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El respeto como obligación política

En la era de lo políticamente correcto, parece ser que todo va sobre el respeto: respetar a quien es diferente; respetar las reglas del juego democrático; respetar a aquellos que no piensan como nosotros… Respetar es una palabra que se esgrime con más soltura de la que se maneja, y para muestra la más rabiosa actualidad. Esta paradoja tiene nombre: sesgo endogrupal, y explica por qué nos resulta más sencillo aceptar las premisas de aquellos que más se parecen a nosotros, comparten nuestro modo de vida o votan al mismo candidato político. Pero pedir respeto desde la intolerancia carga en su sino con el peligroso germen del totalitarismo: si no podemos escuchar al prójimo, ni este hará el esfuerzo de atender a nuestras palabras, ni podremos avanzar como sociedad. Ya lo dijo Churchill: «Valor es lo que se necesita para levantarse y hablar, pero también es lo que se requiere para sentarse y escuchar», y esto último es imprescindible entre compañeros de armas y también entre adversarios.

Resulta evidente, pues, que el único modo de confrontar ideas en busca de un beneficio mutuo de las partes es a través del diálogo, que todo lo soporta menos la fuerza y la imposición, y que es justo lo que enseñamos a nuestros hijos, como lamentaba el humorista Berto Romero en el último late night de Buenafuente, porque deberíamos avergonzarnos de, ni respetarlo, ni cumplirlo en la adultez. Quizá, entonces, la respuesta deba hallarse en los niños que fuimos, como expresaba hace más de setenta años el escritor Antoine de Sant-Exupéry en El Principito, con el fin de tratar de rehacer el mundo que ocultamos por vergüenza a los más pequeños.

Respetar es una palabra que se esgrime con más soltura de la que se maneja, y para muestra la más rabiosa actualidad.

Sobre esta realidad no importa que hablemos de ciudadanos que exigen más derechos para sus animales de compañía sin cumplir con sus obligaciones —una cuestión en la que, poco a poco, hemos vencido y convencido—, aquellos que demandan al consistorio una ciudad más limpia a la par que siembran de colillas cualquier esquina que transitan, o de políticos que son votados para hablar entre ellos por y para los ciudadanos y se atascan las orejas de la verborrea que mana de sus bocas.

Por lo tanto, parece lógico creer que el respeto requiere de empatía, y este, a su vez, es imprescindible para alcanzar nuestros objetivos éticos, políticos y sociales como comunidad. Sobra decir, no obstante, que, como cualquier otro concepto en el que la subjetividad y la emoción nos guían, este supondrá una significación distinta para cada persona, y para muestra tenemos Internet, donde una amplia mayoría considera que la libertad de expresión acoge chistes de mal gusto sobre Irene Villa o memes de Mariano Rajoy y de cualquier otra figura política, y otros tantos, considerarán que tales acciones deberían quedar encerradas en el pensamiento.

Concentración por los Jordis (Barcelona, 17/10/17)
Fotografía de la concentración a favor de la liberación de Jordi Sánchez y Jordi Cuixart, que gran parte de la sociedad catalana ha definido como los dos primeros presos políticos del movimiento independentista.

Sobre lo que nadie debería dudar, sin embargo, es que el respeto debe ejercerse de forma activa, y no pasiva como estamos acostumbrados a creer. El proceso político-social catalán es, muy probablemente, el ejemplo más interesante de los últimos años: no solo se trata de que la clase política y, posteriormente, los agentes sociales se hayan saltado a la torera la legalidad vigente, sino que existe en las entrañas del «procés» una ignominiosa falta de respeto desde el gobierno central, que como un padre autoritario y con las leyes en la mano ni tan siquiera se ha levantado del butacón o ha intentado hacer el mínimo esfuerzo: escuchar lo que se tenía que decir e interesarse por ello. Muy probablemente este no sea el lugar y no contamos con el espacio para desgajar la cuestión hasta el fondo, pero habría que preguntarse cuál de las dos supone una mayor falta de respeto y por qué. Si bien es cierto que este tema nos sirve para comprobar que no hay causa que no deba ser respetada siempre que sus argumentos cuenten con los dos valores fundamentales con los que empezaba esta tribuna: tolerancia y respeto. El por qué lo expresó a las mil maravillas el filósofo austro-británico Karl Popper: «Si extendemos la tolerancia a aquellos que son abiertamente intolerantes, los tolerantes serán destruidos»; por ello, cualquier movimiento que predique la intolerancia debería estar fuera de la ley.» Con esta mochila a cuestas, quizá sea momento de volver a evaluar muchas situaciones del panorama social y político de nuestro país, ¿no creéis?


