A la vida se la suda

Estos últimos meses se me ha escurrido el tiempo. ¿No te ha pasado nunca? Seguro que sí: tú te organizas, planificas, y, de repente, descubres que todo el contexto y las suposiciones que habías dado por buenas han hecho lo que les ha dado la gana. Es como el juego aquel tan idiota al que nos hacían jugar de niños: ese en el que se iban quitando sillas y se eliminaba a todo el que no estaba sentado cuando paraban la música, pero no bien, bien; en este caso, cuando te das media vuelta, de repente han desaparecido todas las sillas y, claro, te sientes idiota. El niño o la niña que llevas dentro diría: ¡Eh, eso no vale! ¿Y qué? A la vida se la suda.

A mí, probablemente, este tipo de cosas me dan todavía más rabia que a ti, porque yo soy un tarao de esos de las listas. En serio. A medida que me he hecho mayor, he empezado a hacerme listas hasta de cómo voy a organizarme el tiempo libre (luego las pierdo): quiero leer tal libro, escribir sobre aquella madre que riñó a su hija por perseguir a las palomas, perderme con los perros en la montaña el sábado, seguir estudiando sobre etología a las cuatro de la tarde del viernes, y así, etcétera, etcétera, etcétera. Me van a poner el Google Calendar de pago, no te digo más. Hoy, sé que quiero seguir en la asociación que ayudé a montar hace tres años: Conectadogs. Es curioso, pero para esto no me hace falta ninguna lista. Supongo que esta es una buena razón para escribir sobre el tema. Quizá ahora no tienes ni idea de sobre qué te estoy hablando: normal, no todo el mundo sabrá que estoy en una asociación (entidad, oenegé, llámala como quieras) para ayudar a perros y personas. Por qué van a saberlo, ¿no? Ni que uno fuese Dani Rovira[1]. En definitiva, gracias a esta asociación, y a la gente que la compone, he participado en actividades junto a chavales con TEA, en charlas de tenencia responsable de bichejos, en la rehabilitación de perros de difícil adopción.

Strady es uno de los perros que ahora mismo estamos rehabilitando en Conectadogs.

Poco a poco, el proyecto ha ido tomando forma y, algunas veces, abusando de los contactos y el por favor, que también abre muchas puertas, he publicado o difundido textos sobre lo que hacíamos y hacemos (en Doblando tentáculos, aquí y aquí, en 20minutos, aquí, en Eldiario.es, aquí, en Canarias Ahora, aquí, y esto ya se está haciendo cansino, así que paro). ¿Por qué? Pues lo cierto es que, hasta ahora, no lo había pensado demasiado, supongo que porque es algo que considero importante y trascendente, un proyecto que muchas veces me ha robado más tiempo del que yo esperaba dar. Eso también pasa con todo lo que nos gusta y nos llena, ¿o no? A veces, llego a casa y me da rabia no haber podido terminar aún de depurar la novela o de leerme el Carvalho que ha sacado Carlos Zanón; ni sacar un rato para estructurar la trama de un cuento corto que quiero presentar a algún certamen (y después aún queda escribirlo, y reescribirlo); yo qué sé, de estar con los míos y, ¡qué coño!, de tocarme los huevos una tarde quemando el Netflix (¡que para algo lo pago!). Como escritor (o intento de), eso es algo que tengo asumido: la gente suele creer que el tiempo invertido en escribir (o pintar, o componer) se volverá dinero contante y sonante, pero la mayoría de las veces no es así. Incluso cuando uno “triunfa” y publica (o expone, o graba un disco), claro que sacará algo de pasta, pero ¿qué precio real tienen las miles de horas que has dedicado? Si ganases 50.000 euros por 5.000 horas, estarías ganando 10 euros la hora; por 1.000 horas, 50 euros por hora. Hay trabajos más rentables, ¿no crees? Al final, hacemos las cosas por lo que mueven dentro de nosotros y no tanto por lo que dan.

