Black Mirror: nueva temporada; pocas sorpresas

Contiene spoilers de los capítulos.

El 29 de diciembre, Netflix liberó los seis episodios de la cuarta temporada de Black Mirror. Yo había prometido escribir un tercer artículo (o cuarto, ya ni recuerdo) sobre las cuestiones morales que flotaban —o te arreaban un bofetón— en los dos últimos capítulos de la tercera temporada, y lo retrasé, y retrasé, y ¡catapum! Cuarta temporada. A las pocas horas, miles de opiniones por todas partes; a los pocos días, llegan los artículos, los análisis y las columnas de opinión; palabras en prensa en busca del trending, de la viralidad, de esas cosas que ya siempre va a necesitar el medio digital.

Alberto Rey es una de esas figuras que ha escrito cuatro líneas en El Mundo. No muy tarde. Le pagan por columna, de un modo u otro, y sabe que aquí primero es mejor que segundo; por lo menos, en relevancia, comentarios, estadísticas; en definitiva, en redes sociales. Por eso yo llego rápido hasta él, y leo: «A medida que Charlie Brooker entrega episodios de ‘Black Mirror’ cae su valoración en el voluble mercado de la opinión televisiva. Una mezcla del clásico (e injusto) “tú antes molabas” y la lógica pérdida del factor sorpresa. No es tanto una merma de calidad del producto como un cambio del mercado y el espectador.»

Y una mierda.

Así que aquí empiezo yo, que también descubrí Black Mirror antes de que fuese tendencia. Pero primero una opinión rápida, en ráfaga, certera o no. Hay dos o tres capítulos que se salvan: Arkangel, que ya no sorprende, y Black Museum, que juega en exceso con la nostalgia del espectador fiel. ¿USS Callister? Es original, pero se pierde en el buenismo. Cocodrilo… No trasciende. Cabeza de metal, falla en el fondo y hasta en la forma. ¿Y Hang the DJ? Pues a mi me encantó, a través de la lectura que yo hago de un capítulo algo confuso. Hasta aquí, ahora de uno en uno.

4×01 USS Callister

En cariñoso homenaje a Star Trek, USS Callister podría haber sido una joya, porque habla de las grandes cuestiones de la naturaleza humana: identidad, sufrimiento, muerte… Si alguien hiciese una copia idéntica de ti, ¿serías tú o sería otra persona? Es todo lo contrario a la Paradoja de Teseo (¿cuándo al reemplazar todas las partes de un objeto deja de ser ese objeto?), y, en realidad, está intrínsecamente ligado a la misma, puesto que Robert Daly reemplaza completamente todas y cada uno de los átomos que forman a cada uno de sus prisioneros y los vuelca en una versión digital de ellos mismos. En este mundo, que también tiene algunos elementos de dos episodios míticos de Star Trek (La colección de fieras El escudero de Gothos) que ya se parodiaron en Futurama, Robert ha duplicado a personas de su vida diaria y las ha introducido en un mundo virtual con reglas propias.

USS-Callister (4x01)

Aquí se generan preguntas verdaderamente interesantes: ¿es la copia una extensión de la identidad del original?, ¿hasta qué punto siente y es moralmente reprobable comportarse mal con estas últimas?, ¿es real el sufrimiento en ese mundo o es acaso menos real que en el primer nivel de realidad? De cualquier modo, es una locura ontológica, y también antológica, en la que yo diría que, si las copias son tan exactas como los originales, el sufrimiento que pueden padecer será igual o mayor incluso, puesto que, en este otro mundo, las copias saben que son prisioneras de un demiurgo maligno similar al que podía imaginar Descartes, que no se limita a engañarnos (duda metódica), sino que se presenta y nos tortura; a menudo, y, sobre todo, en un inicio, por cuestiones que no tienen una relación directa con nuestra comportamiento como segundo individuo, sino con las acciones del individuo original. Podría ir mucho más allá (¿tienen los originales una responsabilidad ética frente a sus copias?, por ejemplo), pero no lo haré. Por el contrario, sí agrego que el capítulo podía haber mejorado mucho de dos formas: primero, consiguiendo que alguno de los individuos del mundo real comprendiese el comportamiento de Robert en su mundo “no tan ficticio” (quizá así las consecuencias de sus acciones no parecerían tan inverosímiles), y, segundo, ahorrándonos la carga de buenismo final, donde Daly es castigado hasta niveles que nos cuesta deducir (¿la versión se actualiza y Robert Daly queda atrapado en el parche anterior?, muy rebuscado) y donde los clones, si bien no son liberados, acceden a una cárcel de dimensiones galácticas.

