La Barcelona de la dama blanca

Cuando yo era un crío a menudo acompañaba a mi padre a Santa Coloma de Gramanet y a Badalona no sé por qué. Supongo que tenía por allí conocidos del Turó de la Peira o del hospicio, como llamaba él al orfanato de los Hogares Mundet donde estuvo interno hasta los dieciocho. De aquellas escapadillas de media mañana, recuerdo parar en San Roque (Sant Roc, Badalona) con seis, siete u ocho años y, ya en el coche, estar bastante cagado con el panorama. Aun así, si me diesen veinte euros por describir algo de aquello no podría: supongo que a un criajo de clase media le sorprendían las pintas, los edificios, la gente pidiendo y, sí, la cantidad de politoxicómanos que había. De adulto, he vuelto por allí un centenar de veces a pasear con los amiguetes y Sant Roc ha mejorado mucho; Badalona no tiene nada que ver con lo que fue: hace treinta años, Badalona era otro mundo (y Barcelona, que no se nos olvide) y Sant Roc, con sus eternos refugiados de las chabolas del Somorrostro, también.

Cualquiera que haya crecido en los ochenta en la periferia de una gran ciudad ha visto demasiadas jeringas y adictos. No digo nada nuevo. Hubo una época en que la heroína estaba en todas partes: en la calle, en la tele, en los «ten cuidado» y los miedos de la familia. La heroína despierta muchas emociones en cualquiera, no siempre buenas o malas de forma categórica, pero, sobre todo, tiene muchos nombres —jaco, caballo, colacao— y luchas muy distintas entre sí: está la lucha política, la social, la realidad (no tan) oculta que no es extraño negarse a uno mismo; está en los telediarios, en las columnas de opinión de los gurús que de todo saben, en los reportajes de los diarios con aires de cine quinqui, en las peleas callejeras entre los gitanos de la cocaína con los paquistaníes y los dominicanos de Badalona, en el edificio Venus y, por descontado, en el narcoturismo de las plazas del Raval.

Sant Roc (Badalona)
Una calle del barrio de Sant Roc (Badalona). Foto: Marga Cruz

La ley de la selva, sin buenos, solo los que conocen lo que hubo y a los que les importa tres cojones: porque se lucran a cualquier precio, porque no saben lo que viene después, porque están «enganchadísimos» y solo piensan en el siguiente pico. Pero ¿y qué, verdad? Poder escribir de esto, o leer sobre esto, es no tener la necesidad de vivirlo de veras: no estar sumergido a la fuerza: por error, por vida, por clase social. Salen noticias, claro que sí, pero solo nos demuestran que, quien generaliza, es un imbécil; ahí está María, politoxicómana de setenta y tres años que retrata el periodista Pedro Simónla transformación del Toño en un zombi del Raval, las historias de superación (que también existen), como el «via crucis» y los diecisiete de enganche del David, que ya quedaron atrás.

En Barcelona, el ayuntamiento afirma que no hay más heroinómanos que ayer, o que el año pasado, pero en Sant Roc, La Mina y El Raval, que son aquellos vecinos que han estado siempre en primera línea de fuego, lo desmienten. En Badalona ni tan siquiera hay narcosala, dicen, ¿cómo van a controlar el número de casos si los yonquis van a ponerse en una furgoneta abandonada debajo de la autopista? Tampoco hay estudios detallados sobre el perfil del nuevo consumidor de heroína: unas noticias hablan de jóvenes de clase media alta, otros de cuarenta para arriba, también están los viajeros que vienen buscando narcopisos: esos que saben lo que significan unas bambas colgando del cable de la Telefónica.

Furgoneta Badalona (heroína)
La furgoneta abandonada donde muchos heroinómanos de Badalona se inyectan. Foto: DLF

En EEUU, la heroína está haciendo estragos. Nadie había visto algo así. Cuentan que no es un problema de blancos o de negros, de gente pobre o de gente rica: es una emergencia nacional. Es un rompecabezas con más aristas de las que nos podemos imaginar. Es probable  que esa situación al otro lado del Atlántico haga un poco más fácil de entender por qué, en Cataluña, nadie sabe nada. Mientras, seguimos como siempre: en Barcelona, el ranking de decomisos de droga sigue aumentando (por algo somos la mayor puerta de entrada de droga a Europa); ¿y lo de educar a los más jóvenes?, cuando uno pierde un buen rato y lee, da la sensación de que nos creíamos que esto había quedado en el pasado, que las charlas de padres a hijos sobre el cigarro, el porro, el perico y el caballo que de chavales nos parecían tan exageradas y prejuiciosas habían quedado en otra época. Quizá toca volver a prevenir, a educar y a buscar otras alternativas con las que complementar la lucha contra la dama blanca, porque está claro que creímos que habíamos vencido antes de tiempo. Y quien no se crea nada de lo que se ha dicho aquí, que haga un pequeño ejercicio, que coja el coche (o un tren) y se vaya de paseo por Sant Roc, La Mina o El Raval. Al final, es la mejor forma de enfrentar la realidad: mirándola a la cara, de igual a igual.