Esta es una tribuna corta que, finalmente, ha rechazado la línea editorial de un periódico de tirada nacional. Por ello, quizá el tono y el estilo no son exactamente aquellos que utilizo normalmente en este blog.

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¡Guerra a la democracia!

844 personas es la cifra de heridos por las cargas policiales que seguían gritando «¡A por ellos!». La semana pasada lo hacían iniciando un viaje que creían que llevaba a un sueño unionista; ayer, lo hacían con las porras, con empujones, con patadas, con agresiones sexuales, y fuerza bruta.

Ayer, vi cómo una sociedad se soldaba bajo un estandarte de paz y resistencia no violenta, y otra, que nunca ha querido dialogar y que ha reducido todo su discurso a la fuerza de la ley armada, caía un poco más. Vinieron buscando a un monstruo radicalizado, a zombis que repetían un panegírico político, a gente que en sus cabezas no eran ni tan siquiera personas, y nos encontraron a todos nosotros, y a nuestros padres, y madres, y abuelos, y abuelas. Vinieron buscando el fascismo sin percatarse de que el fascismo viajaba con todos ellos en los coches, en las furgonetas y en aquellos barcos en los que hasta la Warner Bros exigió que se ocultasen a los dibujos animados de nuestra infancia por vergüenza.

The Telegraph (portada, Cataluña)

Hay miles de comentarios —en TV, en Internet, en la calle— que siguen negando una realidad de represión totalitaria, de falta total de proporcionalidad en el ejercicio de sus funciones y de uso de los cuerpos y fuerzas de seguridad del estado como policía política. Al contrario, la maquinaria de estado ha tildado la actuación de los Mossos d’Esquadra de escandalosa y ligera, olvidándose que una constitución —cualquier constitución— no se preserva agrediendo a sus propios ciudadanos. Por suerte, de esos miles, hay cientos de miles, y millones, de personas que han visto la realidad dentro y fuera de Cataluña. Esta madrugada era momento de que todos los ciudadanos de este país —de Cataluña, y también de España, y de Europa— recordásemos que cuando quitan la libertad y la democracia a un pueblo, quitan la libertad y la democracia a todos los pueblos; hoy, es un día distinto, de tristeza y dolor, y quizá por eso está nublado dentro y fuera de nuestras cabezas.

Hoy, es ese día donde los partidos de la oposición no deben reunirse con Mariano Rajoy, presidente del Gobierno de España, sino presentar una moción de censura directa y echar a su partido del gobierno.

Hoy, es ese día que hay que recordar a Europa que su existencia no es sinónimo de una moneda única, ni de rescates bancarios u oligarquías, sino de integración de sus pueblos y, sobre todo, de eficacia, calidad y buena orientación de la intervención de los distintos estados que la componen.

Hoy, España debería ser intervenida; hoy, Europa debería actuar si quiere que su propia esencia no se termine de vaciar de significado.

Lo peor de todo, es que el gobierno de España ha fallado a todos los españoles y a todos los catalanes, cualesquiera que fuera el sentimiento de estos, y ha dado alas a la independencia de un bloque que muchos seguimos sin creer que es mayoritario, que no estamos de acuerdo con la mayoría simple que no esperó a la cualificada en el Parlament, porque tras la demostración de lo que el día 1 de octubre fue terrorismo de estado contra su población, no importa el porcentaje del «sí» y del «no» en un referéndum que no cumplía las garantías democráticas mínimas —cuya culpa, de nuevo, vuelve a ser antes de aquellos que tenían la obligación de dialogar y no quisieron, que de aquellos que tenían un anhelo político-social distinto al que le gustaría al gobierno central.

Quiero creer que todavía no es tarde para el diálogo, para una reforma del estado de las autonomías, para el federalismo y para una votación legal y democrática que dé voz y voto para que los ciudadanos de cualquier nación de España puedan escoger su futuro. Pero eso no está en manos del Partido Popular, sino del resto de las fuerzas políticas de España y de Cataluña, así que échenle cojones (y ovarios), señores y señoras, y eviten que, catalanes o españoles, sigamos sintiendo vergüenza de lo que significa pertenecer a un país, o varios, que ha olvidado el significado de las palabras «libertad» y «democracia».