¿Y por qué te cuento todo este rollo? Hace diez días, pasó algo que todavía no me había pasado nunca (será que soy un tipo afortunado): de repente, todo se desmoronó en Conectadogs. Parte del equipo se largó e incluso se planteó disolver la entidad. Yo tengo un defecto muy grande y es que me paso el día refunfuñando: aquí, con tiempo (e incluso prórrogas que me concedo para escribir con calma), parezco un tipo incluso ocurrente, pero en la vida real no soy más que otro viejoven de esos (que lo sepas). No obstante, así como tengo este defecto, tengo una virtud asociada al mismo: cuando se me pasa el cabreo, intento sacar la parte buena de las cosas (por muy mal que hayan salido) y de la “casi muerte” de Conectadogs, he extraído una lección importante. Verás, me parece a mí que no hay nada más jodido que el miedo. El miedo nos hace desconfiar, dudar de nuestras capacidades, creer que eso tan malo va a volver a pasar, o que vendrá algo que será todavía peor. Y no es así. En diez días, tenemos otro terreno para Conectadogs (del actual tenemos que irnos), recibido miles de euros en donaciones por Facebook, PayPal e ingreso bancario; hemos encontrado el modo de seguir adelante y hemos salido reforzados de este traspiés. Sin embargo, este aprendizaje (el anterior) es importante, pero no es lo más importante. Durante este camino, yo he cometido varios errores de los que quiero aprender, y, si os sirven, en la protectora a la que ayudáis, en la entidad donde hacéis voluntariado o en la vida en general, aquí los dejo. ¿Y por qué? Porque errar nos hace humanos, pero asumir (y aceptar) que, a veces, nos equivocamos es aquello que nos vuelve personas. El primero es ser fiel a uno mismo, porque de nada sirve seguir en la brecha si te estás traicionando día tras día: cuando parece que todo se va a desmoronar, cuídate de no desmoronarte tú. El segundo es ser confiable y aprender a confiar: esto no significa ser un tontopollas, sino lo suficientemente fuerte como para poder asumir que las personas (y nosotros mismos) te van a sorprender, te van a contagiar su ilusión, y también te van a defraudar: cuando venga lo que tiene que venir, actúa en consecuencia. Tampoco olvides nunca (tercero) que el trabajo no es trabajo en una ONG: es tiempo libre, anhelos a cumplir, deseo de dar, pero no trabajo: a mí me ha costado cinco años (soy un poco cortico) aprender la diferencia entre comprometerme y dar más de lo que quiero. Esto parece una idiotez, ya lo sé, pero es el germen de muchos de los problemas en entidades sin ánimo de lucro. Por último, hay algo que yo diría que recoge todo lo anterior: no permitas nunca que te digan lo que tienes que hacer o sentir (cuarto, y último); llegará un momento en el que no estés de acuerdo con alguien, o con casi nadie: si tratan de entenderte, y te escuchan, no hay problema. Puedes estar equivocado o equivocada, pueden estarlo el resto, pero la mayoría de los problemas empiezan cuando te dicen que lo que tú sientes no es real o justo.

Y termino con una vivécdota, como diría Andreu Buenafuente en el programa de radio que comparte con Berto Romero: el día que empecé este artículo pasaron dos cosas. La primera es que Strady, uno de los perros de nuestra asociación, se puso muy enfermo y todos pensamos que se iba a morir; la segunda es que se quemó la Catedral de Notre-Dame. Después, supimos que Strady no tenía un tumor gigante en el cerebro, que era el 99 % de las posibilidades que nos daban, sino una infección tratable (el otro 1 %, que dejó alucinados a los neurólogos con un buen ¡zas, en toda la boca!) y que la catedral parisina se iba a reconstruir aunque supusiese mil millones de euros (ojalá también se invirtiese así en preservar el futuro de todos, no solo la historia). Y a mí son dos cosas que me hacen sentir muy humano y muy persona: aunar esfuerzos para salvar un monumento del pasado de Europa y perder el culo por salvar a un perro; vamos, lo mismo que hicieron nuestros ancestros, tanto los que construyeron en piedra y en madera un edificio que los sobreviviría a todos, como los que dejaron en el genoma del perro parte de su propio ser.


[1] Por cierto, hace un par de meses el tío me mencionó en el Instagram: no es coña, no.

