Etiqueta: cambio climático

El mundo que ya es basura

«Si las abejas desapareciesen, los seres humanos nos extinguiríamos en cuatro años.» Esta frase, atribuida a Albert Einstein, esconde una aterradora verdad: somos mucho menos poderosos de lo que la tecnología nos ha hecho creer. Somos mucho más estúpidos también: una simple búsqueda en Google nos permite ver que esa frase no es más que una variación de un eslogan de unos apicultores belgas durante una manifestación en 1994. ¿Qué abejas, además? ¿A cuál de los miles de tipos de abejas no domésticas que no son abejas de la miel (Apis mellifera) nos referimos? Además, ¿son las abejas domésticas los únicos polinizadores del reino animal? Por supuesto que no: aunque sí las más «hiperactivas». Pero, ¡qué importa en realidad! En boca de Einstein, un problema de primer nivel se convierte en un «problemón», y eso, tristemente, es algo que necesitamos cada vez más.

Abeja (primer plano; polinizadora)

Si nos decidimos a usar nuestra capacidad crítica, no deberíamos hacer una lectura tan literal. Si las abejas desaparecen, la humanidad difícilmente se extinguirá: comemos arroz, maíz y trigo; cada vez más soja también, y ninguno necesita ser polinizado. Sin embargo, más del 70 % de los alimentos de nuestra dieta sí. Sin polinizadores perderemos variedad; pero hay más: las plantas de cobertura suponen una barrera de control frente a plagas y enfermedades, enriqueciendo el suelo y evitando que las principales plantaciones de alimento sean arrasadas. Sin polinizadores, el escenario que tenemos delante es, por lo menos, inexacto. Nadie sabe, a ciencia cierta, qué ocurrirá, pero llegados a ese punto, nuestras sociedades como las conocemos sufrirían un cambio radical.

Desde hace un par de años, Stephen Hawking (1942) advierte sobre la necesidad de colonizar otros planetas; no hace mucho, además, ha agregado que urge abandonar la Tierra en menos de 100 años, y, todo ello, no son más que agregados de esa frase de Albert Einstein que resultó no ser suya. Son las mismas ideas implícitas que carga esa deadline que científicos y activistas subrayamos constantemente en 2050 sin conseguir despertar conciencias: donde los plásticos son todo lo que nadará en el mar. Es lo mismo que se intenta en la Fundación MONA advirtiendo del cambio necesario frente al uso del aceite de palma o del coltán; es la foto de ese caballito de mar agarrado a un bastoncillo para los oídos, o el enorme gasto de agua que requiere una alimentación basada, principalmente, en la pesca y la ganadería; estas frases de grandes nombres son el último reducto frente al cambio climático y la obstinación de mantener nuestros hábitos de vida a cualquier precio —de comer lo que queremos, de vestir como nos apetezca, de cambiar de teléfono móvil cada año e incluso de tener los hijos que nos dé la gana— frente a la pérdida de biodiversidad contra la que nos seguimos revelando mediante la tecnología: con abejas mecánicas propias de la ciencia-ficción y viajes en cohete al estilo de las Crónicas marcianas de Bradbury, donde sigue perviviendo aquella vieja duda sobre si llevar vida fuera de nuestra atmósfera no es también sinónimo de viajar con la destrucción que siempre nos ha acompañado.

El huracán Trump

El planeta le ha soltado un buen tortazo a Donald: hace unas semanas, Harvey desembarcó en Texas tras un extenso recorrido por el Atlántico, y, poco después, lo ha hecho Irma, que todavía amenaza las 1.700 islas que componen los Cayos de Florida.

Fue el 2 de junio de este mismo año cuando el presidente estadounidense estiró casi a la mitad de Norteamérica fuera del Acuerdo de París, cumpliendo con una de sus principales promesas electorales, que decía, textualmente, que el cambio climático era una invención de los chinos para minar la competitividad de la industria norteamericana. Unas declaraciones que repitió en reiteradas ocasiones en su carrera hacia la Casa Blanca y que reñían con sus propias palabras en 2009, cuando un Trump de la élite empresarial yanqui pedía a Barack Obama medidas significativas para luchar contra una de las pandemias de nuestro siglo. Fue en Copenhage.

Trump (Acuerdo de París)
Trump gesticula sobre los beneficios en el descenso de temperaturas que se podrían conseguir con el Acuerdo de París. © Kevin Lamarque (REUTERS)

A diferencia de su padre, Ivanka, que ha mantenido hasta hoy lo que refrendó en Dinamarca, también ha sufrido el duro castigo de ver cómo su progenitor o bien no tiene palabra y se mueve a favor de los vientos, o bien se ha visto infectado por el «síndrome Homer Simpson», volviéndose más estúpido capítulo tras capítulo. Desde luego, la idiotez tiene muchas caras, y una de ellas no deja de ser la terquedad, pero queda por ver si Donald puede mantener esta opinión anticientífica cuando las pérdidas humanas —casi un centenar— y materiales —más de 290.000 millones de euros— no solo señalan un tsunami político en EEUU, sino también una nueva defensa de la postura oficial o un cambio necesario en la misma.

Por descontado, nadie debería esperar ver a un Trump cabizbajo y arrepentido entonando el «mea culpa» en CBS, NBC o FOX, por citar tres de las grandes cadenas de la parrilla televisiva norteamericana, pero sí un cambio sutil en la dirección presidencial que nos acerque de nuevo hasta el siglo XXI. Queda por ver, no obstante, dónde empieza el rostro y termina la careta, algo que ni tan siquiera muchos de sus votantes saben, hoy, a ciencia cierta, pues siguen sorprendiéndose del cumplimiento de algunas de sus grandes promesas de campaña.

