Tras ocho años…

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Fotografía de un pinzón macho (Fringilla coelebs).

Hace unos días, un colega me comentó sobre una iniciativa que empezaba con esas tres palabras. De algún modo, me inspiró para este microrrelato.

Tras ocho años… volvió a ver al pinzón. Lo recordaba asfixiado de color: azul, y naranja, y marrón, y blanco, negro, y polícromo. Sus ojos, en cambio, le arrojaron contra una silueta achaparrada, de colores terrenales —marrón, y ocre, morado, y gris—, que no ardían, ni emprendían el vuelo, sino que le observaban, con apatía y desinterés, a sabiendas de que la luz que ilumina a uno, puede ser un destello cegador para el otro. No te recordaba así en absoluto, dijo, y el pinzón contestó: “Siempre supe que eras gay.”

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Aquilea

Mis pasos me acercaron entre engaños, casi sin saberlo, hasta una gran fuente. En ella, una pareja de estatuas vetaba el paso al visitante. Con un gesto trágico, anunciaban en silencio una realidad desconocida. La mujer parecía temer todo aquello detenido a su alrededor, creando una ambivalencia lógica al posar sus ojos, pétreos, en el rostro masculino. Él era un antiguo héroe griego, su superioridad se escapaba entre muecas de desprecio, incluso su cabello caía de forma correcta; su torso no podía quebrarse.

Alrededor, una bruma verde inundaba el claro, los árboles cerraban lentamente el paso a los caminantes futuros, la hiedra crecía entre mis pies y los suyos, algo que no asustaba a la pareja. Al instante, me supe menos frente a ellos; un monstruo que no merecía alzar la vista contra sus dioses.