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Los ojos de Kandinsky

Los ojos de Kandinsky es el vigésimo segundo relato de mis 52 retos de escritura para 2017.

La carretera que lleva al viejo hospital Ashlan Tol está repleta de robles, hayas, y fresnos. La hierba se extiende a ambos lados del camino de Melbourne, donde la vista se pierde entre las aleñas, las pimpinelas rosas y otros arbustos comunes como el aligustre. Las casas rojizas, de teja y ladrillo, caen a dos aguas, replicándose a toda velocidad al paso de los escasos automóviles que gobiernan la carretera secundaria de Derby; una tras otra construyen una imagen de peligrosa unicidad: jardín delantero, garaje en blanco, puerta rojiza con el pomo dorado, vehículo de gama media aparcado en el porche, olor a césped recién cortado. Como la fotocopia de una fotocopia de una fotocopia…

María señala hacia una de esas casas. «Allí estaban los dormitorios de los pacientes», dice, y camina en dirección a una vivienda de tocho gris que rompe la singularidad dominante en la urbanización; durante el escaso trayecto, narra con total precisión el camino hasta el despacho del doctor Hiltner, grabado a fuego en su psique. El edificio del hospital es la viva imagen de lo que fue: veinticinco o treinta pies de altura que ocultan decenas de pasillos, que conectan habitaciones, que esconden todo tipo de accesorios médicos, y quién sabe qué historias y vidas rotas tras la hiedra que ha terminado por conquistar la arcilla.

Ella atraviesa el vestíbulo, deja atrás la sala de visitas a mano derecha y accede a la zona de los despachos con tal voluntad que los periodistas deben apretar el paso. Al alcanzar la única silla que resta en la consulta número tres se sienta y observa, en silencio, frente al escritorio caoba repleto de hojas en blanco, e informes, y el fonendoscopio que lo empezaba todo.

—Eso no está bien, María —dice. —Tienes que hablar conmigo. Vamos a tener que hacer algo, porque eso no está bien.

Kandinsky (estudio de color)

Y a María no es hablar lo que le preocupa. A María no le importa hablar. A María le gusta hablar, eso no es lo que teme. Pero Hiltner reitera:

—Tienes que hablar conmigo. —Y añade: «pero déjame ver cómo está hoy mi paciente favorita.»

María grita hasta caer contra un agujero construido en su propia mente. Con una de sus manos, se acaricia el cuello y siente el tacto de una gran jeringa contra la yugular. Empieza a llorar sin saber muy bien por qué. Se siente borracha. Indefensa. Se siente vacía. La multitud de cámaras y reporteros se difumina a su alrededor.

—¿Qué querías que te hiciese esa amiga especial, María? —pregunta el doctor.

El doctor fuma. El humo impregna el torso desnudo de María, y la cintura, y el pubis.

—¿Recuerdas a tu padre acariciándote aquí, o aquí, o aquí? —pregunta el doctor, y a cada pregunta contamina con sus cansadas manos una parte más de su cuerpo: sus manos, su pecho, su sexo, su mente.

El agujero se abre y se cierra, como un gusano que se contrae sobre sí mismo, intentando expulsar toda la suciedad que ha engullido y que no consigue regurgitar. Los ojos viajan del estetoscopio hacia la reproducción de un estudio de color de Kandinsky que duerme apoyado contra la pared. María piensa que son… Piensa que… Piensa que eran como ojos. Ojos que no siempre eran ojos. Ojos que ya no miraban, o no podían; ojos que ya habían juzgado. Ojos que construían mentes, y, sobre todo, mentes que no podían entender.

Los ojos empiezan aquella otra historia, que ocurría en su habitación, donde el doctor la acostaba hablándole de una bicicleta, y un hombre suizo de nombre Hofmann. María se recuerda vestida, y no desnuda y sangrando, pero con una gran gratitud que vestía capas y capas de colores estridentes. Era como colorear una ciénaga con toda la pintura acrílica del mundo, y la sangre que salía de su sexo se mezclaba entre cientos y cientos de tonos. El doctor fluctúa como el tiempo, y era una gran cabeza con pliegues y arrugas y un pene que entraba y salía de su vagina sin que María comprendiese la dirección, o el acto en sí, perdida en el ondulado blanco de una bata de laboratorio, que la convertía en una paloma, y luego nada.

