¡Y viva España!, decía Manolo Escobar

La ciudad (Barcelona) no vive de espaldas al mar, vive de espaldas a su gente y a sus vecinos porque no siente nada por ellos.

Javier Pérez-AndújarPaseos con mi madre (Planeta de Libros, 2011)

Cuando yo era un crío, veraneaba con mis padres, hermanos y abuelos en un pueblo de la provincia de Gerona. Al llegar el calor, los hermanos queríamos ir allí cuanto antes mejor, no salir en dos meses de la piscina comunitaria y largarnos cuando llegaban las tormentas de agosto; pero como esto último era lo que más le gustaba a mi padre, nos jodíamos y nos quedábamos hasta mediados de la segunda quincena. No recuerdo cuántos años subimos y bajamos —ocho o nueve—, sin embargo, sí puedo rememorar cómo temblábamos asustados por la llegada del efecto 2000 y cómo me paseaba por las calles del pueblo entre señoras marías e inmigrantes subsaharianos, vistiendo casi siempre una camiseta de la selección española de fútbol. En algún momento, mis padres vendieron la casa y ya no hubo más veranos, ni pueblo postizo; hicimos algún que otro viaje familiar, pero, sobre todo, pasamos julio y agosto en Barcelona.

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De todo esto me acordé ayer, relacionando ideas: este fin de semana invitamos a varios compañeros madrileños de kendo a dormir en casa, pues había un evento dedicado a la selección española —mi mujer forma parte de la misma— y el equipo masculino y femenino se ha repartido entre los hogares de otros compañeros por aquello de ahorrar lo máximo posible antes del campeonato mundial. Por la mañana, salieron uniformados, igual que la selección húngara, que ha venido a entrenar con ellos, pero volvieron con otras camisetas. Como no fue una, ni uno, sino todos los que dormían aquí (cuatro, contando a mi pareja), les pregunté y me dijeron que habían tenido problemas en la calle por vestir el uniforme de la selección. Lo cierto es que no sé qué me sorprendió más, si el hecho de que tuvieran problemas o que los tuvieran en Hospitalet de Llobregat, que es el homónimo a tenerlos en la Badalona sui generis de Manolo Escobar o el San Adrián del Besós de Pérez Andújar.

Asumo que siempre hay imbéciles —y que esto es un ejemplo de ello, no una generalidad—, que la imbecilidad parece contagiarse y polarizarse en este país con pasmosa rapidez; que nos quejamos de no ser escuchados, sin escuchar; que queremos sentirnos parte de algo sin permitir que el resto tengan ese derecho. Pero es tragiquísimo —y un poco tragicómico, y esperpéntico a lo Valle-Inclán— cuando la política llega a la calle: unos pitaban, otros increpaban; también había quien confundía deporte y política, y aplaudía. Hay idiotas que se creen que el problema es que la selección española vista el uniforme de la selección española, o que una persona se envuelva en una bandera de España o la plante al sol en su balcón, o que esto último sea entendido como una provocación y tengan que aparecer otros tantos memos que responden con esteladas, o a la inversa: plantar en tu casa esteladas, senyeres o banderas republicanas y rojigualdas por sentimiento no tiene nada de malo, ¡faltaría más!, aunque me preguntó quién lo hacía antes de considerar que la libertad del prójimo no era más que un ataque a la suya propia.

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En cualquier caso, los charnegos que ya se sienten catalanes en la periferia —y lo digo metiéndome en el saco, y con orgullo—, aún no han aprendido que nadie pertenece a Barcelona por el mero hecho de vivir en ella, ni siquiera de haber nacido aquí. Lo dijo uno criado a los pies del río Besós, no del Llobregat, pero tanto da: “En Barcelona se está en el cuarto de los invitados durante un par de generaciones, y luego ya se accede al cuarto de servicio. Porque de Barcelona solo se es por familia y por dinero, en riguroso orden.” Quien crea que despreciar o condenar una bandera es lo que une a un pueblo o a una nación, descubrirá antes o después que él, o ella, no es más que carne de cañón de políticos despiadados y vacuos.