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Poner coma, quitar coma

Estoy reescribiendo. A finales del verano, terminé el borrador de una novela, y, en unas semanas, dejaré de manosear, y magrear, y rasgar, y despedazar, y acariciar sus hojas. Nunca hay una versión perfecta de un texto, pero se me empiezan a acumular esas voces que me dicen que vaya cerrando este capítulo, y aquel otro, porque no aceptan más cambios. Ya sabes: podrás hacerlo distinto, pero no mejor. Por esto, focalizo mis energías en el sprint final, y aunque tengo notas y más notas de temas sobre los que me gustaría escribir en el blog —la turba mexicana que quemó a dos inocentes por un bulo de WhatsApp, el gravísimo problema del activismo de sofá, el procés en Cataluña, que ya me aburre, o la absolución de los cargos de violación y asesinato a los malnacidos que acabaron con la vida de Lucía Pérez en Argentina—, estoy en la recta final de este maratón. Ya está todo hecho, y, quizá por eso, parece que falte más que nunca.

El gran problema del proceso de reescritura de una novela es que es un dolor de huevos (u ovarios) mucho más intenso y duradero que en cualquier otra obra literaria —bueno, quizá la lírica es peor aún, ¿pero quién escribe hoy poesía?—. Decía Oscar Wilde: Me pasé todo el día trabajando en las pruebas de uno de mis poemas. Por la mañana puse una coma, y, por la tarde, la volví a quitar. En eso ando yo, destruyendo párrafos a los que, al final del día, les devuelvo la vida, y poniendo comas de las que me arrepiento casi igual de rápido. Cogiendo distancia del texto y obligándome a no caer en la tentación de creer que tengo un manuscrito excepcional o una mierda. Está a medio camino. Y yo estoy aproximándome por última vez al texto, orientalizando todo lo que contiene bajo aquel paradigma del menos es más e intentando que los capítulos, que ya he perdido la cuenta de las veces que he impreso, dejen de parecer cuadros de Antoni Tapies.

En unas semanas, seré valiente para abandonar el texto y dejarlo volar; mientras, yo qué sé qué más decirte… Mírate la nueva comedia de Chuck Lorre (El método Kominsky, 2018), léete Los Caín, de Enrique Llamas, ve al cine a ver al Mr. Robot como Mercury en Bohemian Rhapsody. Yo aquí sigo, estrujando neuronas; macerando palabras; tabicando historias.

Los seres humanos pensamos con los pies

Breton, Thoreau, Sebald, Kerouac… Ellos lo sabían: los seres humanos pensamos con los pies. Esta frase no es mía, se la he robado a un redactor de El País que escribió un buen artículo acerca de escritores caminantes. Caminar es el germen de aquel viejo consejo que ya es cliché: ¿quieres escribir? ¡pues sal a hacer cosas! ¡Ay, si salieras a vivir más! ¿Es cierto? Dependerá: en la otra orilla están Proust, Salinger, Harper Lee, Thomas Pynchon, Hunter S. Thompson… ¿necesitaban ellos hacer cosas para escribir?; ¿vivía su escritura de ideas y recuerdos? ¿Qué puede más? ¿El hacer o el imaginar?

Dicen que José Saramago nunca escribía más de dos páginas al día. Sus jornadas de trabajo eran largas, aun así, pero no gastaba demasiado papel. Se ponía frente a la máquina de escribir y tecleaba un par de folios sin prisa. También el escritor Josep Pla se lo tomaba con calma: cuando se atascaba buscando un concepto, mandaba a tomar por culo la inercia narrativa y se liaba un pitillo pensando qué palabra faltaba por ahí. No es ningún secreto que Javier Marías se hace pajas mentales intentando no perder el ritmo narrativo —y eso se traslada a sus novelas de maravilla— o que Juan Marsé no trabaja nada como los inicios de sus novelas, en los que se obliga a recoger la esencia de toda la historia.

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El río Besós a la altura de las casas baratas del Bon Pastor (Barcelona, 1929).

Yo no he podido escribir todo lo que he querido este año, pero sí he podido conocer mejor mi propia escritura: algo es; un consuelo pa’tontos, pero algo es. Sé, por ejemplo, que para escribir tengo tanto que hacer como imaginar, pero sobre todo hacer: moverme; si quiero llevar una escena sobre el río Besós, tengo que ver ese río, u otro río, y poder imaginar y describir esos mojones como submarinos de grandes de los que hablaba Pérez Andújar o esas riadas de octubre que, en otro tiempo, hubiesen mandado a tomar por culo los pisos de los charnegos de Badalona (ahora ocupados por inmigrantes chinos y árabes). Debo tener tiempo para pensar qué decir, que parece una obviedad, pero no lo es: porque no es sencillo escribir siendo pobre; porque la vida literaria siempre fue para los ricos, que son aquellos que pueden conjugar, sin grandes esfuerzos, tiempo y talento. Hay que tener tiempo para desarrollar ideas y para tirarlas a la papelera sin piedad, y salvar retazos, y construir historias, y sacar brillo, y que reluzca. Pero todo lo anterior es nada si uno no se toma el tiempo de consumir —siempre en papel— las vidas de otros.

