Los likes no pagan el pienso

Los animales y el medioambiente reciben un 11 % de las donaciones mundiales (en Europa, un 9 %). Puede parecer mucho, pero no lo es. El activista medio que lucha contra el cambio climático lo tiene claro; y la sueca Greta Thunberg lo repetía a principios de diciembre en las Naciones Unidas: “For 25 years, countless people have come to the U.N. climate conferences begging our world leaders to stop emissions, and clearly that has not worked as emissions are continuing to rise. So I will not beg the world leaders to care for our future,” […] “I will instead let them know change is coming whether they like it or not.” El cambio está llegando, nos guste o no, y, por egocéntricos que seamos, no podemos vivir en contra de la naturaleza.

Los europeos reparten la mayoría de sus donativos entre derechos humanos y civiles (9 %), niños y jóvenes (15 %), salud y bienestar (9 %), hambre y vivienda (9 %) y animales y medioambiente. En este último apartado, entran las olvidadas —por lo menos, en España— perreras y protectoras, una situación cronificada en nuestro país que se apoya y se mantiene viva gracias a la iniciativa personal. Puede parecer durísimo, pero el voluntariado está capeando, que no solucionando, un problema muy grave que es competencia del estado desde hace décadas. Podríamos hacer valoraciones subjetivas y decir que las ayudas económicas por parte del sector privado son pocas, pero también se le puede dar la vuelta a la tortilla: no hay movimiento con más voluntarios y voluntarias, aunque esto no deja de leerse con sus blancos y sus negros.

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Un paseo junto a dos de los perros del CAAD Maresme.

La idea de escribir sobre este tema me rondaba desde hacía varios meses, pero encontré un artículo de Melisa Tuya que me solucionó gran parte de la búsqueda de datos que necesitaba. Sin embargo, antes de leer esa columna de opinión en 20minutos, había empezado a darle vueltas a dos temas: uno, ¿qué porcentaje de familias tiene un perro en casa? Lo encontré en La Vanguardia: el 25 % de los hogares españoles; menuda cifra, ¿eh? ¿Y cuántas familias con perros ayudan en protectoras? Entonces, me topé con el artículo de Melisa: Cómo ayudamos a las protectoras de animales y porqué no lo hacemos. El texto se hacía eco de una encuesta de Tienda animal a 5.000 propietarios: un 47 % colabora con protectoras —si no me lío con las cifras, 2.350— y solo un 30 % de estos lo hace de forma activa —es decir, 705—. Lo más curioso, aunque a mí lo que me parece es triste, es que un 31 % de los que dicen colaborar son los llamados animalistas de sofá: personas que apoyan la difusión por las redes sociales —no se especifica si con un pobre, ¡ayuden al perrito!, con un retuit o con un papel más activo en Internet.

El problema es que los likes no pagan el pienso, ni la recogida de animales, ni el transporte, los gastos veterinarios, los trabajos de modificación de conducta, las campañas para concienciar por una adopción responsable y evitar abandonos, etcétera. Aunque en el título del artículo de opinión que citaba en el párrafo anterior se mencionaba por qué no ayudamos tanto a los animales como creemos —y se inducía al lector o lectora a hacer más por las protectoras—. El cuerpo del texto no entraba en polémicas, pero yo sí voy a hacerlo (¡qué coño!, ahí queda, para dar más énfasis), y me voy a centrar en ese activismo de salón, que no considero que sea malo en sí mismo —puede ayudar a visibilizar causas, y también a crear conciencia—, pero que está consiguiendo desvirtuar la esencia del problema.

Seguir promoviendo esta actitud del comentar y compartir como activismo, con la idea del mejor eso que nada, no es malo en sí mismo, ¡claro que no!, pero ofrece una falsa sensación de apoyo, tanto para las protectoras como para esas personas que podrían estar aportando con mil y una formas voluntariado activo. ¿Quiere decir esto que las redes sociales no ayudan a seguir luchando contra el abandono y el maltrato animal? Claro que no. Pero, ¿qué pensaríamos de un llamado activista que no ha pisado una manifestación, o una huelga, o una concentración en su vida y se limita a firmar en Change.org? Exacto.

Deberíamos dejar de llamar activista de sofá a aquella persona que, simplemente, se limita a simpatizar con una causa.

Por descontado, todo lo anterior, no es antagónico al hecho de que el estado esté obviando una competencia propia, e incluso ahorrándose miles de sueldos y de trabajos públicos frente a un problema de primer nivel con el que, a menudo, lidian, sin posibilidad de resolverlo, otros funcionarios; tanto en su vertiente más práctica (el día a día de esos 140.000 perros y gatos que se abandonan y llegan a los centros) como legislativa y punitiva; que en España no haya una legislación adecuada y no se cumplan las leyes explica parte del problema que tiene cualquier protectora, pero quizá otra parte se explica por el hecho de seguir creyendo que todos esos likes y comentarios en Facebook aportan mucho, cuando deberían computarse en los porcentajes de los que no ayudan por una u otra razón. Igual que nadie se convierte en físico por apoyar la teoría de la relatividad de Einstein, deberíamos dejar de llamar activista de sofá a aquella persona que, simplemente, se limita a simpatizar con una causa.