Por último, aquella sala guardaba una última escena: la librería que fue un arma, y una herramienta, y un telón, y un filo. La librería que no era inyecciones, ni pastillas, sino palabras. Palabras que se ocultaban tras palabras; palabras que eran el peor de los venenos, que infectaban los sentidos y hacían creer que el hospital era un refugio y no un infierno. Un lugar en el que ya no importa si se trata del futuro o de un recuerdo, donde reunía a las cáscaras, y como un escultor de mármol, tallaba una muesca más dentro de cada uno de sus destinos.

—¿Dónde estás, María? —pregunta el doctor.

—Estaba lejos —contesta María con lágrimas en los ojos.

—Cariño, no puedes escaparte —le dice mientras le inyecta otra dosis de amital de sodio.

Y María, rodeada de testigos, se siente profundamente sola, porque sabe que no puede escapar, porque entiende que el negro ya es parte de ella.


Este relato está libremente basado en los presuntos experimentos del Dr. Kenneth Milner en el hospital psiquiátrico Aston Hall, en Derbyshire.

Hollyweed

Como si de un capítulo de Bojack Horseman se tratara, el otro día alguien cambió las oes del cartel de Hollywood y plantó dos ees para celebrar la legalización de la marihuana (weed) en el estado de California.

En este caso, la policía está buscando al sospechoso fumeta que se lió la manta a la cabeza, se subió por la colina donde se encuentra el letrero —lo que ya os adelanto que no debe ser fácil, porque, si mal no recuerdo, no hay accesos por carretera— y colgó dos lonas con las que cambiar una vocal por otra. Después, Twitter le reía la gracia, y hasta el rapero Snoop Dog, que, todo indica, que algún canuto se ha metido entre pecho y espalda.

Bojack Horseman roba la letra D del cartel de Hollywood.

California, junto a Nevada, se unen al Distrito de Columbia, Washington, Oregón, Colorado y Alaska, donde el consumo recreativo de marihuana ya se había legalizado anteriormente; una lista, no tan pequeña, que engrosarán en breve Maine y Massachusetts, cuyas leyes, aprobadas tras la elección de Trump como presidente de la nación —cabe dilucidar si estos dos acontecimientos tienen alguna relación entre sí—, debían entrar en vigor el día 1 de enero.

La tontería de turno, que ni siquiera es original, sino un remake que data del setenta y seis, me hizo pensar, de nuevo, en el dinero que mueven las drogas y en el por qué de su ilegalidad. Un tema que, en la práctica, nunca me ha traído de cabeza, pues quien quiere fumar, esnifar o pincharse, sabe donde acudir, y quien no lo hace, no se preocupa por el hecho de que esos platos no estén en el menú.

Los Simpson - Homer fumado
A Homer ya se lo dijo su madre: Let your spirit soar.

Sin embargo, es curioso que siga existiendo cierta autarquía y cierto paternalismo de estado en el tema, por lo menos, en el caso español, que no es el único, pero sí uno de los más curiosos. De este modo, se cree el Leviatán que puede contabilizar en el PIB las drogas, la prostitución y el juego ilegal, pese a no contar más que con estimaciones de esta economía encubierta; ¿y el debate? Eso es para democracias menores que no saben lo que quiere el ciudadano.

Sí, lo sé. Parece de puta coña. Los yanquis, a los que, a menudo, erróneamente tildamos de cortitos por no saber dónde está Burgos sin preocuparnos nosotros demasiado por dónde caen Wisconsin o Zaozhuang, ya hace un tiempo que se percataron de que para que algunos mexicanos exporten el cannabis hacia el norte con creatividad, mejor controlar en casa la producción; de paso, no les pareció mal leer las caras de descontento de los votantes, y abrir un debate sobre la legalidad de la misma para su uso recreativo.

Entonces, cabe preguntarse realmente si a los que quieren seguir controlando el cauce de un río que lleva décadas desbordándose en otro dirección no les faltará visión suficiente para comprender las ventajas que la ilegalidad, la alegalidad  y la falta de información suponen para el narcotráfico, el consumo desinformado y las arcas del estado.