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Corleone y la independencia

Encarnado en el don de la familia Corleone, Al Pacino daba voz a los pensamientos de varios de los personajes que se encontraban alrededor de una mesa de reuniones en La Habana: «pueden ganar», decía, «porque no tienen nada que perder». Estos días han dejado muchas imágenes rupturistas, pero ni unos ni otros de los que están por ahí arriba se plantean que las cosas puedan pasar a mayores. A las redes sociales, sin embargo, mejor no acercarse más de la cuenta, pues quien no te envía al ejército de tierra, le baila el agua a la andaluza y te aplica el ciento cincuenta y cinco —que tiene una rima muy fea, y no voy a ser soez aquí— y te ataja el problema en un pispás.

Hyman Roth, don Corleone y asistentes a Cuba (El Padrino II)

Yo no creo en banderas, y, por lo tanto, soy tan poco nacionalista como independentista, pero ya he dejado escrito en reiteradas ocasiones que tampoco creo en unidad sin un proyecto común detrás. No creo en la política, sino en los hombres sabios, como Ortega y Gasset, que decía que la nación remite al sentimiento y el estado a un proyecto común. Sin proyecto común, los estados mueren, y son las naciones las que prevalecen, puesto que los primeros, quienes lo sienten, lo hacen mediante un papel, y las segundas viven en el corazón.

No creo en esta política. Creo en aquella gente que ha visto más que yo, como Iñaki Gabilondo, quien lo ha visto todo de ese escenario patrio, a veces de cambio, y, a menudo, dantesco y escatológico; Iñaki es un tío que te puede caer bien o te puede caer mal, pero tiene visión; Iñaki, quien decía que el problema no era el día 1 de octubre, sino todo lo que habremos hecho hasta llegar a ese domingo de urnas secuestradas desde el conjunto de España y después para terminar de perder Cataluña. Porque se inflaman los ánimos de los que sienten y de los que no sienten, de los que sienten unidad y de los que sienten democracia, pero un bando tiene claro el camino y el otro solo sabe que no le gusta la dirección. Julia Otero escribía hoy una tribuna en el 20Minutos que decía lo siguiente: «La mitad de la ciudadanía en Cataluña no quiere la independencia, pero son invisibles para la Generalitat. La otra mitad quiere la independencia, pero la Moncloa los ignora.» El problema, Julia, es que eso no es del todo cierto: dos se sacan la minga, y el primero que se la guarde en los pantalones, pierde. Uno de ellos es el hijo del dueño del bar, y se cree con derecho a todo, el otro lleva pululando por allí toda la vida, y está hasta los cojones de tanto pitorreo: ninguno de los dos se plantea perder ese pulso, a riesgo de no poder volver a pisar el local. Entonces, ¿quién gana?

Manifestantes Madrid (derecho a decidir Cataluña)
Manifestantes en la Puerta del Sol de Madrid que defendían el derecho a decidir de Cataluña.

¿Es tan simple? Por supuesto que no. Hoy, chocan identidades, y modos de vida, y fiscalidad, que son tres de los grandes problemas que enfrentan España y Cataluña; pero la guardia civil, y la persecución de libertades y las fotografías de tanques en Lérida —pues claro que hay ejército en Cataluña, ¡y en todas partes!— son otro golpe bajo por parte de un gobierno que ha tenido tiempo más que suficiente, pero que se ha amparado durante demasiados años en el statu quo de una dictadura, de unas autonomías que (ya) no funcionan, de una presión fiscal que vive del ayer, e incluso de los sueños de unos para configurar los de todos, cambiando el ya arcaico e indiscutible catolicismo de época por un centralismo que ya agoniza en su búsqueda de federalismo.

