A tomar por culo las guerras

De los ejercicios que menos me atraen como escritor, o novelista, o intento de, está la creación de fichas de personajes. Con ayuda de las fichas de personaje creamos personas, y no arquetipos acartonados en los que nadie puede creer. Pero es un por culo. Suele ser bastante aburrido hasta que te enamoras de un personaje (y lo conviertes en persona), y, sobre todo, causa hastío, porque de todo lo que vamos a imaginar, y a crear, solo utilizaremos una milésima parte a lo largo del relato, o de la novela, o de lo que sea.

Aun así, como tenía que preparar una ficha de personaje y un punto de giro para el curso de novela, decidí hacerla de una persona que, para mí, siempre ha sido un personaje, pues jamás lo conocí, y que cuando murió, yo ni tan siquiera había nacido. Mi bisabuelo, en concreto, que combatió en la Guerra de África, y, cuando se caldeó la cosa por la Barcelona que lo acogió desde tierras gallegas, dijo: «a tomar por culo las guerras, a mí no me vuelven a engañar», y se escondió en una buhardilla de febrero del treinta y siete a febrero del treinta y nueve. ¿Y quién se atreve a juzgar a alguien que se pasó toda su juventud más allá de Alhucemas? Luchando por algo en lo que no era posible creer, y descubriendo a la vuelta que la partida estaba trucada, y no había más salida que la que ellos te iban a mostrar, y por la que ellos te iban a hacer combatir, y morir. Pues a tomar por culo, dijo él.


El desván que lleva hasta Alhucemas

Falta menos de un mes para mi cumpleaños. ¿Volveré a celebrarlo desde este desván? El ventanuco de la buhardilla solo ofrece vidas maltrechas que trotan por la calle Nueva. Digo trotan, pues no andan ni pasean: si uno tiene el tiempo para fijarse, lo advierte sin dificultad; ya nadie pasea bajo las bombas. Ante mi faceta de mirón, mi mujer, Isolda, dice que voy a ser el arquitecto de mi propia destrucción: ¡a saber de dónde sacó esa expresión!

Casi siempre escucho las explosiones, y los gritos de la gente que corre hacia los refugios del Paralelo. Esos días quedo petrificado: por mis dos niñas, sobre todo, y porque sé que ese cabrón está un poco más cerca de tomar Cataluña. Lo sé muy bien. Sus ansias de poder ya lo habían hecho teniente coronel en la Guerra de África, ¿o general? No, eso fue tras el desacato. ¿Qué no podrá hacer ese con todo el ejército detrás? El de verdad, digo.

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Concentración de tropas en la playa de Ondarreta con destino a África (San Sebastián/Donostia, País Vasco, 1921).

Todo lo que tengo aquí son unas cuantas fotos y un cuchillo que afilo una y otra vez en mi madriguera. En una de las instantáneas saludo con algunos compañeros del regimiento bajo su mando. Quizá por eso, a fuerza de martirizarme, esta mañana no he podido callarme más:

—Teníamos que habernos ido para arriba: a Francia, por lo menos. Ahora la locura parece estar aquí, en un cuchitril de dos por dos, escondido. Evitando un día al PSUC y otro a la CNT; ¡y así hasta que vengan los sublevados!

Ella se ha ido, a paso ligero, vertiendo lágrimas. Después me he quedado a solas con las náuseas, y la fiebre, y la orina negra. Todo eso que ignoro con el humo de la pipa, mordisqueando la porcelana, intentando recordar las humedades en la pared de la habitación que compartíamos hasta el treinta y siete, el color del gato que esconden las hijas en su cuarto, mi tienda de cuchillos. ¡Qué razón tenían los compañeros!, al menos los moros te acuchillan mirándote a los ojos.

Oigo gritos ahí abajo. Abren la trampilla del desván, no es mi mujer. Aparecen bayonetas, y rifles, y uniformes militares. Pero no son republicanos. Los rebeldes han tomado Barcelona. La guerra está perdida.


NdA: Hace unos días, hablaba sobre la importancia de leer las cosas en su contexto y en su momento de la historia. Por esto, el personaje de este relato breve dice moros, y muy bien dicho, aunque sea racista y hoy no podamos compartir ni respetar (con razón) a alguien que piensa así, y que sabemos que es un xenófobo: hay que saber leer la misma literatura.

Aprovecho esta entrada para comentar que, hasta que termine el borrador de la novela (que está al 90 %, o casi, y yo muy feliz), publicaré entradas cada miércoles o jueves, pero no más, ya que me resulta imposible mantener el ritmo aquí, trabajar y seguir escribiendo más de una entrada semanal en el blog, y la novela es, hoy por hoy, mi prioridad.

Perder la cabeza

La noticia no sorprende. Después de varios días de ensañamiento, tres sujetos han conseguido derribar la estatua franquista que se plantó frente al centro cultural del Borne. Hubo aplausos, y también algunas críticas exacerbadas, pero lo más raro que sucedió fue el hecho de que los basureros tuvieron que tirar de camión de residuos para sacar del medio la estatua, lo que debió llevar a un mayor pitorreo, si cabe.

Tengo sentimientos enfrentados al respecto, ¡qué os voy a contar! Para que os hagáis una idea, os contaré que mi bisabuelo se escondió durante casi dos años en una buhardilla de uno cincuenta por uno cincuenta donde nunca pudo llegar a tumbarse (con estar a las órdenes de Franco en África, tuvo suficiente el hombre); mi abuela y la tía de mi madre se cansaron de ver cómo reventaban a gente por el barrio chino mientras iban y venían de los refugios antiaéreos; mi abuelo, directamente, no hablaba de ello, y al resto no le fue mejor.

