Dobles parejas

Sol olvidado

Él no sabía lo que quería. Nunca. Quizá por eso se le daba tan mal escribir sobre los pocos amores que tuvo. Cada vez que lo intentaba, que intentaba ocultar lo que sentía bajo alguna historia inventada, fracasaba estrepitosamente y, de igual modo, ocurría en sus relaciones, que eran largas por miedo, convulsas por naturaleza y amargas por decisión propia.

Durante semanas, sino meses, garabateó ideas en una libreta, y las hizo crecer desde ese primer germen del concepto desnudo. Juró para sí que escribiría siete capítulos, y que al menos uno tendría que pulirse y rehacerse en incontables ocasiones. Lo imaginó como un lunes cualquiera; un lunes aburrido, rutinario, incluso un lunes de resaca dependiendo de cómo se hubiese portado el fin de semana; un lunes cuyas asperezas debería lijar, donde habría palabras que seguro sobraban, ideas inconexas que se habían ahogado entre el huir de su musa y la llegada de la mediocridad, y quién sabe qué más.

Dio título a los siete capítulos como hacen los malos escritores; como esperan los malos lectores que se fían de la primera impresión, de las apariencias, de una cabecera extravagante que se cuela en su psique; como todos esos seres que arrugan el morro tras la primera hoja, y olvidan aquella emoción que sintieron una vez y que están obligados a buscar página tras página hasta chocar con la contraportada.

De cualquier modo, sería necesario seguir remarcando lo anómalo que le resultaba este contexto: lo malo que era; pues era tan malo, tan malo, tan malo en esas cosas del amor, que años más tarde oiría llorar a su mujer y confundiría ese sonido con el arrullar de las palomas que anidaban en la fachada de la casa.

En este contexto, tituló el segundo capítulo como Dobles parejas dispuesto a hablar de cuánto nos engañamos a nosotros mismos, de cómo nadie debería juzgar un libro por su portada y de qué poco debería importar que dos, tres o cuatro personas siguiesen aquel Macguffin romántico de los dictados del corazón.

El Pla de Montbau
Fuente urbana ubicada en el Pla de Montbau, construido en los años cincuenta siguiendo los preceptos de la arquitectura racionalista. El conjunto escultórico es obra de Marcel Martí (1925-2010) y se titula Ritme i projecció (1961).

Al pasar de las semanas, terminó por garabatear mierda con grandes letras rojas en todas y cada una de las páginas del borrador y destrozó, sereno, cada una de las hojas que componían esa primera versión del texto: así supo que no solo no era bueno, sino que era terrible, y actuó conforme a su potestad de creador omnisciente que siempre prefiere afrontar el peso del fracaso al de la vergüenza futura.

Sin embargo, víctima de lo que pudo ser y no fue, el escritor comentó a un compañero algunas de las ideas de todas y cada una de esas historias; vacilando entre si esa inquietud que, de algún modo, no había podido quitarse de la cabeza, atendía al fracaso de una parte de su proyecto o a la incapacidad de encontrar palabras con las que vencer su peculiar bloqueo.

Por descontado, él sabía que había millones de personas que no sabían amar, personas que, quizá, olvidaron cómo o nunca tuvieron oportunidad, eso no importaba; quizá amar no era tan sencillo como lo pintaban las películas de Hollywood, donde al volver a encenderse las luces, nadie veía si Humphrey Bogart terminaría por cagarla o no.

—Explícame el argumento —dijo su acompañante.

El escritor se negó, hasta tres veces, pero fruto de un deseo siempre oculto de que la historia viese la luz, terminó por acceder. Como testigo mudo de la misma, diré que no era gran cosa. Se movía entre temas complejos, como el deseo, las apariencias y el amor, sin comprender, ni por equivocación, la individualidad de cada una de ellas. No empezaba mal; presentaba a dos parejas que se habían separado para pasar el día junto a unos amigos: ellas con ellas, y ellos con ellos, sin saber que, a espaldas del resto y con la sombra del matrimonio bien próxima, también mantenían sendas relaciones como amantes.

No estaba planteada en clave de humor, y es probable que ahí radicase parte del problema: en especial, cuando la historia se cerraba sobre sí misma volviendo a cambiar de parejas por tercera vez. Tampoco tenía nada de sensual, porque la prosa era excesivamente racional como para funcionar a otros niveles y el deseo era demasiado ficticio para imaginarlo realidad. Parecía otra cosa; algo así como el intento desesperado de explicar una historia dentro de otra historia. Aquello que cualquier texto busca y donde aquí únicamente difería la capacidad de saber cómo engañarse a uno mismo frente a la intención sincera de engañar a todos los demás.