Por mi parte, hace mucho que perdí la pasión por el fútbol, pero, casualidades de la vida, hace solo un par de semanas que hicimos un viaje familiar al pueblo del que hablaba por ahí arriba. De camino, decenas de personas saludaban envueltos en banderas independentistas en los pasos elevados de la AP-7, los puentes se habían adornado de lazos amarillos y yo les sonreía, feliz, y les devolvía el saludo conduciendo hacia Gerona. Hoy, no puedo dejar de preguntarme cuánta gente me hubiese mirado con desprecio si siguiese vistiendo parte de la equipación con la que soñaba con ser como Guardiola, Bakero o Luis Enrique en el verano del noventa y ocho: con Raúl no, que era del Madrid. Ya hubo imbéciles entonces que confundieron la pasión por el deporte de un chaval con la política —siempre los hay— y me gritaban, ¡y viva España!, cual Manolo, pero ¡coño!, ahora parece que todos estos capullos salen de debajo de las piedras.

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No queremos banderas, ni circo: queremos ser

España es, hoy, quizá muy parecida a la Argentina que describía el gran (actor) Federico Luppi en Martin (Hache): “No es un país, es una trampa. Alguien inventó algo como la zanahoria del burro: lo que vos dijiste, puede cambiar. La trampa es que te hacen creer que puede cambiar. Lo sentís cerca, que es posible, que no es una utopía: es ¡ya!, mañana. Siempre te cagan. Vienen los milicos y se cargan treinta mil tipos o viene la democracia y las cuentas no cierran y otra vez a aguantar y a cagarse de hambre y lo único que puedes hacer, lo único que puedes pensar es en tratar de sobrevivir o de no perder lo que tenés. El que no se muere, se traiciona y se hace mierda, y encima dicen que somos todos culpables. Son muy hábiles los fachos, son unos hijos de puta. Pero hay que reconocer que son inteligentes. Saben trabajar a largo plazo.” Salvando las distancias, descubres que no hay tantas: hay gilipollas, por todos lados.

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Imagen de archivo de ElDiario.es durante las manifestaciones del 15M en 2012.

Yo nací y crecí en Cataluña: en Barcelona. Tengo mucho de pixapins, y hasta me gusta; me identifico con quien me identifico, que, al final, es con media España, porque mi padre era un charnego que no soltó en toda su vida ni siete palabras en catalán, mi madre es de la ceba, y el resto, mezcla de culturas. En otras palabras, que hay quien se siente más de una bandera que de otra, y gente que se siente de todas, o de ninguna, de tantas que tiene uno aquí por elegir desde su barrio hasta Europa. Pero estos meses de enroque nos han dejado con una sensación agridulce de estancamiento que sabemos que le encanta al Partido Popular —ahí, M. Rajoy bien sabe que el resto se debilita siempre el triple más que ellos—. La realidad es que así como ya no existe la ciudad preolímpica en la que me salieron pelos en las piernas, tampoco existe aquella Cataluña: ahora hay dos Cataluñas, ambas intervenidas por un ciento cincuenta y cinco que mala rima tiene. Una de Arrimadas, otra de Puigdemont, pero ¿y qué? En realidad, no deberíamos estar tristes ni sentir miedo de que más de dos millones de votos quieran independizarse y otros tantos que no, sino del hecho de que la política nos ha fallado a todos. De que aquí, al margen de empresas que vienen o se van a golpe de BOE y decreto ley, de lazos amarillos, de no nos dejéis solos y del ¡a por ellos!, este país —cualquiera que elijas— ya no es.

En realidad, no deberíamos estar tristes ni sentir miedo de que más de dos millones de votos quieran independizarse y otros tantos que no, sino del hecho de que la política nos ha fallado a todos.