Sin embargo, hay espacio para el optimismo, aunque llegue desde un pragmatismo deplorable y carente de ética como el de Donald, que ejemplifica a las mil maravillas aquel «Make America Great Again» que ha quedado para la posteridad, y ni original era. Y es que el cuadragésimo quinto presidente de los Estados Unidos ha encontrado en el desastre una vía de escape para su promesa más descabellada: obligar a uno de sus países vecinos a construir y pagar un muro de miles de kilómetros. Además, está bastante claro que el promotor de la Torre Trump tomará en mayor consideración el análisis del Grupo Goldman Sachs que las palabras de Joel N. Myers, presidente de AccuWeather, y ya no digamos de las decenas de organizaciones científicas que han ratificado el cambio de era geológico y la clara inferencia del ser humano en los ecosistemas. Pero de esto no deberíamos sorprendernos: ese es el mundo que hemos creado entre todos, y, en este mundo, el dinero prima por encima de la propia vida.


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Maestros del yoísmo

Carta enviada al director de La Vanguardia, ayer, 23 de enero de 2017, a raíz de la columna de Joaquín Luna titulada Yo pagué con mi vida. Desconozco si, en la redacción, no han considero apto el formato, también de columna, para esa u otra sección de las que tienen en su espacio digital, o bien no han tenido tiempo —o predisposición— para esta especie de contraréplica, así que, mientras espero alguna respuesta, adelanto aquí el mensaje que adjuntaba en el e-mail.


Hay grandes literatos y columnistas que, en la última década, se han transformado en verdaderos arquetipos rancios de aquello de lo que, un día cada vez más lejano, intentaron diferenciarse. Uno de ellos es el excelentísimo académico, y muy hijo de su padre, Javier Marías, quien, a tenor de sus últimas columnas, tales como Perrolatría o Ese idiota de Shakespeare, se ha convertido en un maestro del yoísmo —y algunos lectores dirían incluso que del cuñadismo.

Verdaderas celebridades de las letras capaces de darle la vuelta a aquella falacia sofista del argumento ad hominen y tirárselas en toda la jeta al lector. «Yo soy yo y mis circunstancias», le espetan, y usted, que tiene un trasfondo similar al mío, estará de acuerdo sí o sí. «Y si usted no está de acuerdo, no solo es un imbécil ignorante, sino que debería instruirse si, algún día, quiere alcanzar mi estatus y comprender la argumentación que aquí le detallo».

Pegatina - Yo pagué con mi vida (nuggets)
Un ejemplo de ilustración/pegatina de la que Joaquín Luna hablaba en su columna. Probablemente, él había visto, por su barrio, alguna imagen más explícita: como esta.

Aquello que, quizá, no han valorado de un modo justo es su falta de argumentos, su discurso vacío, su intento de rellenar de valor una cuestión nada más que con una posición ganada —y de la que nadie debería discutir los méritos— y unida a grandes dosis de yoísmo.

Así, de vez en cuando, es humano sacar los pies del tiesto, pero también reconocer el error y soportar la oleada de mierda que le viene a uno encima. Hoy, esto le ha ocurrido a Joaquín Luna en una columna titulada Yo pagué con mi vida, que el diario La Vanguardia ha decidido publicar en un error similar al que cometió El Correo Gallego con Manuel Molares do Val.

En la misma, y como hilo conductor del texto, podemos leer aserciones que son una denigración constante a vegetarianos y veganos, que hablan del razonable precio de la carne, a juicio del que la suscribe, y no se cortan en tildar a todo un colectivo de fascista y enfermo; por si esto no fuera suficiente como para encender la mala leche de un gran número de lectores, Luna decide consentir y defender el maltrato animal que, en las últimas horas, hemos podido tan solo vislumbrar en la película A dog’s purpose y que termina por aderezar con la imposibilidad de reflexionar sobre sus acciones, amparado en la ceguera del «esto siempre fue así».

La columna, que casi exige un verdadero boicot al medio que la ampara, se defenderá con el argumento de una opinión distinta, sin entender cómo ataca, atribuye e insulta a un colectivo cada vez más numeroso, cuyo único crimen, casi siempre, es intentar hacer pensar a su prójimo.

El texto de Joaquín Luna es un ataque frontal contra todo el trabajo de millones de personas que buscan un mundo más justo, que comprenden que los modelos de consumo actuales no son éticos, y tampoco sostenibles, y que luchan contra el maltrato animal en todas sus vertientes. Joaquín Luna es el matador de toros que se atreve a escupirnos a los animalistas, gritándonos que él, y solo él, es el verdadero amante de los animales. Otro maestro del yoísmo.


Enlaces relacionados:

Texto adjunto al correo electrónico:

Buenos días:

A raíz de la columna publicada por el columnista Joaquín Luna, les remito una carta como activista por los derechos de los animales, que agradecería se planteasen publicar en Cartas al director o en la sección que ustedes consideren oportuna. 

La opinión del columnista no solo es totalmente superficial, sino que atenta contra el trabajo que, desde asociaciones, protectoras y colectivos, y también grupos de ética animal, millones de personas realizamos en este país. 

La adjunto con enlaces de referencia (hipervínculos), pero es lógico imaginar que, publicada, estos deberían quitarse: se trata, pues, de una mera contextualización.

Gracias por anticipado.

Un saludo cordial.