Las calles están que aúllan

La Manada… ¡menudo nombre! La Manada son ellas, ¡que han demostrado todo lo bueno de esa palabra! Y no cinco violadores cobardes, basura de la peor calaña, que no han tenido valor ni para admitir su culpa.

Hoy, sigo creyendo que el camino es el de las verdaderas manadas: las de los siempre sufridos lobos ibéricos, que son familias, y las de las mujeres valientes que inundan las calles de esperanza. Sigo creyendo que unidos somos más, que ellas no nos necesitan, pero, joder, ¡vamos a estar ahí!, a su lado, porque eso es ser hombre, y ser persona, también. Sigo creyendo que no hay nada que no podamos cambiar, que hay que seguir saliendo a la calle, y que no nos van a callar, ni a vencer.

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Hoy, me da pena España, que maltrata y encarcela a los catalanes que quieren un referéndum, a los raperos que denuncian las injusticias levantando la voz; me da pena el poder, que sigue llenándose la boca con ETA, y generando conflicto, y dividiendo, en Alsasua, en Cataluña, en Murcia, y hasta en la Audiencia Provincial de Navarra; sobre todo en la Audiencia Provincial de Navarra, donde dicen que cinco hombres metiendo a una chica en un portal y rompiéndole el cuerpo y el alma no es violación, es abuso.

Me dan pena los españoles —y me da igual que sean vascos, catalanes o madrileños— que creen que el Código Penal son las putas tablas de Moisés, los que dicen que la ley llega hasta donde llega, y los que aprovechan para hacer política incluso aquí.

Me da pena España, y el Gobierno, que no es que se crean canovistas viviendo en el siglo XIX, sino que, excepto por las pantallas de plasma donde se oculta el presidente, se atreven con el disfraz del Leviatán de Hobbes, condenando al peor absolutismo a sus votantes, y peor, a los que ni se les ocurriría votar a esa mafia. El lobo es un lobo para el hombre, ¿eh? Vosotros lo que sois es basura humana, bastardos hijos de puta.

Violaron a una niña de dieciocho años que se fue de fiesta, y encima la han juzgado a ella: que si seguía con su vida, que si consentía, que si no se defendió frente a cinco malnacidos que no valen ni el aire que respiran. Han estirado la sentencia tanto como les ha sido posible, han esperado, a ver si se enfriaban los ánimos; se han atrevido a decirle a la víctima que disfrutó, que es culpable de no haber muerto, que nadie la va a creer. Pues aquí no se ha enfriado nada: y yo sí la creo; joder, si la creo, y sé que todo el mundo te cree, y que las calles son nuestras y ya pueden empezar a cambiar las cosas, hermana, porque, las calles están que arden, las calles están que aúllan.

Que se preparen.

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Justicia y venganza

No hace mucho se prostituyó el dolor de las víctimas en el Congreso. El dolor de aquellas víctimas que aún están entre nosotros; de los padres, y madres, parejas, hermanos y hermanas, los que quedaron aquí. Fue en el marco de la PPR (la prisión permanente revisable), donde se invitó a las familias al Parlamento, y el PP y Ciudadanos iniciaron una guerra por el sector más conservador de los votantes españoles. ¿Qué deben sentir unos padres destrozados, como los de Diana o Mari Luz?, ¿o el padre, o la madre (biológica), de un chiquillo como Gabriel Cruz al comprobar que su dolor no es más que una herramienta al servicio del poder?

Hay que ser muy canalla, o vivir en una puta burbuja de confort, para pensar que algo así se hace para beneficio del ciudadano. Lo entendieron al revés: no se trata de utilizar, sino de implicar a las víctimas; no se trata de dejar que las víctimas sean los verdugos, sino de encontrar el modo de que no vuelva a pasar, y, si esto sucede, que cada desgracia encuentre la mayor justicia posible. Pero tampoco nos sorprendamos; hoy, en Cataluña, nos levantamos con las siguientes declaraciones: «Rajoy, dispuesto a abrir la negociación de la financiación autonómica sin Catalunya», que parece que no tenga nada que ver, pero sí lo tiene. ¿Alguien cree que el vecino de la esquina, o uno mismo,  o aquellos que viven en la otra punta del país importan en el plan del Gobierno y de las principales fuerzas políticas? Que nadie se trague eso de que el ciudadano tiene en sus manos un gran poder, ¡por dios!, en España al menos, el ciudadano no es más que un medio, un activo, una cifra.