Estatua de Franco sin cabeza (en el Born)

La estatua ha recibido tomatazos, huevos, pintadas e incluso una inesperada amazona de plástico. La muñeca la colocó ahí Toni Molins, un pintor catalán que no dudaba en afirmar que era “gratuito y pornográfico” que se permitiese exhibir estatuas y otros elementos franquistas en plena calle.

Quizá estoy de acuerdo con esto último, pero es con lo único que estoy de acuerdo…

Una lección democrática vestida de estatua

En 1977, en España se promulgó una Ley de Amnistía con el fin de consolidar la transición democrática. Entre 1977 e inicios de los ochenta, el país entero empezó a aprender lo que significaba libertad de expresión —que no debería confundirse nunca con la apología del odio—, en las calles se empezó a escuchar hablar en catalán, y en vasco, gallego, mallorquín, valenciano; la gente empezó a obviar esos silencios incómodos, y los cuñadismos de bar comenzaron su época dorada.

A partir de aquí, se consideró que todo se había solucionado, que una ley de memoria histórica no tenía sentido, que solo serviría para remover la mierda; que la educación necesitaba una reforma paulatina, y no una regeneración total al salir de la dictadura; que podíamos seguir funcionando como un estado centrista, y que una reforma de las autonomías sería suficiente para solventar un problema que llevaba siglos arrastrándose, y tantas otras cosas.

El caso de la estatua tan solo es un ejemplo más de este desconocimiento. ¿Podía esta considerarse apología del odio? Para la alcaldesa de Barcelona, está claro que no, y para un servidor, probablemente tampoco. El Franco descabezado se encontraba cabalgando dentro del marco de la exposición Franco, Victoria, República. Impunidad y espacio urbano, pero, quizá, este último concepto, podía haber quedado en el tintero. Quizá no era necesario sacar al caudillo de paseo, y muy probablemente tampoco herir sensibilidades de esas dos Españas que siguen por la retaguardia de la actualidad.

Para terminar, un consejo para los tres vándalos libertadores de ayer: leed a Ian Gibson. El irlandés os explicará qué lo que sucedió en las Matanzas de Badajoz, no fue muy distinto a Paracuellos del Jarama o al Campo de la Bota; que la concepción democrática del surgimiento de la Segunda República, por flexibles que podamos ser y por ganas de contextualizar el inicio de un proceso que tengamos, es más espontánea en tres grandes focos de población que legal, y muchas más cosas que nos ayudarían a separarnos de ese anómalo romanticismo al que, muy a menudo, nos lleva la ignorancia.

Una ignorancia contra la que acciones similares a esta exposición podrían luchar, pero escogiendo el modelo correcto, no plantándonos una estatua de un fascista cabrón que gobernó España durante más de treinta y cinco años en los morros, y llevándose las manos a la cabeza porque hay gente que se deja llevar y le suelta un par de huevazos… ¡Para la mayoría, eso es lo mínimo que se merece!


Enlaces relacionados:

Una herida que supura en los muertos

Una de las historias más terroríficas de la Guerra civil española se rastrea alrededor de las tropas moras de Franco: jóvenes del África ocupada que se alistaron o fueron enviados a las campañas más cruentas de la invasión fascista.

En los meses y años siguientes, se hicieron barbaridades por todos lados. Algunos citan Paracuellos y otros el Campo de la Bota; los reiterados intentos de invadir Madrid (por el sur, tras cortar la línea de suministros de Valencia, por Guadalajara…) o la Batalla del Ebro; en todas ellas, las tropas moras se convertirían en carniceros, pero también en carne de cañón.

Los moros que trajo Franco/ en Madrid quieren entrar./ Mientras queden milicianos/ los moros no pasarán.

Coplilla popular

Cuando se niega la historia, ocurren dos cosas: o se olvida, o no sana. Hoy, a un siglo de distancia, una de las grandes victorias a la barbarie es el reparto justo; en el caso español, este no llegó para todos. Todo lo que Franco negó durante cincuenta años a la España perdedora, la democracia lo devolvió poco a poco a republicanos, supuestos colaboracionistas y familias enteras que habían sido arrastradas a una guerra entre hermanos.

Oficiales indígenas del ejército español en Tetuán
Oficiales indígenas del ejército español en Tetuán (Marruecos).

¿Fue una solución total? Claro que no. La guerra y el franquismo no han cicatrizado bien en este país, pero, entre las brasas, sigue habiendo acontecimientos que pueden hacernos sentir afortunados.

El destino de las tropas moras es uno de estos; olvidados por todos, como una parte más de historia que, erróneamente, nadie quiere recordar aún, murieron en la miseria más absoluta; unos pocos todavía mendigan en el norte de Marruecos, y en Ceuta y Melilla, con un bastón de madera, no de oro como les prometió Franco, y con pensiones que se mueven entre la ruina y una amarga carcajada fruto de la impotencia.

Driss Deiback presentó hace unos años un documental sobre este tema titulado Los perdedores; si acaso tanto como los propios españoles que fueron obligados a escapar, a esconderse o a luchar en ausencia de cualquier ideología real muchas veces. A los moros se les prometieron todo tipo de néctares junto a la victoria, y la mayoría encontró la muerte; los que quedaron, cruzaron el estrecho de vuelta, donde los griegos ubicaban las columnas de Hércules y, más allá, el fin del mundo, con una pensión de mil pesetas que, para nuestra vergüenza, nunca se adecuó a los tiempos.

¿Eran víctimas de una mentira o verdugos de un régimen totalitario? No importa. La historia los condenó a ser nada; eso debería ser castigo o condena suficiente.


Enlaces relacionados:

El regreso de la guardia moraen Crónica de El Mundo

La película “Los perdederos” y Juan Goytisolo en el blog de JM Álvarez