Alcalde Quimby (ayuntamiento de Springfield, marihuana)
El alcalde Quimby (¡vote por Quimby!) nos ejemplifica la relación entre los poderes fácticos y las drogas.

Sobre drogas, putas y profesiones liberales

El algoritmo de Google va cada día más fino. Si tecleas “elecciones generales 2015” te planta delante de los morros la fecha exacta ya; y esta misma mañana, he comprobado que queda muy poco.

Entre tanto, supongo que si Podemos se empieza a desinflar, Ciudadanos no es más que otro lobo vestido de cordero (oh, ¡qué sorpresa!), y los partidos tradicionales (por llamarlos de algún modo) ya están buscando cómo darle la vuelta al calcetín, todo seguirá igual. Lo que es triste, y amargo, y hace que te den ganas de arrancar la careta a más de uno.

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Pero no era eso lo que quería comentar, porque soy un firme defensor de que, en el fondo, la culpa última no es nunca del que pisa, sino del que se deja pisar; y eso no convierte al que pisa en un tío de puta madre, pero tampoco justifica la inacción del que es pisado. Y en política, en España, esto sigue pasando.

Así que, a vueltas de todo, llegan elecciones generales de nuevo, y por ello, se acompañan de las promesas electorales que ya traen cola. Como si se tratara de la última temporada de la serie de moda, con los avances en formato tráiler; sinopsis audiovisual que pone toda la carne en el asador y lanza una breve pieza más impactante que nunca.

Todo consiste en presentar la première más chocante, la propuesta que ciegue a sus adversarios, aquella que sirva de lanza, pero también de escudo; que muestre lo progresistas y lo modernos que somos, y da igual si se trata de porros, de putas o de autónomos. Esa triada sacra que, a priori, se me ocurre unir por lo mucho que les joden, y que estoy convencido de que tendrá que ser sustituida en pocos años, pero que, por ahora, (inexplicablemente) todavía funciona.

Primero están las putas, que evidentemente nadie quiere legalizar como actividad en el Congreso de los Diputados, porque estaríamos auspiciando a todas esas mafias que se aprovechan de la situación de desigualdad de la mujer; así, protegiendo su libertad de boquilla, quitamos la libertad de decidir libre y voluntariamente a un tío a una tía de ejercer lo que le salga del… Ya me entendéis. Qué jodido.

A su lado, está la droga. La droga, sí, que el único que se atrevió a decir con visionaria certeza que ni te pega, ni te muerde, ni te araña ni te agarra de los huevos fue aquel esperpéntico personaje de Santiago Segura; aquel policía gordo, alcohólico, drogota y corrupto afirmó, en exclusividad —y quizá de un modo demasiado empírico— que lo verdaderamente malo es la falta de información, el desconocimiento, el tráfico ilegal y tantas otras cosas que cuestan dinero, tiempo y vidas. ¿O acaso en este país no fuma porros y se mete rayas de cocaína todo aquel que quiere?

Chester con Pablo Iglesias y Albert Rivera.
El antiguo programa dirigido por Risto Mejide —ahora bajo la mano de Pepa Bueno— une a través del montaje las aportaciones de Iglesias y Rivera en el próximo Viajando con Chester.

Por último quedan los autónomos, que casi están tan jodidos como las drogas y las prostitutas, y que además, con estas últimas, comparten el carácter freelance de su trabajo. Supuestos emprendedores que en los últimos años (o ejercicios fiscales, como nosotros vemos la vida) les habrá ido peor que mejor, que tienen cuotas diez, veinte o cien veces superiores al resto de Europa y que no tienen ninguna seguridad: ni económica, ni social ni personal.

Y aun así se lían la manta a la cabeza, y pagan una cuota mínima de casi 300 euros al mes, y un 21% de IVA, y se reducen un 19% de IRPF, y tienen que aguantar a un político tras otro que se le llena la boca de populismo y viene a decirles que les va a sacar un poco el palo del culo, pero solo un poco.

Señores, políticos; hágannos un favor, dejen a las putas, a los drogadictos/as y a los autónomos fuera de la ecuación para este 2015, que ya estamos muy jodidos de por sí para encima tener que aguantar promesas de igualdad, justicia y libertad.

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