Cuando terminé de beber, perdí el rastro del punto en el que se quebró aquella vieja historia que, palabra a palabra, desaparecía en mi presencia; y seguí bebiendo para empezar algo completamente distinto. Aquello que debían ser esas dobles parejas, esa jugada que puede darte una victoria tanto como obligarte a ir de farol durante toda una mano… Y es que quizá tenía que haber empezado por ahí, porque ¿de quién era la mano?

***

Sol recordado

Para entender la historia, la historia que debía haber sido aquí narrada desde el principio, hay que recordar que, por mucho que se empeñen Falcones, Marsé o Zafón, Barcelona es mucho más que La Ribera, el Carmelo o el Arc del Teatre.

Lo que define a Barcelona son sus gentes y sus barrios, y no existe un contexto mejor para esta historia que la periferia bajo la Sierra de Collserola, donde durante aquella primavera se escuchaban sirenas perennes, se rastreaban las huellas de los jabalís durante la madrugada y ese cosmos verde que casi parecía fantasía nos permitía escapar del carácter abruptamente cosmopolita del que la ciudad había decidido beber como de las aguas del Leteo.

Pero para entender verdaderamente la historia hay que recordar que el agua y, concretamente, una fuente son una parte fundamental de todo lo que quiero explicar. Es el punto de inicio, porque está justo en el centro de la historia que aquí empieza, y también es donde concluye, donde se cierra.

No te preocupes, ya lo verás; ahora he cogido el ritmo adecuado, y no voy a detenerme…

El Born
Fotografía de El Born de ©David Rodríguez en Flickr. Puedes visitar el original aquí.

Prosigo.

Al barrio se mudó un chico una vez pudo independizarse. Lo hizo a un pequeño piso bajo la montaña, un segundo que lindaba con el extremo más bonito de Barcelona. Nunca tuvo la necesidad de compartir ese espacio y, por suerte, y algún deshonroso traspiés entre medias, terminó por encontrar la justa medida entre libertad y responsabilidad.

Durante la mudanza, una compañera de la universidad y su novia le ayudaron a mover los trastos. Una de ellas se llamaba Enara, que en vasco significa golondrina, y su chica era Sofía, una catalana que, a causa de su encontrada sexualidad, había perdido la relación con sus padres.

Tras los primeros días de independencia, decidió escribir esta historia, si bien no conocería el final de la misma hasta mucho tiempo después, alimentando desde el inicio dos nombres falsos como parte indisoluble de la misma, recordando que nadie tiene una verdad absoluta, pero que todos somos cobardes alguna vez.

Todo esto ocurrió a mediados del tercer año de la licenciatura, cuando Enara volvió a la facultad y él pudo verla día tras día. Como hábito, rápidamente adquirió el guardarle un sitio a su lado, y, a causa de esto, a menudo peleaba con los compañeros y compañeras menos afines sin tener muy en cuenta sus opiniones; con los cercanos, en cambio, solo tensaba hasta que las sospechas pudiesen convertirse en certeza, y allí cedía como si no le preocupase no poder estar cerca de ella todo el tiempo posible.

Enara no tenía el atractivo estándar de otras mujeres; era alta y esbelta, y también muy femenina, sus pechos eran grandes y su cabello, de un pajizo claro, se enredaba entre bucles rebeldes que alguna vez alisaba sin paciencia. Pero Enara no era porcelana, sino jade; no era kinsutgi de oro y cerámica, sino de plata o de resina; ella era mucho más especial porque el mundo estaba ciego.

En estos casos, la literatura acoge una vía y el mundo real se desvía por otra muy distinta, pero a veces no hay nada más necesario que una fantasía vivida de principio a fin. Así que, aunque parezca contrario a estas mismas letras, en el transcurso de esta historia todo ocurre de un modo mucho más natural de lo que nadie imaginaría.

Todo siguió igual.

Desde fuera, la vida transcurría del mismo modo en que lo había hecho miles de días atrás. Las horas pasaban y el cambio no era más que un lento vaivén que nadie podría haber advertido. Un día, sin que nadie tuviese constancia, el círculo se amplió y empezó a girar alrededor de una persona más; quizá fue la insistencia o el deseo por que algo ocurriese que, en tal caso, superó al miedo. Pero llegó natural, como una larga caminata que amenaza con terminar de un modo literal y figurado.

