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Ningún animal sobra

Es curioso cómo para acercarnos —emocionalmente— hacia muchos animales parece que hayamos recorrido el camino inverso: en ese largo recorrido que España y la mayoría de países del mundo han transitado del campo a la ciudad, donde nos hemos tropezado con la empatía, el bienestar animal y, finalmente, con la misma naturaleza de nuevo. A menudo, desde un prisma romántico, por supuesto, o demasiado cóncavo para descifrar la forma real que tienen las cosas en el verde.

No todo es tan idílico, claro. Los niños y niñas han visto menos grillos, gorriones y ranas que nosotros, y nuestros hijos vivirán en mundos donde las abejas, ya extintas, se sustituirán por robots que polinizarán cultivos transgénicos. El coste ha sido alto: para darnos cuenta de que necesitábamos a la naturaleza, la hemos abandonado, ordeñado, prostituido y corrompido hasta límites insospechados. Los científicos dudan sobre si el Antropoceno dejará una huella geológica capaz de adaptarse al sentido etimológico del concepto, pero la mayoría admite que poco importa si el plástico o las latas de Coca-Cola alterarán o no el cosmos terrestre si alcanzamos nuestra propia extinción: la actividad humana nos convierte en garantes del planeta, y aquí seguimos aprendiendo lentamente. Un lujo que cada vez parece más obvio que no podemos permitirnos. Esta semana, no obstante, más que aprender parece que estamos cometiendo errores y traspasando límites que varias generaciones atrás no dudarían en tildar de locura: el lobo asturiano podrá ser cazado sin ningún control ni cuota en un tercio del territorio.

Lobo ibérico (población, 1840-2017)
Evolución de la distribución del lobo en España (1840 – 2017).

En 2014, la revista Science publicaba un artículo titulado Status and Ecological Effects of the World’s Largest Carnivoresel cual probaba la labor fundamental de los grandes carnívoros en los ecosistemas a través del fenómeno conocido como cascada trófica. Debido a la actividad humana —cinegética, ramadera, etcétera— se han cazado y perseguido cientos de especies con las que hemos compartido espacios tradicionalmente. El mejor ejemplo siempre está en casa, que a nadie le quepa duda, y mientras hay zonas con cabras montesas o jabalíes cuya población no se tiene ni la más remota idea de cómo controlar, hay lobos abatidos sin reparar en cartuchos: ¿alguien se sorprende? Es horroroso, pero parece obvio que, si no podemos crear una línea unitaria de bienestar animal para los perros o los gatos de toda la península, es impensable alcanzar al lobo o al toro a nivel legislativo.

Esta es la nueva batalla entre el campo y la ciudad. Un sector urbano que quiere disfrutar del campo el fin de semana y buscar la paz y la soledad del monte, pero que potencia con medidas capitalistas y, a menudo, hasta románticas el control de unas especies que el resto de la semana se la traen al pairo; un sector rural que quiere vivir, y vivir bien, en el campo, y hacerlo de actividades que ya no funcionan sin una subvención detrás, y sobre todo, sin el sacrificio que supone cuidar al ganado (pastoreo, cabañas ganaderas, jornadas de sol a sol) o vivir aislados del resto del mundo. Es en esta misma tesitura donde nace la macabra picaresca de los seguros agrarios y las partidas presupuestarias, que se han visto obligados a mirar con lupa cada cadáver que se les presenta para cobrar, y donde cabe preguntarse si este no es un problema social de primer nivel al que no se le está prestando ningún tipo de atención.

STOP Matanza de lobos (Asturias)

Hace solo un año aparecía en Público un artículo interesantísimo que las administraciones deberían obligarse a leer: Matar lobos destruye los ecosistemas, donde algunas de las conclusiones planteadas hablaban sobre seguir soluciones basadas en la naturaleza para la convivencia entre depredadores y humanos; el lobo es uno de esos símbolos tristes que explican la idiotez endémica española: «Disminuyamos la persecución absurda y carente de apoyo científico de la especie al norte del Duero, de la que anualmente se aniquila prácticamente el total de la tasa de renovación natural de la población, impidiendo la conectividad referida anteriormente», pedían al unísono el biólogo Ángel M. Sánchez y el ecólogo Fernando Prieto. Como respuesta, este verano Medio Ambiente aprobaba la caza de 141 ejemplares al norte del río, y hace unos días, Asturias aprobaba su persecución sin ningún tipo de cuota.