¿Cuál es el problema que enfrentan los paletos de traje y corbata y los que piden una votación de todo el país para que Cataluña se independice? Que no saben lo que de verdad importa; que no entienden que el Derecho de Autodeterminación de los Pueblos es solo un papel más que no contempla todos los supuestos de Europa: que no saben ni qué coño firmaron en su momento. Yo no soy nacionalista, de ningún tipo, y tengo amigos que se sienten y amigos que no se sienten, pero todos hemos visto cómo hace diez años el proyecto independentista eran cuatro gatos, y hoy puede ser una realidad. Y lo más triste es que esto se haya potenciado a través de los partidos que hospeda el gobierno central y no solo del bloque catalanista, y que ahora se pretenda detener mediante la prostitución de los pocos valores democráticos que España aún podía enorgullecerse de respetar.

En El Padrino II, el viejo Hyman Roth (Lee Strasberg) regaña a Michael por poner nerviosos a los asistentes a la reunión con locas ideas sobre los rebeldes cubanos, sin entender que el único pecado de don Corleone es decir en voz alta lo que todos estaban pensando en sus cabezas. Quizá con Cataluña pase lo mismo; con una gran diferencia: cada vez hay más leyes, y pueblos, y medios, que amparan el proyecto de referéndum que quería lanzar el gobierno de Carles Puigdemont y menos demócratas que pueden defender la postura oficial española.

Hablar con tus enemigos

En uno de los muros del colegio al que fue mi mujer de pequeña, dice: «Si buscas la paz, no hables con tus amigos, sino con tus enemigos». Pero a saber qué decían las paredes del centro donde se educaron Mariano Rajoy, Carles Puigdemont o Soraya Sáenz de Santamaría. Supongo que algún tipo de Alea jacta est, para que se fueran acostumbrando desde cachorros.

Tras el paripé del debate parlamentario se demuestra lo que muchos ya sabíamos: Junts pel Sí y la CUP no tienen fuerza suficiente para empujar hacia delante al resto de fuerzas políticas catalanas —y cabe añadir que estas tampoco están por la labor—, y que esta huida hacia delante no tiene un objetivo claro, más allá de una presión activa a Madrid, que sigue haciendo oídos sordos a cualquier demanda por parte de Cataluña, a sabiendas de que el porcentaje de participación de la comunidad no permitirá un verdadero referendo vinculante.

Viñeta (Faro; España+Cataluña)
Viñeta satírica de Andrés Faro sobre «la cuestión catalana».

Llegan momentos de tensión, porque empiezan a desenquistarse problemas que arrastra todo el Estado español desde 1977: un conflicto de identidades y de naciones que se ha escondido bajo la alfombra de las autonomías, pero que llevan dando señales de que tienen que pasar por el mecánico desde mucho antes del Estatuto de Autonomía de Cataluña y el Plan Ibarretxe.

Todo ello, no quita que las cosas no se deban hacer con alevosía salvaje, con presiones y carpetazos como los de ayer, que omiten otras formas de pensamiento democrático e ideológico y que, sobre todo, han prostituido el sentimiento de catalanidad para eludir que no existe ni plan de acción ni hoja de ruta.

Sí es cierto que, cuando lleguen las lágrimas y los «cachetazos» europeos, los catalanes podremos achacar un gran peso de la culpa al Gobierno central, que, como bien decía hoy el editorial de CTXT con gran acierto: «Por muchas torpezas y errores que estén cometiendo las instituciones catalanas y el movimiento independentista, creemos que, ante todo, corresponde al Estado establecer el marco político que permita procesar y resolver democráticamente la demanda, ampliamente mayoritaria en Cataluña, de un referéndum.» ¡Y cuánta razón hay en esas palabras!

Viñeta de El Roto (Cataluña/España)
Viñeta de Andrés Rábago García (El Roto) sobre la crisis entre Cataluña y España.

La democracia no ha muerto. Sin embargo, exige hablar y, todavía más importante, negociar y parlamentar con nuestros enemigos, algo que ni las fuerzas políticas catalanas ni las españolas recuerdan, y, como ejemplo, tenemos las elecciones generales de los dos últimos años. Ni España, ni Cataluña; nuestro país —lo sienta cada cual como lo sienta— tiene una historia propia y otra compartida, y por mucho que la línea azul del ejecutivo siga creyendo que solo existe un marco político, la realidad es que, de existir, en absoluto es el de un estado centralizado, sino el de un gobierno federal que deberá afrontar otros muchos problemas cuando ni Madrid parta y reparta, ni se pueda obviar que, no solo se trata de sentimiento nacional, sino también de contribuciones (muy) desiguales hacia un objetivo que se ha demostrado, una y otra vez, que no siempre es común.