Fruto de estos cambios, él empezó a observar. Imposible saber qué había visto Sofía en Enara. Desde el principio, quiso creer que no era distinto a los sentimientos que empezaban a despertar en él tras más de tres años adormecidos por obligación; pero no podían ser los mismos. Sofía cortaba sus alas, se arremolinaba inquieta entre la obligación y el deseo, entre la amenaza y los celos continuos. Enara debía vivir por y para ella, y al cabo de un tiempo, todos entendimos que el deseo no es suficiente para mantener a dos personas unidas.

Esto hizo que Sofía se recluyera en una torre de vidrio junto a su amada. Lejos del mundo que creía que las amenazaba. Curiosamente, él nunca se sintió juzgado de ese modo, si bien, en retrospectiva, terminó por convertirse en un blanco fundamental de su ira.

Javier y Laura (1)

Durante la primavera, todo siguió igual para ellas dos, pero de algún modo, él, como actor invitado al que no se le negó el paso por aquellas puertas, llegó a creer un par de veces que se encontraba en el centro de la escena, sin saber muy bien si su intuición era acertada o no.

Ahora, quizá empiezas a imaginar hacia dónde va el siguiente párrafo. Quizá mucha gente —muchos hombres también— piensen que ese chico buscaba algo con lo que sueña una gran mayoría, pero ese hubiese sido un triste consuelo. Estaba allí, y no era extraño que sus pasos por el barrio se encaminasen hacia el edificio de donde ellas salían para trabajar, pero, mientras pudo contener el deseo, siempre intentó mantener una distancia prudente.

Cuando fue consciente de sus sentimientos, no se apartó. ¿Cómo podía? Lo que hizo fue intentar llamar la atención de otras chicas desprovistas del espíritu que ya le había enamorado; buscaba el modo de ser mejor persona, de ser más listo, más gracioso, mejor; como si aquello cambiase por influjo divino la sexualidad de una persona. ¿Intentaba acaso darle celos con su comportamiento o más bien comprobar que debía dirigir sus pasos en otra dirección?

De cualquier modo, no pasó nada de lo que narran las películas y los libros. Claro que no. Siguió saliendo con ellas, moviéndose por el barrio, proponiendo planes y acogiendo otros con ilusión; siguió viviendo en paralelo. Sintiendo que había una vida por vivir y otra que soñar, como un horrible film de Woody Allen con una Annie Hall lésbica que se le escapaba por todo el sur de la isla de Manhattan.

Una noche, Sofía fue al baño, y él y Enara se besaron. Él no la besó. Ella tampoco. Simplemente sucedió. Algo explotó. Sentados en el sofá supieron que no podían detenerse, pero lo hicieron tan rápido como todo aquello había empezado. Quizá ese beso duró un minuto entero, o solo unos pocos segundos, pero después de aquello, se marchó.

Los días siguientes —las noches, en realidad— las pasó tumbado en una esquina de la fuente que contextualizaba esta historia. A veces, bajaban jabalís de las montañas cercanas y él se preguntaba si esos animales comprendían qué hacía allí mirando una fuente de periferia pasada la medianoche. Días después, se descubrió llorando y mezclando la sangre que brotaba de sus nudillos contra los límites del estanque; quedó plantado, mirando el cielo y se encontró con un sueño inesperado en plena calle y un despertar fulgurante con el sol del alba. Tiritando de frío volvió hacia su piso, a sabiendas de que ningún río puede cambiar el curso de sus aguas.

En las historias, un gesto lleva a otro gesto, pero en la vida real, no siempre es así. A los tres días, tuvo la certeza de que un beso puede ser solo un beso; no obstante, un beso también puede cambiar la dirección de nuestro mundo. Lejos de romanticismos, un beso puede llevarnos hacia un futuro distinto, y también al mayor de los fracasos; un error que estaremos condenados a recordar por siempre, un gesto que pudo cambiarlo todo, una vida entera de anhelo. Con estas ideas en mente, volvió a ver a Enara. Fue un viernes en su casa, y también estaba Sofía.

Nada había cambiado. Todo había cambiado. Para él, aquella noche se movía entre demasiadas hipótesis y conjeturas, y la propuesta de un paseo al que Sofía se negó a unirse, le dio fuerzas para hacer la mayor estupidez de su vida. Sentados en la fuente, no pudo evitar querer besarla. Y quizá lo hizo. Quizá ocurrió exactamente lo mismo que aquella primera vez, o quizá toda la culpa recaía ahora en él. No le importaba.

Le dijo que no quería perderla como amiga.

Le dijo que la quería.

