Ladrar a las bombas

Argos y yo tenemos una relación difícil. Los días de sol, mientras tecleo sobre la mesa blanca del despacho, él se queda durmiendo en la terraza de tablones agrietados. De repente, se arranca a ladrar y yo salgo escopetado a reñirle. Eso hago, sí. Le llamo la atención y le invito a entrar en casa, a tumbarse en el colchón que tienen en nuestra habitación; le susurro promesas: que luego iremos a pasear; que jugaremos un rato con la pelota; que descanse, que el día es largo. Pero no soy muy duro, nunca, porque yo también debo molestar al perro con mis mierdas, y Argos no me riñe a mí: él lo soporta todo, estoico. Por esto, aunque sé que hago mal, algunas veces no salgo tras el perro, y le dejo alborotar un poco el vecindario: sin excesos. Hoy, se da esta situación que describo, porque se ha levantado tormenta, y Argos no soporta los truenos, y, durante esos segundos de desatención, le imagino hermanado con un perro sirio, un perro que ladra a las bombas, a los gritos de la gente, al absurdo de la lucha, sin advertir que cada estruendo podría ser su fin; y ladrando a la guerra, que lo despierta una y otra vez de su apacible paz, espero todavía un poco, pensando en que es maravilloso cómo los perros no cesan de preocuparse jamás por su orgullo herido. Y salgo fuera, y ladro con él.

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Una combatiente kurda junto a su perro en Qahtaniya, en la frontera entre Siria y Turquía, el 13 de febrero de 2015.
Fotografía © AFP/Archivos | Delil Souleiman
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Llorar por las cosas

Hay una tendencia en alza: cuando detectamos titulares machistas o racistas en la prensa, los denunciamos. El porqué es muy simple: el lenguaje construye realidades. No es lo mismo decir Muere un vecino de Brión que se prendió fuego en su vehículo con su mujer dentroque Un cabronazo intenta asesinar a su mujer encerrándola en el coche y, de paso, se suicida.

Con los animales de compañía, está ocurriendo lo mismo. Cada día somos más conscientes de que no están ahí para hacernos compañía, de que no son un juguete, ni una cosa. Los animales son animales, y, al margen de todo lo que nos queda por aprender, empezamos a comprender que sienten, padecen y merecen un respeto que, en todas partes, y también en España, les llega tarde. Así, en nuestro día a día, nos toca desaprender:  ni dueño ni propietario quizá, aunque se diga, ¿animal de compañía? ¿o de familia?, y, sobre todo, ¿cosa?, nunca más: en todo caso, ser. Pero mejor amigo o compañero.

Llorar por las cosas me parece propio de imbéciles, pero jamás me avergonzaría de hacerlo por mi familia.

Dana (riendo)
¿Cosas? ¡De cosas nada!

A grandes rasgos, esas son dos realidades que encontramos en el lenguaje, y que están cambiando aquella que nos envuelve: las víctimas no mueren, sino que son asesinadas; los animales de compañía no pueden seguir siendo cosas, pues son parte fundamental de nuestra sociedad. Por supuesto, aquí se abre una grieta que aterra: ¿cómo seguir haciendo negocio con animales que no son cosas? Y, sobre todo, como señalaba con acierto Melisa Tuya el pasado martes: preocupa a muchos que perros y gatos seáis los embajadores de otros animales igualmente únicos, que también sienten, pero que nos pillan lejos, en macrogranjas y dehesas por ejemplo.

Para un cambio real, y una respuesta mayoritaria, todavía queda mucho camino por andar. Eso sí, cada cual deberá ahondar en su propia conciencia en busca de aquella realidad, y lenguaje, que mejor le deje dormir: por mi parte, llorar por las cosas me parece propio de imbéciles, pero jamás me avergonzaría de hacerlo por mi familia.


* El Correo Gallego parece que omitió la presencia de la mujer o modificó el titular de la versión digital a posteriori.