Cuando palmó Umbral, que me parecía un tipejo horrible y un lector inconmensurable (pero de eso ya hablé), los magacines y la prensa se hicieron eco de aquella locución latina del pienso, luego existo trasladándola al consumo, luego escribo; y jamás a la inversa. Lo que pasa es que se nos olvida, o no hay tiempo —ya lo he dicho por ahí arriba— o está Netflix subiendo más y más series. Hay quien la caga creyendo que leer no es trabajo, sino el hacer, pero, de un modo u otro, leer también es parte de ese caminar. La escritura no es más que un destilado de las letras de otros: la traslación del recuerdo a la actualidad a través del presente en Patria, la perfecta ejecución de un inicio que obliga a seguir leyendo en Superviviente —y en la mayoría de novelas de Chuck Palahniuk—, el adentrarse en la mente del protagonista como álter-ego del escritor, el hablar con los muertos y cómo hacerlo con la puntuación que nos salga del cimbrel (o del horcate) entre imágenes certeras y ensoñaciones, y gaseosa en los oídos, con Marsé, y Chispa, y David, y el piloto del Spitfire…

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Detalle de Saturno (Peter Paul Rubens, 1636)

Los americanos saben mucho de todo esto: son la hostia en los inicios y creando imágenes potentes, como las de Jonathan Franzen, a quien apenas he leído, o David Foster Wallace, a quien empiezo a leer. ¿Quieres ver cómo late Nueva Orleans entera al ritmo de los pasos de un gordo antisocial? La conjura de los necios. Nosotros aquí teníamos La colmena de Cela, pero, al final, idolatramos El ruido y la furia, también con razón; igual que hacemos con la mayoría de historias de Gabriel García Márquez, que nos enseñan cómo apuntalar el inicio de una historia desde aquella muerte anunciada. Y, a partir de aquí, toca despiezar el mecanismo que nos obliga a seguir leyendo y a adentrarnos en la construcción del mundo. Como lectores, porque no podemos hacer otra cosa; como escritores, porque tenemos la obligación de arrancarle las tripas a ese cosmos y devorarlo sin prisas, con el anhelo de que una parte de todo lo allí presente germine en nuestro interior.

Los diálogos me traen de cabeza

—Siéntate donde quieras. Ya ves lo que hay en el estudio: una mesa, dos sillas, el ordenador portátil… Poco más.

—Comida basura, botellas de vino, latas. Pensaba que los comehierba erais gente sana.

—Eso es una gilipollez. Siempre puedes comer fatal.

—Bueno, ¿y qué pasa? Eh, no me jodas. Deja esa botella donde pueda verla…

—Los diálogos me traen de cabeza.

—Pues claro. Si es que intentas unas cosas… ¿Quién te crees que eres? ¿J. M. Coetzee?

—No, yo estoy vivo.

—Con los muertos es más difícil luchar.

—…

—Está bien. Saca todo lo que tienes ahí en la pila de papelajos. ¿Es el borrador?

—Sí, lleva varios meses ahí, dormido.

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—Pero está acabado dijiste, ¿o mentías a todo dios?

—Está acabado. ¿Seguro que no quieres un trago?

—Mantente despejado, chaval.

—Despejándome.

—Mejor cero veinticinco que cero cincuenta.

—Necesito que le eches un buen vistazo. Coge ese taco de hojas; por algún lado estarán los primeros capítulos…

—Mira debajo de la tostadora.

—Aquí están.

—Anda, vete a poner el lavavajillas y déjame aquí.

—Te dejo el bourbon.

—Llévate el bourbon, que no soy Stephen King.

—Él ya no bebe.

***

—En serio, ¿no te molesta el ruido del lavavajillas?

—¡Largo! Déjame leer.

—Voy a los ultramarinos a por un par de pizzas.

—Compra una ensalada, chaval. Oye, ¿y ella no se ha leído la novela?

—Dice que no puede. Pero fui egoísta e intenté obligarla.

—¿Y?