Le dijo que no podía hacer nada para evitarlo.

Le dijo muchas más cosas.

Ella escuchó.

También quiso proteger. Reparar. Buscar una salida honrosa para todas las partes. Pero lo cierto es que aquella fuente ya había ofrecido toda la suerte de la que alguna vez fue capaz, y no atendió a más súplicas. Por eso terminó por secarse. Por eso los peces murieron y los jabalíes volvieron a la montaña, o fueron tiroteados bajo la insensible mirada de un cazador. Todo exige un sacrificio, y en los meses siguientes fueron muchos los que se sucedieron.

Laura y Javier (2)

Después de escuchar, Enara habló. Habló mucho. También con Sofía, quien no quiso escuchar. Pero sobre todo habló con el protagonista de esta historia. De todo lo que hablaron, sin embargo, solo hay dos cosas importantes a recordar: la primera fue una de esas promesas tan pretenciosas de que, pasara lo que pasara, seguirían siendo amigos; la segunda no se pronunció con palabras.

Al final, olvidaron la fuente. El barrio se convirtió en un lugar en el que rememorar aquellos días de incertidumbre por ambas partes; cuando se mudaron, se casaron y fueron tan felices como supieron, los peces, el agua, los juncos, fueron un recuerdo más que mantener recogido en sus corazones. Allí, el agua de la fuente todavía se oía caer con fuerza, mientras el valor de una simple metáfora se avergonzaba profundamente de que dos simples mortales le hubieran hecho creer, aun por un instante, en la existencia del destino.

Todo eso ocurrió en la periferia de Barcelona y, sabiéndolo, ¿quién no elegiría el verde sobre el gris?


portada-insolacion-1Este texto forma parte de Insolación (Javier Ruiz, 2016), mi segundo libro de relatos. Si te ha gustado, puedes descargarlo gratis aquí (PDF) o adquirirlo a través de Amazon por 2,99 € para ayudarme a seguir escribiendo.

Dos libros que no fueron un inicio

El martes pasado llegó un correo de una de las grandes marcas españolas que son sinónimo de literatura. No, no podían acoger mi relato sobre Caos; pero no fue una total negativa, sino otro empujón hacia delante. Uno bien grande, aunque no puedo decir más por ahora. Un empujón que también me ha hecho ver que las cosas no van a ser más fáciles, y que hay que seguir trabajando día a día.

Por eso, hoy os traigo algunos de los textos que me gustaría rendir. Borradores que rayé incontables veces, y ensucié en papel; borradores que no han encontrado su sitio en el mercado tradicional —o quizá nunca lo tuvieron—, y, sobre todo, borradores para los que ha llegado la hora de despedirse y seguir hacia delante. Textos que deseo dejar marchar; relatos que recuerdo con cariño, y otros con los que he terminado por reconciliarme, pero historias cuyo tiempo ya ha pasado.

Caos (Cala Blava)
Caos en Cala Blava (Mallorca)

Los traigo hasta aquí y los despido; para poder concentrarme en nuevos proyectos y en seguir trabajando en aquellos que todavía no han llegado allí donde me gustaría que lo hicieran. No serán los únicos; por lo menos, habrá dos animaladas más que quería haceros llegar antes del Día del Libro, pero que, por mi parte, intentaré que no las alcance el verano; y eso será suficiente.

En definitiva, lo prometido es deuda. Podéis encontrar los catorce relatos en dos recopilaciones gratuitas; no obstante, si creéis que os pueden gustar (¡apuesto a que sí!) y, además, queréis echarme un cable, podéis aportar vuestro pequeño grano de arena en Amazon para Siete historias de histeria (0,99 €) e Insolación (2,99 €).

Gracias por seguir aquí.


Enlaces de descarga gratuita

Tres mitos sobre el vegetarianismo

En los últimos tiempos se han multiplicado los artículos que mencionan lo saludable de las dietas vegetarianas y, sobre todo, veganas en nuestro organismo. A raíz de ello, su predominancia en los medios de comunicación también se ha incrementado; por esto, imagino, no hace mucho leía una entrevista muy interesante a una pediatra española que está intentando romper los esquemas demasiado cuadriculados que mantienen muchas personas conforme a su alimentación.