Ningún animal sobra, y solo uno cuenta con unas poblaciones cuyo crecimiento dificulta la vida de todas las demás especies. En el mejor de los casos, la persecución actual del lobo ibérico terminará con proyectos millonarios de recuperación, como ha ocurrido con el lince; en el peor, con su extinción: ni tan siquiera es una cuestión de lobbies, como denuncia PACMA, sino de falta de visión, porque hay un largo camino entre las propuestas de animalistas, antiespecistas, ecologistas, ganaderos y cazadores, pero es absurdo que algunos de estos grupos crean que la solución de las armas conseguirá algo que no sea ecosistemas más pobres, desequilibrados y un nuevo recordatorio de la mala elección que la naturaleza hizo al escoger a nuestra especie de primates como garante del orden.


De cómo los animales viven y mueren (Javier Ruiz - Diversa Ediciones)Este es un texto original creado para Doblando tentáculos. Si te ha parecido interesante, quizá quieras adquirir en papel o en eBook De cómo los animales viven y mueren (Diversa Ediciones, 2016), mi primer libro de temática animalista que trata estos y otros muchos temas similares. ¡También está disponible en Amazon!

¿Aceptamos «jabalí» como animal de compañía?

No sabía cómo presentar este artículo, menos aún qué título darle. ¿Santuario Gaia y el jabalí doméstico? ¿Los peligros más allá de la caza? Ni idea. Así que no seáis muy duros conmigo: ha salido lo que ha salido.

De los santuarios, lo que más me ha llamado siempre la atención es el interminable trabajo en pos de un bien común y el optimismo para afrontar una de las caras más negras del mundo; también dos de las burbujas en las que viven muchos de sus miembros y voluntarios: en especial, la moral y la emocional.

En lo que se refiere a la moral, la burbuja explotó, de nuevo, cuando el Movimiento Antitaurino de Lucha a favor de (algunos) animales quiso hacer una donación, a la que numerosos santuarios se negaron por varias razones (apoyo a la mal llamada «carne ecológica», por ejemplo, pero también homofobia y racismo por parte del colectivo), sin terminar de ver el doble rasero de aceptar apoyos económicos, anónimos y privados, e incluso no económicos, de personas que trabajan en Burger King, apoyan distintos grados de especismo (en realidad, todos lo hacemos) y, sobre todo, comen animales. Pero, al fin y al cabo, esta burbuja solo nos muestra las múltiples capas de nuestro mundo, e incluso la fragilidad de traicionar nuestras creencias sin darnos cuenta.

En ‘Vivir en la utopía’ explico mi punto de vista sobre por qué son necesarios los santuarios de animales y qué error de concepto veo en algunos de ellos. Sin desmerecer (creo), en ningún momento, su asombrosa labor y todo el bien que aportan.

Fuera de esta burbuja, también existe naturaleza: donde se enmarca el tema principal del que hoy quiero hablar. Porque lejos de la interacción humana, de la buena y de la mala, la naturaleza también es. La naturaleza es cuando una manada de lobos atrapa a un jabalí, y cuando la madre de ese jabalí protege ferozmente a sus jabatos. También cuando un puma se come a un mono, y protege a la cría del mismo y, ¿por qué no?, es el interés mutuo que saben forjar animales domésticos —domesticados—, como el perro, el caballo, el gato o el conejo. Pero en la burbuja, el pensamiento, a veces, olvida esta naturaleza, y la naturaleza imbuida de un sentimiento romántico, a falta de una palabra mejor, que nos presenta animales que tienen que ser cuidados durante veinticuatro horas al día, vacas totalmente dependientes de su cuidador, patos que no podrán volar; y también cerdos, y vacas, y pollos que tienen demasiadas ganas de vivir.