¿Qué le importa España o Cataluña al grueso de una generación que tiene que mendigar el coche a sus padres ya jubilados, o casi? Una generación para la que los hijos, a los cuarenta por lo menos, si no se nos ha pasado el arroz. ¿Pensionistas del estado o fondos de pensiones? Vamos, no me jodas, con ochocientos euros de sueldo al mes, y alquileres prohibitivos en las grandes ciudades; sin oportunidades de trabajar de lo que nos hicieron estudiar, ¡y a qué precio si lo conseguimos! Esos son los verdaderos problemas de España, y no se curan con banderas ni con más circo. Por eso no podemos conectar con el Partido Popular y, por el camino, hemos perdido la frescura que traía el de Pablo Iglesias. No somos menos populistas que los movimientos latinoamericanos tras los que se han escondido demasiados gobiernos en Madrid, y tampoco se entiende España más allá de estos. ¿Quieres parar la independencia? Vota Ciudadanos. Catalunya, nou estat d’Europa? Junts x Cat, y bla, bla, y blá.

Sería hora de que surgiese (o resurgiese) un movimiento que le recordase a los políticos, y a la misma política, que esta es un medio y no un fin. Que nos importan tres cojones la independencia, o Cataluña, o España en sí misma, que nos importan otros tres el circo en Bruselas, que lo que queremos es poder trabajar y vivir, y que seguimos aspirando a encontrar un sitio donde algún día caernos muertos; que dejen de jugar con nosotros, y con nuestras ilusiones, que Cataluña no está rompiendo España, porque España ya estaba rota, y sigue rota, porque los que hay arriba olvidaron quién los puso ahí, y los que hay abajo olvidaron qué coño tienen que hacer los de arriba. Nos contaminan y nos emboban, haciéndonos creer que el problema es darle un púlpito más alto a Pilar Rahola en TV-3, que JxCat y ERC no se pongan de acuerdo sobre la investidura de Carles Puigdemont, o que el Fondo de Liquidez Autonómica haya sufragado el referéndum. Esos son los problemas de otra generación, de la anterior, y nos importan tres cojones por una razón muy simple: están monopolizando nuestras vidas.

Temerarios que (no) circulan de noche por la AP-6

El director general de la DGT, Gregorio Serrano, ha culpado a los conductores irresponsables de la situación de este pasado fin de semana en la AP-6. En sus declaraciones, ha afirmado que todo estaba perfectamente preparado, y que ni la empresa concesionaria avisó de la necesidad de máquinas quitanieves o sacas de sal, ni es su culpa que haya temerarios que decidan circular de noche, sin cadenas y haciendo caso omiso a las informaciones de la nevada excepcional. En definitiva, que aquellos que le preguntan sobre su posible dimisión, que se vayan callando, que él no ha hecho nada mal, y que es un tío muy capaz, coño, por eso puede estar al mando de un operativo “de guardia” mientras asiste al derbi Sevilla-Betis en el Ramón Sánchez-Pizjuán junto al ministro de Interior.

Un gran número de voces han matizado, y mucho, las palabras de Serrano —como la del periodista gallego Rodolfo Irago, y afirman que la DGT solo avisó de restricciones para camiones a primera hora de la tarde, y que, tras el desastre, fue la gente, el pueblo y su solidaridad, quien, en su caso, se pusieron manos a la obra para socorrer a familias enteras con ancianos, niños y bebés que se habían desviado hacia la N-6. En la autopista, sin embargo, la Unidad Militar de Emergencias no pudo descongestionar la vía hasta la salida del sol, en una noche en la que 240 operativos trabajaron alrededor de los hilos de Twitter que avisaban del punto kilométrico donde había coches con gasóleo o espacio libre para compartir calefacción y soportar el frío, el hambre, la sed y la impotencia; vehículos ocupados por ciudadanos que harían bien en sentirse, hoy, huérfanos de estado, y agradecidos destinatarios de la bondad propia y ajena de sus semejantes.

Fotografía de la AP-6 este pasado fin de semana publicada en El Mundo.