Por desgracia, la reacción frente a estos artículos sigue siendo, en primer lugar, de total negación a través de distintos argumentos tergiversados que hemos podido escuchar alguna vez: las famosas proteínas (1) han quedado atrás —solo necesitamos usar Google para ver que los vegetales y las legumbres tienen, a menudo, mayor concentración proteica que un bistec o un corte de pescado—, siendo la vitamina B12 (2) aquella que más enfrenta a carnistas —usaré este término para referirme a personas que comen animales y vegetales en el artículo—, vegetarianos (ovolactovegetarianos u ovovegetarianos) y veganos.

Carnívoros vs vegetarianos vs veganos
Un poco de sentido del humor para un tema tan serio.

Debido a la controversia y la falta de información, en 2009, la Academy of Nutrition and Dietetics estadounidense preparó una nueva definición de las dietas vegetarianas. Dice así:

Las dietas vegetarianas apropiadamente planificadas —incluyendo las dietas totalmente vegetarianas o veganas— son sanas, nutricionalmente adecuadas y pueden ser beneficiosas en la prevención y el tratamiento de ciertas enfermedades. Las dietas vegetarianas bien planificadas son adecuadas en todas las etapas de la vida, incluyendo el embarazo, la lactancia, la infancia y la adolescencia; así como para los deportistas.

Postura oficial de la Asociación Americana de Dietética, 2009

Por supuesto, hay muchas controversias agregadas a esta cuestión, desde gasto energético hasta insostenibilidad de casi todos los modelos en nuestro mundo actual —quien ha leído mi primer libro de ensayos puede hacerse una idea sobre algunas de ellas, por ejemplo—, maltrato y sufrimiento animal que, ahora, reconocemos y, por tanto, empatizamos con él, abuso en el consumo de carnes y pescados, acercamiento a dietas nada saludables, etcétera.

En medio de todo esto, hay una cuestión ética que nos afecta a todos (medio ambiente, ecología, especismo y antiespecismo, sostenibilidad, etcétera) y que es la causante última de todos estos debates tan interesantes que deberían ayudarnos a crecer desde el respeto.

Por todo ello, y con el fin de tratar de aclarar algunos cuestiones que me parecieron claves a través de mi paso hacia el vegetarianismo, me he decidido a escribir un artículo hablando de alimentación, ética y las principales dudas que en mí surgieron cuando inicié este camino repleto de estereotipos, falta de información y sobreentendidos que hacen mucho más daño del que parece.

Los tres mitos

En estos últimos tres o cuatro años he pasado por distintas fases en lo que se refiere al consumo de animales y al activismo a favor de estos. En ese tiempo, he escuchado tres grandes planteamientos que hoy, agradecería muchísimo que me aclarasen antes de liarme la manta a la cabeza y lanzarme hacia una dieta vegetariana o vegana.

  1. Una dieta vegetariana (estricta o no) es mucho más sana que una dieta omnívora
  2. Una dieta vegetariana es muy sencilla de seguir y complementar
  3. Si no eres vegano estricto, eres tan mala persona y contribuyes tanto al maltrato animal como un carnista

Aunque parezca triste, esta última frase es una de las que más se repiten en las discusiones entre vegetarianos y veganos; o entre estos y terceras personas que eligen otros tipos de alimentación. En lo personal, y aunque este no es un artículo en el que entrar a hablaros demasiado de mi filosofía, considero que es un error y un modo de prejuzgar sin tolerancia que nunca nos ayudará a conseguir nuestro objetivo aquí: intentar que otra persona abra un poco más la mente a nuestra verdad y consiga ver las cosas a través de un prisma distinto.

Descripción de tolerancia
Descripción del concepto «tolerancia» de Giovanni Sartori, en Pictoline.

Sobre el primer punto (1), empezaré diciendo que cualquier dieta puede ser desastrosa (para nosotros). Una dieta omnívora bien planificada será sana en la misma medida en que también lo puede ser una dieta vegetariana o vegana; nadie vivirá trescientos años por no comer cierto tipo de alimentos, pero abusar de ellos —o del tabaco, o del alcohol, etcétera— sí puede cambiar esto. Por esto, argumentos como «Yo conozco a un vegetariano gordo» (yo a cientos de carnistas con sobrepeso, por cierto) o «No está bien que digan que el exceso de carne roja aumenta el riesgo de sufrir cáncer» no sirven; es más, son fáciles de explicar mediante la ciencia.

A grandes rasgos, para este punto, podemos remitirnos a lo que mencionaba justo al principio: apropiadamente planificadas. ¿No quieres comer animales? Genial. Yo tampoco. Pero no puedes vivir comiendo macarrones, lechugas y tomates.