¿Qué deben sentir unos padres destrozados […] al comprobar que su dolor no es más que una herramienta al servicio del poder?

Pero vuelvo al caso sobre el que venía hoy con ganas de escribir, el de justicia y venganza. Podríamos hablar de muchas cosas al mencionar la PPR, de otra ley aprobada a carpetazo limpio, de oportunismo político, de lucha por ese electorado más conservador y, a veces, rancio y de blancos y negros, pero no deberíamos olvidar tres cosas. La primera es que la mayoría de personas que votan y legislan nunca han pisado una cárcel, ni como visitantes siquiera (y tiene gracia, porque más de uno debería quedarse allí un tiempo); si lo hubieran hecho, sabrían que, en realidad, si no eres rico, casi cualquiera puede acabar allí por un error: no hablo solo de asesinos, aunque también (véase el caso del anciano de Porreres, en Mallorca), sino de marginalidad, de drogadicción, y de exclusión social. Si alguien cree de veras que vivimos en sociedades justas e igualitarias es que vive con los ojos puestos en casos como el del joven granadino que falsificó una tarjeta (y ¡ojo!, esto es un delito, y grave, no seré yo quien diga lo contrario), y en casos que se pasan por la piedra la libertad de expresión, como el de los titiriteros, los raperos, los tuiteros, en los que pervierten la democracia y ensalzan la falta de diálogo y el haber quien tiene los cojones más gordos, como todos los sucesos en Cataluña desde el 1 de octubre. También en lo de Alsasua, que, a riesgo de no entender desde fuera un contexto concreto, parece más una caza de brujas que un juicio. Pero la Pantoja es otra historia, ya lo dije hace tiempo, o Farruquito, también la Infanta o Vera y Barrionuevo que lanzaron a los GAL contra un francés al que confundieron con un etarra; también Roldán, y Gómez de Liaño, y a los cientos y cientos de casos de asesinato y de corrupción política impunes.

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Los padres de Diana Quer, Mari Luz y Sandra Palo, tras la votación en el Congreso. © El País

La segunda es no confundir justicia con venganza, que siempre llegará desde el dolor, y, por ello, no dejamos que sean las personas a las que alguien hirió aquellas que acojan el papel de juez o jurado. Esto es sencillo de entender: somos humanos; la mayoría de nosotros siempre intentaremos devolver el mismo mal —ojo por ojo—, o incluso más. Ganar votos con el cadáver de Gabriel Cruz es asqueroso, y está al mismo nivel que intentar hacer creer a todas esas familias rotas que ellos pueden tener el voto decisivo sobre la condena al criminal. Eso ya ocurrió no hace tanto con las asociaciones de víctimas de ETA, y está bastante claro que las víctimas del delito no pueden ser la fuente del derecho penal.

Tercero, y última cosa, ni deberíamos dejarnos llevar por lo anterior —ni por esa falta de conocimiento del propio sistema judicial, ni por la venganza atávica con la que todos viajamos—, ni  tampoco deberíamos contentarnos con un sistema penal que, desde luego, no funciona: ni disuade, ni reforma ni permite la reinserción. Si de veras queremos cambiar el sistema, echémosle un par de narices, y exijamos esto a los políticos que (no) nos representan. ¡Basta de tonterías! Podemos comprender un cambio social y judicial que nos lleve hacia la necesidad de una prisión permanente revisable, pero este deberá ir siempre acompañado de un diálogo por parte de toda la sociedad, de verdaderas garantías de rehabilitación de los internos (porque no, la cárcel no es ni fácil, ni divertida ni se vive de puta madre, por mucho que les pongan una piscina) y de una justicia que, de veras, sea justa, igualitaria y democrática. Una ley que condena desde las alturas a la privación de libertad total sin garantías de ningún tipo, jamás puede ser una ley que debería aceptarse en una democracia; y si se acepta, nos define, y define el país en el que vivimos. ¿Y cuál es la solución? La solución tampoco es tener miedo a endurecer unas leyes que son blandas y no funcionan como debieran: y quien crea que sí, que dedique diez minutos a empaparse de las historias de Sandra Palo, Diana Quer o Mari Luz.


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¿Entonces nosotros no vamos? ¿Vais solas?

Parece ser que el esquema que han difundido las plataformas organizadoras para la manifestación de mañana ha levantado ampollas. No mentiré aquí, se veía venir, pero las opciones que ha ofrecido el movimiento feminista me parecen muy correctas. Si eres hombre y quieres ayudar, puedes facilitar la incorporación de cualquier mujer que, de otro modo, no podrá asistir: hacer la comida para que tu madre se vaya para el centro, o tu pareja, o cuidar a los hijos de tu hermana, lo que sea.

