘nunca mais’ volveré a hacerme cargo de una mascota!

Sin comprender que le puede caer una denuncia curiosa por parte de alguna asociación, que no creo que suceda cómo va este país (tranquila); sin comprender que no se puede ser ignorante en un tema y querer sentar cátedra. Sin comprender que un animal silvestre no es una mascota, y un animal doméstico, tampoco tiene por qué serlo.

Ana hace muy bien en afirmar que nunca más se hará cargo de una mascota, pero debería replantearse algunas de las lecciones de empatía, responsabilidad y naturaleza que le ha ofrecido a su familia, porque Ana no entiende, igual que su madre, pero quizá sus hijos tampoco lo entienden, y hacia el mundo al que nos dirigimos, sus hijos tienen la obligación de entender, aunque no siempre compartan.

¿Hazte oír o cállate la boca?

Un mandamiento nuevo os doy: que os améis los unos a los otros; que como yo os he amado, así también os améis los unos a los otros.

Juan, 13:34

El grupo ultracatólico Hazte Oír ha lanzado una campaña que, sin lugar a dudas, ha cumplido su objetivo: llegar a millones de personas y decirles a los transgénero que no son normales. Ahí es nada, ¿eh?

A nivel de marketing y publicidad, la transfobia ha servido, de nuevo, para llenar páginas y páginas de periódicos: vamos, todo un éxito. A nivel humano, es otro tema. Otro fracaso a nivel administrativo, similar al que ocurrió en enero con el panfleto homófobo que el colectivo madrileño Acrópoli replicó punto por punto.

Hazte Oír, autobús
Autobús de Hazte Oír que circula por Madrid.

Hazte Oír se ha aprovechado de la controversia. Hoy, cada vez es más difícil cuestionar la opción sexual de una persona. La edad dorada de estos dinosaurios ya pasó, y una mayoría creciente —y más en España, que ha avanzado a pasos agigantados en las últimas décadas— acepta la homosexualidad, igual que la bisexualidad o la heterosexualidad. ¿Está todo arreglado? Ni mucho menos. Pero nos empiezan a sonar conceptos como asexual, transexual o transgénero, e incluso nos atrevemos a encajarlos bien junto a otros, como libertad, respeto y privacidad. Se han acabado los chistes de “mariquitas” en casa y en la calle, y miramos con pena e incredulidad a los Arévalos, que perdieron gran parte de su repertorio de humor, y todavía se atreven a rescatar algún chascarrillo rancio de vez en cuando.

Los ultracatólicos aprovechan que, a menudo, oímos campanas y no sabemos dónde. Por eso, hoy, las redes sociales están repletas de gente que cree que un biólogo puede solventar este (supuesto) equívoco, y no entienden aquel concepto, a veces leído desde la religiosidad, que dice: somos cuerpo, mente y espíritu. Si bien mucho más simple aún sería leer una enciclopedia —la Wikipedia misma nos sirve aquí— y entender las distintas acepciones del concepto, pero quizá eso todavía es pedir demasiado.

Graffiti LGBT (Dublín)

Pero no. Por aquí, aún queda recorrido. En España, somos más chulos que un ocho; por eso permitimos y encubrimos como libertad de expresión lo que no es más que una incitación al odio; al odio por parte de terceros que no quieren esforzarse en conocer a las personas con las que conviven, y al odio que puede surgir de la incomprensión por conocerse a uno mismo, y que, en sectores LGBT, vergonzosamente sigue suponiendo graves problemas de victimización y suicidio.

Mientras la administración despierta, yo tengo una solución; citarles algunos de los miles de versículos de su propia religión que prostituyen al servicio de propósitos más oscuros; y si eso no funciona, poner una voz grave, como la de John Locke en Perdidos y, parafraseándole, decirles: «No me diga lo que no puedo ser.»


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El último whisky de Rita

Murió Rita Barberá, y el Partido Popular tardó escasos minutos en lanzar todo tipo de acusaciones contra la prensa española: que si había sido linchada por los medios, víctima de una caza de brujas, y quién sabe qué más. Aquellos que la patearon del partido, la empujaron al grupo mixto y le negaron hasta el saludo, también fueron los primeros en tildarla de “gran española”, “gran política” y “gran persona”.

El domingo algunos medios se hacían eco de la autopsia de Barberá, recogiendo la verdadera causa de su muerte (una cirrosis de caballo), y no un fallo cardíaco debido al estrés y a la presión mediática. Quién sabe si Rita estaba estresada (tendría sentido, desde luego), lo que es indudable es que lo aliviaba entre destilados.

En la distancia, puede decirse que la estrategia de la mártir funcionó. Para todos, menos para Rita. Pero a Rita poco le importaba ya el Partido Popular, España, o cualquier otra cosa, así que los populares, tan castizos como centristas, adoptaron aquel dicho popular tan célebre del muerto al hoyo.

Barberá y Rajoy (fallas)
Un ninot de Rita Barberá y Mariano Rajoy en Fallas.

«Morirte no te da la razón», decía, Ignacio Escolar, director de Eldiario.es, pero al PP le dio tiempo. Tiempo para beatificar a Rita, para atreverse a intentar cambiar la mentalidad de la opinión pública, que había osado acusarla, con pruebas, de prevaricación, de corrupción, de blanqueo de capitales. ¿Cómo es posible que Rita, a quien entre todos le rompimos el corazón, fuese una mala persona?

Desde su óptica, además, la óptica de grupo, de cohesión, de familia, Rita Barberá no era una mala persona. Si acaso, demasiado imprudente para seguir formando parte de esa gran familia española de centro-derecha tras los escándalos. La número tres del partido había visto demasiado en Génova como para comprender a qué venía tanto lío. ¡Con tantos casos de corrupción, y vienen a llamar a mi puerta!, pensaría.

Pero Rita Barberá, pese a su ceguera, nos dio una lección complementaria a la de Pacino (Si la historia nos ha enseñado algo es que se puede matar a cualquiera), y es que la muerte, esa gran desconocida de la que casi nunca hablamos, tiene un gran poder en nuestras vidas. ¿O acaso Rajoy, Villalobos o Catalá salieron ayer, lunes, a pedir perdón por sus acusaciones a los medios de comunicación? Claro que, si vivos, la regeneración democrática de un partido no pesaba lo suficiente, imagínate muertos.