Por supuesto, podemos olvidarnos de escuchar como algún miembro del Gobierno entona el mea culpa por la falta de previsión y la nefasta reacción del ejecutivo; ¿qué culpa? El tiempo es el tiempo, dicen, obviando el hecho de que miles y miles de familias han pasado hasta dieciocho horas en una carretera sin mantas, agua ni comida; pero bueno, este es el problema de votar incompetencia y corrupción: que terminamos por legimitar la irresponsabilidad. ¿Dónde estaban los responsables de Fomento e Interior? ¿El director de la DGT? ¿El presidente del gobierno? Y es que cuando, a lo anterior, se une la irresponsabilidad en un escenario de riesgo nos obligan a comprobar, de nuevo,  que estamos solos y que los poderes públicos y el estado tienen otras preocupaciones ajenas al ciudadano. Eso cuando no tenemos que echarnos las manos a la cabeza, y lamentar males mayores.

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Llorar por las cosas

Hay una tendencia en alza: cuando detectamos titulares machistas o racistas en la prensa, los denunciamos. El porqué es muy simple: el lenguaje construye realidades. No es lo mismo decir Muere un vecino de Brión que se prendió fuego en su vehículo con su mujer dentroque Un cabronazo intenta asesinar a su mujer encerrándola en el coche y, de paso, se suicida.

Con los animales de compañía, está ocurriendo lo mismo. Cada día somos más conscientes de que no están ahí para hacernos compañía, de que no son un juguete, ni una cosa. Los animales son animales, y, al margen de todo lo que nos queda por aprender, empezamos a comprender que sienten, padecen y merecen un respeto que, en todas partes, y también en España, les llega tarde. Así, en nuestro día a día, nos toca desaprender:  ni dueño ni propietario quizá, aunque se diga, ¿animal de compañía? ¿o de familia?, y, sobre todo, ¿cosa?, nunca más: en todo caso, ser. Pero mejor amigo o compañero.

Llorar por las cosas me parece propio de imbéciles, pero jamás me avergonzaría de hacerlo por mi familia.

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¿Cosas? ¡De cosas nada!

A grandes rasgos, esas son dos realidades que encontramos en el lenguaje, y que están cambiando aquella que nos envuelve: las víctimas no mueren, sino que son asesinadas; los animales de compañía no pueden seguir siendo cosas, pues son parte fundamental de nuestra sociedad. Por supuesto, aquí se abre una grieta que aterra: ¿cómo seguir haciendo negocio con animales que no son cosas? Y, sobre todo, como señalaba con acierto Melisa Tuya el pasado martes: preocupa a muchos que perros y gatos seáis los embajadores de otros animales igualmente únicos, que también sienten, pero que nos pillan lejos, en macrogranjas y dehesas por ejemplo.

Para un cambio real, y una respuesta mayoritaria, todavía queda mucho camino por andar. Eso sí, cada cual deberá ahondar en su propia conciencia en busca de aquella realidad, y lenguaje, que mejor le deje dormir: por mi parte, llorar por las cosas me parece propio de imbéciles, pero jamás me avergonzaría de hacerlo por mi familia.


* El Correo Gallego parece que omitió la presencia de la mujer o modificó el titular de la versión digital a posteriori.

Mejor ser ciudadano del mundo

En un país (o países) donde la prensa es sinónimo de crisis catalana y centralismo férreo, yo me declaro ciudadano del mundo. Y me declaro ciudadano del mundo, porque estoy hasta los cojones de que me utilicen; a mí, y a todos. Me declaro así porque España no sabe qué hacer conmigo, ni con nadie de mi generación, y Cataluña tampoco. Porque no tengo casa en propiedad, ni ganas; ni trabajo fijo, ni ganas; ni tengo nada que celebrar este 12 de octubre.

No se trata de seguir el discurso oficial que se lanza entre desfiles militares y grandes, grandísimas, banderas que se niegan a mencionar los heridos de este último mes en Cataluña con el mismo discurso que tendría un cónyuge que intentase ocultar su asquerosa violencia de género, ni de obviar el genocidio y la expoliación de los pueblos americanos con la ilusión de una revolución cultural escrita en sangre. Hoy, no tengo intención de escribir sobre esto; porque sobre eso, se escribe cada año, y, desgraciadamente, parece que nada cambia en nuestras instituciones.