YouTube y la difusión de contenidos

Hace ocho meses me planté delante de unas cien personas y di mi primera charla en público. La presentación del libro no fue, en ningún momento, una obligación impuesta por mis editores, pero sí una actividad recomendable para la promoción que me descubrió otra cara más de aquello a lo que quiero dedicarme profesionalmente.

La escritura —el ensayo, en este caso— no estaba directamente relacionada con estos otros medios de divulgación y, a su vez, sí lo estaba.  Confieso que, en los meses siguientes, lo he repetido las veces suficientes como para empezar a sentirme cómodo y, en una de estas, incluso me empecé a ilusionar un poco con el hecho de que una de mis ponencias apareciese en Vimeo y YouTube.

Finalmente, esto no se consiguió y, sin embargo, me dio la clave para darme cuenta de que no hay ningún tipo de material divulgativo sobre animalismo y ética animal en castellano, y lo poco que hay, no es suficiente. Por ello, este año todavía me quedan varias sorpresas que anunciar en el blog y a través de otros medios, pero la primera de todas ellas, quizá poca gente la esperaría: un canal de divulgación en YouTube para tratar cuestiones relacionadas con el animalismo y la ética animal.

Hoy, os presento mis dos primeros clips: una breve presentación del canal y un vídeo sobre las principales cuestiones de mi primer libro que llevaba tiempo en la recámara. Deseo que os gusten, espero vuestros comentarios y, por supuesto, sois tan bienvenidos y bienvenidas allí, como lo sois aquí.

P.S.: Adelanto que no iré publicando información sobre nuevos vídeos —que seguro que son mejores que estos dos iniciales, lo cual no es una promesa difícil de cumplir—, pero podéis encontrar un enlace al canal en las RR.SS. del menú.

Comer piedras y otros absurdos sobre sintiencia animal

Stefano Mancuso es profesor asociado de la Universidad de Florencia, pero no es lingüista. Quizá por ello tuvo tan pocos reparos en crear un laboratorio de «neurobiología vegetal». En el microcosmos académico, el término puede tener sentido, ya que hace referencias a las técnicas aplicadas para el estudio de las plantas, cuyos procesos de análisis son muy similares si atendemos al modo en el que viajan las señales eléctricas de estos organismos.

Sin embargo, «neurobiología» también descontextualiza, porque no hay nervios, ni neuronas, ni sistema nervioso central a través del cual sufrir y vivir experiencias placenteras y dolorosas. No hay nada de eso, pero Mancuso, como Jack Schultz, se desmarcan a través de una corriente francamente provocativa dentro de la biología.

Shiba Inu contento
Un ejemplar de Shiba Inu que parece (muy) alegre.

En su interior, hay un concepto clave que sigue dormido. «¡Imagínate que las plantas sienten! ¡A ver qué come un vegano!», y risas. Pero no es complicado darle la vuelta a la tortilla —o a la omelette con harina de garbanzos—  e imaginar qué papel tiene la sintiencia (sentience, en inglés) en todo esto.

-Me ha llamado la atención el término “neurobiología” vegetal. ¿Significa esto que las plantas tienen un sistema nervioso?

-No. Ese término nació para indicar que en el ámbito vegetal se pueden aplicar las mismas técnicas que en las neurociencias. Las plantas no tienes neuronas, ni nervios, pero si consideramos que las neuronas del cerebro de los animales son células que producen y transportan señales eléctricas, en las plantas la mayoría de las células ejercen este tipo de función. Y si nos fijamos en la raíz, vemos que hay una producción mayor que en el resto de la planta de células que transmiten señales eléctricas, por lo que sí que hay similitudes entre los dos reinos.

Fragmento de la entrevista a Stefano Mancuso en ABC 20/03/2015

La ciencia ha demostrado que para sentir debes ser consciente de lo que ocurre a tu alrededor (Ética Animal, 2012); entonces, puedes experimentar qué te sucede en un contexto determinado y, por ende, eres capaz de tener experiencias positivas y negativas. Bajo esta definición, se enmarca uno de los principales estandartes que restringe el especismo al reino animal y obvia, con razón, al vegetal.

