¿Qué va a saber Mario?

Baudelaire no es más de un francés que mío. De veras. Quizá por esto tengo tantísima facilidad por cagarme en los nacionalismos (incluso hoy), y me atrevo a cribar a la gente que conozco a través de esas emociones que exhiben o esconden, porque casi nunca hay medias tintas. Me agrada saber si se consideran patriotas, o sienten la tierra, que es algo que yo nunca he entendido: si lees la Historia, el estado ha sido siempre el gran Leviatán que enviaba a sus hijos a morir a las guerras, y, hoy, de tintes más moderados, solo los esclaviza en trabajos precarios y les roba el futuro. Ha mejorado la cosa, pero no mucho.

La patria es mierda, y, a menudo, muerte. Imaginar que la patria es el arte, las letras, es tan idiota como creer, a pies juntillas, que de verdad importa quién llegó antes a la luna, si los rusos o los americanos. Ni el arte ni la ciencia corresponden a un país, sino a la humanidad, y, como mucho, a las personas que llevaron a cabo tal gesta. Al Vargas Llosa de La ciudad y los perros, al Baudelaire de Las flores del mal o al Cervantes de El Quijote. Y ni ellos no son tan dueños de su obra como historia de otros, porque ni Vargas Llosa ni Baudelaire ni Cervantes supieron en su puñetera vida que eran Vargas Llosa, Baudelaire y Cervantes. Y el primero, que aún vive, ¡ni tan siquiera lo sabe hoy! ¿Qué va a saber Mario? Estará ocupado con la súcubo aquella, pero ni reputa idea tiene de hasta dónde ha llegado la proyección de su ser en otros. Puede imaginarlo, claro, y regodearse en ello: aunque haciendo esto me imagino más a Javier Marías, por ejemplo, encerrado en un cuartucho lleno de librerías repletas de libros ya abandonados, fumando, siempre solo, frente a su máquina de escribir demodé.

Vargas Llosa - Isabel Presley
Una fotografía de Vargas Llosa junto a Isabel Preysler (2015).

Y esto pasa en cualquier arte. En el cine, por ejemplo, y a Federico Luppi, que se nos fue. A Luppi le dieron una perita en dulce con aquella película de Adolfo Aristarain coprotagonizada por Juan Diego Botto. El personaje de Luppi era un cineasta, expulsado de la Argentina, apátrida, burgués, burgués de esos que se flagelan hablando de aquella revolución de la que se tiraron en marcha… pues, ni con todo esto, llegó tan lejos como hubiera merecido, ya que no era una película gringa: era una coproducción española, y Federico, que no se sabía Luppi, tampoco era —yo qué sé— Anthony Hopkins o algún otro viejales (¿Connery?), y luego se murió, y antes de esto, pegaba a las mujeres que tenían la mala pata de tropezarse contra él, el muy hijoputa, y ahora, quizá con razón, la vida condena al arte. Pero a lo que iba, lo que decía Luppi —bueno, el personaje—; decía: se estima a la gente, y no al país, ni tan siquiera al barrio; la patria es un invento, cojones; cojones que aquí agrego yo.

Luego se acabaron las historias de fachas, porque gobiernan en Argentina, y también aquí, pero yo hace mucho que supe de esto, y vivo tranquilo en cualquier lugar, puesto que de adolescente leí a un ruso de esos del siglo diecinueve, cuando por allí todo despertaba, y empezaban las peleas, y él se gritaba, y se despreciaba con los Marx y con los Engels, y decía: Mi patria es el mundo; mi familia la humanidad.

Pues ya está, coño.

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Morir, morimos todos

La hermana de una amiga de mi madre tiene un cáncer muy agresivo en el cerebro. Los oncólogos le han dicho que es operable, aunque no está exento de riesgos. Quizá las posibilidades son cincuenta/cincuenta, o algo mejores. Conozco a esa mujer, pero de lejos; me pareció autosuficiente, alegre y vital: tres rasgos que no siempre se ven en alguien con ochenta y tantos. Cuando le llegó la enfermedad, no obstante, hizo esa pregunta tan recurrente: “¿Por qué a mí?”, y lo acompañó de un: “¡Si nunca he tenido ni un dolor de cabeza!” Sorprende, y duele la realidad, y no cuesta tanto como imaginar por qué te coge un cáncer de pulmón fumando cuatro paquetes de tabaco diarios, pero no debería ser así.