Un artículo que ejemplifica justo lo que estoy comentando a lo largo de estas líneas sería: «Respondemos a los mitos sobre la dieta vegana (sí, es fácil y es sana)», en El Correo del Sol, que, pese a estar bien documentado, da una imagen que no siempre es realista.

Por esto es tan peligroso (2) que cualquiera te diga que una dieta vegetariana o vegana es muy sencilla de seguir. ¿Es sencilla? Bueno, para empezar está bastante claro que, hasta no hace mucho, era mucho más fácil de seguir en Barcelona y en Madrid que en Castilla y León o Andalucía: el número de bares y restaurantes con opciones vegetarianas o veganas es un buen indicador, ¿no? Pero aparte del contexto, hay algo mucho más importante: los aminoácidos esenciales. Sí, hay otras cuestiones a tener presentes (por ejemplo, el mayor aporte calórico de las legumbres, cereales o frutos secos) pero, a menudo este no es más que un argumento simple para intentar hacer ver que los alimentos en este tipo de dietas tienen que llevar un control rígido y en dietas omnívoras podemos relajarnos totalmente, lo que, a todas luces, es falso.

Los aminoácidos esenciales son aquellos que el propio organismo no puede sintetizar por sí mismo. Esto implica que la única fuente de estos aminoácidos en esos organismos es la ingesta directa a través de la dieta.1 2 Las rutas para la obtención de los aminoácidos esenciales suelen ser largas y energéticamente costosas.

Extracto de Wikipedia, la enciclopedia libre

Dicho esto, ¿qué ocurre con los aminoácidos esenciales? Pues, simplemente, que los productos de origen animal cuentan con todos ellos, por lo que se consideran de «alto valor biológico» (muy útiles, para entendernos), mientras que la proteína vegetal debe complementarse con el fin de evitar carencias. ¿Es complicado? No, pero requiere de una mayor planificación.

Combinaciones de alimentos que suman los aminoácidos esenciales son: garbanzos y avena, trigo y habichuelas, maíz y lentejas, arroz y maníes (cacahuates), etc. En definitiva, legumbres y cereales ingeridos diariamente, pero sin necesidad de que sea en la misma comida.

Extracto de Wikipedia, la enciclopedia libre

Por dos sencillas razones: una, es mucho más simple acceder a alimentos de origen animal (en el supermercado y comiendo fuera de casa) y, dos, es más sencillo sufrir carencias de aminoácidos esenciales en una dieta vegetariana y, sobre todo, vegana que en una dieta omnívora; incluso aunque esta última no sea en absoluto equilibrada y pueda provocar otro tipo de problemas como sobrepeso o enfermedades coronarias.

Dicho esto, es fácil ver dietas vegetarianas que han sido mal planificadas y son hipercalóricas o deficitarias (sobre todo en vitaminas del grupo B y hierro); a su vez, en las dietas veganas, a todo lo anterior, se suma una carencia de vitamina B12 que solo puede suplementarse de forma artificial mediante cápsulas. Pero… ¿acaso dedicamos el mismo esfuerzo a cuestiones nutricionales en dietas “omnívoras” o solo usamos esta planificación deficiente, cuando existe, y los mínimos casos conflictivos que se han producido en colectivos vegetarianos o veganos (por ejemplo, la niña italiana con niveles bajísimos de hemoglobina y déficit de vitaminas) como un arma arrojadiza?

¿Entonces? ¿Cuál es el problema? El principal problema, pues, es que, como debate social, solemos obviar —o intentar ignorar— las razones fundamentales por la que nos hacemos vegetarianos o veganos (3): para evitar que un número mayor de animales sufran, y contribuir a una mejora del medio ambiente, a la vida de otras personas y a la sostenibilidad del planeta. ¿Por salud? Puede ser una respuesta, pero, desde luego, no es una respuesta siempre compartida. ¿Acaso tiene algo negativo hacer las cosas por conciencia ética y no solo por salud?

En segundo lugar, por supuesto, lo hacemos porque somos omnívoros, y podemos, y es muy importante no olvidar esto también, pues sería absurdo que un carnívoro (que no lo somos), aspirase a vivir de otro modo al que le marca su naturaleza. Sería absurdo, excepto para nosotros, que lo hemos conseguido decenas de veces, y seguiremos haciéndolo, como ya he explicado varias veces en este blog.

