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Always… Franco

Habrá quien piense que Valtonyc es gilipollas, que Pablo Hásel o La Insurgencia no tienen razón en todo, que hay arte con muy mal gusto en ARCO, o que Marta Sánchez da gana de vomitar entre el oportunismo y la letra de mierda que le ha enfundado al himno de España. Eso se llama libertad de pensamiento, y es la capacidad de disfrutar de cualquier idea, opinión o pensamiento sin limitaciones internas o externas. Eso no existe en España, porque tampoco existe la libertad de expresión, que, según los sistemas jurídicos y las sociedades modernas, encuentra límites solo cuando entra en conflicto con otros derechos fundamentales.

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Always Franco, del artista Eugenio Merino (Madrid, 1975).

En España, no es así; en España, hoy, la libertad de expresión encuentra límites prácticos cuando se dirige hacia uno de los dos grandes canales ideológicos: aquel que no es heredero del franquismo, del españolismo, de la España buena; en el otro, no hay condenas ejemplarizantes de las que dan urticaria. Diría el gran Eugenio: ¿Saben aquell que diu… que entran en el trullo tres raperos mientras salen por detrás todos los vejestorios del Caso Millet? Que viene la rubia que tributa en Miami a dar lecciones de nacionalismo para esconder todas esas manifestaciones de pensionistas —ojo, muchos votantes del Partido Popular y de Ciudadanos que no escarmientan ni escarmentarán, oye, aunque ojalá solo fuesen algunos de estos y no tantos jóvenes dicotómicos también—; la puta gente que cree que el problema lo tiene una tal Anna Gabriel que ha volado a Suiza y se ha cambiado el peinado, y no un país que ha retrocedido cuarenta años y en el que, parafraseando a El Jueves, no se puede decir que los Borbones —o borbones, qué coño, con minúscula que no merecen más— son unos ladrones, ni que el rey emérito se va de putas con nuestro dinero. Lo comentaba el otro día, mucho más cansado con treinta y tantos que cuando eran veintipocos: no es cuestión de banderas, sino de rescates bancarios y de una gran banca que provocó una crisis y no ha tributado por beneficios desde entonces, de gentrificación en las grandes ciudades —como Barcelona, o Madrid, o Palma, o tantas otras—, y de lo que nos han metido por el gaznate, y hasta normalizado, por la fuerza de la costumbre: de las cuotas de autónomos impagables, de los sueldos mínimo de mierda, de las subidas de pensiones que ni subida son y de la vivienda digna, que son las padres, y nunca mejor dicho. En España, nada nuevo bajo el sol: el lobo sigue de ovejero.

Hay que reconocer que saben lo que se hacen, que saben de su verdadero oficio, que no es la política, y nunca lo ha sido, sino desangrar, poco a poco, un país y a sus ciudadanos. Yo me quedo con el tuit que compartía a la media tarde del martes el cantautor Ismael Serrano, decía: “Esto es una locura.” Y lo que ya no dice tanto en cambio: Papá, cuéntame otra vez, esa historia tan bonita, de gendarmes y fascistas… No sé si volverán los flequillos sobre las nuevas frentes, pero el resto cada vez está más cerca. Y para qué recordar, si ya lo estamos viviendo.

Y encima se nos muere Forges, me cago en todo.