El ¿por qué a mí? en relación a la muerte o a la enfermedad tiene muchas respuestas, pero no nos gustan: porque tienes ochenta y dos años, porque todos enfermamos por mil razones, porque tú has vivido una vida larga y hay niños de tres años con cáncer en un pabellón hospitalario, porque la vida es así. No nos gusta pensar en esto. Me fui a hacer un empaste el otro día, y la auxiliar se quejaba a una compañera: “¿Tú te crees? Que dice mi madre que no se va a teñir el pelo, y lo tiene blanco, blanco.” Le he dicho: ‘Mamá, que así pareces una vieja’; y la otra: “¿Y cuántos años tiene?” Respuesta: “Noventa y tres.”

iris apfel
Iris Apfel (Nueva York, 1921), icono de la moda neoyeorquina que este año cumplirá 97 años.

Nos podemos intentar autoconvencer. Decirnos a nosotros mismos que nos tienen embobaos con la política, las crisis que se suceden una tras otra, la telebasura y el llegar a casa cansados, asqueados del mundo, y no querer pensar. Te coges la prensa, ¿y qué hay que afecte a tu vida?; enciendes la televisión para ver las noticias y tres cuartos. Nos la suda tratar de aprender cómo vivir nuestras vidas, ¡imagínate morir! Pero a veces, hay joyas ocultas por ahí. Yo me topé con una —de cientos, de miles que hay, si buscas— en La Contra de La Vanguardia, donde una madre hablaba de cómo enterró a su hija y superó un cáncer con metástasis en fase 4 como el que se llevó a mi viejo. Se quitó un pecho, se vació el otro, y se dijo: “Voy a luchar”, y también: “¡La vida vale más que dos pezones!”, y joder sí vale más.

La señora del principio del artículo no quiere operarse. Hay personas, entre las que me incluyo, que no estamos seguros de que el tumor la deje razonar bien, pues el pronóstico para los meses que le quedan es peor que la muerte. Quizá para ella no. En realidad, la cuestión no es esa, y, aquí, tampoco debatir sobre si hay muertes que son mejores que muchas vidas, sino entender que morir, morimos todos, y vivir es más que levantarse y hacer lo que el resto espera de ti.

¿¡Qué estoy haciendo!?

Los más observadores ya habéis visto que la mitad de las entradas han caído en un cajón de sastre. Pero no, no me he vuelto loco. No obstante, debo mencionar que una lectora vio lo que estaba sucediendo y, cual película de domingo por la tarde, me envió un e-mail donde se vislumbraba todo un complot contra mi blog y casi hasta mi persona si me apuras (gracias, Marta).

Pero no. Simplemente, he tenido una de esas revelaciones de medianoche, y me he dado cuenta de que, mayoritariamente, este blog tiene dos grandes públicos: animalistas acérrimos (1) y personas que gustan de mis columnas de opinión (2). Por ello, reestructurar el blog —siempre con el firme propósito de escribir para mí primero, y después para todos— ha sido una cura de humildad. Una lección aprendida que me ha mostrado cómo mucha gente llega aquí buscando peras y demasiadas veces le ofrezco manzanas, o plátanos.

Ralph Wiggum: "¡Corre, plátano!"
«¡Corre, plátano!» Ralph Wiggum, filósofo norteamericano.

Solo es que hay demasiados temas aquí metidos, y yo he mantenido el firme propósito de crear contenido interesante de todo tipo —animalismo, sociedad, actualidad, humanidades, cine y televisión— a medida que el blog se convertía en un espacio donde dos de estos puntos tenían una relevancia mucho mayor que el resto.