NdA: El artículo más completo que he encontrado sobre la situación actual de Barcelona es el reportaje de David López Frías para El español titulado El caballo cabalga de nuevo por Barcelona: vidas tiradas en tres barrios enganchados. Lo he enlazado en la entrada, pero si alguien está interesado en informarse con más detalle, recomiendo su lectura: si bien no deja de ser «algo» sensacionalista, ofrece una instantánea global del problema.

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Y el Pitu va y se desmonta

El Pitu encañona a la secretaria, chavala pija que se ha caído del Putxet. Testigos: la grapadora (que aún castañetea), el albarán, arrugado del susto, y un archivador tripudo, que le juzgan desde la mesa de recepción.

El mundo hace girar al quinqui del Turó y a la mierda de STAR 9 mm que le ha comprado a otro pieza en el Paralelo. Será, quizá, el descubrir así esta escena (tan de sopetón), que le hace a uno perder el interés en el resto de los elementos que la componen: el mostrador de abedul contrachapado, los nudos marineros que cuelgan de la pared o las letras en azul serigrafiadas en las que se lee escuela náutica, todo esto suspendido sobre los rizos pelirrojos de la chavalita, y las pecas, y esa nariz respingona de putita fina del barrio chino a lo Marilyn Monroe.

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—Tira aquí la caja —exige.

La niña inmóvil, temblando, vuelta del revés, y en estas que aparece por la puerta el matrimonio de los dueños, que viene de desayunar. Ella: corte francés, morena, delgaducha, cuarenta y pocos; él: panzón, con niqui azul del cocodrilo, y pantalones de pinza, y el pelo negrísimo hacia atrás.

Se da la vuelta el Pitu y encañona a los recién llegados.

Pero le cae una hostia que casi lo desmonta.

¡Cagüendios!

Le pitan los oídos.

Le burbujea una oreja.

Baja el arma, coge los caudales y se escurre sin obstáculos hasta la puerta.

Asomado al quicio:

—No me jodas, Niño. Como digas algo en el barrio, vengo y os mato.

Se pierde por las escaleras, y, clic, el seguro, y, tap, tap, tap, esconde el arma en el bolsillo camino a la portería. Allí se encuentra a un tío con cara de sapo sentado tras un escritorio. Ese ya le ha llamado la atención al subir, el muy cabrón, recuerda, y se pierde por la calle Balmes con sus pintas de periferia: el chándal, la chaqueta tejana, las greñas que clarean por delante.

Corre del gris de las prisas al verde de los jubilados: lo hace por Castanyer —callejuela, más que calle— y sube por Roca i Batlle —casi peatonal, y bien lo sabe el golfo—. Sin demora, arranca la motocicleta bajo las escaleras de acceso al parque de la calle Marmellà, de rejas verdes que se encuadran en piedra vieja con gangrena en el rebozo. Las voces de la colina —la pija, la del Putxet— le acercan imágenes de ancianos tostándose al sol en bancos de madera combada, y escapa también de estas, quemando rueda hasta Mitre, a veces en contradirección, para huir de la apatía, del riesgo y de la Barcelona preolímpica que le expulsa en los cruces de miradas, por charnego, y por ladrón.

Ese cabrón ya me ha puesto a los picoletos detrás, piensa. Los semáforos conspiran en su contra, pero él da gas: no deja de dar gas. Las viejas se lanzan en ámbar por Verdi, los ojos de un urbano le apuñalan en Escorial; se atribuye cualquier sirena en su ascenso esquivo por el Guinardó. Llega a su colina: la de la Peira. Se despide de la motocicleta por ahí arriba, donde no se sube si eres de fuera, por Pins, Riberes o Cornudella, donde el laberinto de casas bajas muere y da paso a edificios condenados por aluminosis. Tomando una caña a un par de esquinas, ya ni se acuerda de dónde queda la moto del gafe de turno, y mejor.

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El bar son dos mesas y tres taburetes, y Pepe Culé —cincuentón, rechoncho, campechano— detrás de la barra; y allí la plancha, el barril, la máquina de café. Eso es todo; todo en lo que se ha fijado el Pitu ahí en su puta vida. Invita a los presentes a picar algo para celebrar el éxito —dos sevillanos y un moro a los que ni mira— y se larga a reventar la caja de caudales al taller de su cuñado, que nunca pregunta.

Mientras el Paco hace su magia, contempla el Pitu la persiana del taller, que ya cierra sus fauces medio muerta de hambre.

—Que son las dos y cuarto, Pitu, me cago en la puta —gimotea el Paco, de panza gorda y patas esmirriadas, de ojos bobos y bolsas viejas que los enmarcan.

—Para un favor que te pido, cabrón.

