Etiqueta: doblando tentáculos

Ahogado de faena

Llevo un par de meses bastante ahogado de faena, y, como no es mi estilo pasarme por aquí y escribir cualquier cosa por eso de actualizar, pues paso menos, aunque me cueste. No es que coja el blog con menos ganas que antes, en realidad, todo lo contrario; se me hace complicadísimo no dedicarle el mismo tiempo, pero se han ido sumando una serie de proyectos que lo han dificultado un poco, y, por qué no decirlo, en algunos momentos, también me han hecho algo más feliz.

Para empezar, a finales de abril, la periodista Melisa Tuya —que escribe En busca de una segunda oportunidad Madre reciente me pegó un toque para prologar su salto a la novela juvenil: Mastín y la chica del galgo, que saldrá este año a la venta y cuyos beneficios irán destinados a ayudar a la Fundación Amigos del Perro (Oviedo).

Por esas fechas (mediados de abril, según recuerdo), también me escribieron de Diversa Ediciones —que no llevan un buen año tras la muerte de su perro Coco— para que participe en una antología de relatos animalistas para la que tengo en la recámara un relato breve muy, muy especial.

Nevermind

A la novela ya le estoy limando las aristas, pero seguirá llevándose bastante del tiempo de las primeras semanas del verano. Eso sí, todo aquel que se ha podido leer el primer borrador, me ha enviado, entre sus consejos, muy buenas energías e impresiones, por lo que estoy cien por cien convencido de que ahora sí.

¿Y más cosas? Pues sí, más cosas. Por un lado, tengo dos artículos para El caballo de Nietzsche a los que he dedicado bastantes horas de trabajo; sus títulos, aún provisionales (o no) son: La influencia de los medios en la normalización del maltrato animal, que será el primero en salir publicado (y su título define bastante bien de qué trata, ¿verdad?), y Defendamos la alegría como una trinchera, en el que hablo de positivizar el movimiento animalista y de algunas estrategias que (creo que) pueden hacer esto posible.

En esta línea, hoy es recomiendo la carta abierta de Ruth Toledano al ministro Màxim Huerta, y la lección de escritura que daba el sábado Juan José Millas en El País, de título: El hijo del joyero.

Y si de veras me echáis de menos (¿en serio?), junio es el último mes de “poco blogging”. 

Abrir una caja que ya estaba abierta

En la casa de Zeus había dos jarras, una encerraba los bienes, la otra encerraba los males.

Ilíada, Homero

Hefesto forjó a Pandora por orden de Zeus. Pandora fue la primera mujer: la Eva ateniense, la madre, y la causa de todos los males del mundo, según la mitología clásica. Esto ocurrió después de que Prometeo traicionase a Dios por los hombres, tras el hurto del fuego, y de que Zeus encontrase el modo de vengarse del titán.

Lo hizo a través de Pandora, mujer de su hermano, quien recibió, como regalo de bodas, un arma de doble filo: una curiosidad divina y la vasija que portaba todo el mal del mundo. La historiografía convertiría al recipiente en una caja, pero en su interior, se mantuvo la condenación eterna y un poso de esperanza.

Pandora, de J. J. Lefebvre
Pandora, de Jules Joseph Lefebvre (1836-1911)

Sin embargo, aquello que no querían asumir los hombres de la Antigüedad es que el mal campaba a su alrededor por una única causa: la suya propia. Eran sus congéneres aquellos que se condenaban entre sí, que elegían el mal por encima del bien, y la espada a la pluma. Siempre fue más sencillo crear un Edén imaginario que destruir, y antes, a una mujer —siempre a una mujer— que trasladaba todo el destino de los hombres entre sus manos.

A menudo, mucha gente me cita la expresión «cajón de sastre» para referirse a este blog; argumentan que el título no termina de englobar todos los temas que trato —lo sé— y sus categorías son demasiado heterogéneas para enviar una idea unívoca, como muchos otros hacen. Yo prefiero ver este espacio como una caja de Pandora, donde se esconden miedos, errores, faltas e incluso golpes, pero que miles de años después, sabemos que nunca están en el recipiente, que nunca lo estuvieron, sino que pertenecen a nuestra realidad.

En las últimas semanas, llevo dándole vueltas a varios temas. Una de esas preguntas recurrentes era: ¿hacia dónde mira este blog, y hacia dónde debería hacerlo? Mi respuesta es que no hay blog, sino caja; un constructo teórico que no existe y, a la vez, mientras esta se encuentre cerrada, contiene todo un universo en su interior.

