Etiqueta: microrrelato

Tras ocho años…

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Fotografía de un pinzón macho (Fringilla coelebs).

Hace unos días, un colega me comentó sobre una iniciativa que empezaba con esas tres palabras. De algún modo, me inspiró para este microrrelato.

Tras ocho años… volvió a ver al pinzón. Lo recordaba asfixiado de color: azul, y naranja, y marrón, y blanco, negro, y polícromo. Sus ojos, en cambio, le arrojaron contra una silueta achaparrada, de colores terrenales —marrón, y ocre, morado, y gris—, que no ardían, ni emprendían el vuelo, sino que le observaban, con apatía y desinterés, a sabiendas de que la luz que ilumina a uno, puede ser un destello cegador para el otro. No te recordaba así en absoluto, dijo, y el pinzón contestó: “Siempre supe que eras gay.”

Golfo, el perro invisible

Golfo, el perro
Golfo (2000-2012)

Mamá dice que la nostalgia es algo que tienen los mayores cuando ya no son niños como yo. Dice que Golfo ahora es invisible; un perro invisible es la envidia de todos mis amigos, pero yo no sé por qué se oculta de nosotros. Quizá Golfo no quiere que yo oiga cómo crujen sus huesos y se apagan más y más sus ojos. Quizá cuando llega el final de Golfo, él prefiere irse de la ciudad, escaparse en silencio de mi lado. Qué perro más tonto; será invisible, pero Golfo es un tonto.

Publicidad sugerente y otros peligros de la era moderna

Cojo a Bukowski de la mano. Siempre tranquiliza acompañarse de algo que estaba ahí antes que tú y que, probablemente, seguirá estando cuando tú te vayas. Camino con la parsimonia ensayada que te permite el reloj cuando se atrasa diez minutos. «Ya me lo cobraré», debe pensar. Entonces, una total sequía sexual, el azar y la aparición de la primavera colocan frente a mí una imagen absurda en formato papel.

La chica del anuncio mira alrededor, durante diez o quince metros de largo extiende su gesto hasta un cartucho de tinta con excesiva sorpresa. Sus labios se curvan en una mueca donde conviven picaresca y burda sexualidad. La chica de la boca en forma de ‘O’ es un ejemplo de publicidad sugerente. Su dedo señala el producto, pero sus ojos te miran con deseo. ¿Qué vendían? Ah, sí. Impresoras. Cartuchos. Algo así. Entonces, llega el tren. Ella parece sorprenderse incluso de aquello que conforma su propia rutina de cartón. Le miro el escote de nuevo y pongo un pie en el vagón.

Me acomodo entre los presentes; mis dedos juegan con los interiores del libro que hoy paseo por la ciudad, acaricio su cubierta y pienso qué atractivo tiene vender impresoras mediante el sexo, ¿dónde está el reto? Todos sabemos que al gran público se llega mediante la sexualidad. Por otro lado, dudo que se nos recuerde poco más que lo necesitados de sexo que estamos durante la mayor parte de nuestras vidas: primero, solteros; después, casados. ¿Funcionará? Un grupo de universitarios entra con rápidas zancadas en el tren y me lo confirma.

—¿Has visto ese anuncio? Esta noche de negras a El Raval —grita uno de ellos, y yo sonrío. ¡Sí funciona! Somos muy primarios aún.