El Paco prueba con los clics, y con los clacs, pero termina abriéndola con una cizalla, un mazo y un catapún. En estas, que se escurren por la esquina los tres tenores: el José, el Pepe y el otro Paco, al que llaman Paquito para no confundir. El primero marca el paso, con los náuticos que le trajo de Perpiñán el Niño del Turó, y el Pitu bien lo sabe, y sabe que, para ellos, es como irse a los Estados Unidos: moreno, mitad calé, camisa abierta pese a febrero y chaqueta en mano. Le clava al Pitu la mirada a cincuenta metros, y lo peor es que este también se da cuenta de eso. Detrás, el Pepe viene distraído hablando con el que nos falta por ver, que se mueve fuera de la línea de visión del Pitu, y también del Paco, quien deja los trastos y se asoma a ver quién se acerca armando jaleo.

—Los sapos son sapos, Paquito, y las ratas, ratas —explica el Pepe mordisqueando las palabras. Es el más bajo de los tres, camiseta verdiblanca del equipo del barrio que representan, perfil de águila imperial, costurón en el cuello de oreja a oreja.

—Que sí. ¡Que sí! Yo solo digo que estos son de aquí, y el otro es más de allí que de aquí, ¿me entiendes? —contesta el Paquito junto al taller—. Qué, ¿no hay hambre?

El Pitu se encoge de hombros. Mano en el bolsillo. El José le echa una mirada de esas que dicen: pero tú de qué cojones vas, so mierda. Saca la mano de ahí, y el resto que se miran sin verlas venir. Aparece por la retaguardia el Paquito, que el diminutivo bien saben todos que le queda como a un Cristo dos pistolas: metro noventa y tantos, delgaducho, siempre en chándal, y las greñas prisioneras en una coleta.

Habla el Paco:

—Aquí me tiene el cuñao, que ya se ha hecho la escapada de la semana.

—No jodas —contesta el José, y asiente levantando el hocico al cielo. —¿Un pringado de Pedralbes o más pa’l centro?

—De cerca del Putxet.

—¿Pero pa’la zona del Putxet o del Farró?

—Del Farró, por el otro ni piso, ya lo sabes bien —miente, natural.

El Paco que va a hablar, y el Pitu que lo congela con la mirada.

Se hace un silencio incómodo pese a los cinco.

—Cierra pronto, que a las cuatro te vas a arrepentir —comenta el José, encendiéndose un pitillo apaleado que saca del pantalón.

—Tú me dirás. Por cuatro cochinas perras que ha arramblado este gamberro —croa el mecánico.

—Bueno, tú tira, que ya te cerramos nosotros. Pasamos por tu casa y te dejo las llaves cuando suba a comer algo.

El Paco que mira al Pitu. El Pitu que mira al Paco. Se encoge de hombros uno, y se encoge de hombros el otro. La caja en manos del golfo, y el golfo que cierra la persiana. Tira la caja ahí mismo, junto a unas ruedas viejas y un par de latas de aceite; guarda el fajo en el bolsillo.

—Venga, que hoy vamos a comer a La Esquinica, que invito yo, eh.

El Paquito sonríe bobalicón, despertando a la sin hueso que se relame antes de tiempo. El José y el Pepe juzgan con asco, y el Pitu las coge al vuelo.

—Tu puta madre La Esquinica —dice el José.

—Anda que ha tardado el maricón —gruñe el Pitu—. Anda que ha tardado en veniros con el cuento, y aún te habrá llamado por el teléfono.

—Tu puta madre ha llamado.

El Paquito que no lo entiende, y, en estas, que el muy sinvergüenza del Pitu se atreve a sacar de nuevo la mierda de STAR del bolsillo con el seguro puesto. Patada en los cojones marca de la casa. El Pepe aparta el pie y el Pitu se dobla sobre sí mismo; aprovecha este para intentar hacerse con el arma, pero el José la caza antes y le regala un sopapo en la cara que lo lleva al suelo.

—Qué se ha dicho siempre, Pitu. Qué se ha dicho de robarnos en el barrio —el Pepe escupe las palabras, una tras otra.

—Tu puta madre se ha dicho.

Le cae una hostia. Luego otra. Y, en estas, el Pitu que se desmonta frente al taller de su cuñado con los billetes en el bolsillo. ¿Y la llave para cerrar? La llave para cerrar la lleva el José, que ha abierto, ha cerrado y luego viene con el vespino a solucionar un par de temas.

***

José Antonio visita a su madre una o dos veces por semana. Ella: viuda, más vieja por el desgaste que por los años, pegada al moño negro y a las gafotas de pasta que no hay cojones de que cambie. Lleva al mediano con él para ver a la abuela, que no sale de aquel piso con aluminosis que hay que derribar. 

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Camina por el Turó de la Peira como lo que es: su barrio; delantero pichichi de tercera regional, compañero de juergas, parte de la cuadrilla. Allí tiene un nombre y un sitio por siempre. Se forró en los negocios, vive dos o tres barrios más allá y trabaja en la otra Barcelona: la pija, la del Putxet y la de Balmes, y la Diagonal, y la Plaza Cataluña… Pero es el Niño del Turó. Sigue siéndolo. Ahora, y siempre. Ayuda a todo dios, y no se deja engañar: si le pides para drogas, nada; para la familia, los chavales, el perro, ahí siempre. Es bueno, pero no idiota, también se sabe eso: si le engañas una vez, a tomar por culo.