—No fue bien. Esas cosas nunca funcionan así.

—Es cierto.

—Empezó a leer, pero se ven las marcas de frenada, ¿entiendes?

¿Lo qué?

—Cuando llegaba a un punto en el que le tocaba la fibra, se echaba a llorar y no paraba. Ahí apenas hay correcciones, porque para eso tienes que conseguir distanciarte del texto un poco, y es jodido cuando hay demasiado que te recuerda cómo fue.

—Es lo que tiene la autoficción.

—Pero la mitad es mentira, cojones.

—Sí, pero la otra mitad es verdad.

***

—Claro que hay marcas. Menudo editor sería si no las hubiera, ¿no?

—Pero hay marcas donde no puede haberlas.

—Ya lo hablaremos.

—Oye, ¿y este pisucho a qué viene? ¿Tú no vivías en una casa con jardín?

—Necesitaba un sitio para pensar. Por eso te llamé a ti también.

—Ya lo pillo. A veces, va bien eso. La gente que escribe lo tiene fácil. Pásame un mondadientes.

—Qué asco. Mi padre solía hurgarse siempre los dientes con palillos también.

—Ya hace que se murió, ¿no?

—Hoy hace ocho años.

—Vamos, no me jodas. Y tú aquí, en casa, escribiendo otra novela de muertos.

—No es de muertos, idiota: es de vivos.

—Haz café, chaval, que tenemos para rato.

—Queda en la cafetera. Lo recaliento.

—Y un carajo. Ya que he venido hasta aquí, haz café.

—A ella tampoco le gusta nada recalentado, dice no sé qué coño del pH. Mi padre sí lo tomaba recalentado, pero con leche.

—Oye, y esta mesa está coja.

—Supongo que hay personas que creemos que la literatura puede mantener vivas las cosas, y otras que solo se acuerdan de lo que perdieron.

—Hablas de ella y del perro, ¿no? Confieso que comparto su punto de vista.

—Vamos, no me jodas. Si lo sé, no te llamo.

—Quizá para ella fue más importante. Tú tienes bastante facilidad en eso de traer a los muertos a la literatura.

—Bueno, ¿y qué?

—Se puede publicar. ¿Y el café?

—Voy, coño.


Fotografías: La adolescencia del novelista J. M. Coetzee en blanco y negro

Reiniciar el sistema

No siempre advertimos cuánto pesa la mochila que cargamos. Hace unos meses, cumplí treinta y dos, y confieso que ha sido uno de los años en los que me han asaltado ideas más locas. Nunca me sentí peor por no tener una hija: un hijo es impensable, y, por eso, llegado el día, estoy convencido de que todo serán nenes, aunque no pierdo la esperanza de que alguno me salga gay; por plantearme un cambio laboral, por romper mi propia palabra y meter en casa —se supone que en acogida, pero no me lo creo ni yo— a una perra ciega que se encontraron unos amigos abandonada en un bosque cercano.

Mi amigo Pipo, que está dando la vuelta al mundo, me diría: boludo, eso son pendejadas; Antonio, que es de Venezuela, y ha trabajado de contable, mecánico, adiestrador y mil cosas más, tendría claro que me tengo que dejar de vainas, y me llamaría bro, marico, que me gusta más; los de aquí, me aconsejarían lo mismo supongo: que hiciese aquello que de verdad quiero. ¿Qué se le va a hacer? Los que nos quedamos en España, nos hemos malacostumbrado a soñar. No seré yo quien tenga cojones de colar como tendencia el apretarse el cinturón para vivir —de eso ya se encargan los medios—, pero que salir de una crisis con sueldos de mierda e ir hacia la siguiente, nos deje al menos trabajar de lo que nos gusta, o intentarlo. Si no, seguimos tranquilos: ya no quedan trabajos con sueldos dignos.

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Pero vuelvo a lo mío, que la desigualdad entre rentas y la pasividad social son demasiado para un jueves de agosto. En mi caso, tomé la decisión de reiniciar el sistema y todavía ando reajustando mi día a día. Y tú te preguntarás (con razón) qué cojones significa eso de reiniciar el sistema, ¿no? Pues ni yo lo sé muy bien, pero justo hoy leía en otro muro de Facebook: “Encontrar el equilibrio entre mis pasiones, mis talentos y lo que es útil para mi entorno de forma sostenible.” A grandes rasgos, a eso es a lo que aspiro; pero mi propia revelación llegó mientras mi hermano jugaba una partida multijugador en el ordenador, y parece ser que por esos mundos virtuales la cosa se puso fea; yo miraba de reojo dos libros que tenía en la mesita de noche de su habitación: Mistborn, de Brandon Sanderson, y El viejo y el mar, de Hemingway.