Sus scrofa - Jabalí
En la península ibérica se encuentran dos subespecies de Sus scrofa salvaje: el Sus scrofa castilianus, en el norte, y el Sus scrofa baeticus, en el sur.

Yo apoyo la mayoría de estos casos. Como animalista, lo entiendo y lo respeto. Incluso aquellos que cuentan con una verdad demasiado romántica para mí: animales con patologías crónicas, en concreto. Cada vaca, cada gallina, pollo, cerdo, oveja, son un recordatorio de que los animales no están a nuestro servicio, de que tenemos que seguir preguntándonos por todo lo que se hace mal, y cambiar el modelo, y, en mi fuero interno, ayudar a que otros vean que no hay necesidad de comer animales ni de esclavizarlos.

Sin embargo, el romanticismo no puede opacarlo todo. Así como no puedes llamarte «animalista» y seguir creando cursos que desvirtúan el trabajo de los centros de recuperación mientras ofreces formación en adiestramiento de especies salvajes: una cuestión que traté hace meses en relación a la escuela Bocalán, y cuyos responsables se amparan en que esos circos, esos espectáculos y esos zoológicos no van a desaparecer, para seguir haciendo dinero y perpetuando el modelo; tampoco podemos dirigirnos hacia el extremo contrario.

El caso contrario es Sonia: un bebé jabalí: una jabata. Una cría que fue atropellada escapando de unos cazadores que habían matado a su madre y que ahora está en el Santuario Gaia. Sonia tiene miedo, y no confía en las personas; en palabras de los responsables: «Quizás ella nunca vuelva a confiar en los humanos, y no podamos disfrutar al acariciarla, pero aquí no estamos para eso, sino para darles una vida digna.»

Sonia (jabata, Santuario Gaia)
Sonia, la jabata de Santuario Gaia.

Este es el límite. Mi límite. Aquí, paso palabra. Si alguien se ofende, lo siento mucho. Sonia es un jabalí, no un animal doméstico: Sonia no es un cerdo, es un jabalí; un animal silvestre, que no tiene que confiar en los humanos, que no tiene que ser acariciada por los humanos, y que no necesita del contacto con humanos para tener una vida digna (o feliz). Sonia es un animal que no debería estar en un santuario, sino en un centro de recuperación de vida salvaje, que debería ser reintroducida en su hábitat a la máxima brevedad, y sí, también quedar expuesta a la mano de un sanguinario cazador: «profesión» que desprecio, aunque no tanto como la del matarife.

Hay que cambiar miles de cosas a nuestro alrededor: ser más sostenibles, menos sanguinarios, menos crueles con la vida animal, pero no deberíamos intentar cambiar la naturaleza. Quizá llegue el día en el que tengamos que preocuparnos sobre cómo cambiar gran parte de la actividad del sector primario, y nuestra vida en común con especies caninas y felinas, y la moda, el ocio, la mal llamada cultura que tortura y asesina… y tantas otras cosas. Pero los jabalís seguirán siendo jabalís, y los lobos, lobos; y un animal silvestre, por mucho que podamos sociabilizarlo, seguirá contando con instintos salvajes durante miles de años (¿por qué querríamos domesticar a un jabalí? ya se hizo, y solo ha traído sufrimiento a los cerdos).

Por todo esto, es irresponsable contar con una cría de jabalí en un santuario de animales: para los habitantes, y, sobre todo, para el jabato, y un ejemplo más de que la historia de Christian, el León, se sigue repitiendo en el siglo XXI por culpa de un error similar: amar demasiado a los animales, y, a veces, amarlos como no deberíamos. Amarlos hasta el punto de traicionar, sin darnos cuenta, nuestra propia filosofía, que, en este caso, dice: «ofrecemos una segunda oportunidad a los animales considerados de granja que rescatamos de la explotación, abandono o maltrato.»

Actualización #1: 

Informándome sobre este caso concreto, he podido leer en esta noticia del santuario que el brazo de Sonia quedó inutilizado, lo que, con toda seguridad, provocaba su difícil reintroducción en la vida silvestre. Sin embargo, no cambia la mayoría del resto de temas que toca el artículo, si bien considero que es un dato suficientemente ilustrativo para agregarlo a la entrada.


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