El José lo ve de lejos, camina con el Paco, que no el Paquito, y ríen de alguna idiotez que le ha pasado a uno en el Molino, el cabaré del Paralelo, que se ve que le largaron por baboso, y aún le cayeron cuatro hostias, si no cuarenta.

—¡Niño! Qué abandonados nos tienes, cabronazo —dice el José comiéndose la mitad de las sílabas—. Y este chaval tan guapetón quién es, ¿eh? ¿Quién es?

José Antonio se acerca a los compañeros del barrio con naturalidad. Se imagina que lo del Pitu ya lo sabe todo dios, pero no quiere sacar el tema. Va con su hijo mediano, Javier, que siempre se olvida si ya tiene tres o cuatro años. ¿El chaval?, moreno, con cara de pillo y mofletes regordetes que el Paco le estruja segundos antes de que le imite el José.

—Soy el Javi —dice el crío, chulesco.

—¡Mírale el tío! No sabe ni ná tan enano —ríe el José.

—Le llevo a ver a la abuela —comenta el Niño—. A ver si la convencemos para que venga a comer con la Carmela y los otros.

—Pues suerte, maestro, que tu madre a partir del mediodía ni la policía la saca de ahí según la Antonia, que no es pesá la cabrona —contesta el José, y lo hila en seguida—. Oye, que nos hemos enterado de lo del Pitu, pero ya está hablado por aquí.

José Antonio levanta la palma de la mano y, de inmediato, una ceja; el José asiente, con la lengua apuntando al cielo pintado en gris.

—Venga, Javierillo —dice el calé—, que te vienes a los columpios con el tío José.

Y al niño que no hace falta repetírselo, que ya está corriendo al parque frente a la casa de la abuela y columpiándose, y gritando, y riendo.

—José —dice el Paco, mirando serio al Niño del Turó—. Aquí seremos lo que somos, pero honrados, y las cosas que se hacen, se hacen pues pa’salir adelante siempre, ¡a ver si no!

El Paco, gordo, de patas esmirriadas, que viste camiseta Imperio y pantalones de pinza, saca el fajo de billetes y se lo devuelve al Niño.

—Si ya lo sé —contesta el otro—. Olvídate. Ya vendré yo a hablar con tu cuñado, que hoy no me quiero enfadar con el crío por aquí.

—No, Niño. No. El Pitu se ha largado del barrio. Se ha ido a Huelva, que allí tenemos familia: lo hablamos con estos, y hay cosas y cosas —explica el Paco.

—Pues si se ha ido, y él va a estar mejor y en el barrio menos líos, pues mejor para todos. Pero sí que se ha ido lejos —barrunta, inquisitivo.

—No lo sabes tú bien.

—Pues lo siento de veras, Paco. Y guárdate eso, que, al final, el susto a la Carmen y a la otra chavalita pues ahí queda, en un susto, pero las cosas, si hay cosas, las resolvemos quienes las resolvemos —comenta el Niño, incoherente para quien le escuche, excepto para el Paco y la cuadrilla.

—No te pongas metafísico.

Y vuelve el José con el nene, que se come una piruleta que vete tú a saber desde cuándo dormía en la chaqueta vaquera del gitano.

De vuelta:

—Mira, Niño, vete a tomar por saco a casa de tu madre, y cuando os diga que no unas cuantas veces estamos en La Esquinica, echando una caña, y te traes al crío, que para una Coca-Cola tenemos todos.

El Niño del Turó sonríe, porque sabe que hay cosas aquí que no están allá, y cosas allá que nunca estarán aquí. Es la putada de ser un pobre que se ha hecho rico.

—Luego vengo —dice.

Y luego va.

El Infierno son las rondas

Si no eres de Barcelona, o nunca has visitado la ciudad, quizá no tienes ni idea de cómo se estructura aquí el tráfico ni por qué el Infierno tiene forma de vía de circunvalación. Es un fenómeno curioso, verás: tenemos tres rondas: la Ronda de Dalt, la Ronda del Mig y la Ronda del Litoral. La de Dalt fue la última en llegar, y cuando el imaginario colectivo todavía no había olvidado lo del segundo cinturón, ya se daban las primeras retenciones. Los atascos, además, llegaron acompañados de una cicatriz que se ha mal curado en los barrios de Horta-Guinardó y quizá en algunos puntos de la Gracia que, incluso a los de aquí, casi se nos olvida que es Gracia —Vallcarca i els Penitents— y Sarrià-Sant Gervasi, donde hay más pasta para insonorizar ventanas.