Hay dos citas más que son aplicables a muchos de los actores de este folletín de semanario cutre: «Tú mismo eres tu peor enemigo» y «Toda persona tiene derecho a ser estúpida, pero algunas abusan de ese privilegio». Veremos cómo se suceden las cosas durante las próximas semanas, pero hay algo que tranquiliza, y es que, después del día 1, volverá a salir el sol, una vez, y otra, y otra. Es la ventaja de la desconexión política y social que sufrimos en la actualidad: que organiza, pero ya no dicta; ¡y qué coño! A menudo, casi mejor.

Un hiver à Majorque, el Estado Islámico y la independencia de Cataluña

Es la verde Helvecia, bajo el cielo de Calabria, con la solemnidad y el silencio de Oriente.

Un invierno en Mallorca (Georges Sand, 1855)

En mayo, Mariano Rajoy se afanaba en volver a plantear el proyecto del gasoducto del Mediterráneo en Bruselas. Así, aprovechando las circunstancias en el Este, mataba dos pájaros de un tiro: se marcaba un punto con la Unión Europea y remendaba su posición política tras el bofetón de las elecciones. Después, llegó el veranito y, como cada año, todo se congeló entre la piscina y la playa; la barbacoa, las cervezas, etcétera. Todo queda paralizado un par de meses hasta que llega septiembre, y los críos necesitan libros, las familias necesitan llenar el carro del súper, y los políticos necesitan seguir prometiendo.

Sobre Un invierno en Mallorca

Hace siglo y medio, George Sand desembarcaba con su amante, Frederyk Chopin, en la isla de Mallorca. Allí, en un periplo de noventa y tantos días intentarían, infructuosamente, sanar un cuerpo sitiado por la tuberculosis; buscando el exótico sur que no encontraron en las costas mallorquinas. Diríase que hallaron algo distinto a lo esperado, una sociedad de chuetas y campesinos que se alejaban notablemente del mito del bon sauvage  que, quizá, impregnaba sus retinas desde la bahía de Palma. Aunque dudo que al oriundo balear le importase una… ¿sobrasada? lo que pensaba esa francesa que tenía por costumbre vestirse de francés.

Sobre ISIS o el Estado Islámico

Por otro lado, y probablemente al margen de todos estos acontecimientos antes citados, hace unos pocos meses, aunque parecería que de esto hace ocho o doce siglos, el integrismo islámico asomaba la cabeza tras el velo que, día tras día, la mayoría de Occidente se encarga de ocultar por una u otra razón. En este caso, el filo terminó por martirizar y dar muerte a un periodista de los de verdad, James Foley, quien desapareció en Siria hace un par de años. Y, quizá, más que ver el sangriento documento que lo atestigua —el cual está petado de visitas, por cierto—, valdría la pena informarse acerca de los acontecimientos actuales en Iraq y Siria de la mano del ciclo de entrevistas que Vice News realizó a miembros del llamado Estado Islámico.

Y todo ello está relacionado. Son tres claros casos de incomunicación.

Sobre la falta de comunicación a nivel geopolítico

Pero, evidentemente, de todo esto nadie habla en realidad. Así como los dos amantes no se citaron en sus respectivas composiciones artísticas en la vieja Maiorica; todos olvidamos rápidamente lo que ocurre a nuestro alrededor, por desinterés, por falta de compromiso, e incluso por gravosa desinformación. El verano de este 2014 pasa tan rápido como el resto, cuando llega agosto acortando días y volviendo un poco más triste cada atardecer, pensaría cualquiera. Cuando llega, de nuevo, el fútbol, la telebasura, los reality shows y vuelven a ponernos la venda en los ojos; eso sí, tampoco es que les cueste demasiado.

Mientras, a cuatro mil kilómetros de distancia de la Península ibérica —que, aunque no lo parezca, es una longitud mucho menor de la que hay a Norteamérica, por ejemplo— hay yihadistas; yihadistas de los que no sabemos nada, adoctrinando, matando y decapitando a personas desde hace meses; y a nosotros nos llega información fragmentada acerca de lo sucedido de la mano de un verdugo que asesina a un periodista americano frente a una cámara. Su intención es clara y directa: quiere mover el ojo del Gran Hermano hacia allí. La nuestra también: necesitamos ese tipo de atrocidades para ser impactados por lo que hay a nuestro alrededor; y ya, ni eso.