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Viñeta de Flavita Banana sobre la manifestación de mañana.

Hay muchos supuestos que no todos compartimos: yo no comparto esa locura, a mis ojos, de convertir la paridad de género en paridad lingüística, ni de quitar arcaísmos o vulgarismos de un diccionario porque la actualidad nos dice que nuestros antepasados se equivocaron. Tengo serias dudas sobre si es justo que un hombre que pueda ir a apoyar el feminismo tenga que quedar relegado a un espacio concreto, o que tenga lógica la propuesta de ceder el sueldo del día de ellos a ellas: las huelgas son huelgas, y cuestan lo que cuestan. Pero no perdamos lo que sí es evidente: no se trata de postureo, ni debería tratarse de un día, y esto quizá es lo más importante. Mañana habrá aciertos y habrá errores, pero el objetivo está claro: la lucha por una igualdad real.

Quitémonos de la cabeza que hay que ayudar a empoderar a alguien, coño, que ya se empoderan ellas solitas (y lo hacen de puta madre). Si queremos y podemos ayudar, fantástico; ¿que somos hombres y no queremos? Bueno, en ese caso, nadie nos ha pedido nada, porque esto no va de nosotros, sino de ellas: solo va de nosotros en la medida en la que podemos facilitar la igualdad. Y ¡qué coño!, en todo caso, como mucho de mí, que ya nací feminista de libro un ocho de marzo de hace, mañana, treinta y dos años.


NdA: Para no “contaminar” la columna, que, además, hoy, es bastante breve, no he hablado sobre el tema de la prohibición de Matar a un ruiseñor de Harper Lee (1960) y Las aventuras de Huckelberry Finn (1835) de Mark Twain por contener la palabra nigger, pero me parece un ejemplo «clarisísimo» de corrección política mal aplicada, que, desde mi punto de vista, también se está haciendo con el lenguaje en España con iniciativas por el uso de castellano no sexista con las que no estoy de acuerdo. Aquí más sobre el tema.

Huir de los malos libros

Escribir una novela es agotador: convertir personajes en personas, sostener el interés del lector en la narración, jugar con los indicios, las catálisis y los informantes entre los núcleos. Hay una parte de orfebrería —de reloj bien calibrado— entre esa magia que distingue a un libro de la literatura. Por supuesto literatura es mucho más, y se puede encontrar en cualquier película de John Ford, en un videojuego como Grand Theft Auto, o en una buena novela, como Patria, de Aramburu. Esto es porque la literatura no es la mera expresión mediante palabras, sino, como bien señaló Roland Barthes, un diálogo con nuestro tiempo. Con todos ellos, con nuestro presente, pero también con el pasado compartido como especie y el futuro que imaginamos terminado en «ías». Sean utopías, sean distopías.

Por eso hay una práctica contra la que siempre he luchado y de la que me alegro que haya iniciado un necesario camino de no-retorno: la potestad de huir de los malos libros. La posibilidad de ajusticiar antes de que sean ellos los verdugos. Huir de un libro que no nos gustaba era algo que no entraba en nuestras cabezas. A la mayoría nos educaron creyendo que el saber está en los libros y que todos los libros contienen saber. Dejar a un libro huérfano era, hasta hace poco, una verdadera tragedia: como lector, si empezabas un libro, tenías que acabarlo. Pues una mierda muy grande y muy gorda. No hay mayor mentira que creer que un buen libro debe gustar a todos; y a esta —a esta mentira— le pisa los talones creer que solo hay literatura en los libros y que, estos, por miles y miles de obras maravillosas que existan, se encuentran en un estadio imperturbable, inalcanzable y hasta sacrosanto para los mortales. Somos mucho de aupar como dioses a cosas que no existen siquiera, ¿qué le vamos a hacer?

—¿Usted quema libros?

—Siempre que puedo.

—¿Pero libros importantes? Por ejemplo, ¿usted quemaría el Quijote?

—De los primeros que quemé. De no ser importantes, ¿para qué quemarlos?

—Tiene sentido. Lo tiene.