Pero sobre la historia de los cinturones, y el por qué dejaron de llamarse cinturones, Enric Sierra, subdirector de La Vanguardia, tiene una columna muy esclarecedora titulada Cuando el cinturón perdió el nombre; yo poco más puedo añadir ahí. También hay noticias suficientes acerca de las reivindicaciones de los vecinos y del mosqueo ante tanta tomadura de pelo con la cobertura de la vía, y de la guerra que lleva veintiocho años reivindicando una muchedumbre que se nos ha hecho anciana… Este tema da para mucho.

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Fotografía de archivo que muestra las obras de construcción de la Ronda del Litoral, en 1989. Al fondo se pueden ver las Torres Mapfre, también en construcción.

A grandes rasgos, parece ser que la crisis financiera de 2008 salvó a Barcelona de colapsarse antes (qué ironía, ¿no?), pero ya hace un par de años que, por todos lados (aquí, por ejemplo), alertan de que la recuperación trae consigo serios riesgos para el tráfico en la ciudad. ¿Y cuál es la solución planteada? La restricción parcial de coches y el desmantelamiento paulatino del parque automovilístico. Y, con razón, me dirás: “¿Y te parece mal, Javier? Se está haciendo en todos lados.” Y a mí me parece de puta madre —en especial, frente a los niveles de polución a los que nos enfrentamos en Madrid o Barcelona—, pero con cabeza.

Vamos a hacer un poco de historia para que se entienda. Un Once Upon a Time de esos. Hubo un tiempo en el que las aglomeraciones en la ciudad —en especial en una ciudad como esta, limitada en dos de sus cuatro direcciones por mar y montaña— se resolvieron chutando gente a las cercanías y prometiendo unas buenas comunicaciones que nunca han llegado. Más tarde, este modelo se ha invertido: a nivel ecológico y económico, es mucho mejor concentrar gente en vertical que extender viviendas en horizontal (servicios, calefacción, infraestructuras, etcétera). Sin embargo, a nivel de transporte, ni se hizo la inversión entonces, ni se han buscado alternativas durante todos estos años. Esta falta de previsión viene de lejos, es casi una tradición, eso sí: para muestra, cuando se inauguró el tramo completo de la Ronda de Dalt, en 1996, los seis carriles —tres en dirección al Besós y tres en dirección al Llobregat— eran insuficientes para acoger el tráfico de la época: no se supo ver más allá de los JJ. OO ni se proyectó siquiera una posible ampliación o un probable aumento del tráfico de la capital catalana.

La respuesta política en Barcelona ha sido eliminar plazas de aparcamiento público y carriles para la circulación e incentivar la bicicleta. ¿Funciona? Parece que no. Desde 2011 (según El País: La cifra de ciclistas diarios se mantiene estable) a 2017 no ha habido cambios (190.000 personas aparcan el coche para desplazarse en bici): unos 400.000 en toda Cataluña. Ni puñetera idea de cuántos de estos viven en la capital: no he conseguido encontrarlo. Lo que sí sé es que estas actuaciones no pueden solucionar el problema de un buen porcentaje de municipios con accesos deficitarios a Barcelona mediante el transporte público: las 800.000 personas que viven en el Baix Llobregat, por ejemplo. Visto así, por lentas e infernales que sean las rondas, el coche es una ayuda. A todo ello se suman los retrasos de RENFE y la limitación de las rutas acogidas por los Ferrocarriles de la Generalitat de Catalunya, que apenas han incrementado el número de usuarios en una década: algo no se está haciendo bien.

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Trabajos de construcción de uno de los túneles de la Ronda del Litoral.

En cualquier caso, la decisión está tomada: limitar vehículos a partir de 2019 y renovar el parque automovilístico antes de 2025. Habrá quien diga que es poco tiempo, pero a mí me parece más que suficiente para adaptarse al cambio. Y este es el otro gran problema del que no he oído hablar ni la DGT, ni el RACC ni a ningún gurú de la circulación: limitar las emisiones de CO2 es una buena noticia, ¿pero cómo planteamos terminar con los atascos? ¿Acaso el planeamiento urbanístico los da por perdidos? Desde luego, esa es la impresión. Y peor todavía: ¿por qué no se plantea ningún tipo de control de la circulación interna? Estamos convencidos de que todas las grandes vías de las capitales —en Barcelona: las rondas, la avenida Diagonal, la calle Aragón, la Gran Vía de les Cortes Catalanas, etc.—, se colapsan por ese porcentaje de personas que tienen que utilizar su vehículo para desplazarse desde fuera de la ciudad a la misma, y viceversa. ¿Y todo el tráfico que coge el coche por comodidad para ir a trabajar a dos barrios de distancia?, ¿y el colapso que agravan las entradas y las salidas de los colegios? Porque, vale, por la mañana quizá se unen niños y adultos, pero si en España el 90 % de los trabajos terminan más allá de las seis de tarde, ¿por qué cojones están colapsadas las carreteras a las cuatro, y a las cinco, y a las seis? Por esto mismo, cada verano nos queremos creer que la (relativísima) fluidez del tráfico se debe a que la gente se ha largado de vacaciones, y no a que han cerrado colegios, y a que somos demasiado cómodos para coger el metro o el autobús para ir a buscar a los críos.