En este caso, no sabemos si las plantas sufren, pero todo lo que sabemos de las plantas, nos hace imposible probar empíricamente ningún tipo de sufrimiento, y todo lo que sabemos de los animales, nos demuestra que un ser sintiente solo podrá ser aquel individuo con sistema nervioso central, constituido por el encéfalo y la médula espinal.

Gallus Gallus - Sintiencia animal
Viñeta sobre la sintiencia animal de Gallus Gallus.

Dicho esto, ¡qué liberador sería para algunos pensar que aquellos que no querían hacer sufrir a otros seres —y que, socialmente, a menudo nos muestran como individuos radicales que se creen mejores que el resto—, son tan cómplices del perjuicio a terceros como cualquiera! Pero aquí, la ciencia no parece alcanzar para justificar este perverso argumento.

Así, siguiendo la misma línea en la que trabajo actualmente, no vamos a juzgar a nadie: hay (muchas) personas que piensan que el sufrimiento de un animal está justificado para su propia supervivencia, alimentación o comodidad, y otras (muchas) que no lo ven así; de cualquier modo, la sintiencia supone sufrimiento, e ignorarla, a su vez, especismo; algo que no podemos relacionar directamente con el uso de plantas.

¿Sienten dolor?

-Las plantas están diseñadas para ser comidas y el dolor es un mecanismo de defensa de los animales para huir del peligro. Las plantas no pueden moverse. No creo que sientan dolor, pero no hay evidencias en un sentido u otro.

Fragmento de la entrevista a Stefano Mancuso en ABC 20/03/2015

Aquí, pues, entra en juego otro concepto clave: la inteligencia. Podríamos afirmar, sin temor a equivocarnos, que cualquier ser «sintiente» cuenta con inteligencia, si bien queda para el debate saber cuántos tipos de inteligencia existen[1] y cuánto pesa nuestra subjetiva definición de inteligencia humana. Por supuesto, este es un campo nuevo en el que no hace mucho que hemos empezado a ahondar, pero que nos demuestra cuán conectados están tres conceptos que hemos empezado a no restringir únicamente a nuestra especie, como individualidad, inteligencia y sintiencia, y que han hecho que muchas personas nos replanteemos nuestra relación con otros seres vivos y con el entorno.


[1] No podemos obviar que, hasta hace pocas décadas, no se habían aceptado los múltiples tipos de inteligencia de los que hablaban Raymond CatellCharles Spearman o Howard Gardner, y mucho menos se han adaptado estas a nuestras sociedades modernas.

Enlaces relacionados:

De cómo los animales viven y mueren (eBook)

Me informan desde la editorial que, durante los próximos días, el eBook de mi primer libro animalista —De cómo los animales viven y mueren— con el que ya he mareado bastante a los lectores y lectoras de este blog, estará de promoción en Amazon por 2,37 €. 

¡De cómo los animales viven y mueren (Javier Ruiz - Diversa Ediciones)Si todavía no lo has leído, y te llama la atención, quizá sea un buen momento para gastarte un par de euros en la versión digital! Recuerdo que también puedes comprar la versión en papel, tanto en Amazon como en otras plataformas y en mi propia página web.

¡Buen fin de semana!

Nota: ¡Esta es la última vez que os mareo con mi libro en el blog! 😉 Palabra.

Textos que dejan huella (I)

Me gusta la sensación de no saber qué escribir aquí la próxima semana. Si lo supiese, si llevase un calendario con todo lo que quiero publicar, estoy convencido de que escribiría menos. Es genial ver una noticia en el diario, como ocurrió hace unos días con el autobús de Hazte Oír, y pensar: “Sobre esto quiero dar mi punto de vista en algún sitio.” O que las cosas salgan bien, mal, o regular, y puedas venir aquí, darle tres vueltas de tuerca y aceptar que tu padre está muerto, que no tienes un trabajo medio normal, o que un Fulano te ha consultado en el bar sobre su posible suicidio. Un blog se arriesga a no funcionar si depende de este tipo de historias —y mira que soy propenso a caer en ellas, o aficionado, ¡qué se yo!—, y tampoco puede pervivir si no encuentras paz entre tus demonios.