No obstante, la conclusión no puede condensarse en un «¡A la mierda el resto de entradas!», porque a mí me encanta escribir sobre todo lo que escribo aquí, desde filosofía hasta videojuegos, series de TV y mil cosas más. Por eso, este nuevo formato, y algunos agregados y cambios que llegarán durante la próxima semana son, en mi humilde opinión, el mejor modo de mantener un blog interesante para todos los lectores del mismo. ¡Y eso es todo! Ya os iré desvelando más cosas…

Contestando a la pregunta…

Por cierto, con el fin de poneros un poco al día, estos dos últimos meses de mayor inactividad por aquí, me he dedicado a los siguientes proyectos:

En definitiva, supongo que, sobre todo, estoy caminando en la dirección en la que deseaba hacerlo: ¡y qué bien sienta, en serio!

Torres más altas han caído

Hoy, después de varias semanas, he recuperado un hábito adquirido: ojear el periódico y leer algunos artículos mientras sorbo un largo café. Como la mayoría, no lo reviso de pe a pa, sino que rescato las noticias más interesantes de la actualidad y, a veces, como esta mañana, también aquellas que me llaman la atención. En este caso, no ha sido otra que el mal tràngol, como decimos por aquí, que ha pasado una pobre mujer que quería alquilar uno de sus pisos en el barrio de la Barceloneta y que ha terminado por verse expuesta a la cara más cruda del capitalismo, del que —no nos engañemos— también ella bebe como una panacea.

Montse, que es el nombre de esta señora, alquiló su piso de la Barceloneta por casi 1.000 euros al mes. Rastreo el cuerpo de la noticia, pero no sé si, finalmente, recibió el pago, ni la fianza —aunque todo indica que sí—; lo que sí remarca es que el individuo rápidamente se inventó todo tipo de excusas para evitar cambiar la titularidad de los suministros y recolocarlo en AirBNB, un marketplace de alquiler de viviendas privadas por días, y explotarlo como piso turístico. Sin embargo, el redactor se olvida de comentar que los pisos en primera línea de mar raramente tienen más de treinta y cinco metros cuadrados, y son de los tiempos de Maria Castaña. Parece ser, además, que el tal Timur, que fue el joven que firmó el contrato, no volvió a pisar aquella casa, y los anfitriones que han ido enseñando la vivienda eran otros que nada tenían que ver.

Montse optó por esta drástica medida después de que su abogado estimara que el tiempo que tardarían en recuperar su piso por la vía civil era de al menos un año. Los Mossos les rechazaron la denuncia al no tratarse de un tema penal. “Como no se trata de un impago, no se producirá un desahucio exprés, nos dijo el abogado”.

Por eso, Montse cree que se trata de una banda organizada que tiene este como su modus operandi. Desde luego, hasta donde yo puedo ver, la víctima es esta pobre mujer y los responsables se han aprovechado de la inacción de una empresa privada frente a temas éticos y la falta de una ley que persiga el alquiler ilegal y los subarriendos como debe. ¿Pero seguro que Montse es la víctima? ¿Seguro que Montse no es partícipe de toda esta trama? ¿Acaso todo esto no empezó cuando creímos que hacer negocio y especular con un bien de primera necesidad era lo mejor a lo que podíamos aspirar?

Montse (AirBNB)
Fotografía de Xavier Gómez que ilustra la noticia de La Vanguardia con Montse Pérez en el «quart de casa» que pertenecía a sus padres.

Hoy, esta mujer de mediana edad y su pareja están «ocupando» uno de sus pisos —que no «su» piso, como reseña la noticia en más de una ocasión— para impedir un delito, pero hay veces que necesitas de otras noticias para entender la primera. A mí, por ejemplo, me ha funcionado de maravilla leer un artículo de opinión muy interesante que se publicaba en uno de los blogs de LaVerdad.es (Querido Milennial), y donde una milennial, como yo, como tantos, dice: «No nos han dejado ustedes un solar donde cultivar con libertad y pasión, como sí recibieron el mundo de nuestros abuelos; sino un terreno híper poblado, a reventar de edificios, de hormigón, asfalto, humo y gente. Ustedes quieren conservarlo así, porque tienen su red de contactos, sus posesiones, la hipoteca, el coche, los gin-tónics, todo eso. Tienen sus matrimonios longevos –o no- y sus amantes –o no-; y no comprenden otras formas de poseer, de estructurar la vida, de amar.»