En definitiva, no hay dinero para invertir en transporte público, no hay ganas de usarlo y nos puede la comodidad. Pues estamos apañaos. Y habrá quien crea  que el Infierno son las rondas, pero no, como ya ocurría cuando Sartre escribió El ser y la nada, el Infierno siguen siendo los otros.


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A tomar por culo las guerras

De los ejercicios que menos me atraen como escritor, o novelista, o intento de, está la creación de fichas de personajes. Con ayuda de las fichas de personaje creamos personas, y no arquetipos acartonados en los que nadie puede creer. Pero es un por culo. Suele ser bastante aburrido hasta que te enamoras de un personaje (y lo conviertes en persona), y, sobre todo, causa hastío, porque de todo lo que vamos a imaginar, y a crear, solo utilizaremos una milésima parte a lo largo del relato, o de la novela, o de lo que sea.

Aun así, como tenía que preparar una ficha de personaje y un punto de giro para el curso de novela, decidí hacerla de una persona que, para mí, siempre ha sido un personaje, pues jamás lo conocí, y que cuando murió, yo ni tan siquiera había nacido. Mi bisabuelo, en concreto, que combatió en la Guerra de África, y, cuando se caldeó la cosa por la Barcelona que lo acogió desde tierras gallegas, dijo: «a tomar por culo las guerras, a mí no me vuelven a engañar», y se escondió en una buhardilla de febrero del treinta y siete a febrero del treinta y nueve. ¿Y quién se atreve a juzgar a alguien que se pasó toda su juventud más allá de Alhucemas? Luchando por algo en lo que no era posible creer, y descubriendo a la vuelta que la partida estaba trucada, y no había más salida que la que ellos te iban a mostrar, y por la que ellos te iban a hacer combatir, y morir. Pues a tomar por culo, dijo él.


El desván que lleva hasta Alhucemas

Falta menos de un mes para mi cumpleaños. ¿Volveré a celebrarlo desde este desván? El ventanuco de la buhardilla solo ofrece vidas maltrechas que trotan por la calle Nueva. Digo trotan, pues no andan ni pasean: si uno tiene el tiempo para fijarse, lo advierte sin dificultad; ya nadie pasea bajo las bombas. Ante mi faceta de mirón, mi mujer, Isolda, dice que voy a ser el arquitecto de mi propia destrucción: ¡a saber de dónde sacó esa expresión!

Casi siempre escucho las explosiones, y los gritos de la gente que corre hacia los refugios del Paralelo. Esos días quedo petrificado: por mis dos niñas, sobre todo, y porque sé que ese cabrón está un poco más cerca de tomar Cataluña. Lo sé muy bien. Sus ansias de poder ya lo habían hecho teniente coronel en la Guerra de África, ¿o general? No, eso fue tras el desacato. ¿Qué no podrá hacer ese con todo el ejército detrás? El de verdad, digo.

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Concentración de tropas en la playa de Ondarreta con destino a África (San Sebastián/Donostia, País Vasco, 1921).

Todo lo que tengo aquí son unas cuantas fotos y un cuchillo que afilo una y otra vez en mi madriguera. En una de las instantáneas saludo con algunos compañeros del regimiento bajo su mando. Quizá por eso, a fuerza de martirizarme, esta mañana no he podido callarme más:

—Teníamos que habernos ido para arriba: a Francia, por lo menos. Ahora la locura parece estar aquí, en un cuchitril de dos por dos, escondido. Evitando un día al PSUC y otro a la CNT; ¡y así hasta que vengan los sublevados!

Ella se ha ido, a paso ligero, vertiendo lágrimas. Después me he quedado a solas con las náuseas, y la fiebre, y la orina negra. Todo eso que ignoro con el humo de la pipa, mordisqueando la porcelana, intentando recordar las humedades en la pared de la habitación que compartíamos hasta el treinta y siete, el color del gato que esconden las hijas en su cuarto, mi tienda de cuchillos. ¡Qué razón tenían los compañeros!, al menos los moros te acuchillan mirándote a los ojos.

Oigo gritos ahí abajo. Abren la trampilla del desván, no es mi mujer. Aparecen bayonetas, y rifles, y uniformes militares. Pero no son republicanos. Los rebeldes han tomado Barcelona. La guerra está perdida.


NdA: Hace unos días, hablaba sobre la importancia de leer las cosas en su contexto y en su momento de la historia. Por esto, el personaje de este relato breve dice moros, y muy bien dicho, aunque sea racista y hoy no podamos compartir ni respetar (con razón) a alguien que piensa así, y que sabemos que es un xenófobo: hay que saber leer la misma literatura.

Aprovecho esta entrada para comentar que, hasta que termine el borrador de la novela (que está al 90 %, o casi, y yo muy feliz), publicaré entradas cada miércoles o jueves, pero no más, ya que me resulta imposible mantener el ritmo aquí, trabajar y seguir escribiendo más de una entrada semanal en el blog, y la novela es, hoy por hoy, mi prioridad.