Quinteto de Buenos Aires (Manuel Sánchez Montalbán, 1997)

Sí hay algo cierto aquí, no obstante, es que sobre gustos no hay nada escrito, pese a que los malos libros, suelen llevar detrás a una comitiva de «odiadores» más homogénea que los buenos. Estos otros, como grandes obras, a menudo gustan al margen del género y hasta la historia, pues nos mueven hacia las grandes inquietudes del ser humano: la identidad, el amor o la muerte. Pero hay una máxima no escrita que grabarse a fuego: los malos libros nos quitan tiempo para los buenos libros, son unos ladrones de la peor calaña. Somos rehenes de una educación que nos obligó y encarceló entre obras que no queríamos leer, y que, si ahora nos molestamos en redescubrir, entendemos que aquel no era el momento, pero también que el profesor que nos tildó de sacrílegos por abandonar un libro en la página cien era un pedazo de cabrón.

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Viñeta de Carvalho. Tatuaje en formato cómic, publicado por Norma Editorial en 2017.

¡Qué reconfortante debe ser quemar un libro!, como hacía el detective Pepe Carvalho en todas sus novelas. Pero Pepinho, como lo llamaba con cariño la puta que también era su amante, quemaba buenos libros, a sabiendas de que la cultura lo había alejado de esa sociedad que le condenaba a vivir entre el barrio chino y lo peor de la ciudad condal. Nosotros empecemos por acoger esa potestad de leer lo que nos salga de los cojones (o los ovarios), y si no nos gusta, quien tenga chimenea y quiera sacrificar un buen encuadernado… pero con cerrar uno y abrir el siguiente debería valer. Además, guardar la prensa sirve a su propósito de puta madre, os lo dice alguien que gusta del fuego hasta con los inviernos lejos.


NdA: Encontré este blog donde el autor ha escaneado un obsequio por la BCN Negra del 2009 donde se recogen todos los libros que Pepe Carvalho quemó en la saga de Manuel Vázquez Montalbán. Por si os hace gracia… ahí van los títulos que alimentaron la chimenea de Carvalho.

Además, estoy muy, muy contento, porque el borrador de mi novela ya acoge la recta final. Eso sí, cuando me la publiquen, no me podré enfadar si a alguien se le ocurre quemarla…

Y esta entrada sobre los malos libros, pues también me inspiró, y creo que debo enlazarla.

Always… Franco

Habrá quien piense que Valtonyc es gilipollas, que Pablo Hásel o La Insurgencia no tienen razón en todo, que hay arte con muy mal gusto en ARCO, o que Marta Sánchez da gana de vomitar entre el oportunismo y la letra de mierda que le ha enfundado al himno de España. Eso se llama libertad de pensamiento, y es la capacidad de disfrutar de cualquier idea, opinión o pensamiento sin limitaciones internas o externas. Eso no existe en España, porque tampoco existe la libertad de expresión, que, según los sistemas jurídicos y las sociedades modernas, encuentra límites solo cuando entra en conflicto con otros derechos fundamentales.

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Always Franco, del artista Eugenio Merino (Madrid, 1975).

En España, no es así; en España, hoy, la libertad de expresión encuentra límites prácticos cuando se dirige hacia uno de los dos grandes canales ideológicos: aquel que no es heredero del franquismo, del españolismo, de la España buena; en el otro, no hay condenas ejemplarizantes de las que dan urticaria. Diría el gran Eugenio: ¿Saben aquell que diu… que entran en el trullo tres raperos mientras salen por detrás todos los vejestorios del Caso Millet? Que viene la rubia que tributa en Miami a dar lecciones de nacionalismo para esconder todas esas manifestaciones de pensionistas —ojo, muchos votantes del Partido Popular y de Ciudadanos que no escarmientan ni escarmentarán, oye, aunque ojalá solo fuesen algunos de estos y no tantos jóvenes dicotómicos también—; la puta gente que cree que el problema lo tiene una tal Anna Gabriel que ha volado a Suiza y se ha cambiado el peinado, y no un país que ha retrocedido cuarenta años y en el que, parafraseando a El Jueves, no se puede decir que los Borbones —o borbones, qué coño, con minúscula que no merecen más— son unos ladrones, ni que el rey emérito se va de putas con nuestro dinero. Lo comentaba el otro día, mucho más cansado con treinta y tantos que cuando eran veintipocos: no es cuestión de banderas, sino de rescates bancarios y de una gran banca que provocó una crisis y no ha tributado por beneficios desde entonces, de gentrificación en las grandes ciudades —como Barcelona, o Madrid, o Palma, o tantas otras—, y de lo que nos han metido por el gaznate, y hasta normalizado, por la fuerza de la costumbre: de las cuotas de autónomos impagables, de los sueldos mínimo de mierda, de las subidas de pensiones que ni subida son y de la vivienda digna, que son las padres, y nunca mejor dicho. En España, nada nuevo bajo el sol: el lobo sigue de ovejero.