Pero debemos ser personas adultas, bebemos de miles de años de historia tras la caída de los imperios clásicos, y tenemos la obligación de impregnar a ese mismo relato de la madurez suficiente para entender que no hay dentro y hay fuera, sino males intrínsecos en nosotros mismos, en nuestros actos, en sociedad, y que ni dioses ni titanes tienen relación alguna. La caja puede ayudarnos a entender el mundo, pero, como mucho, solo contiene el mundo en la medida en que este la contiene a ella. Y, entonces, ¿a quién culpar?

Eva Prima Pandora, de Jean Cousin el Viejo
Eva Prima Pandora de Jean Cousin, el Viejo (1490-1560)

Hay una última idea que me gustaría tratar, y es que la caja es mía. Me ha costado mucho entenderlo, pero el minimalismo —o quizá individualismo— de un blog personal solo es comparable con un ápice de egoísmo necesario. Los males que hay en su interior, aquí, son míos, y también la esperanza, que duerme en el fondo, pero sois libres, y estáis invitados, a seguir compartiéndolos. ¿Qué quiero decir? No tengo del todo claro si lo sé. Sé que el blog cambiará en este 2017, porque debe hacerlo; planteo ese cambio como una ampliación, una redistribución, un nuevo capítulo… Mantendrá el corazón, pero crecerá, como ya lo hizo antes; como ya lo ha hecho. ¿Hacia dónde? Bueno, pronto lo veréis.


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Oxigenarse

Hace un par de años —quizá tres—, el blog tenía unas 200 visitas al mes. Nunca me importó: esa es parte de la gracia; este proyecto empezó por y para mí, y, como ya he explicado en alguna ocasión, me gustaría que siguiera siendo así. En julio, en cambio, solo tuve 6.000 visitas, porque el verano no es una buena época para estos espacios: hay menos ropa, hay fiestas, hay alcohol, piscinas, y más tiempo libre, por lo que solemos intentar desintoxicarnos un poco de tecnología (e intoxicarnos con otras cosas).

Ya lo sé. No hace falta que me lo digas. No es que sean grandes cifras tampoco, aunque me parecen asombrosamente elevadas para lo que suelo explicar por aquí; sin embargo, lo que me parece más curioso del párrafo anterior es ese adverbio de cosecha propia que hasta hace no mucho debía tildarse por obligación.

Por eso, voy a reservarme agosto. Un agosto anómalo, donde entrar y salir de Barcelona por las rondas sigue significando atascos y largas filas de coches, y no una ciudad desierta hasta la llegada de otro temible septiembre. Al conducir por aquí, parece como si nadie tuviera vacaciones, pero, todos, sobre todo tras estos años, las necesitamos más que nunca, por lo que no me dejaré engañar.

Y a razón de las vacaciones… Léete “¿Por qué estoy agotado si tengo solo 30 años?” A ver si es que te pasa lo que a mí, y tienes que obligarte a descansar.

A finales de verano, habrá cambios; en el blog, y fuera de este. De una u otra forma, os anunciaré la presentación de un libro y os seguiré mostrando algunas instantáneas de cosas que tengo en mente.

Además, me permitirá oxigenarme, distanciarme (por unos días), hacerme un poco más consciente de lo que significa que haya periodos en los que a esas primeras cifras de 2013-2014 se le hayan sumado dos ceros detrás, y por las que, de algún modo, me veo en la obligación de agradecer con hechos y con palabras.

Boda con máscaras antigas

Pero no. No significa eso que estás pensando; no significa que no vaya a publicar nada más hasta dentro de un mes (bueno, tres semanas ya, y contando), sino que no tengo ni la más remota idea de si voy a publicar cada día o ni una vez más hasta que nos alcance “la vuelta al cole”, eso que ya no significa nada para nosotros como adultos, pero que, tanto cuando fuimos niños repelentes como adolescentes sobrehormonados, esperábamos con entusiasmo.

Cargo batería y vuelvo en lo que os echáis unas cañas y os pegáis un chapuzón. Y pensándolo bien, a lo mejor yo hago lo mismo…

Qué escribo al salir del blog

Muchos Algunos sabrán que escribo un blog. Este blog, concretamente. Aquí la escritura es sanadora, expresiva, sincera; es ken bugul: absoluta necesidad.

Pero también es ambivalencia; constantes subidas y bajadas, como un trayecto en montaña rusa con los ojos cerrados, como una incertidumbre constante, como una búsqueda sin objeto.