El yihadismo atacó Ciutat Vella

Ayer a media tarde el yihadismo atacó Ciutat Vella. El barrio que fue hogar de mis abuelos y bisabuelos. La Rambla que mi hermano pequeño se apresura a recorrer camino a sus clases de verano, las tiendas que mi madre visitó en busca de otra docena de libros que devorar antes de que termine agosto; el hogar de miles y miles de personas; parte de la idea con la que sueñan cientos de miles de turistas que ansían visitar mi ciudad.

Una furgoneta de alquiler con un terrorista a los mandos embistió contra la marabunta de gente que se agolpa a pocos metros de Plaza Cataluña, donde los culés celebran sus éxitos deportivos y los vecinos se sientan a ver cómo la gente desciende con parsimonia hacia el mar, o se desvía hacia el casco antiguo o el Raval.

Atentado yihadista en Las Ramblas de Barcelona
Fotografía de David Armengou que ejemplificaba una de las noticias en El Periódico .

Esa furgoneta convirtió el tercer jueves de este agosto en otro momento negro a recordar: quedará marcado como un día triste en el que pronto olvidaremos a ese niño de tres años que solo pudo alcanzar el hospital, y todas esas imágenes, mensajes y llamadas de confusión que recibimos; también a aquellas personas que, en vez de atender heridos, grababan con un teléfono móvil; que, en vez de buscar ayuda, grababan con un teléfono móvil; que, en vez de llorar de impotencia, grababan con un teléfono móvil. Pero no nos quedemos con el lado amargo de la tecnología, ese que se apresuró en filmar la masacre, probablemente fruto de la impotencia, o ese otro que, pocas horas después, ya buscaba su minuto de gloria entre comentarios políticos que tienen la desvergüenza de firmar.

Facebook nos mostró su lado más amable y nos hizo saber que amigos/as y conocidos/as estaban bien, que no habían sido arrollados por un terrorista en esa escena de pesadilla que se desarrolló en el centro de la ciudad; las RRSS y la TV informaron rápido, Twitter permitió movilizar a la gente, la prensa digital se volcó en la difusión, incluso las instituciones y los políticos dejaron a un lado diferencias y trabajaron unidos. Todo el país lo hizo, y, sobre todo, la mayoría estará de acuerdo en que, ayer, no importaba lo que cada uno considere estado.

Esta noche, mientras muchos de nosotros dormíamos o intentábamos digerir lo que unos desalmados habían hecho, los controles policiales han abatido a cinco personas en Cambrils (Tarragona). Se cree que se dirigían, de nuevo, a la capital, con el fin de acometer una nueva agresión contra aquello que amamos y aquellos a los que amamos.

En la impotencia y el miedo que nos reconforte nuestra propia fortaleza como comunidad, fortaleza que ha creado un mundo propio que está dispuesto a defenderse con uñas y dientes, y a cualquier precio. Y eso es muy importante, porque ayer nos hicieron recordar a la fuerza, igual que en Niza o en Londres, que estamos en guerra contra el terror, que debemos vivir sabiendo que el yihadismo no es algo que se circunscriba a los enfrentamientos de Oriente Próximo y Oriente Medio en los que la mayoría de países occidentales somos partícipes, sino en cada ciudad y país que no acepte y siga las premisas del extremismo. Pero nosotros ya lo sabemos, ¿verdad?, y cada ataque, cada bomba, cada muerte, solo nos hace ver con mayor claridad lo importante que es defender la lucha por la libertad, por los derechos humanos y la democracia.

Hoy, toca enjugarse las lágrimas, tragar saliva y salir a la calle sabiendo que puede volver a ocurrir, que quizá no ocurra en Barcelona, o en España, pero que probablemente ocurrirá otra vez, y, por esto, que seguir viviendo como vivimos es una de las formas de evitar que venzan; también recordar, hoy más que nunca, que el bando no lo erige el nombre de tus padres o tu ciudad de origen, sino el deseo férreo de aquellos que quieren luchar por un mundo mejor y no de la terrible determinación de unos pocos por extender la muerte a su paso.

Torres más altas han caído

Hoy, después de varias semanas, he recuperado un hábito adquirido: ojear el periódico y leer algunos artículos mientras sorbo un largo café. Como la mayoría, no lo reviso de pe a pa, sino que rescato las noticias más interesantes de la actualidad y, a veces, como esta mañana, también aquellas que me llaman la atención. En este caso, no ha sido otra que el mal tràngol, como decimos por aquí, que ha pasado una pobre mujer que quería alquilar uno de sus pisos en el barrio de la Barceloneta y que ha terminado por verse expuesta a la cara más cruda del capitalismo, del que —no nos engañemos— también ella bebe como una panacea.