NdA: Os invito a leer el artículo Las protectoras agonizan en el número de enero de la revista canina Ladridos.

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El neoliberalismo tomó por asalto a las universidades (lectura)

Hace unos quince días apareció un artículo dedicado a Noam Chomsky en la versión digital del periódico colombiano El espectador. Chomsky es un lingüista, filósofo y activista estadounidense que, en su momento, revolucionó el campo de la lingüística con sus concepciones sobre gramática generativa, que atacaban ideas clásicas que mantenía el estructuralismo y el pensamiento conductista —si te interesa su aportación profesional, puedes visitar su artículo en Wikipedia. En su papel como activista ha hablado, a menudo, sobre conceptos como la libertad de expresión, el neoliberalismo o la globalización y, de igual modo, del papel que las universidades tienen a nivel colectivo.

El artículo en sí no lo encontré en Menéame, ni apareció en Feedreader, sino que vino hacia mí en forma de panfleto fotocopiado, lo que resultó una sorpresa grata, porque si bien es un texto duro, parecía afirmar que todavía hay muchísima gente dispuesta a luchar por derechos que no hace mucho no lo eran y los cuales, si todo sigue el mismo curso, quizá vuelvan allí donde nuestros padres o abuelos los rescataron o redescubrieron.

El escrito empieza así:

Contratos inestables, profesores temporales, flexibilización laboral, sobrecarga de trabajo, salarios injustos, escasa participación de la comunidad universitaria en la toma de decisiones, aumento de puestos administrativos y burocráticos, autoritarismo y exclusión, jóvenes sometidos a la presión de los créditos y las deudas, cursos superfluos, precios cada vez elevados, estudiantes que se limitan a tomar apuntes y a recitarlos de manera literal a la hora de la evaluación.

Prohibido prohibir
Il est interdit d’interdire, es decir, “Prohibido prohibir”. Uno de los eslóganes del mayo francés.

Desde la perspectiva de Chomsky, todo esto sucede cuando las universidades se convierten en empresas; cuando pervierten su naturaleza y enfocan tanto sus competencias como su estructura hacia el mercado. Este cariz funcionalista no solo crea dinámicas autoritarias en el seno de la universidad, comentó el filósofo, sino que también devalúa la calidad de la enseñanza.

El artículo completo puede leerse en el siguiente enlace: “El neoliberalismo tomó por asalto a las universidades: Noam Chomsky”, pero como parte de la comunidad universitaria durante varios (y buenos) años, me gustaría destacar las apreciaciones siguientes:

1. La estabilidad laboral de los profesores pende de un hilo

Es la reproducción de la lógica que rige el mundo de los negocios […]. Los profesores […] se convierten en trabajadores temporales, sobrecargados de tareas, con salarios baratos, sometidos a las burocracias administrativas y a los eternos concursos por conseguir una plaza permanente.

2. No crece el número de profesores, tampoco lo hace el de estudiantes, pero existe un acelerado aumento de “estratos administrativos y burocráticos”

En otras palabras, aquellas piezas que, por regla general, se asemejan a la industria privada y cuyos fines y utilidad son, como mínimo, velados: el artículo cita a vicedecanos, asistentes y secretarias que engrosan esos puestos intermedios.

3. Los créditos de estudio sirven para adoctrinar a los estudiantes

Chomsky ve una trampa de largo alcance en los créditos que financian las carreras, puesto que los universitarios americanos centran todos sus esfuerzos, primero, en el estudio y, después, en la devolución de la deuda; esta “carga” obliga a ignorar o desatender otros asuntos relacionados con la institución universitaria.

4. Otras ideas que valdría la pena comentar:

  • Otra técnica de adoctrinamiento es la ausencia de vínculos profundos entre los docentes y los estudiantes.
  • Debemos promover una institución democrática en la que la comunidad participe en la determinación de la naturaleza de la universidad y su funcionamiento.
  • La educación, de cualquier nivel, debe hacer todo lo posible para que los estudiantes adquieran la capacidad de inquirir, crear, innovar y desafiar.

Si bien existen otra serie de problemáticas anexas y derivadas, por ejemplo, la sobrecualificación (horrible palabra) o el elevado porcentaje de estudiantes universitarios, que deben entenderse en relación a la oferta del mercado, la falta de capacidad crítica, la privatización de la universidad y el gran número de opciones que gobiernos como el español están eliminando, parece demostrar que el sector financiero no solo controlará la política y la economía a nivel global, sino que reductos como el conocimiento también se están terminando de prostituir a favor del capital. ¿Un discurso demasiado marxista? El tiempo lo dirá.

Chomsky y la libertad de expresión
Fuente: http://enpositivo.com/