Desde pequeño ha sido un diálogo conmigo mismo y, más tarde, una forma de afectar a mi realidad. Porque, hoy, la escritura también es eso: una conexión con un tercero, al que hasta la aparición de la red no podíamos ponerle cara, ni hablar con él (o ella) de igual a igual.

Desde que comprendí eso, me encanta volver al blog. Se trata de mi Fortaleza de la Soledad —como ya expliqué—, pero también de un espacio mucho más real que unas hojas repletas de borrones sobre el escritorio. Esos textos conforman otra realidad, una muy distinta y, hasta cierto punto, menos real que la primera; quizá algún día se convierta en un discurso que forme parte de todas las realidades de quienes los lean, como le ocurrió a Tolkien, Bukowski, Bradsbury, Saramago… Quizá no.

gonzo-and-dr-animal
Bueno, es Gonzo, ¿o no?

En eso, todos los escritores —sean mejores o peores— son iguales; son parte de su público, generadores de otros cosmos, de universos que se superponen, de mundos que ni tan siquiera llegarán a conocer; pero solo en internet estos se pueden ver, de algún modo, afectados por el lector.

Los blogs asesinan al taller literario —lo dijo hace unos cuantos años Hernán Casciari antes de repatriarseNadie aprende más que a base de palos, de errores, de intentar contar una historia que solo él conoce. Pueden darte un bolígrafo, un iMac, una cámara o un pincel, pero solo tú puedes definir qué es un artista y qué un artesano.

Visto así, el blog puede resultar para muchos el perfecto laboratorio. Aquí será el visitante quien llegue y defina dónde está el oro y dónde la mierda, quien nos aconseje otros temas e incluso quien relacione las ideas entre sí. Tú le ofrecerás parte de tu vida interior, algunas líneas que se pasean distraídas por el córtex cerebral, él o ella juzgará sin piedad tras la máscara del anonimato.

Mientras no escribas para ellos, todo irá bien. Si sigues este precepto, te asegurarás de que la escritura pueda convertirse en literatura, y no en mero exhibicionismo.

Escritor y muelle loco
¿No se te ocurre qué escribir? Ten a mano el “muelle-loco” de los noventa…

Llegará el día en el que te preguntarás: ¿puede uno escribir sin público? ¿Debe hacerlo acaso? La respuesta la encontrarás a medida que saborees ese proceso en el que unas líneas cobran vida; tachadas, elevadas de nuevo, asesinadas y regeneradas hasta dejarlas libres en algún lugar.

Antes, el desarrollo quedaba en la sombra; oculto; encerrado hasta que alguien con verdadera potestad podía liberarlo. Hoy, podemos lanzar infinitos mensajes al público, y ahí está el reto siguiente, en saber cuáles lanzar y cómo hacerlo.


Por eso escribo al salir del blog; por eso escribo a mano en una libreta que luego abandono cruelmente en cualquier rincón, y en hojas en blanco en las que no creo. También escribo historias para mí, y para los míos, que a menudo oculto e incluso termino por destruir.

Por algo así me he llevado algunos textos hacia otro lugar; aunque estén terriblemente vinculados a este espacio, porque esto es mi blog, y aquello es un cajón donde empezar a guardar todo lo que que ya no cabe en el escritorio.

Lo sé. Para los demás, no tiene mucho sentido. Pero lo tiene para mí.

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Te invito a echar una ojeada en jruiz.es, mi página web; encontrarás algunos de mis textos, en especial, relatos y microrrelatos.

Lo dejo y no lo dejo

Para alguien que se pasa ocho horas al día entre textos, a veces sacar un par de horas más de relativa creatividad se hace cuesta arriba. Estos meses todavía ha sido más difícil, y eso tiene su parte buena, y tiene su parte mala. La buena es que lo que no se le ha dedicado al blog, se ha escrito por otro lado; la mala es que lo dejo, y no lo dejo.

La buena es que se lo he dedicado a un libro, algo extraño, de esos típicos de grises y de porqués. Algo como lo que escribí hace años cuando murió mi padre (y que quedó, durante más de tres años, en un cajón), y volví a escribir hace poco, cuando murió mi perro. Bueno, y sigo escribiendo aunque no se ha muerto nadie más, claro.

Boda estilo... ¡ejem!

Otra buena noticia es que me voy a casar y me iba a comprar una casa, pero al final parece que vamos a hacer un cambio de planes para recorrer en coche la mayoría de las autopistas españolas (y portuguesas) durante el verano, para quemar rueda por lo que queda de la Ruta 66 al comienzo de la próxima primavera y para caminar hasta Malasia (o hasta donde lleguemos) en algún momento. Continue reading “Lo dejo y no lo dejo”