Fotomontaje autobús Hazte Oír (piña)
Uno de los muchos fotomontajes del autobús que corren por Internet.

Por eso existen este otro tipo de textos entre las columnas de opinión y los ensayos animalistas, por eso aquí también se habla de cine y de televisión, por eso, os relato sueños e historias, y, hoy, recomiendo otros artículos y otros blogs también. No sé cómo surgió esta idea, ni cuándo, pero a medida que le he ido dando vueltas, me ha parecido que tenía más y más sentido.

Locura documentada

Entre mis nuevas aficiones de las que apenas he hablado están los documentales y las ponencias TED y TEDx, por ejemplo. Y lo comento porque sigo buscando la forma, y sobre todo, el tiempo de incluirlas aquí. Mucha gente todavía mantiene una visión tradicional del documental explorador típico de los mediodías de La 2: de imágenes evocadoras y exóticas unidas a un discurso plano que, antes o después, se acompañaba de horizontalidad corpórea en el sofá.

Los documentales, hoy, se remueven entre las individualidades en busca de una objetividad total inalcanzable; nos explican la crisis mundial, y la que aún arrastramos en casa; también cómo funciona el mundo, y los mercados a través de un discurso propio, y muchos de los problemas que enfrentamos a nivel de sostenibilidad, de ecologismo o naturaleza, que mucho han cambiado desde aquellos documentos preciosistas de los noventa.

Supongo que el compañero Eugenio Fernández, de Nasua, tiene mucho que ver con este nuevo planteamiento que brota aquí. Y podría decir que se debe al hecho de tratar algunos de estos grandes documentales en su propio espacio (10 grandes documentales que deberías ver), pero creo que no es exactamente eso. Más bien se trata de la filosofía que hay detrás, esa que nos dice que hay nuevos medios, y nuevas formas de narrar, y que se puede crear un texto divulgativo de ciencia hablando de El Rey León (os recomiendo que leáis su artículo sobre La biología tras ‘El rey león’).

También os pueden interesar estos documentales: 

Solo sé que no sé nada

y ahora no sé qué es la virtud; tú quizás lo sabías antes de hablar conmigo, pero ahora eres ciertamente igual a uno que no sabe.

Menón, Platón

Asimismo, tras el primer mes en el posgrado que estoy cursando sobre Conocimiento del Mundo Animal,  han salido muchísimos temas de interés relacionados con biología, etología, bienestar y maltrato animal, antrozoología, e incluso investigaciones relacionadas, de algún modo, como las del profesor Jack Schultz sobre la fisiología de las plantas, quien afirma que las plantas tienen sentidos, como ya adelantaron Bird y Thompkins en La vida secreta de las plantas: una obra que también saltó a los medios audiovisuales a través de la BBC.

Las plantas crecen siempre
Fragmento de una viñeta de Pictoline (aquí completa) sobre la naturaleza de las plantas.

Como esperaba, junto a mis compañeros (en realidad, compañeras, por goleada), me he sumergido en sesiones muy heterogéneas donde siempre nos falta tiempo y ya han surgido cuestiones sobre ética y alimentación, que me han llevado hasta artículos muy recomendables publicados en este último mes, como la entrevista al catedrático Miguel Ángel Martínez-González, experto en dieta mediterránea, que apareció hace unos días El País Semanal; el trabajo de la Cátedra Fundación Affinity o el alucinante proyecto la doctora Núria Querol con el FBI que conecta cuestiones de antrozoología, psicopatías y maltrato animal.