Mezquita de los Omeyas
Patio de la Mezquita de los Omeyas (Damasco).

Puesto que el panorama internacional se mueve a unas revoluciones en las que semanas parecen minutos, y minutos… Bueno, los minutos se nos escapan de los manos: uno a uno; ya podemos obviar, rápidamente, la crisis entre Palestina e Israel que movilizó a grandes grupos de personas alrededor del globo hace… ¿15 días quizá?; personas que criticaban la actitud de Israel y de Hamas; personas que condenaban la muerte de civiles inocentes y medios (y grupos, y lobbies, y celebrities; ¡ojo!), predominantemente, estadounidenses e israelíes que parecían ver muy clara y lícita la actitud del gobierno israelí. Aquí no pecaré de simplista, pues mi intención no es más que llamar la atención sobre distintos hechos que están ocurriendo en paralelo frente a nosotros.

A su vez, el Estado Islámico es, hoy día, una realidad más; una realidad francamente cruel, peligrosa y atrasada a nuestro tiempo, donde un manuscrito religioso (Corán) se convierte en una ley a todos los niveles; una sharía pervertida por el integrismo que supone huida, temor, privación de libertades y derechos humanos y muerte por doquier. Pero nadie habla de eso todavía. Y quien advierte uno de estos temas, no tarda en optar por la inacción. Y ese es el verdadero problema. Como sociedad, vamos tarde.

Abu Mosa
Abu Mosa, agente de prensa del Estado Islámico durante una entrevista realizada por Vice News en Siria.

Sobre la independencia de Cataluña o el estado catalán

Y ahora nos acercamos otra vez a un contexto más cercano, que quizá sí nos suene a todos, porque a esto los medios sí se le han dado bombo y platillo. Con innumerables matices frente al resto de temas —principalmente, por considerarlo de menor importancia que lo inmediatamente anterior, pero también por respeto y conciencia democrática—, al Estado catalán, compuesto por aquellos miembros de la sociedad catalana que desean decidir su independencia frente al Estado español, le ocurre algo similar; para empezar están hablando, y están siendo desoídos desde hace varios años por el gobierno central. Y es que Europa y, en especial España, no parecen desear conversar con sus semejantes, sino limitarse a ignorarlos. Pero no es un problema que exista en las calles de Barcelona, Gerona, Tarragona o Lérida, sino también en el País Vasco, y en Galicia, y en la mayoría de comunidades que no están de acuerdo con mantener eternamente ese parche que se realizó en la Constitución de 1978. Y si me apuras, en Grecia, en Italia, en Portugal…

La paz no se busca hablando con los amigos, sino con los enemigos.

Moshé Dayán

A mi modo de ver, el catalán que no se siente español tiene todo el derecho del mundo a buscar las vías que considere oportunas para cerciorarse de si la mayoría de los catalanes se sienten o no se sienten españoles (o sea, mediante referéndum popular y democrático). Asimismo, el español que no se siente cómodo con la Constitución de 1978, tiene derecho a buscar una solución a ese problema… Obviar esto y no buscar el diálogo entre las partes siempre trae consecuencias; decir que todos los españoles deben decidir el futuro de Cataluña es mentira (y es fascismo, además), a no ser que ese español viva en Cataluña y, aun así, para no alargarme en exceso, estoy convencido de que, de celebrarse la votación —lo cual tampoco dudo con la comunidad internacional ojo avizor—, ganaría el no. ¿Por qué?

Porque el catalán (medio) se siente español; muchos catalanes se sienten catalanes y españoles; otros se sienten españoles; otros se sienten catalanes y otros tantos no sienten nada y pasan de este tema. Pero la vía de la independencia es una apuesta tradicional que ha cogido fuerza por un clima de malestar concreto. ¿Cuándo ha sido Cataluña un estado? ¿Qué interés tiene? Cataluña, Baleares, Andalucía, Galicia, Valencia… es decir, los ciudadanos de Cataluña, Baleares, Andalucía, etc., quieren mejoras, quieren que no se les tome el pelo y un largo etcétera. Y apuesto que, si lo piensa en frío, la mayoría ve una tontería duplicar organismos e instituciones oficiales ad hoc, igual que ve una tontería dejar de formar parte de un estado del que forman parte y con el que han mantenido siglos de convivencia. Lo sé. Lo sé porque hablo con la gente, no con los políticos. Hablo con la gente por la calle; hablo con la gente de las tiendas, con los amigos, con la vecina… y todos son catalanes, y algunos quieren la independencia, pero oye, ni de coña una mayoría.