La reforma del quart[1] de casa donde vivían sus padres estaba terminada y ya podían poner el piso en alquiler. Querían que fuera una rehabilitación profunda para que el arrendatario que llegara pudiera vivir en buenas condiciones y ellos recibirían una mensualidad de 950 euros.

Lo siento, pero  a mí, mis padres, me dieron una dosis extra de gravosa sinceridad, y, a mí, Montse no me da ninguna pena, porque es partícipe, y no víctima; porque Montse quiso hacer el timo de la estampita, porque todos lo hacen, y creyó que le había salido bien tras alquilar uno de los minipisos que posee en zona turística a uno de esos precios que suponen el sueldo entero de un trabajador medio, o más, y ha venido otro, y le ha enseñado cómo se hacen los negocios de verdad, cómo se especula en serio y como, con un poquito menos de ética, te pegas la gran vida a costa de terceros. Montse es esa baby boomer que se queja de que las cosas están «muy jodidas» para sus hijos, pero que no se da cuenta de que es ella y el resto de su generación quienes están jodiéndonos a todos; o más que jodiéndonos, emparedándonos vivos entre sus posesiones.


[1] Un «quart de casa» (una casa que no es más que una habitación, o poco más, vamos) es el nombre por como son conocidas las antiguas viviendas de la Barceloneta que, por regla general, van de los 26 a los 35 m2.

El pesimismo de un tipo feliz

Como esta sombra, incluso la oscuridad se acaba para dar el paso a un nuevo día, y cuando el sol brilla, brilla más radiante aún. Esas son las historias que llenan el corazón, porque tienen mucho sentido, aún cuando eres demasiado pequeño para entenderlas.

El Señor de los Anillos: las dos torres (Peter Jackson, 2002)

Hoy, recuerdo a una lectora que viajaba entre mis letras, y, supongo, que a través de las de otros. Se hacía llamar Mamen, o Maco, y no sé cuándo desapareció. El nombre evocaba a María y a Carmen, y me visitaba todas las semanas con la familiaridad que aprueba la rutina.

No sé cómo me encontró. Ni qué buscaba. Mucho menos cuándo recordé que hacía tiempo que no se dejaba ver; a menudo, eso es Internet: anonimato, inestabilidad, fragmentos de vida. Para lo bueno, y para lo malo; para todas las Mamen que yo me alegro de reencontrar en los comentarios, y para aquellos y aquellas que se perdieron por el camino, y que nadie, excepto ellos o ellas, sabrán por dónde guían sus pasos.

Edu y Ruth (santuario)

Un día cualquiera, esa lectora dejó escrito cómo le afectaban algunas de las columnas de opinión que nacían de mí. Auguro que veía demasiado negro, o gris, y que hacía suyos los desastres que, a menudo, aquí quedan ilustrados. Estoy seguro de que lo dijo en algún comentario, antes de desaparecer; después, lo borró, como con miedo de contagiar una visión demasiado pesimista a aquellos que se movían alrededor  del blog.

Desapareció. A finales de verano, desapareció. Y, sin mirar atrás, o haciéndolo (¿quién sabe, excepto ella?) también destruyó aquellos pequeños espacios de opinión que ella misma había creado o recreado con mis textos y muchos otros: prejubilada, parece ser que se dedicaba a recoger retazos de artículos, de historias, de anécdotas, y a compilarlos a golpe de reblogueo, y de retuiteo.

Rami Adham, el Contrabandista de Juguetes sirio

Entonces, no encontré una respuesta mejor. O no le di importancia; si es así, mea culpa. Hoy, le diría que detrás de la historia de Caos, al menos un coche se detuvo en el arcén; tras cada maltrato, hay cien personas dispuestas a proteger y sanar esa herida; y que una injusticia, es, para muchos, una excusa para alzarse contra ella; le diría: “Mamen, un error pocas veces no funciona como un pretexto que reparar.”

Esas entradas representaban un toque de atención, una excusa, una llamada, o, quizá, el parpadeo que precede al cambio. No un gris, sino el verde que nace, o vuelve a brotar; una palabra que escupe contra las evasivas y hace al lector (o lectora) partícipe.

Si emociona pensarlo, imagínate hacerlo

Supongo que tendría que haberle dicho que, a menudo, aquí, todo lo que subyace no es más que el pesimismo de un tipo feliz; alguien que ha encontrado un espacio donde gritarse a sí mismo y a los orejas de cuantos se le acercan.