También os puede interesar: 

Se trata de algo que no tiene fin, y que, a veces, gusta de ser ligeramente anárquico y caótico, imagino. Y será, porque mientras termino este extraño artículo, Suani, una amiga mía que siempre está sonriendo, me comparte un texto que ha publicado El Mundo hoy (La pesadilla de las mascotas, de Ana Barrio); lo leo cafeteando, y niego varias veces de forma involuntaria. El artículo no solo es terriblemente especista, aunque ella no lo sepa, sino que, a su vez, aboga por el maltrato animal desde la inconsciencia; aboga por la irresponsabilidad, por el consentir, por la ausencia de asertividad, y de empatía; y no solo con los «bichos», sino también con sus hijos. Pero ese artículo requiere una réplica en toda regla, o algo similar, puede llegar mañana, o pasado, lo que sí está claro es que hay algo que aquí, y en otros sitios*, estoy haciendo bien, y sonrío por un instante.


* Esta semana, El caballo de Nietzsche ha publicado mi primer artículo de opinión como colaborador. Se titula Todo el odio es odio, y rescata las opiniones del escritor y columnista Quim Monzó sobre el feminismo animalista y por qué yo sí creo que ambas cuestiones se encuentran íntimamente relacionadas. ¡Os invito a leerlo también!

¿Aceptamos «jabalí» como animal de compañía?

No sabía cómo presentar este artículo, menos aún qué título darle. ¿Santuario Gaia y el jabalí doméstico? ¿Los peligros más allá de la caza? Ni idea. Así que no seáis muy duros conmigo: ha salido lo que ha salido.

De los santuarios, lo que más me ha llamado siempre la atención es el interminable trabajo en pos de un bien común y el optimismo para afrontar una de las caras más negras del mundo; también dos de las burbujas en las que viven muchos de sus miembros y voluntarios: en especial, la moral y la emocional.

En lo que se refiere a la moral, la burbuja explotó, de nuevo, cuando el Movimiento Antitaurino de Lucha a favor de (algunos) animales quiso hacer una donación, a la que numerosos santuarios se negaron por varias razones (apoyo a la mal llamada «carne ecológica», por ejemplo, pero también homofobia y racismo por parte del colectivo), sin terminar de ver el doble rasero de aceptar apoyos económicos, anónimos y privados, e incluso no económicos, de personas que trabajan en Burger King, apoyan distintos grados de especismo (en realidad, todos lo hacemos) y, sobre todo, comen animales. Pero, al fin y al cabo, esta burbuja solo nos muestra las múltiples capas de nuestro mundo, e incluso la fragilidad de traicionar nuestras creencias sin darnos cuenta.

En ‘Vivir en la utopía’ explico mi punto de vista sobre por qué son necesarios los santuarios de animales y qué error de concepto veo en algunos de ellos. Sin desmerecer (creo), en ningún momento, su asombrosa labor y todo el bien que aportan.

Fuera de esta burbuja, también existe naturaleza: donde se enmarca el tema principal del que hoy quiero hablar. Porque lejos de la interacción humana, de la buena y de la mala, la naturaleza también es. La naturaleza es cuando una manada de lobos atrapa a un jabalí, y cuando la madre de ese jabalí protege ferozmente a sus jabatos. También cuando un puma se come a un mono, y protege a la cría del mismo y, ¿por qué no?, es el interés mutuo que saben forjar animales domésticos —domesticados—, como el perro, el caballo, el gato o el conejo. Pero en la burbuja, el pensamiento, a veces, olvida esta naturaleza, y la naturaleza imbuida de un sentimiento romántico, a falta de una palabra mejor, que nos presenta animales que tienen que ser cuidados durante veinticuatro horas al día, vacas totalmente dependientes de su cuidador, patos que no podrán volar; y también cerdos, y vacas, y pollos que tienen demasiadas ganas de vivir.

Sus scrofa - Jabalí
En la península ibérica se encuentran dos subespecies de Sus scrofa salvaje: el Sus scrofa castilianus, en el norte, y el Sus scrofa baeticus, en el sur.