Marca España (Eneko)

Me declaro ciudadano del mundo, porque yo no puedo estar orgulloso de ser español, ni de que una parte de mi se sienta español; porque, ¿cómo sentir orgullo de un estado que no tiene programa ni proyecto común? Un país que se cree democrático y, a la vez, perdura bajo el odio y el silenciamiento sistemático de quien no piensa como ellos;  que se define por sus pretextos contra ETA, Venezuela o Cataluña —en realidad, no importa—, y jamás por sus acciones. Un país que una y otra vez escoge a un gobierno que se perpetúa bajo la eterna cantinela canovista que nos llevan vendiendo desde hace más de cien años, ¡y de la que el pueblo se olvida una y otra vez, si es que alguna vez llegó a darse cuenta! Una dirección que no dirige, y que no tiene ninguna intención de buscar el modo de solucionar los principales problemas de nuestra generación: trabajo, vivienda, pobreza energética, sueños. Una administración que borró el diálogo de sus atribuciones, sin intención de mejora, bajo el yugo de unas mentes que creen que, cuanta más mierda aflore, más grande debe ser el tamaño de las banderas. Sin darse cuenta de que no nos representan, de que, hoy, estamos más cerca que nunca de destruir aquello que nos define como pueblo.

¿Quién puede sentir orgullo de lo ocurrido en Murcia, Valencia o Cataluña? ¿Eso es ser español? Pues yo me alegro de sentirme ciudadano del mundo, ya que no habrá ninguna pena que lamentar cuando nos digan que este país (o países) ya no es nada. Les contestaré: «Hace mucho que no lo era.» Y agregaré: «¿Sabes dónde empezó todo? Cuando alguien dijo: “yo no estoy orgulloso de ser español.” Y una muchedumbre les respondió: “pues lárgate a Venezuela”.»

Hablar con tus enemigos

En uno de los muros del colegio al que fue mi mujer de pequeña, dice: «Si buscas la paz, no hables con tus amigos, sino con tus enemigos». Pero a saber qué decían las paredes del centro donde se educaron Mariano Rajoy, Carles Puigdemont o Soraya Sáenz de Santamaría. Supongo que algún tipo de Alea jacta est, para que se fueran acostumbrando desde cachorros.

Tras el paripé del debate parlamentario se demuestra lo que muchos ya sabíamos: Junts pel Sí y la CUP no tienen fuerza suficiente para empujar hacia delante al resto de fuerzas políticas catalanas —y cabe añadir que estas tampoco están por la labor—, y que esta huida hacia delante no tiene un objetivo claro, más allá de una presión activa a Madrid, que sigue haciendo oídos sordos a cualquier demanda por parte de Cataluña, a sabiendas de que el porcentaje de participación de la comunidad no permitirá un verdadero referendo vinculante.

Viñeta (Faro; España+Cataluña)
Viñeta satírica de Andrés Faro sobre «la cuestión catalana».

Llegan momentos de tensión, porque empiezan a desenquistarse problemas que arrastra todo el Estado español desde 1977: un conflicto de identidades y de naciones que se ha escondido bajo la alfombra de las autonomías, pero que llevan dando señales de que tienen que pasar por el mecánico desde mucho antes del Estatuto de Autonomía de Cataluña y el Plan Ibarretxe.

Todo ello, no quita que las cosas no se deban hacer con alevosía salvaje, con presiones y carpetazos como los de ayer, que omiten otras formas de pensamiento democrático e ideológico y que, sobre todo, han prostituido el sentimiento de catalanidad para eludir que no existe ni plan de acción ni hoja de ruta.

Sí es cierto que, cuando lleguen las lágrimas y los «cachetazos» europeos, los catalanes podremos achacar un gran peso de la culpa al Gobierno central, que, como bien decía hoy el editorial de CTXT con gran acierto: «Por muchas torpezas y errores que estén cometiendo las instituciones catalanas y el movimiento independentista, creemos que, ante todo, corresponde al Estado establecer el marco político que permita procesar y resolver democráticamente la demanda, ampliamente mayoritaria en Cataluña, de un referéndum.» ¡Y cuánta razón hay en esas palabras!

Viñeta de El Roto (Cataluña/España)
Viñeta de Andrés Rábago García (El Roto) sobre la crisis entre Cataluña y España.

La democracia no ha muerto. Sin embargo, exige hablar y, todavía más importante, negociar y parlamentar con nuestros enemigos, algo que ni las fuerzas políticas catalanas ni las españolas recuerdan, y, como ejemplo, tenemos las elecciones generales de los dos últimos años. Ni España, ni Cataluña; nuestro país —lo sienta cada cual como lo sienta— tiene una historia propia y otra compartida, y por mucho que la línea azul del ejecutivo siga creyendo que solo existe un marco político, la realidad es que, de existir, en absoluto es el de un estado centralizado, sino el de un gobierno federal que deberá afrontar otros muchos problemas cuando ni Madrid parta y reparta, ni se pueda obviar que, no solo se trata de sentimiento nacional, sino también de contribuciones (muy) desiguales hacia un objetivo que se ha demostrado, una y otra vez, que no siempre es común.

Hay dos citas más que son aplicables a muchos de los actores de este folletín de semanario cutre: «Tú mismo eres tu peor enemigo» y «Toda persona tiene derecho a ser estúpida, pero algunas abusan de ese privilegio». Veremos cómo se suceden las cosas durante las próximas semanas, pero hay algo que tranquiliza, y es que, después del día 1, volverá a salir el sol, una vez, y otra, y otra. Es la ventaja de la desconexión política y social que sufrimos en la actualidad: que organiza, pero ya no dicta; ¡y qué coño! A menudo, casi mejor.

El último whisky de Rita

Murió Rita Barberá, y el Partido Popular tardó escasos minutos en lanzar todo tipo de acusaciones contra la prensa española: que si había sido linchada por los medios, víctima de una caza de brujas, y quién sabe qué más. Aquellos que la patearon del partido, la empujaron al grupo mixto y le negaron hasta el saludo, también fueron los primeros en tildarla de “gran española”, “gran política” y “gran persona”.

El domingo algunos medios se hacían eco de la autopsia de Barberá, recogiendo la verdadera causa de su muerte (una cirrosis de caballo), y no un fallo cardíaco debido al estrés y a la presión mediática. Quién sabe si Rita estaba estresada (tendría sentido, desde luego), lo que es indudable es que lo aliviaba entre destilados.

En la distancia, puede decirse que la estrategia de la mártir funcionó. Para todos, menos para Rita. Pero a Rita poco le importaba ya el Partido Popular, España, o cualquier otra cosa, así que los populares, tan castizos como centristas, adoptaron aquel dicho popular tan célebre del muerto al hoyo.

Barberá y Rajoy (fallas)
Un ninot de Rita Barberá y Mariano Rajoy en Fallas.

«Morirte no te da la razón», decía, Ignacio Escolar, director de Eldiario.es, pero al PP le dio tiempo. Tiempo para beatificar a Rita, para atreverse a intentar cambiar la mentalidad de la opinión pública, que había osado acusarla, con pruebas, de prevaricación, de corrupción, de blanqueo de capitales. ¿Cómo es posible que Rita, a quien entre todos le rompimos el corazón, fuese una mala persona?

Desde su óptica, además, la óptica de grupo, de cohesión, de familia, Rita Barberá no era una mala persona. Si acaso, demasiado imprudente para seguir formando parte de esa gran familia española de centro-derecha tras los escándalos. La número tres del partido había visto demasiado en Génova como para comprender a qué venía tanto lío. ¡Con tantos casos de corrupción, y vienen a llamar a mi puerta!, pensaría.

Pero Rita Barberá, pese a su ceguera, nos dio una lección complementaria a la de Pacino (Si la historia nos ha enseñado algo es que se puede matar a cualquiera), y es que la muerte, esa gran desconocida de la que casi nunca hablamos, tiene un gran poder en nuestras vidas. ¿O acaso Rajoy, Villalobos o Catalá salieron ayer, lunes, a pedir perdón por sus acusaciones a los medios de comunicación? Claro que, si vivos, la regeneración democrática de un partido no pesaba lo suficiente, imagínate muertos.