—Pues tiro de cable —me dice.

—¿Eh?

Pa’no joder las estadísticas, que estos están overs.

Así hablamos ahora los jóvenes, ¿qué os parece? ¿Veis por qué mejor no tener hijos? Yo, que aún soy moderno, os lo traduzco: apagó el router a lo bruto para escaparse de la partida y que no le marcase el resultado; y lo de overs es algo así como que los fulanos contra los que se pegaba tiros tienen mucha habilidad, o equipo, o monsergas varias.

—Y ahora reinicio el ordena y me apunto a otra.

Joé, nene. Si todo fuera tan fácil…

—Y los otros cagándose en mí.

Yo me quedé pensando. En algún momento, mi hermano me largó de su habitación por cansino, y seguí pensando en otro lado. Quizá es cierto eso de que damos por sentadas demasiadas cosas, pero en todos los sentidos. Quiero decir: vale, estamos hartos de oír hablar a gente que sigue diciendo que le prometieron una cuenta corriente con muchos ceros a la derecha por estudiar Ingeniería, Derecho o lo que sea; pero lo mismo pasa al revés: ¿cuánto aguantamos por el mero hecho de que así está montado el tinglado? Trabajos de cuarenta horas ocultos en prácticas, alquileres millonarios con tal de seguir viviendo en ciudades masificadas que ya no nos quieren ahí, profesiones que no nos motivan para sobrevivir; pues esto no va a cambiar… Quizá mejor cambiamos nosotros, ¿no? Y, por lo menos, escogemos la dirección hacia donde pegarnos la hostia.

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Ignatius, quien nos enseñó a amar las coles.

Yo he empezado con tres cosas sencillas que cumplir tras las vacaciones: se acabó eso de escribir sobre cualquier tema del que no me apetezca leer; se acabó acoger cualquier proyecto laboral que me quite las ganas de escribir, y, sobre todo, se acabó eso de dejar que terceros tengan los santos huevazos de atreverse a guiar mis acciones. Esto vale para la vida, y vale para el trabajo, y para este blog. Como diría Ignatius Farray, de quien me he chupado (qué “bien” queda lo de chupar en relación a este… hombre) las dos temporadas de El fin de la comedia en un par de días: me quedo con mi pequeño grupo de radicales fieles.

Si las marujas y los padres de familia políticamente correctos se piran, pues que se piren.


  • He creado una nueva página de Facebook relacionada con este blog; también con mis escritos.
  • Empiezo a trabajar en el sector de la educación canina en Barcelona a través de Dog’N’Roll (¿os gusta el nombre o qué?).
  • Aprovechando esta entrada en la que digo poco o nada, os presento a Dae, la perra que pulula (junto al resto de la troupe) por mi casa desde mayo.
  • Esta entrada tiene mucho yoísmo. (Yo) ¡Lo siento!

Huir de los malos libros

Escribir una novela es agotador: convertir personajes en personas, sostener el interés del lector en la narración, jugar con los indicios, las catálisis y los informantes entre los núcleos. Hay una parte de orfebrería —de reloj bien calibrado— entre esa magia que distingue a un libro de la literatura. Por supuesto literatura es mucho más, y se puede encontrar en cualquier película de John Ford, en un videojuego como Grand Theft Auto, o en una buena novela, como Patria, de Aramburu. Esto es porque la literatura no es la mera expresión mediante palabras, sino, como bien señaló Roland Barthes, un diálogo con nuestro tiempo. Con todos ellos, con nuestro presente, pero también con el pasado compartido como especie y el futuro que imaginamos terminado en «ías». Sean utopías, sean distopías.