Hay que reconocer que saben lo que se hacen, que saben de su verdadero oficio, que no es la política, y nunca lo ha sido, sino desangrar, poco a poco, un país y a sus ciudadanos. Yo me quedo con el tuit que compartía a la media tarde del martes el cantautor Ismael Serrano, decía: “Esto es una locura.” Y lo que ya no dice tanto en cambio: Papá, cuéntame otra vez, esa historia tan bonita, de gendarmes y fascistas… No sé si volverán los flequillos sobre las nuevas frentes, pero el resto cada vez está más cerca. Y para qué recordar, si ya lo estamos viviendo.

Y encima se nos muere Forges, me cago en todo. 

Morir, morimos todos

La hermana de una amiga de mi madre tiene un cáncer muy agresivo en el cerebro. Los oncólogos le han dicho que es operable, aunque no está exento de riesgos. Quizá las posibilidades son cincuenta/cincuenta, o algo mejores. Conozco a esa mujer, pero de lejos; me pareció autosuficiente, alegre y vital: tres rasgos que no siempre se ven en alguien con ochenta y tantos. Cuando le llegó la enfermedad, no obstante, hizo esa pregunta tan recurrente: “¿Por qué a mí?”, y lo acompañó de un: “¡Si nunca he tenido ni un dolor de cabeza!” Sorprende, y duele la realidad, y no cuesta tanto como imaginar por qué te coge un cáncer de pulmón fumando cuatro paquetes de tabaco diarios, pero no debería ser así.

El ¿por qué a mí? en relación a la muerte o a la enfermedad tiene muchas respuestas, pero no nos gustan: porque tienes ochenta y dos años, porque todos enfermamos por mil razones, porque tú has vivido una vida larga y hay niños de tres años con cáncer en un pabellón hospitalario, porque la vida es así. No nos gusta pensar en esto. Me fui a hacer un empaste el otro día, y la auxiliar se quejaba a una compañera: “¿Tú te crees? Que dice mi madre que no se va a teñir el pelo, y lo tiene blanco, blanco.” Le he dicho: ‘Mamá, que así pareces una vieja’; y la otra: “¿Y cuántos años tiene?” Respuesta: “Noventa y tres.”

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Iris Apfel (Nueva York, 1921), icono de la moda neoyeorquina que este año cumplirá 97 años.

Nos podemos intentar autoconvencer. Decirnos a nosotros mismos que nos tienen embobaos con la política, las crisis que se suceden una tras otra, la telebasura y el llegar a casa cansados, asqueados del mundo, y no querer pensar. Te coges la prensa, ¿y qué hay que afecte a tu vida?; enciendes la televisión para ver las noticias y tres cuartos. Nos la suda tratar de aprender cómo vivir nuestras vidas, ¡imagínate morir! Pero a veces, hay joyas ocultas por ahí. Yo me topé con una —de cientos, de miles que hay, si buscas— en La Contra de La Vanguardia, donde una madre hablaba de cómo enterró a su hija y superó un cáncer con metástasis en fase 4 como el que se llevó a mi viejo. Se quitó un pecho, se vació el otro, y se dijo: “Voy a luchar”, y también: “¡La vida vale más que dos pezones!”, y joder sí vale más.

La señora del principio del artículo no quiere operarse. Hay personas, entre las que me incluyo, que no estamos seguros de que el tumor la deje razonar bien, pues el pronóstico para los meses que le quedan es peor que la muerte. Quizá para ella no. En realidad, la cuestión no es esa, y, aquí, tampoco debatir sobre si hay muertes que son mejores que muchas vidas, sino entender que morir, morimos todos, y vivir es más que levantarse y hacer lo que el resto espera de ti.