¿Saben quiénes no hablan ni escuchan a los ciudadanos, verdad?

El problema real surge cuando las partes no escuchan, cuando las cosas se imponen, o se ignoran, o se encubren. De golpe y porrazo, tenemos el ébola hasta en la sopa, y a Pujol (que es un mangante, como tantos catalanes y tantos españoles), y nada se resuelve. Porque nadie quiere saber nada de este tinglado, ni de muchos otros.

Jordi Pujol
Jordi Pujo, 126º presidente de la Generalitat de Catalunya (1980-2003).

Por último, apreciaría además que no se buscasen tres pies al gato, y que nadie empezase a leer aquí o allá que si se compara Israel con Siria o Iraq, o con Cataluña, o con quien se quiera relacionar. Apreciaría que el lector empezase a razonar, a buscar soluciones y a entablar diálogos de forma real y global entre regiones que, hoy día, están obligatoriamente interconectadas y, quieran o no, van a tener que aprender a convivir.

Esto no es una llamada al diálogo de los opuestos, es una realidad. Decía un famoso israelí: la paz no se busca hablando con los amigos, sino con los enemigos. Y yo creo que esos viejos, esos jóvenes y esos niños que graban con sus smartphones estadounidenses cómo los cuerpos de sus antiguos compatriotas son decapitados y sus cabezas son clavadas en una pica, necesitan mucho diálogo con el resto del mundo. Y nosotros necesitamos empezar a establecer puentes con ellos si queremos intentar que una zona que pervive en el pasado, se adecue al tiempo presente.

Y es que el gobierno religioso y la caza del infiel, no funcionó aquí. Y tampoco lo hará allí. Y en eso sí llevamos algunos siglos de ventaja frente a ellos. Pero eso no es excusa para seguir tratando a cualquier individuo que no pertenezca a Occidente como un niño que necesita nuestra ayuda, pues muy a menudo escoger esa vía solo empeora las cosas. Ellos, que no dejan de ser más que nuestros semejantes, que son un pequeño grupo —aunque no tan pequeño ya— y que no tienen discurso. Que critican a Occidente, pero se han formado aquí; que maldicen a la industria europea, pero usan unas Ray Ban para protegerse del sol del desierto, que usan tecnología de infieles para extender su discurso, y que mantienen una idea religiosa unívoca para seguir pensando que tendrán una recompensa en la otra vida, aunque a diferencia de los verdaderos musulmanes, les preocupa más de la cuenta lo que los demás hacen con su existencia terrenal.

Moshé Dayán
Moshé Dayán fue un político y militar israelí.

Porque una cosa está clara. En un mundo donde vamos a vivir más de cien años, estamos destinados a llevarnos bien, o a no vivir tantos años. Y todo esto se resume en que necesitamos canales  y medios de información reales (o sea, útiles), que nos permitan filtrar el ruido, pero también rebuscar entre él; en un mundo tan globalizado como el que se nos viene encima, necesitamos concienciar a la gente de los valores reales de este siglo, de la desaparición de las fronteras, de la necesidad de un fin común… y, todo ello, puede parecer utópico, pero no hay muchas alternativas.

O podríamos hacer como George Sand y crearnos una imagen absolutamente fantástica del prójimo durante nuestro viaje y, al contrastarla con la realidad —donde, según ella, el mallorquín de época dedicaba su tiempo únicamente al campo e impregnaba su casa de una total falta de intelectualidad—, darnos un gran bofetón. O mejor aún, no contrastarla, y seguir sitiando los medios, los cafés, las calles y el mundo entero de medias verdades e ideas simplistas que facilitan nuestra (escasa) comprensión del mundo. Y es que un sitio, una lengua y una cultura, es su gente. Todo lo demás, poco vale. Y despreciar, ignorar u obviar la voz de un colectivo jamás ha traído nada bueno, porque un país no es un territorio: son aquellas personas que allí viven y han vivido. Y quizá todo esto sería bueno recordarlo también a nivel geopolítico.

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