Por eso hay una práctica contra la que siempre he luchado y de la que me alegro que haya iniciado un necesario camino de no-retorno: la potestad de huir de los malos libros. La posibilidad de ajusticiar antes de que sean ellos los verdugos. Huir de un libro que no nos gustaba era algo que no entraba en nuestras cabezas. A la mayoría nos educaron creyendo que el saber está en los libros y que todos los libros contienen saber. Dejar a un libro huérfano era, hasta hace poco, una verdadera tragedia: como lector, si empezabas un libro, tenías que acabarlo. Pues una mierda muy grande y muy gorda. No hay mayor mentira que creer que un buen libro debe gustar a todos; y a esta —a esta mentira— le pisa los talones creer que solo hay literatura en los libros y que, estos, por miles y miles de obras maravillosas que existan, se encuentran en un estadio imperturbable, inalcanzable y hasta sacrosanto para los mortales. Somos mucho de aupar como dioses a cosas que no existen siquiera, ¿qué le vamos a hacer?

—¿Usted quema libros?

—Siempre que puedo.

—¿Pero libros importantes? Por ejemplo, ¿usted quemaría el Quijote?

—De los primeros que quemé. De no ser importantes, ¿para qué quemarlos?

—Tiene sentido. Lo tiene.

Quinteto de Buenos Aires (Manuel Sánchez Montalbán, 1997)

Sí hay algo cierto aquí, no obstante, es que sobre gustos no hay nada escrito, pese a que los malos libros, suelen llevar detrás a una comitiva de «odiadores» más homogénea que los buenos. Estos otros, como grandes obras, a menudo gustan al margen del género y hasta la historia, pues nos mueven hacia las grandes inquietudes del ser humano: la identidad, el amor o la muerte. Pero hay una máxima no escrita que grabarse a fuego: los malos libros nos quitan tiempo para los buenos libros, son unos ladrones de la peor calaña. Somos rehenes de una educación que nos obligó y encarceló entre obras que no queríamos leer, y que, si ahora nos molestamos en redescubrir, entendemos que aquel no era el momento, pero también que el profesor que nos tildó de sacrílegos por abandonar un libro en la página cien era un pedazo de cabrón.

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Viñeta de Carvalho. Tatuaje en formato cómic, publicado por Norma Editorial en 2017.

¡Qué reconfortante debe ser quemar un libro!, como hacía el detective Pepe Carvalho en todas sus novelas. Pero Pepinho, como lo llamaba con cariño la puta que también era su amante, quemaba buenos libros, a sabiendas de que la cultura lo había alejado de esa sociedad que le condenaba a vivir entre el barrio chino y lo peor de la ciudad condal. Nosotros empecemos por acoger esa potestad de leer lo que nos salga de los cojones (o los ovarios), y si no nos gusta, quien tenga chimenea y quiera sacrificar un buen encuadernado… pero con cerrar uno y abrir el siguiente debería valer. Además, guardar la prensa sirve a su propósito de puta madre, os lo dice alguien que gusta del fuego hasta con los inviernos lejos.


NdA: Encontré este blog donde el autor ha escaneado un obsequio por la BCN Negra del 2009 donde se recogen todos los libros que Pepe Carvalho quemó en la saga de Manuel Vázquez Montalbán. Por si os hace gracia… ahí van los títulos que alimentaron la chimenea de Carvalho.

Además, estoy muy, muy contento, porque el borrador de mi novela ya acoge la recta final. Eso sí, cuando me la publiquen, no me podré enfadar si a alguien se le ocurre quemarla…

Y esta entrada sobre los malos libros, pues también me inspiró, y creo que debo enlazarla.

Nada cae del cielo

Soy consciente: parece que escribo menos, y, en cambio, estoy escribiendo más, mucho más. Y lo parece, porque no todo lo que escribo asoma la cabeza por aquí. Esto es, sencillamente, porque me he dado cuenta de algo que creía saber, y no: hay muchas cosas que siguen sin pasar en Internet. Me refiero a concursos, ofertas  y propuestas editoriales, que no caen del cielo. Hablo de cosas que no son tan rápidas como copiar, pegar y publicar, pero que también son necesarias si quieres pegar un salto hacia otros medios.

Así pues, visto lo visto, que nadie se extrañe que, aquí, sigan partiendo la pana las columnas de opinión, los bichos y los devaneos de un servidor. Sin embargo, hoy no puedo evitar hablaros de la novela de Caos (¡otra vez!), para la que ya lo he encontrado todo (o eso creo), y que me propongo terminar, como mucho, en un par de meses. Esta vez está todo: eje, núcleos narrativos, protagonistas, punto de vista, antagonistas, clímax… Todo. Para ello, tuve que quemar la versión anterior: sin mirar atrás, en la chimenea, a lo bonzo obligado. Le faltaban demasiadas cosas —a ella, y a mí—, pero las va a tener: es una promesa entre mi perro muerto y yo, y voy a cumplirla.