Montse, que es el nombre de esta señora, alquiló su piso de la Barceloneta por casi 1.000 euros al mes. Rastreo el cuerpo de la noticia, pero no sé si, finalmente, recibió el pago, ni la fianza —aunque todo indica que sí—; lo que sí remarca es que el individuo rápidamente se inventó todo tipo de excusas para evitar cambiar la titularidad de los suministros y recolocarlo en AirBNB, un marketplace de alquiler de viviendas privadas por días, y explotarlo como piso turístico. Sin embargo, el redactor se olvida de comentar que los pisos en primera línea de mar raramente tienen más de treinta y cinco metros cuadrados, y son de los tiempos de Maria Castaña. Parece ser, además, que el tal Timur, que fue el joven que firmó el contrato, no volvió a pisar aquella casa, y los anfitriones que han ido enseñando la vivienda eran otros que nada tenían que ver.

Montse optó por esta drástica medida después de que su abogado estimara que el tiempo que tardarían en recuperar su piso por la vía civil era de al menos un año. Los Mossos les rechazaron la denuncia al no tratarse de un tema penal. “Como no se trata de un impago, no se producirá un desahucio exprés, nos dijo el abogado”.

Por eso, Montse cree que se trata de una banda organizada que tiene este como su modus operandi. Desde luego, hasta donde yo puedo ver, la víctima es esta pobre mujer y los responsables se han aprovechado de la inacción de una empresa privada frente a temas éticos y la falta de una ley que persiga el alquiler ilegal y los subarriendos como debe. ¿Pero seguro que Montse es la víctima? ¿Seguro que Montse no es partícipe de toda esta trama? ¿Acaso todo esto no empezó cuando creímos que hacer negocio y especular con un bien de primera necesidad era lo mejor a lo que podíamos aspirar?

Montse (AirBNB)
Fotografía de Xavier Gómez que ilustra la noticia de La Vanguardia con Montse Pérez en el «quart de casa» que pertenecía a sus padres.

Hoy, esta mujer de mediana edad y su pareja están «ocupando» uno de sus pisos —que no «su» piso, como reseña la noticia en más de una ocasión— para impedir un delito, pero hay veces que necesitas de otras noticias para entender la primera. A mí, por ejemplo, me ha funcionado de maravilla leer un artículo de opinión muy interesante que se publicaba en uno de los blogs de LaVerdad.es (Querido Milennial), y donde una milennial, como yo, como tantos, dice: «No nos han dejado ustedes un solar donde cultivar con libertad y pasión, como sí recibieron el mundo de nuestros abuelos; sino un terreno híper poblado, a reventar de edificios, de hormigón, asfalto, humo y gente. Ustedes quieren conservarlo así, porque tienen su red de contactos, sus posesiones, la hipoteca, el coche, los gin-tónics, todo eso. Tienen sus matrimonios longevos –o no- y sus amantes –o no-; y no comprenden otras formas de poseer, de estructurar la vida, de amar.»

La reforma del quart[1] de casa donde vivían sus padres estaba terminada y ya podían poner el piso en alquiler. Querían que fuera una rehabilitación profunda para que el arrendatario que llegara pudiera vivir en buenas condiciones y ellos recibirían una mensualidad de 950 euros.

Lo siento, pero  a mí, mis padres, me dieron una dosis extra de gravosa sinceridad, y, a mí, Montse no me da ninguna pena, porque es partícipe, y no víctima; porque Montse quiso hacer el timo de la estampita, porque todos lo hacen, y creyó que le había salido bien tras alquilar uno de los minipisos que posee en zona turística a uno de esos precios que suponen el sueldo entero de un trabajador medio, o más, y ha venido otro, y le ha enseñado cómo se hacen los negocios de verdad, cómo se especula en serio y como, con un poquito menos de ética, te pegas la gran vida a costa de terceros. Montse es esa baby boomer que se queja de que las cosas están «muy jodidas» para sus hijos, pero que no se da cuenta de que es ella y el resto de su generación quienes están jodiéndonos a todos; o más que jodiéndonos, emparedándonos vivos entre sus posesiones.


[1] Un «quart de casa» (una casa que no es más que una habitación, o poco más, vamos) es el nombre por como son conocidas las antiguas viviendas de la Barceloneta que, por regla general, van de los 26 a los 35 m2.

Teo se ha perdido

Actualizamos. 23:00 del 18/03/2017 *** SEGUIMOS BUSCANDO ***

Hola, gente:

Aprovecho el blog para hacer difusión. Ayer, cuando volvimos a casa después de un par de horas, nuestro gato no estaba ni venía. Son muy mansos y, a veces, quedan fuera, pero nunca ha pasado nada.

Comparto una foto suya (es negro, de pelo largo, con ojos verdes y se llama Teo) en este post para que nos ayudéis compartiendo e intentando mover la imagen entre gente conocida (sobre todo de Cervelló y Barcelona provincia, pero todo sirve) a ver si la podemos hacer llegar lo más lejos posible. 

[Sé que esto no es algo habitual en mi blog, pero cualquiera que me haya leído o me conozca sabrá la noche que hemos pasado por aquí. Un abrazo. Mil gracias.]