Quizá faltaron más entradas sobre todo lo que veo genial del mundo, o decirle que, de haber optado por esa otra alternativa, no acabábamos. Pero esos fragmentos de pesimismo parece que la hicieron huir.

O quizá tengo mis propios textos en muy alta estima.

Quién sabe.


Enlaces relacionados:

Algunas de las entradas que hicieron huir a Mamen; quizá también hagan que vuelva.

Releer un texto

Releer un buen libro es algo maravilloso. Por el contrario, volver demasiado a aquello que uno mismo escribió es cancerígeno. Uno de los ejemplos más conocido es La familia de Pascual Duarteobra que Cela modificó y corrigió decenas de veces incluso tras su publicación en 1942. También ocurrió con La conjura de los necios que, de algún modo, llevó al suicidio a ese álter ego del genio de los cuadernos Gran Jefe.

Sobre este tema, siempre nos movemos entre extremos. Hay autores a los que puedes imaginar revisar cientos de veces un texto: Javier Marías, por ejemplo, es uno de ellos; en su prosa, percibes que hay días de trabajo en los que, simplemente, se dedicaron a buscar el ritmo adecuado, la carnalidad del texto, el concepto exacto que ocupa cada escena. Otros, en cambio, parecería que nunca les importó emborronar un manuscrito y adornarlo con unas cuantas manchas de vino, como Bukowski o Kerouac; ni darle más vueltas de las necesarias a esa historia que rondaba sus mentes, como Saramago, quien se atrevió a adaptar las letras a su psique, y nunca más a la inversa.

Javier Marías (máquina de escribir)
Javier Marías, escritor y académico que sigue siendo fiel a su máquina de escribir.

Estas últimas semanas me ha ocurrido algo similar con este blog. De vez en cuando, me encuentro corrigiendo a mano algunas viejas columnas de opinión y suspirando sobre quién era. Suelen decirnos que cada época tiene un estilo que se refleja en la literatura, pero esto es algo que también ocurre en la propia escritura.

El por qué sucede ahora conmigo tiene mucho que ver con una obra que parece seguir los pasos que siempre deseé, y de varios proyectos que empiezo a amontonar sobre la mesa: hay uno sobre Caos de quien no me olvido ni un solo día y otro sobre la 66; también hay una recopilación con siete relatos de los que solo he conseguido escribir cinco de ellos.

Galena (Route 66)
Grúa personalizada como Mate de las películas Cars y Cars 2, en Galena (Kansas).

A todo esto, excepto al primer proyecto que comentaba, todavía le faltan meses para pasar por este proceso  de constante corrección y lectura, mientras que, para la mayoría de los cientos de textos que están enterrados en este blog, ese tiempo ya pasó.

Sin embargo, cualquier madrugada me descubro releyendo y garabateando en papel la esencia de los mismos; esta manía, además, se acentúa con los primeros —los treinta o cuarenta con los que arrancó el blog—, mientras que los más cercanos se liberan de esa carga que, yo mismo, me autoimpongo.

Al final, la mierda es mierda y el oro es oro, y la mierda no se puede convertir en oro ni el oro se puede convertir en mierda. Por suerte, hay a quien le gusta el oro y hay a quien le gusta la mierda, y hay a quien le gusta el oro recubierto de mierda, que toca limpiar capa tras capa. Pero no es eso lo que me ocupa la mente.

Caos (diciembre de 2012)
Caos en la casa de Caimari (Mallorca). Navidad de 2012.

Releer al prójimo es maravilloso, pudiendo recuperar esa imagen atemporal que se esconde entre las páginas, ¿pero volver a uno mismo? Solo sirve para descubrir que ya no eres quien fuiste —lo que no tiene por qué ser mejor, ni peor— y que, ante ti, ahora se alza un desconocido con el que cada vez compartes menos cosas; él pervive en esas páginas como una sombra de ti, tú sigues tu camino con las mismas dudas que te trajeron hasta aquí. Quizá no puedas envidiar a una sombra pero, de todos modos, sigue siendo triste.


Algunas viejas columnas del blog: