Etiqueta: filosofía

Black Mirror: nueva temporada; pocas sorpresas

Contiene spoilers de los capítulos.

El 29 de diciembre, Netflix liberó los seis episodios de la cuarta temporada de Black Mirror. Yo había prometido escribir un tercer artículo (o cuarto, ya ni recuerdo) sobre las cuestiones morales que flotaban —o te arreaban un bofetón— en los dos últimos capítulos de la tercera temporada, y lo retrasé, y retrasé, y ¡catapum! Cuarta temporada. A las pocas horas, miles de opiniones por todas partes; a los pocos días, llegan los artículos, los análisis y las columnas de opinión; palabras en prensa en busca del trending, de la viralidad, de esas cosas que ya siempre va a necesitar el medio digital.

Alberto Rey es una de esas figuras que ha escrito cuatro líneas en El Mundo. No muy tarde. Le pagan por columna, de un modo u otro, y sabe que aquí primero es mejor que segundo; por lo menos, en relevancia, comentarios, estadísticas; en definitiva, en redes sociales. Por eso yo llego rápido hasta él, y leo: «A medida que Charlie Brooker entrega episodios de ‘Black Mirror’ cae su valoración en el voluble mercado de la opinión televisiva. Una mezcla del clásico (e injusto) “tú antes molabas” y la lógica pérdida del factor sorpresa. No es tanto una merma de calidad del producto como un cambio del mercado y el espectador.»

Y una mierda.

Así que aquí empiezo yo, que también descubrí Black Mirror antes de que fuese tendencia. Pero primero una opinión rápida, en ráfaga, certera o no. Hay dos o tres capítulos que se salvan: Arkangel, que ya no sorprende, y Black Museum, que juega en exceso con la nostalgia del espectador fiel. ¿USS Callister? Es original, pero se pierde en el buenismo. Cocodrilo… No trasciende. Cabeza de metal, falla en el fondo y hasta en la forma. ¿Y Hang the DJ? Pues a mi me encantó, a través de la lectura que yo hago de un capítulo algo confuso. Hasta aquí, ahora de uno en uno.

4×01 USS Callister

En cariñoso homenaje a Star Trek, USS Callister podría haber sido una joya, porque habla de las grandes cuestiones de la naturaleza humana: identidad, sufrimiento, muerte… Si alguien hiciese una copia idéntica de ti, ¿serías tú o sería otra persona? Es todo lo contrario a la Paradoja de Teseo (¿cuándo al reemplazar todas las partes de un objeto deja de ser ese objeto?), y, en realidad, está intrínsecamente ligado a la misma, puesto que Robert Daly reemplaza completamente todas y cada uno de los átomos que forman a cada uno de sus prisioneros y los vuelca en una versión digital de ellos mismos. En este mundo, que también tiene algunos elementos de dos episodios míticos de Star Trek (La colección de fieras El escudero de Gothos) que ya se parodiaron en Futurama, Robert ha duplicado a personas de su vida diaria y las ha introducido en un mundo virtual con reglas propias.

USS-Callister (4x01)

Aquí se generan preguntas verdaderamente interesantes: ¿es la copia una extensión de la identidad del original?, ¿hasta qué punto siente y es moralmente reprobable comportarse mal con estas últimas?, ¿es real el sufrimiento en ese mundo o es acaso menos real que en el primer nivel de realidad? De cualquier modo, es una locura ontológica, y también antológica, en la que yo diría que, si las copias son tan exactas como los originales, el sufrimiento que pueden padecer será igual o mayor incluso, puesto que, en este otro mundo, las copias saben que son prisioneras de un demiurgo maligno similar al que podía imaginar Descartes, que no se limita a engañarnos (duda metódica), sino que se presenta y nos tortura; a menudo, y, sobre todo, en un inicio, por cuestiones que no tienen una relación directa con nuestra comportamiento como segundo individuo, sino con las acciones del individuo original. Podría ir mucho más allá (¿tienen los originales una responsabilidad ética frente a sus copias?, por ejemplo), pero no lo haré. Por el contrario, sí agrego que el capítulo podía haber mejorado mucho de dos formas: primero, consiguiendo que alguno de los individuos del mundo real comprendiese el comportamiento de Robert en su mundo “no tan ficticio” (quizá así las consecuencias de sus acciones no parecerían tan inverosímiles), y, segundo, ahorrándonos la carga de buenismo final, donde Daly es castigado hasta niveles que nos cuesta deducir (¿la versión se actualiza y Robert Daly queda atrapado en el parche anterior?, muy rebuscado) y donde los clones, si bien no son liberados, acceden a una cárcel de dimensiones galácticas.

4×02 Arkangel

Un gran planteamiento, y ahí queda. El problema que tiene Arkangel, además de una tecnología muy parecida a la de Toda tu historia (1×03), que más tarde entendemos (Black Museum, 4×06), es una falta total de conflicto fuera del ámbito familiar. No sorprende porque la tecnología que se presenta ya la conocíamos, pero también por el hecho de que el mismo conflicto tampoco es nuevo, y puede relacionarse más o menos rápido con el capítulo que menciono. Si Sara hubiese tenido problemas en el desarrollo, quizá ahí podríamos hablar de un cabo al que agarrarnos, pero la hija de Marie solo es rara, y solo es rara de niña; después, su madre desactiva el filtro, y esta consigue crecer con relativa normalidad (por cierto, esto es poco verosímil por razones puramente psicológicas) hasta la edad del pavo. En realidad, el uso del dispositivo se limita a poco más que a una cámara espía con la que conseguir ver cómo su hija se droga por primera vez, folla y se enamora de un amigo. Sí, la sobreprotección consigue el efecto contrario, como casi siempre, y hasta aquí; pero hay un gran acierto: Arkangel consigue mostrar que el problema, en última instancia, no lo tenía Sara, la hija, sino Marie, su madre, quien desde el nacimiento de la primera no ha aprendido cómo vivir sin esa dependencia que destruye la principal herramienta con la que se relaciona con su hija.

arkangel-black-mirror

4×03 Cocodrilo

Cocodrilo es ágil en su planteamiento: se produce un accidente, una pareja decide deshacerse de un cadáver y el tiempo pasa. Quince años después, el artífice del suceso desea reabrir viejas heridas, y, entonces, todo se complica. Otro capítulo que juega con la identidad y el sentimiento: ¿quién es Mia? ¿Una madre y una arquitecto que no quiere que su vida se desmorone o una asesina a sangre fría? ¿Nos define lo que hicimos en el pasado o también las decisiones que tomamos en cada momento? Estas son las dos preguntas básicas que nos pueden guiar por este mundo.

cocodrilo-black-mirror

Cocodrilo es, probablemente, uno de los capítulos más siniestros de todo Black Mirror (¿quién podría matar a un bebé ciego?), y, sin embargo, el uso positivo de las nuevas tecnologías está presente a lo largo de todo su desarrollo. ¡Ah! No está mal, pero ni sorprende, ni convence; quizá por la ausencia de ese cambio palpable que nos mueve de una veinteañera histérica que se ve sobrepasada por la situación a una psicópata capaz de todo. ¿Será la falta de castigo lo que la cambió o solo faltaba motivación suficiente? No lo sabemos. Y tampoco se explica: apenas se entrevé.

4×04 Cuelguen al DJ

Quizá no soy objetivo, pero este es el capítulo que más me ha transmitido: con más chicha que Arkangel, menos exigente que Black Museum —que lo es, y a distintos niveles—. Empieza así: en el Sistema Amurallado ya no tienes por qué conocer gente, tener citas vacías o comerte el tarro pensando si encontrarás a tu media naranja: el sistema te empareja constantemente con otras personas hasta que, tras dos, diez o doscientas relaciones, encuentra a tu pareja ideal. ¿El problema? El problema es que Frank y Amy se gustan desde el principio, se caen bien, encajan, y el sistema dicta que su relación durará solo doce horas. Doce. A partir de aquí, Cuelguen al DJ explora las relaciones posteriores de ambos y cómo hay algo que no encaja en este mundo. Más adelante, su Tutora, el cachivache digital que les asesora, vuelve a emparejarles, pero recelosos del tiempo que les ofrece esta vez, deciden no descubrir la cuenta atrás presente en toda relación de aprendizaje que les ha asignado.

El planteamiento recuerda, en líneas generales, a San Junípero (3×04): un amor imposible condenado a terminar, y ofrece un giro de ciento ochenta grados cuando los protagonistas comprenden que el programa de citas es la verdadera prueba: si tienen que vivir en el Sistema, mejor escapar donde puedan estar juntos; y si Amy tiene razón, así es como realmente podrán conseguirlo. Pero no. Al escaparel capítulo nos muestra como todo eran versiones del algoritmo de citas del programa que utilizan ambos en el mundo real, y que, en el 99,98 % de las veces ha demostrado que son compatibles. En un bar, mientras suena Panic de The Smiths, Frank ve a Amy de lejos, y Amy a Frank, y nosotros quedamos estupefactos al comprobar que toda la historia que hemos presenciado solo era un cálculo más del programa de citas que los dos utilizan en su smartphone.

black-mirror-hang-the-dj

Como es habitual, Black Mirror vuelve a jugar con los niveles de realidad, así como con nuestra percepción de los mismos. ¿Es falso todo eso que hemos visto porque no ocurre en nuestro mundo?, ¿tienen valor esas relaciones y esos mundos creados en la Nube?, ¿hasta qué punto podemos amar, sentir o vivir como hasta ahora en un mundo donde son Tinder o Siri los encargados de hacer que nos conozcamos y reconozcamos? Complicado, sin duda. En mi opinión, le falta algo de innovación, que ya es difícil encontrar en esta cuarta temporada, y un desenlace menos abrupto, o, por lo menos, más digerible tras tanta metafísica.

4×05 Cabeza de metal

Horrible. Atroz. Y no merece ser Black Mirror. El peor capítulo de toda la serie con muchísima diferencia. No obstante, para que se entienda que no es una crítica bestial sin fundamento y, entendiendo que cualquiera que esté leyendo esto ha visto los episodios o no le preocupan los spoilers, ahí va la sinopsis argumental: unos supervivientes/carroñeros intentan robar en un almacén algo para un tal Graham, que está muy enfermo, y se ven sorprendidos por un robot que los ataca y asesina; la única superviviente escapa y consigue refugiarse en una casa, armarse con una escopeta y destruir a la máquina que la persigue, pero, al morir, esta explota incrustando en su rostro y en su cuello rastreadores para que otros robots la encuentren. En el almacén, la cámara nos enseña que fueron a por un oso de peluche, por lo que se entiende que el enfermo era un niño que quería un juguete y que el mundo está hecho una mierda.

black-mirror-metalhead

Vale. ¿Y? No nos importa qué coño era el Mcguffin porque ya no hay conflicto, y lo peor es que, en Cabeza de metal, nunca lo ha habido. Por contexto se presupone que el mundo es una distopía, pero no sabemos ni qué ha pasado, ni qué está ocurriendo ni qué propósito tiene la protagonista, ¡porque no lo tiene! Los americanos que son tan y tan buenos en plantear historias y meternos dentro de ellas rápido, aquí la pifian: no hay trama, no hay presentación, y no hay conflicto más allá de la mera supervivencia típica de las películas de zombis. Para terminar de cagarla, el capítulo se presenta en blanco y negro sin un fundamento lógico; vale, quizá el nivel de detalle de las expresiones y sensaciones de los personajes transmite mejor así, y, de paso, se aleja del gore típico de las películas de terror o los thrillers, pero me importa un bledo —como si es un universo alternativo, o un espacio digital monocromo—, porque no hay historia. De filosofía, moralidad y similares, ni hablamos; es un capítulo estilo Rick Grimes y compañía, pero de los más malos que se te ocurran.

4×06 Black Museum

Por último, el episodio con el que se cierra la temporada es original, diferente y arriesgado, pero funciona. Rolo Haynes es el propietario del Museo Negro, un espacio donde se exhiben extraños objetos de vanguardia con una espantosa historia detrás. Al museo llega Nish en su coche eléctrico, y al comprobar que este necesita tres horas para cargar la batería, decide hacer un tour por el espectáculo circense. Con este planteamiento se nos explican tres historias relacionadas con el pasado de Rolo: el implante neurológico del Dr. Peter Dawson, el oso de peluche donde está atrapada la conciencia de Carrie y el holograma de Clayton Leigh, condenado a sufrir la silla eléctrica una vez, y otra, y otra más, por toda la eternidad.

Sin duda es el episodio más complejo de toda la temporada, tanto en la trama como en la escenografía, que recoge alusiones (huevos de pascua o easter eggs, en inglés) de todos los capítulos de la serie y que, de nuevo, sirve para comprender que muchas de las historias conviven dentro de un mismo universo —o podrían hacerlo—. Las tramas siguen hablando de la identidad, y de cómo esta puede pervertirse mediante el mal uso de la tecnología. Black Museum retoma el discurso del individuo y el yo, y de cómo este puede alterarse y descontrolarse a medida que creamos y superponemos capas de realidad, así como las implicaciones éticas y los sesgos cognitivos que estos pueden causar —hay que tenerlos cuadrados para convencerse de que es buena idea meterte a tu novia en la cabeza, así como  a tu ex en un osito de peluche— como el resto de personajes que se mueven entorno a Carrie en su historia o la ausencia de un proceso legal que prevea la mayoría de los casos en los que Rolo se ve envuelto durante su época como reclutador de investigación neurológica: ¿qué importa más?, ¿el individuo o el avance científico? La respuesta parece obvia.

black-mirror-black-museum

Con toda probabilidad, el desenlace de Nish y Rolo es la mayor vuelta de tuerca que encontramos en estos seis episodios, o casi, y, a su vez, se encuentra perfectamente hilada tanto con la última historia, como es lógico, como con las anteriores: el oso de peluche en el coche, la identidad de Nish, el museo en llamas, la justicia poética que se le inflige a Rolo… Como pequeña contrapartida, lo adelanté al inicio del artículo: parece difícil creer que todas estas historias se puedan desarrollar en una misma línea temporal; esperemos que este caramelo que se nos lanza a los espectadores, no se vuelva contra la serie.

En definitiva, la cuarta temporada se cierra con dos conceptos que están mucho más cerca de nosotros de lo que podríamos imaginar: conciencia digital e identidad virtual llevadas, a menudo, a los extremos más espantosos y distópicos que se nos pudieran ocurrir, pero solo en el marco de la falta de probabilidad, no de la imposibilidad. Asusta un poco, ¿eh?


Enlaces relacionados:

¡Feliz 2018, por cierto!

Eje 16

Este es uno de los siete relatos que he recopilado bajo el título Insolación. En común, solo tienen ese mismo sol que los alumbra, a veces, de un modo inclemente, y otras con benevolencia, mediocridad o malicia.

Iré compartiendo algunos de los mismos durante las próximas semanas; al menos, esos dos o tres que no he enviado a concursos durante este 2016. Además, también os traeré una pequeña obra narrativa que quiero recuperar y darle un pequeño espacio en este mismo blog.

Cuando tenga un rato, os explico el por qué. ¡Palabra!


Sol del alba

Javier y Pipo, cuyo apodo nadie sabe de dónde salió, dejaron la estación de metro con una idea forjada a fuego en sus mentes; día tras día, hora tras hora, examen tras examen, el concepto se había enquistado en sus cabezas: aquel día nada, ni nadie, iba a evitar que, si la sangre de sus venas no abandonaba prematuramente su cuerpo, tuviera que pasar unas cuantas veces por un alambique antes de volver a ser introducida limpia en sus respectivos organismos.

Eran jóvenes, eran estudiantes, eran románticos y, por encima de todo, eran total y absolutamente imbéciles. Por eso, aquel día, se disponían a beber en la playa hasta que el cuerpo aguantase y, sin embargo, no llegaron a probar ni una gota de alcohol. Por el contrario, fueron embestidos, arrastrados y lanzados contra el arcén por cruzar por donde no debían; como resultado, el conductor de uno de los camiones de reparto del empresario francés Jacques Lacgarde tuvo un inesperado incidente en el paseo marítimo cuando se disponía a abandonar la ciudad camino a Lyon. Quedó catatónico.

Siete pecados capitales (detalle, El Bosco)

Después, prefirieron no acercarse hasta sus cuerpos y flotaron, todavía en shock, largo tiempo. A media mañana, el hecho de haber preparado todas aquellas chuletas para las convocatorias finales, e incluso haber madrugado un miércoles sin necesidad, parecía estúpido y, entonces, uno de los dos, n’importe qui, advirtió que su existencia no había llegado a su fin. Bueno, estaba claro que ni los servicios de emergencia, ni los curiosos, ni la policía local, podían verles —ni ayudarles—, que los coches podían atravesarles de forma menos abrupta que la primera y última vez, y que el mundo se planteaba en un gris oscuro bastante menos atrayente que los escenarios en RGB, pero…

***

Sol monocromo

—Quizá de la hostia hemos perdido parte de nuestros fotoreceptores —comentó Pipo, recordando las explicaciones del profesor Edmonton sobre conos y bastones.

Javier pensó que su amigo era realmente idiota y probó a suspirar sin éxito.

—OK. Nos atraviesan los coches y nadie nos ve. Esos cadáveres son nuestros. Estamos… muertos. ¿Pero por qué seguimos aquí? ¿O por qué no tenemos compañía?

—Quizá es algo así como el limbo. Como en Pedro Páramo, del mexicano aquel.

—¿El protagonista estaba muerto?

—No quiero saber qué coño has respondido en la tercera pregunta, tío. Si me hubieras hecho caso, sabrías que era la típica conclusión estilo “Bruce Willis” en El sexto sentido.

—Bruce Willis en… ¡Joder, colega! ¡Cállate! —gritó Javier como si el hecho de que le destripasen otra película más tuviese importancia.

—También Nicole Kidman en… —pero, esta vez, Pipo no terminó la frase. Lo de Grace y sus hijos se le asemejó demasiado a su situación actual.

Durante un rato, observaron el atasco que el accidente había provocado. El camión había volcado y ocupaba varios carriles, y ante la imposibilidad de que el resto de vehículos siguiesen hacia delante, la policía decidió cortar la vía, acordonar un amasijo de vísceras y mantener una distancia de seguridad.

Ellos se pasearon sin prisa entre los coches. En un primer momento, rehuyeron esa idea tan morbosa de contemplar tu propio cadáver. Algunos conductores estaban desesperados por llegar al trabajo, otros golpeaban el claxon sin ningún control; también los había más estoicos, tomando café al sol e incluso verdaderos hijos de puta, como un tipo que resultó que conducía con un cadáver en el maletero. Habían desaparecido, y la rutina se sucedía segundo a segundo.

El Bosco (pintura)

También fantasearon con esa idea tan literaria de cosas que puede hacer uno cuando está muerto, e intentaron llevarla a la práctica. No tardaron en encontrarse con una respuesta golpeando donde más duele: eso no iba a suceder, nada de nada. No podían salir de allí, ese atasco era su vida ahora, y las calles que se veían a unos cuantos metros de distancia se habían convertido en una frontera insalvable.

Al llegar a la esquina, parecía que el mundo se doblase sobre sí mismo; al dirigirse hacia la playa, imposible avanzar más allá del horizonte de edificios… Como una pecera o unas cuantas piezas de atrezo diseminadas con meticulosidad: no había nada que pudieran hacer. Así que se sentaron en el centro de todo el meollo y dejaron las horas pasar, sabiendo que, aun sin verlo por ninguna parte, había un reloj que terminaría con ellos antes o después.

Tras diecisiete cambios de semáforo, se percataron de que tampoco se oía nada, excepto sus propias voces. Por un instante, dudaron si esto había sido así desde que la escena se volvió monocroma o había decaído a lo largo del tiempo.

Con el tiempo ocurría algo similar. ¿Qué era el tiempo sin acción ni posibilidad? El semáforo había hecho casi dos decenas de cambios, pero eso podía ser un minuto o una vida entera. Al final, sin decir nada, ambos supieron que un segundo podía ser la eternidad, y notaron como se clavaba un sentimiento de alivio y ambivalencia que les acompañaría hasta el final.

—Si esto es el limbo, ¿dónde están los gusanos que se comen nuestras lágrimas? —preguntó Pipo.

—Eso es el Ante Infierno, subnormal —contestó Javier, más crispado de lo que él mismo habría reconocido.

—Vale. Pues me siguen faltando un porrón de filósofos clásicos.

Javier no dijo nada. Intentó rascarse la barba, nervioso, como solía hacer, y descubrió que esa acción no estaba programada en el particular código fuente de su nuevo hogar; también intentó suspirar de nuevo, sin éxito.

—No parece que vayamos a alimentar a los gusanos con lágrimas, pero se van a poner las botas con lo que queda de nosotros —comentó, finalmente.

Pipo se limitó a asentir. Después formuló la pregunta prohibida:

—Oye, te parecerá una tontería, pero…

Javier miró en su dirección, sin comprender.

—¿Vamos a mirar cómo nos ha dejado el cabrón del camión al atropellarnos?

—Se me ocurren al menos tres buenas razones para no hacerlo…

—Vale, vamos —concluyó el otro.

Mientras se acercaban a los cadáveres, se encontraron con todo tipo de individuos agolpados frente a las vallas. Tipos y tipas aburridos del atasco que parecían querer su propia versión de sangre y vísceras en directo. Más tarde volverían a sus casas y se preguntarían cómo es posible que dos cuerpos amputados y reventados contra el arcén no les impresionasen, culpando a la televisión, al consumo de carne, a los videojuegos o al cine de acción norteamericano. Por suerte, aún eran minoría.

—Hay sangre aquí para llenar una piscina infantil —señaló Javier, indeciso.

—Esa es una de tus piernas… creo —comentó Pipo, señalando con el dedo a unos quince metros. Uno de los miembros había salido despedido hasta la acera y había sido acordonado.

Los rostros se habían conservado parcialmente intactos; los dos imaginaron que debían tener traumatismos como para jubilar a un par de escáneres de resonancia magnética, pero casi era peor llegar a reconocerse en el suelo.

Con respecto al plasma sanguíneo y al cordon bleu resultante admitieron que no les había sorprendido tanto como esperaban. Sin embargo, las caras de descomposición de la policía y alguno de los mirones denotaron que eso de la sensibilidad emocional pasaba a otro nivel cuando te arrastraban cien metros por el arcén de una carretera y te despertabas muerto.

***

Sol desdibujado

Tras noventa y seis cambios de semáforo, el tráfico empezó a fluir. Los servicios de emergencia recogieron sus trozos con ayuda de los bomberos; Pipo pudo escuchar cómo uno de los basureros se quejaba de lo que costaba quitar las manchas de sangre del asfalto, mientras Javier empezaba a plantearse qué sentido tenía todo.

Ninguno de los dos había sido una persona religiosa en vida. Naces, vives, te joden y mueres. Después, no hay nada; como mucho, sirves de abono a las plantas, conviertes tu materia en materia con otra forma; desapareces. Por el contrario, entendía que podía estar equivocado, que el Infierno existiese de verdad, y que aquello fuese algo similar. Eso le jodía por partida doble, ya que siempre había creído que el Infierno eran los demás, al menos tras leer a Sartre, y aquí se unían filosofía, literatura y religión encima.

El Bosco (pintura, 2)

¿Qué significa estar vivo? ¿Hacer cosas? ¿O sentir que el resto ve y opina sobre lo que hacemos? Si existía un dios en ese mundo, debía ser un verdadero malnacido, un demiurgo malvado y cruel que les había unido para que se torturasen entre sí.

Por suerte, Pipo le ayudó a desviar sus pensamientos con la siguiente pregunta:

—¿Te has fijado que ninguno de nosotros sabe lo que significa estar vivo? —comentó.

Javier le miró sin comprender, pero esta vez no intentó rascarse el mentón; tampoco suspirar, porque le había sorprendido positivamente la apreciación.

—¿Qué quieres decir? ¿Te refieres a que no aprovechamos el tiempo?

Pipo negó con la cabeza. Ese gesto sí se había programado en su propio Infierno.

—El tiempo es una invención humana, ¿verdad? Quizá lo perdemos o quizá no, pero se trata de una magnitud física que, al final, tampoco cambia nada.

Ambos se sentaron en el extremo de la calle y anhelaron el sabor de una cerveza fría en botella mientras el sol continuaba desdibujándose en el horizonte.

—Puedes integrar tu vida dentro de un principio y un final, pero eso no la define —interpretó Javier.

Pipo asintió.

—Pero estar vivo es hacer cosas. Moverte. Vivir nuevas experiencias. Aunque mantengas una rutina total, mientras estás realizando esa rutina, puedes estar seguro de que estás vivo.

—No sé. No termino de verlo así. Lo primero está claro: el presente es la eterna ausencia de futuro, aunque siempre se viva mirando hacia adelante; pero lo que define la vida es ser o no ser para el resto. ¿Estamos muertos porque nos ha reventado un camión o porque antes o después dejaremos de estar presentes para el resto del mundo?

—Quizá ambas cosas.

—Quizá.

A posteriori, siguieron discutiendo sobre qué significaba la vida, y si, así como la vida no podía comprender el sentido de la muerte, la muerte tampoco respetaba la esencia de esta. Sobre esto acordaron que les hubiera gustado ser mejores muertos, de aquellos que pueden caminar por el largo y ancho de la tierra y discutir sobre las mayores cuestiones de la humanidad.

Pero para ellos, lo que fue, fue. E incluso aunque les hubiera gustado pasar por los nueve círculos, cual sitcom yanqui donde conocer a Tristán, a Platón o a Cleopatra, imaginaron que, de existir, ya habría demasiados fosos a estas alturas, y que quizá no quedaban ni círculos ni giros para más pecadores.

Cuando todo había vuelto a una tensa normalidad para los vivos, quedaron en silencio por unas horas. Hasta que el tráfico se intensificó por segunda vez tras el rapto. Entonces, uno de ellos dijo:

—Hubiese estado genial ver tumbas en llamas o al Minotauro.

—Bueno, déjate, que acabamos de llegar. A lo mejor aparecen por aquí Dante o el Bosco y nos indican el camino —contesto el otro.

***

Noche

A medida que el semáforo anunció otro cambio, el ciento setenta y nueve tras perder la cuenta por tercera o cuarta vez, la calle se empezó a descongestionar; así, una vez reorganizado el tráfico y limpiado el arcén, los coches volvieron a circular y todo se aceleró de nuevo.

Medían el tiempo a través de la dirección de los vehículos y los cambios de sentido, y el sol ni se ponía ni volvió a salir jamás. Solo se desdibujaba un poco más tras cada cambio de luces.

Los coches circulaban, se detenían, dejaban paso a los peatones y volvían a reanudar la marcha. Tras cientos de miles de cambios, y solo por una vez, repararon en unas siluetas a lo lejos. Pese a la distancia, observaron cómo esas figuras difuminadas lloraban en recuerdo de alguien.

—Antes o después todo termina —dijo Javier.

—Cuando nadie más se acuerda de ti —contestó su compañero.

—Hoy, anochecerá.

Publicado originalmente en jruiz.es

George Steiner, la filosofía y el error como motor de cambio

Lo que voy a decir es muy fuerte. Te aviso desde el principio. Así que, si eres de esas personas que leen los artículos en diagonal ¡fuera de mi blog!, mejor escoge otra entrada. Esta requiere que leas con atención, y sobre todo que pienses en ello un rato antes de abrir la boca o mover las manos sobre el teclado.

Dicho esto, vamos allá.

El arte, la literatura, la historia o la filosofía […] son […] las vías sobre las que se conforma cualquier sociedad moderna.

La democracia mal entendida se cargó la universidad. Hoy, estudiar en una facultad no es sinónimo ni de superioridad intelectual, ni de mejores resultados en el pasado, en el presente, ni en un futuro a medio y largo plazo (trabajo, formación,  oportunidades, etcétera).

Esta es una afirmación terriblemente aplicable a las humanidades, pero no menos a ciertas ingenierías y otras carreras técnicas: la igualdad de oportunidades se confundió con una igualdad de resultados, y así todo dios puede ir a la facultad y, aunque tarde, salir con un título bajo el brazo. En suma, además, no existe el término medio aquí: todo debe ir orientado a un resultado mercantil: estocada que, como es esperable, sesga de un único tajo muchas de las carreras tradicionales y reorienta muchas otras hasta su misma extinción.

El Roto - Universidades (El País)

Por el contrario, no existe una diferencia real más allá de la nota de corte. A menudo, incluso esta es la menor de las preocupaciones si no aspiramos a carreras con una gran carga de responsabilidad, como Medicina, o excesivamente solicitadas por parte de los futuros estudiantes. Pero yo no tengo ni idea de carreras técnicas, así que me centraré, desde el principio, en las ciencias humanísticas.

Lo que sé de las Ciencias Humanas es que no importa un nueve o un cinco, aprobar a la primera o a la quinta, y que gran parte de lo que cualquier estudiante medio aprenderá en sus años universitarios no será aplicable en su futuro.

Y todo ello es  fenomenal para muchos alumnos, en esencia para aquellos mediocres que alargan su adolescencia entre cuatro y ocho años más, y también para los padres sin estudios superiores, que reviven sus sueños de juventud a través de su propia descendencia. Para las universidades tampoco está nada mal, rentabilizando carreras a precio de oro, con profesores que ofrecen contenidos lineales para todos los públicos, suficientemente superficiales para no crear conflictos y no exigir demasiado y repletas de exposiciones gracias a Bolonia, con gente que no tiene nada que decir todavía disertando frente a terceros que están obligados a escuchar a todos y cada uno de sus compañeros. Súmale a ello las becas, donde solo un pequeño porcentaje van dirigidas a estudiantes con buenas calificaciones, mientras que una gran mayoría funcionan por renta, desplazamiento o material.

Menudo panorama, ¿verdad?

Quizá es cierto que las humanidades no están en su mejor momento. ¿Pero por qué? El columnista colombiano Gabriel Silva, hablando sobre el escaso valor de la filosofía en su país, decía: “Se han quedado tan cortos los paradigmas, los valores, los conceptos, las ideologías, las interpretaciones, las lecturas y las formas de ver el mundo, frente a lo que es la realidad, que la única forma de describirlo es que somos víctimas de un desconcierto colectivo y global.” 

¿Qué pensará de España, dónde filosofía como materia ya no es que desaparezca del Bachillerato, sino que tampoco funcionó nunca sin un verdadero maestro que no se limitase a presentar a sus alumnos una Historia de la Filosofía mal encubierta?

Pero en este caso, Silva no centraba su opinión a través de esa vía: las FARC, el ISIS o la reaparición de totalitarismos son el resultado de una lectura errónea del mundo que nos rodea, y todavía peor, de la falta de conocimiento y de formación que nos permiten generar nuevas corrientes de pensamiento. El arte, la literatura, la historia o la filosofía no son meras herramientas a través de las que echar un rato de postureo en la cafetería hipster de la esquina, sino las vías sobre las que se conforma cualquier sociedad moderna.

Así, pensar es, a todos los efectos, el primer gran problema con el que nos hemos encontrado todos desde pequeños, pero no el único, y quizá tampoco el más grave, puesto que, quien más, quien menos, ve en pensar algo natural, hasta que se desnaturaliza: mejor estudiar aquello que se nos dice que debemos estudiar, trabajar de aquello que la sociedad más demanda y pensar solo en la justa medida en la que le interesa al sistema.

Olvidamos por el camino que, todo lo que sucede hoy, no es más que un cúmulo de errores heredados del pasado; citando a George Steiner en la entrevista de Borja Hermoso en El País: “Cuando uno ve que alguien como Donald Trump es tomado en serio por la democracia más compleja del mundo, todo es posible.”

George Steiner
Foto de archivo de George Steiner. Os recomiendo la lectura del texto No hay lengua pequeña de la 21ª Edición de los Premios Príncipe de Asturias .

Trump no usa un discurso nuevo, solo populista; el mismo discurso que ayudó a los fascismos a conseguir el poder hace un siglo, y que ningún país del mundo occidental se ha esforzado lo suficiente en desmontar.

Nos acercamos a la segunda base ahora: el error. Todos nos equivocamos, todos fallamos constantemente; todos creemos que el Che Guevara era un tipo cojonudo, y que Lenin planeaba algo interesante en la Unión Soviética y Stalin era un cabronazo, y que Nietzsche molaba un huevo, pero era un coñazo tener que estudiar a Kant con dieciséis años; o quizá tú tienes otras figuras más allá de la política, la música o la filosofía con la que yo subí.

No importa. Lo imprescindible es tener figuras, creer en utopías, razonar, equivocarnos, corregir nuestros esquemas mentales día tras día.

Ninguno de nosotros acertamos a la primera, y tampoco los grandes pensadores, filósofos, gobernantes o filántropos que han existido, pero llegaron a un punto concreto a través de la prueba y el error.

Hoy, nos educan y nos previenen contra la atiquifobia, el miedo al error, pero no nos dejan pasar ni una. No existen las segundas oportunidades; tenemos que ser los mejores; debemos estar constantemente informados, generar opiniones, ampliar nuestras competencias, correr constantemente hacia delante, ser más rápidos, más competitivos, mejores.

Fragmento de la entrevista a George Steiner en El País:

P. El ruido y la prisa… ¿No cree que vivimos demasiado deprisa? Como si la vida fuera una carrera de velocidad y no una prueba de fondo… ¿No estamos educando a nuestros hijos demasiado deprisa?

R. Déjeme ensanchar esta cuestión y decirle algo: estamos matando los sueños de nuestros niños. Cuando yo era niño existía la posibilidad de cometer grandes errores. El ser humano los cometió: fascismo, nazismo, comunismo… pero si uno no puede cometer errores cuando es joven, nunca llegará a ser un ser humano completo y puro. Los errores y las esperanzas rotas nos ayudan a completar el estado adulto. Nos hemos equivocado en todo, en el fascismo y en el comunismo y, a mi juicio, también en el sionismo. Pero es mucho más importante cometer errores que intentar comprenderlo todo desde el principio y de una vez. Es dramático tener claro a los 18 años lo que has de hacer y lo que no.

Para solventar todo esto, lo más sencillo es adaptarnos a las normas sociales; no salirnos; no desviarnos; todos debemos aspirar a trabajar en una startup y hacer un posgrado en nuevas tecnologías; mañana, quizá debamos replantear nuestra carrera profesional, movernos hacia otro sector, aprender de finanzas, de comercio electrónico o de ética laboral; sin ver que no se pueden crear mentes adaptativas a través de la restricción y la obligación de adhesión a contextos impuestos, concretos y limitados.

Miedo al fracaso (viñeta)

¿Pero qué ocurre, entonces, con las ciencias humanas? ¿Cuándo se inició el acoso y derribo a las mismas?, ¿desde qué vías y a través de qué sectores? Lo más plausible es que, antes de creer que la Filosofía murió a manos de la Física, deberíamos preguntarnos, si acaso, qué nos enseña esta: a relativizar lo que vemos y oímos, a generar opiniones propias, y a cometer errores, y a crecer.

Quizá a través de la Filosofía algunos se volvieron estoicos, o eremitas, ¿pero quién puede culparlos en este mundo que hemos terminado por vaciar de ideas y condenado a repetir los errores del pasado?

Poshumanismo y superhombre (I)

¡Será posible! ¡Este viejo santo en su bosque no ha oído todavía nada de que Dios ha muerto!

 Introducción

Para contraponer adecuadamente algunas de las teorías y definiciones de Friedrich Nietzsche, en especial aquellas que atañen al superhombre, frente a conceptos trascendentales del poshumanismo es necesario que el lector conozca y comprenda la forma y el fondo de quien escribe y quien suscribe o replica.

Por esta razón, si recuerdas con claridad el fin y lo que puede concluirse de los conceptos de voluntad de poder, muerte de dios, superhombre y, en menor medida, eterno retorno, considero que puedes ahorrarte estas dos entradas.

Una revisión de los principales conceptos de la filosofía de Friedrich Nietzsche

En Así habló Zaratustra, Friedrich Nietzsche expresa gran parte de sus ideas a través de la narración y la poesía útil; más allá del tratado filosófico y el lenguaje específico, el filósofo optó por escoger un formato estético más agradable y digerible.

La figura de Zaratustra, para la que se inspiró en Zoroastro, fundador de la corriente iraní del zoroastrismo, es la de un asceta cuyo tiempo de reflexión le ha acercado a una comprensión mejor del hombre y su naturaleza, así como de la vida, la muerte y el mundo. Una vez el ermitaño siente que su conocimiento es suficiente y el momento es adecuado, vuelve a la civilización para dar parte de los cuatro pilares fundamentales en los que se sustenta la filosofía de Nietzsche: la muerte de dios, el superhombre, el concepto de voluntad de poder y la creencia en el eterno retorno.

Nietzsche (caricatura)
Caricatura del filósofo alemán Friedrich Nietzsche.

Su buena nueva acoge fuertes similitudes con los mensajes anunciadores de los principales dogmas monoteístas y, también, diferencias obvias, puesto que supone la extinción de cualquier figura metafísica. De igual modo, la recepción de Zaratustra, quien ya se sabe superhombre al inicio de la obra, es lenta o, directamente, inexistente por sus coetáneos.

La primera fase, la muerte de dios, es un proceso inalterable y previo a la concepción de los seres humanos como superhombres. Así, la concepción de un mundo sin divinidades ni otras concepciones que expliquen el mundo físico a través del metafísico es un paso necesario del hombre hacia la edad adulta y hacia su crecimiento físico, moral y espiritual.

Nietzsche concebía el cristianismo y el resto de corrientes dogmáticas como platonismo barato, es decir, como mitología que surge en los primeros tiempos de la humanidad sobre los pasos de una causa primera. Para Nietzsche, la religiosidad producía y obligaba a adoptar un mensaje moral e irracional, contrario al juicio y a la razón crítica que, en última instancia, siempre ayudaba a los poderosos y a la preservación de un statu quo.

El concepto de la muerte de dios supone, en palabras del filósofo, recoger la potestad de vivir, pensar y sentir sin necesidad de un ser superior, y encauzar la naturaleza y la moral humana al servicio de los hombres y de la propia existencia.

Una vez meditado y aceptado este “juicio de la razón”, y comprendido que la naturaleza, la bondad, la miseria, el dolor, la muerte y la maldad forman parte de nosotros, los hombres están preparados para tomar partido de su propia existencia, a través de otro concepto universal en la filosofía de Nietzsche: la voluntad de poder, que alega que el motor que verdaderamente mueve la naturaleza humana es la ambición y el deseo por alcanzar aquel puesto y aquellos objetivos que sentimos que nos corresponden y nos definen.

Como idea, la voluntad de poder fue interpretada y utilizada por el nazismo como la potestad de un pueblo de alcanzar el lugar que creían que les correspondía, incluso desde un nivel biológico. Sin embargo, obviando que muchas de las acciones del nazismo eran, directamente, deshumanizadoras, resultaría imposible plantear la monstruosidad como un paso previo al superhombre, quien tiene una definición plenamente humanista. Para más información, pueden consultarse escritos de Alfred Bäumler sobre darwinismo social.

[El superhombre] es un hombre libre que repudia el vicio, la debilidad y la esclavitud.

Schopenhauer consideraba que todos los seres vivos tienen una voluntad de vivir, mientras que Nietzsche afirmaba que cualquier organismo vivo tiene prefijada en su naturaleza una necesidad mayor: utilizar su poder para crecer y buscar el lugar que, cree, le corresponde (voluntad de poder). Este es el motor que puede guiar al hombre hacia su condición de superhombre y, a través de una lectura más personal, considero que debe comprenderse como un proceso dinámico y sin fin. En otras palabras, la voluntad de poder lleva, en última instancia, al superhombre, pero en el superhombre sigue existiendo lugar para el cuestionamiento, la pregunta y el crecimiento, aunque no para el miedo, la debilidad ni la aflicción.

Uróboros
La figura del Uróboros, un dragón que se devora a sí mismo, representa la naturaleza circular de todo: el eterno retorno.

Llegados a este punto, y tras reiterar y acercarnos al concepto de superhombre (Übersmench), que, torpemente, he intentado enlazar con la afirmación previa del Gott ist tot y el concepto de la voluntad de poder (Der Wille zur Macht), es necesario desglosar la explicación que Nietzsche ofrece sobre el paso del hombre al superhombre.

En primer lugar, Zaratustra explica que existen tres pasos evolutivos entre el hombre y el superhombre, los cuales se ilustran con tres animales: el camello, el león y el niño, o, también, con tres figuras de pensamiento: el nihilista pasivo, el nihilista activo y el superhombre, quien será el prototipo del olvido, la inocencia y la creatividad.

Para comprender esta imagen, Nietzsche nos explica que el hombre es como un camello con una gran carga a la espalda: la metafísica (con especial hincapié en la metafísica occidental derivada del platonismo, o sea, el cristianismo). Para evolucionar hacia el siguiente estado, el hombre debe asumir que todas esas creencias que carga no cuentan con ninguna base lógica o racional, sino que son fruto del miedo, la angustia y el sinsentido de nuestro mundo; por esta razón, cuando el hombre asume y engulle el dolor de su existencia —y la soledad que de ello se deriva—, se convierte en un león, fuerte y fiero: una bestia que busca su propio camino; sin embargo, para completar este proceso, el león, quien ya ha renegado de la divinidad, debe crear nuevos valores, los cuales se adecúan a la imagen arquetípica del niño: la inocencia que no condena, la facilidad de olvidar y la capacidad creativa. Tras la negación, es necesario aspirar para luego comprender, es decir, acoger el camino que ya nos marcaba la voluntad de poder.

Sísifo
Se dice que Sísifo fue castigado a empujar eternamente una roca a través del Acrocorinto. La mitología clásica también ha relacionado al personaje con la salida y la puesta del Sol.

Por último, Así habló Zaratustra esboza la concepción del eterno retorno, una creencia que surge del estoicismo y que mantiene que el mundo se extingue para volver a crearse, o se crea para volver a destruirse. Para concebir esta doctrina, el universo tendría que estar dominado por la causalidad; en otras palabras, todo estaría determinado sobre la base de unas causas previas. Por esta razón, el eterno retorno puede ser criticado, ya que, si bien no cuenta con una divinidad que crea y configura un cosmos, sí que atiende a una causa primera invariable, que no parece más que otra forma desesperada de dar coherencia y continuidad a la idea platónica de la physis pese a que, en vez de optar por una explicación metafísica, se utiliza una, teóricamente, física, pero cuyo planteamiento es incorrecto o, como mínimo, indemostrable.

Entradas relacionadas:

(Continuará.)

El neoliberalismo tomó por asalto a las universidades (lectura)

Hace unos quince días apareció un artículo dedicado a Noam Chomsky en la versión digital del periódico colombiano El espectador. Chomsky es un lingüista, filósofo y activista estadounidense que, en su momento, revolucionó el campo de la lingüística con sus concepciones sobre gramática generativa, que atacaban ideas clásicas que mantenía el estructuralismo y el pensamiento conductista —si te interesa su aportación profesional, puedes visitar su artículo en Wikipedia. En su papel como activista ha hablado, a menudo, sobre conceptos como la libertad de expresión, el neoliberalismo o la globalización y, de igual modo, del papel que las universidades tienen a nivel colectivo.

El artículo en sí no lo encontré en Menéame, ni apareció en Feedreader, sino que vino hacia mí en forma de panfleto fotocopiado, lo que resultó una sorpresa grata, porque si bien es un texto duro, parecía afirmar que todavía hay muchísima gente dispuesta a luchar por derechos que no hace mucho no lo eran y los cuales, si todo sigue el mismo curso, quizá vuelvan allí donde nuestros padres o abuelos los rescataron o redescubrieron.

El escrito empieza así:

Contratos inestables, profesores temporales, flexibilización laboral, sobrecarga de trabajo, salarios injustos, escasa participación de la comunidad universitaria en la toma de decisiones, aumento de puestos administrativos y burocráticos, autoritarismo y exclusión, jóvenes sometidos a la presión de los créditos y las deudas, cursos superfluos, precios cada vez elevados, estudiantes que se limitan a tomar apuntes y a recitarlos de manera literal a la hora de la evaluación.

Prohibido prohibir
Il est interdit d’interdire, es decir, “Prohibido prohibir”. Uno de los eslóganes del mayo francés.

Desde la perspectiva de Chomsky, todo esto sucede cuando las universidades se convierten en empresas; cuando pervierten su naturaleza y enfocan tanto sus competencias como su estructura hacia el mercado. Este cariz funcionalista no solo crea dinámicas autoritarias en el seno de la universidad, comentó el filósofo, sino que también devalúa la calidad de la enseñanza.

El artículo completo puede leerse en el siguiente enlace: “El neoliberalismo tomó por asalto a las universidades: Noam Chomsky”, pero como parte de la comunidad universitaria durante varios (y buenos) años, me gustaría destacar las apreciaciones siguientes:

1. La estabilidad laboral de los profesores pende de un hilo

Es la reproducción de la lógica que rige el mundo de los negocios […]. Los profesores […] se convierten en trabajadores temporales, sobrecargados de tareas, con salarios baratos, sometidos a las burocracias administrativas y a los eternos concursos por conseguir una plaza permanente.

2. No crece el número de profesores, tampoco lo hace el de estudiantes, pero existe un acelerado aumento de “estratos administrativos y burocráticos”

En otras palabras, aquellas piezas que, por regla general, se asemejan a la industria privada y cuyos fines y utilidad son, como mínimo, velados: el artículo cita a vicedecanos, asistentes y secretarias que engrosan esos puestos intermedios.

3. Los créditos de estudio sirven para adoctrinar a los estudiantes

Chomsky ve una trampa de largo alcance en los créditos que financian las carreras, puesto que los universitarios americanos centran todos sus esfuerzos, primero, en el estudio y, después, en la devolución de la deuda; esta “carga” obliga a ignorar o desatender otros asuntos relacionados con la institución universitaria.

4. Otras ideas que valdría la pena comentar:

  • Otra técnica de adoctrinamiento es la ausencia de vínculos profundos entre los docentes y los estudiantes.
  • Debemos promover una institución democrática en la que la comunidad participe en la determinación de la naturaleza de la universidad y su funcionamiento.
  • La educación, de cualquier nivel, debe hacer todo lo posible para que los estudiantes adquieran la capacidad de inquirir, crear, innovar y desafiar.

Si bien existen otra serie de problemáticas anexas y derivadas, por ejemplo, la sobrecualificación (horrible palabra) o el elevado porcentaje de estudiantes universitarios, que deben entenderse en relación a la oferta del mercado, la falta de capacidad crítica, la privatización de la universidad y el gran número de opciones que gobiernos como el español están eliminando, parece demostrar que el sector financiero no solo controlará la política y la economía a nivel global, sino que reductos como el conocimiento también se están terminando de prostituir a favor del capital. ¿Un discurso demasiado marxista? El tiempo lo dirá.

Chomsky y la libertad de expresión
Fuente: http://enpositivo.com/