Yo apoyo la mayoría de estos casos. Como animalista, lo entiendo y lo respeto. Incluso aquellos que cuentan con una verdad demasiado romántica para mí: animales con patologías crónicas, en concreto. Cada vaca, cada gallina, pollo, cerdo, oveja, son un recordatorio de que los animales no están a nuestro servicio, de que tenemos que seguir preguntándonos por todo lo que se hace mal, y cambiar el modelo, y, en mi fuero interno, ayudar a que otros vean que no hay necesidad de comer animales ni de esclavizarlos.

Sin embargo, el romanticismo no puede opacarlo todo. Así como no puedes llamarte «animalista» y seguir creando cursos que desvirtúan el trabajo de los centros de recuperación mientras ofreces formación en adiestramiento de especies salvajes: una cuestión que traté hace meses en relación a la escuela Bocalán, y cuyos responsables se amparan en que esos circos, esos espectáculos y esos zoológicos no van a desaparecer, para seguir haciendo dinero y perpetuando el modelo; tampoco podemos dirigirnos hacia el extremo contrario.

El caso contrario es Sonia: un bebé jabalí: una jabata. Una cría que fue atropellada escapando de unos cazadores que habían matado a su madre y que ahora está en el Santuario Gaia. Sonia tiene miedo, y no confía en las personas; en palabras de los responsables: «Quizás ella nunca vuelva a confiar en los humanos, y no podamos disfrutar al acariciarla, pero aquí no estamos para eso, sino para darles una vida digna.»

Sonia (jabata, Santuario Gaia)
Sonia, la jabata de Santuario Gaia.

Este es el límite. Mi límite. Aquí, paso palabra. Si alguien se ofende, lo siento mucho. Sonia es un jabalí, no un animal doméstico: Sonia no es un cerdo, es un jabalí; un animal silvestre, que no tiene que confiar en los humanos, que no tiene que ser acariciada por los humanos, y que no necesita del contacto con humanos para tener una vida digna (o feliz). Sonia es un animal que no debería estar en un santuario, sino en un centro de recuperación de vida salvaje, que debería ser reintroducida en su hábitat a la máxima brevedad, y sí, también quedar expuesta a la mano de un sanguinario cazador: «profesión» que desprecio, aunque no tanto como la del matarife.

Hay que cambiar miles de cosas a nuestro alrededor: ser más sostenibles, menos sanguinarios, menos crueles con la vida animal, pero no deberíamos intentar cambiar la naturaleza. Quizá llegue el día en el que tengamos que preocuparnos sobre cómo cambiar gran parte de la actividad del sector primario, y nuestra vida en común con especies caninas y felinas, y la moda, el ocio, la mal llamada cultura que tortura y asesina… y tantas otras cosas. Pero los jabalís seguirán siendo jabalís, y los lobos, lobos; y un animal silvestre, por mucho que podamos sociabilizarlo, seguirá contando con instintos salvajes durante miles de años (¿por qué querríamos domesticar a un jabalí? ya se hizo, y solo ha traído sufrimiento a los cerdos).

Por todo esto, es irresponsable contar con una cría de jabalí en un santuario de animales: para los habitantes, y, sobre todo, para el jabato, y un ejemplo más de que la historia de Christian, el León, se sigue repitiendo en el siglo XXI por culpa de un error similar: amar demasiado a los animales, y, a veces, amarlos como no deberíamos. Amarlos hasta el punto de traicionar, sin darnos cuenta, nuestra propia filosofía, que, en este caso, dice: «ofrecemos una segunda oportunidad a los animales considerados de granja que rescatamos de la explotación, abandono o maltrato.»

Actualización #1: 

Informándome sobre este caso concreto, he podido leer en esta noticia del santuario que el brazo de Sonia quedó inutilizado, lo que, con toda seguridad, provocaba su difícil reintroducción en la vida silvestre. Sin embargo, no cambia la mayoría del resto de temas que toca el artículo, si bien considero que es un dato suficientemente ilustrativo para agregarlo a la entrada.


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