Por ejemplo:

Comer piedras y otros absurdos sobre sintiencia animal, por Javier Ruiz en Doblando tentáculos

Si no lo haces por ellos, hazlo por ti, por Javier Ruiz en Blog Nasua

Todas las caras del veganismo, por Javier Ruiz en Doblando tentáculos

Industria cárnica, alternativas vegetales y carne cultivada, por Javier Ruiz en Doblando tentáculos

Por último, es habitual la crítica frente a otras formas de pensamiento. A grandes rasgos, cada vez más personas vivimos nuestra alimentación desde un sentido ético en el que tratamos de conectar los puntos; otras muchas, no. O no lo hacen o no quieren hacerlo en la misma medida, suele creerse, pero… ¿y si no ven los mismos puntos que nosotros o los leen de un modo distinto? En este sentido, el activismo tiene que luchar por concienciar desde un acercamiento progresivo a favor de lo que cada grupo considere oportuno (sea bienestarismo animal; sea liberación animal): no porque el abolicionismo sea una utopía (hoy, más que nunca, es todo lo contrario, con propuestas como la carne «in vitro» a la vuelta de la esquina), sino porque su afianzamiento llega, tristemente, siempre por la ciencia antes que por la ética.

Hoy, es un problema de primer nivel, y las charlas TED de verdaderas celebridades como el etólogo neoyorquino Carl Safina, la aparición de proyectos como Gran Simio o ZooXXI o la lucha por definir el concepto de humano y de inteligencia animal demuestran los avances que se han producido en estos campos.

Por todo esto, creo firmemente en que cualquier persona que juzgue a un tercero por su dieta o se ensalce a través de esa misma acción debe ser ignorada. En un mundo donde un porcentaje enorme de nuestra propia especie se encuentra esclavizada por el resto, para el cultivo de arroz y de café, o por la extracción de coltán para nuestros smartphones, todos tenemos que aportar y buscar una solución real a los problemas éticos y sociales que se perpetúan.

Debemos volver a conectar esa idea tan olvidada que da como resultado la moral, ese concepto que se mueve entre la ética y la acción, porque seguro que ninguno de nosotros hemos vivido las mismas experiencias vitales, y, por lo tanto, es absurdo pretender que nos movamos a través de los mismos valores, y aquí es donde el diálogo se muestra de mayor importancia en la búsqueda de un cambio.

Debemos discutir a sabiendas que renunciar a más y más productos de origen animal no es más sencillo desde el punto de vista alimentario, sino menos, ¿pero de nuestra conciencia ética? Como ya he dicho, dependerá de la ética de cada uno de nosotros, y esta discusión, igual de interesante, queda para el siguiente artículo de este blog.

NdA: Muy probablemente, algunos de los textos tipo “ensayo” sobre temas de  carnismo, vegetarianismo y veganismo irán teniendo una menor prevalencia en el blog. Esto es debido, principalmente, a causa de mi trabajo en dos nuevos proyectos —uno de ellos, de temática divulgativa, que estoy preparando con calma para su difusión en 2018; el otro, una guía de viaje en formato novela de la que ya os hablaré más adelante—. Por ello, si bien tengo dos artículos que no me gustaría que quedasen pendientes, comparativamente, empezaréis a ver más entradas de otros de los muchos temas que trato aquí.

Sobre otros temas de animalismo, ecologismo o sostenibilidad, puede que el ritmo de publicación decrezca, pero estos se mantendrán; imagino que, sobre todo, a través de columnas de opinión.

Cáscaras vacías

Cáscaras vacías es el décimo séptimo relato de mis 52 retos de escritura para 2017.

No veo bien. Ya no. Un afectado me perforó un ojo con su cuchillo del ejército. Sentí un dolor punzante y frío; un dolor que pensé que me acompañaría hasta la muerte, pero no. Desapareció. Desapareció por el camino; por el camino que ya todos nosotros estamos condenados a seguir. De algún modo, seguí caminando hacia Atlanta, donde empezó todo, y sané tras cada paso.

La horda lleva meses y meses moviéndose. Yo solo unas pocas semanas; he oído que los veteranos llaman a los fundadores el «Concilio Interior». No he preguntado por qué. Todo apunta a que se trata de su situación en el grupo, justo en el centro: el último vestigio de esperanza en esta colmena.

Horda zombi

No hablamos. Aunque pudiese explicarlo, no sabría bien cómo hacerlo. Se trata de algo distinto, quizá nuestra forma de comunicarnos es similar a la inteligencia que se empezó a descubrir en las plantas poco antes del fin. De un modo u otro, estamos conectados; podemos sentir el miedo, la angustia, la verdad en la mente de cada uno de nuestros congéneres. Somos uno en la multitud. Por eso descubrimos el cómo y el cuándo; incluso el por qué. Y ahora podemos cambiarlo.