No queremos banderas, ni circo: queremos ser

España es, hoy, quizá muy parecida a la Argentina que describía el gran (actor) Federico Luppi en Martin (Hache): “No es un país, es una trampa. Alguien inventó algo como la zanahoria del burro: lo que vos dijiste, puede cambiar. La trampa es que te hacen creer que puede cambiar. Lo sentís cerca, que es posible, que no es una utopía: es ¡ya!, mañana. Siempre te cagan. Vienen los milicos y se cargan treinta mil tipos o viene la democracia y las cuentas no cierran y otra vez a aguantar y a cagarse de hambre y lo único que puedes hacer, lo único que puedes pensar es en tratar de sobrevivir o de no perder lo que tenés. El que no se muere, se traiciona y se hace mierda, y encima dicen que somos todos culpables. Son muy hábiles los fachos, son unos hijos de puta. Pero hay que reconocer que son inteligentes. Saben trabajar a largo plazo.” Salvando las distancias, descubres que no hay tantas: hay gilipollas, por todos lados.

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Imagen de archivo de ElDiario.es durante las manifestaciones del 15M en 2012.

Yo nací y crecí en Cataluña: en Barcelona. Tengo mucho de pixapins, y hasta me gusta; me identifico con quien me identifico, que, al final, es con media España, porque mi padre era un charnego que no soltó en toda su vida ni siete palabras en catalán, mi madre es de la ceba, y el resto, mezcla de culturas. En otras palabras, que hay quien se siente más de una bandera que de otra, y gente que se siente de todas, o de ninguna, de tantas que tiene uno aquí por elegir desde su barrio hasta Europa. Pero estos meses de enroque nos han dejado con una sensación agridulce de estancamiento que sabemos que le encanta al Partido Popular —ahí, M. Rajoy bien sabe que el resto se debilita siempre el triple más que ellos—. La realidad es que así como ya no existe la ciudad preolímpica en la que me salieron pelos en las piernas, tampoco existe aquella Cataluña: ahora hay dos Cataluñas, ambas intervenidas por un ciento cincuenta y cinco que mala rima tiene. Una de Arrimadas, otra de Puigdemont, pero ¿y qué? En realidad, no deberíamos estar tristes ni sentir miedo de que más de dos millones de votos quieran independizarse y otros tantos que no, sino del hecho de que la política nos ha fallado a todos. De que aquí, al margen de empresas que vienen o se van a golpe de BOE y decreto ley, de lazos amarillos, de no nos dejéis solos y del ¡a por ellos!, este país —cualquiera que elijas— ya no es.

En realidad, no deberíamos estar tristes ni sentir miedo de que más de dos millones de votos quieran independizarse y otros tantos que no, sino del hecho de que la política nos ha fallado a todos.

¿Qué le importa España o Cataluña al grueso de una generación que tiene que mendigar el coche a sus padres ya jubilados, o casi? Una generación para la que los hijos, a los cuarenta por lo menos, si no se nos ha pasado el arroz. ¿Pensionistas del estado o fondos de pensiones? Vamos, no me jodas, con ochocientos euros de sueldo al mes, y alquileres prohibitivos en las grandes ciudades; sin oportunidades de trabajar de lo que nos hicieron estudiar, ¡y a qué precio si lo conseguimos! Esos son los verdaderos problemas de España, y no se curan con banderas ni con más circo. Por eso no podemos conectar con el Partido Popular y, por el camino, hemos perdido la frescura que traía el de Pablo Iglesias. No somos menos populistas que los movimientos latinoamericanos tras los que se han escondido demasiados gobiernos en Madrid, y tampoco se entiende España más allá de estos. ¿Quieres parar la independencia? Vota Ciudadanos. Catalunya, nou estat d’Europa? Junts x Cat, y bla, bla, y blá.

Sería hora de que surgiese (o resurgiese) un movimiento que le recordase a los políticos, y a la misma política, que esta es un medio y no un fin. Que nos importan tres cojones la independencia, o Cataluña, o España en sí misma, que nos importan otros tres el circo en Bruselas, que lo que queremos es poder trabajar y vivir, y que seguimos aspirando a encontrar un sitio donde algún día caernos muertos; que dejen de jugar con nosotros, y con nuestras ilusiones, que Cataluña no está rompiendo España, porque España ya estaba rota, y sigue rota, porque los que hay arriba olvidaron quién los puso ahí, y los que hay abajo olvidaron qué coño tienen que hacer los de arriba. Nos contaminan y nos emboban, haciéndonos creer que el problema es darle un púlpito más alto a Pilar Rahola en TV-3, que JxCat y ERC no se pongan de acuerdo sobre la investidura de Carles Puigdemont, o que el Fondo de Liquidez Autonómica haya sufragado el referéndum. Esos son los problemas de otra generación, de la anterior, y nos importan tres cojones por una razón muy simple: están monopolizando nuestras vidas.