Obviamente, esto me está ocupando gran parte del tiempo que los miércoles, jueves y viernes me reservo para la escritura, pero diría que está bien. Al final, un gran número de lectoras y lectoras de este blog, están aquí por Caos, así que me parece más que justo para ellos, para él, y para mí. ¿Y por qué os cuento todo esto? Supongo que porque soy consciente de que este blog funciona a medio gas desde hace meses —por lo menos, en contraposición a los dos o tres últimos años—, así que hoy, se me ha ocurrido abrir una pequeña ventana a la novela. Lo más gracioso, o no, es que esta vez no se menciona a Caos, sino a Javier, pero si en unos meses este texto echa a volar, entenderéis por qué este fragmento es tan importante para mí, y para él. Palabra.

Por aquí lo dejo: no seáis muy duros, que esto es casi un estriptis sin música.


Fragmento de la novela

A los ocho o nueve encontró un perro abandonado en el barrio. Era una bola de pelo marrón, o así lo recordaba; quizá negra. Su mirada era en marrón, y, esclavo de la mala memoria, no lo invocaba sucio, aunque seguro que lo estuvo. Era la época del fin de los yonquis de los ochenta; ya no había tantas jeringas de jaco por las calles, ni heroinómanos. Quedaban supervivientes de periferia, madres rotas, colegas para los que un canuto seguía siendo un canuto, pero no el primer paso. Eso quedaba. Eran los primeros noventa, donde muchas de las promesas olímpicas a la ciudad todavía tenían que terminar de materializarse; era el principio del fin, de la Barcelona de verdad, de la Barcelona de barrios, y distritos, y pueblos con identidad propia. Aquello era antes de las multinacionales, del todo igual, del sin esencia, del gris, de aquel todo tiempo pasado fue mejor, pero, esta vez, en serio; del campo de fútbol de tierra para los chavales, y los partidos de domingo, del cabrero y las cabras entre edificios; de los huecos y los campos que solo eran huecos y campos, y no bases para bloques de hormigón. Y en esos huecos y esos campos, fue donde Javier y su padre encontraron al perro sin nombre que nunca lo tuvo.

perro-marron

Cuánto jugó con él aquella tarde. Debió jugar tanto, debió mirar tanto, debió contagiar tanto, o tanta felicidad, que no pudo más que convencer a su viejo, que, entonces, solo debía tener diez o quince años más que él ahora. Debió decir: ¿puedo?; debió encogerse de hombros su padre. Así que fueron hacia casa, y ante una incógnita delante, él y su padre, cruzaron el barrio hacia los pisos naranjas donde vivían, dejando atrás el campo de fútbol, y, a la derecha, tres o cuatro edificios, uno de ellos famoso, el de la fachada con los lavaderos en verde oliva (qué feos, ¡por dios!), por un hombre que se suicidio tirándose del treceavo. ¿Más allá? Nada. Campo, y campo, ¡ah, bueno! Y su colegio, el Pau Casals, que por la pintada de la entrada era un violinista muy famoso del que, en el barrio, nadie, o casi nadie, había oído hablar nunca.

Al llegar a casa, un desvelo tras otro; sus padres, en la cocina, y él por ahí con el perro, marrón o negro, pero con la mirada en marrón, eso seguro, y él, Javier, que sabía que eso no era buena señal, que su madre no iba a querer, así que diría que ni lloró ni se entristeció mucho antes de comer (verdura, encima), sino después, mucho después quizá, cuando creyó comprender dónde había ido ese perro, que no había ido con su familia, ni a una granja, porque no tenía familia, ni la pudo tener, ni había ya granjas, porque se las habían cargado todas para construir pisos que, a su vez, construían infelices que se tiraban de un treceavo.

Luego lloró, lloró mucho, y se le enquistó algo en el pecho por siempre. Su hermano, Carlos, le miraba: chiquitajo aún, rubio, con cara de pillo, menos vergonzoso que él entonces, terriblemente más ya de mayores. Nadie le entendió. No le dijo nada a su padre. Su padre no le dijo nada a él. ¡Qué felices habrían sido ambos con aquel perro marrón! O negro.