Lo sé. Si algún día explicamos esta historia con nuestras propias palabras, deberemos hacer algo más que justificar cómo matábamos y moríamos. Estamos en guerra con los vivos: si llegamos al Centro de Control de Enfermedades habremos vencido. Hasta Georgia, morirán hombres, mujeres y niños… esa es parte de nuestra condena: no podemos explicar nuestras razones, no podemos hablar; sentimos el tormento de cada renacido que cae, que es mutilado, golpeado, disparado y asesinado; vivimos de dolor, y ese dolor nos hace seguir adelante, nos recuerda que seguimos vivos, que hay esperanza.

Los líderes dirigen a la horda desde el corazón. Imparables. Nuestra guerra contra el antiguo mundo no ha hecho más que empezar; los afectados han decidido esconderse detrás de altos muros o unirse a nosotros; también han desaparecido. Esta tribu de cadáveres es el último vestigio de una promesa al mundo entero, a cada uno de nosotros, al futuro, pero también hay mucho odio en su interior; padres que perdieron a sus hijos, hijos que mataron a sus padres, familias rotas por la incomprensión y la angustia…

Muchos caerán todavía, pero solo es cuestión de tiempo. Porque ellos son el enemigo que huye; nosotros, un imperio.

¿Quién era José Antonio?

El cadáver de un hombre de cincuenta y ocho años descansa en su sillón de relax. Parece haberse dormido, despacio, sin prisas, mirando hacia una enorme pajarera donde se refugian un periquito y dos diamantes de Gould. Tomo asiento frente a él, y le propongo una partida de ajedrez, asumiendo el papel de la muerte de Bergman. No lo hago por cariño, pues no conozco a José Antonio Arrabal; electricista, enfermo de ELA, lector de premios Planeta. No sé nada de este abulense afincado en Alcobendas; solo lo que leo sobre él, e imagino. No sé nada de él; pero en el sofá aledaño, ese que tiene los cojines con forma de salchicha que también tenía mi abuela en casa, ya percibo una historia compartida.

—Lo has preparado todo tú solo —afirmo más que pregunto.

José Antonio sonríe, cómplice; también cansado. Tiene el DNI en la mesa junto al historial clínico, el testamento, una carta al juez y algunos papeles; uno reluce sobre el resto, y grita: NO RCP. No reanimar. Grita en silencio, pero lo hace muy alto por su libertad, como todos esos héroes anónimos que esperan su momento.

José Antonio Arrabal
Fotografía de José Antonio Arrabal junto a un perro.

Quedo en silencio a su lado. Le dejo hacer. Coger los frascos, hacer las mezclas, no dudar ni por un instante; o solo uno, un segundo de incertidumbre que busca ese milagro que no existe, pero con el que los enfermos sueñan hasta despiertos. Después, José Antonio se pone a degustar Ofrenda de la tormenta, el tercer volumen de la Trilogía del Baztán; una historia que, para él, no tendrá fin, que terminará de forma abrupta, con un fundido en negro. Quizá Arrabal sabe que las mejores historias no tienen final; y si lo tienen, nunca es aquel que imaginábamos.

Desde el asiento contiguo, hablo con un José Antonio de ficción que no puede escucharme. Le explico que mi padre también se llamaba José, y Antonio, que también luchó contra una enfermedad terminal, y que murmuró sobre un viaje solo de ida hasta Suiza; que, al final, nos pedía la muerte —una que no podíamos darle—, y que tampoco le dio el Estado, sino una aguja colmada de reproches.

A José Antonio le han matado, por partida triple. Y eso es mucho más triste que el ir a morir. Le han matado obligándole a despedirse del mundo a solas, sin su familia al lado, sin una mano amiga; por miedo a leyes idiotas, y a gente idiota. Le han matado antes de tiempo, robándole días, semanas o meses, negándole un tiempo que aún podía intentar disfrutar con los suyos hasta el suicidio asistido; y sobre todo le han empujado al suicidio, y le han vuelto a matar, una vez más, con unas pastillas que mezcla en un vaso y una breve despedida, un «adiós a todos» y un último acto libre al que acompañan algunos acordes de la canción  de Nino Bravo.

¿Quién era José Antonio Arrabal? Él mismo te responde en su vídeo: un electricista de Alcobendas con esclerosis lateral amiotrófica. Solo era él. Un hombre. «Pero mañana podrían ser tus abuelos, tus padres, tus hermanos, tus hijos, tus nietos, o tú.» Piénsalo, concluye; él ya no puede.


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