4×02 Arkangel

Un gran planteamiento, y ahí queda. El problema que tiene Arkangel, además de una tecnología muy parecida a la de Toda tu historia (1×03), que más tarde entendemos (Black Museum, 4×06), es una falta total de conflicto fuera del ámbito familiar. No sorprende porque la tecnología que se presenta ya la conocíamos, pero también por el hecho de que el mismo conflicto tampoco es nuevo, y puede relacionarse más o menos rápido con el capítulo que menciono. Si Sara hubiese tenido problemas en el desarrollo, quizá ahí podríamos hablar de un cabo al que agarrarnos, pero la hija de Marie solo es rara, y solo es rara de niña; después, su madre desactiva el filtro, y esta consigue crecer con relativa normalidad (por cierto, esto es poco verosímil por razones puramente psicológicas) hasta la edad del pavo. En realidad, el uso del dispositivo se limita a poco más que a una cámara espía con la que conseguir ver cómo su hija se droga por primera vez, folla y se enamora de un amigo. Sí, la sobreprotección consigue el efecto contrario, como casi siempre, y hasta aquí; pero hay un gran acierto: Arkangel consigue mostrar que el problema, en última instancia, no lo tenía Sara, la hija, sino Marie, su madre, quien desde el nacimiento de la primera no ha aprendido cómo vivir sin esa dependencia que destruye la principal herramienta con la que se relaciona con su hija.

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4×03 Cocodrilo

Cocodrilo es ágil en su planteamiento: se produce un accidente, una pareja decide deshacerse de un cadáver y el tiempo pasa. Quince años después, el artífice del suceso desea reabrir viejas heridas, y, entonces, todo se complica. Otro capítulo que juega con la identidad y el sentimiento: ¿quién es Mia? ¿Una madre y una arquitecto que no quiere que su vida se desmorone o una asesina a sangre fría? ¿Nos define lo que hicimos en el pasado o también las decisiones que tomamos en cada momento? Estas son las dos preguntas básicas que nos pueden guiar por este mundo.

cocodrilo-black-mirror

Cocodrilo es, probablemente, uno de los capítulos más siniestros de todo Black Mirror (¿quién podría matar a un bebé ciego?), y, sin embargo, el uso positivo de las nuevas tecnologías está presente a lo largo de todo su desarrollo. ¡Ah! No está mal, pero ni sorprende, ni convence; quizá por la ausencia de ese cambio palpable que nos mueve de una veinteañera histérica que se ve sobrepasada por la situación a una psicópata capaz de todo. ¿Será la falta de castigo lo que la cambió o solo faltaba motivación suficiente? No lo sabemos. Y tampoco se explica: apenas se entrevé.

4×04 Cuelguen al DJ

Quizá no soy objetivo, pero este es el capítulo que más me ha transmitido: con más chicha que Arkangel, menos exigente que Black Museum —que lo es, y a distintos niveles—. Empieza así: en el Sistema Amurallado ya no tienes por qué conocer gente, tener citas vacías o comerte el tarro pensando si encontrarás a tu media naranja: el sistema te empareja constantemente con otras personas hasta que, tras dos, diez o doscientas relaciones, encuentra a tu pareja ideal. ¿El problema? El problema es que Frank y Amy se gustan desde el principio, se caen bien, encajan, y el sistema dicta que su relación durará solo doce horas. Doce. A partir de aquí, Cuelguen al DJ explora las relaciones posteriores de ambos y cómo hay algo que no encaja en este mundo. Más adelante, su Tutora, el cachivache digital que les asesora, vuelve a emparejarles, pero recelosos del tiempo que les ofrece esta vez, deciden no descubrir la cuenta atrás presente en toda relación de aprendizaje que les ha asignado.

El planteamiento recuerda, en líneas generales, a San Junípero (3×04): un amor imposible condenado a terminar, y ofrece un giro de ciento ochenta grados cuando los protagonistas comprenden que el programa de citas es la verdadera prueba: si tienen que vivir en el Sistema, mejor escapar donde puedan estar juntos; y si Amy tiene razón, así es como realmente podrán conseguirlo. Pero no. Al escaparel capítulo nos muestra como todo eran versiones del algoritmo de citas del programa que utilizan ambos en el mundo real, y que, en el 99,98 % de las veces ha demostrado que son compatibles. En un bar, mientras suena Panic de The Smiths, Frank ve a Amy de lejos, y Amy a Frank, y nosotros quedamos estupefactos al comprobar que toda la historia que hemos presenciado solo era un cálculo más del programa de citas que los dos utilizan en su smartphone.

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Como es habitual, Black Mirror vuelve a jugar con los niveles de realidad, así como con nuestra percepción de los mismos. ¿Es falso todo eso que hemos visto porque no ocurre en nuestro mundo?, ¿tienen valor esas relaciones y esos mundos creados en la Nube?, ¿hasta qué punto podemos amar, sentir o vivir como hasta ahora en un mundo donde son Tinder o Siri los encargados de hacer que nos conozcamos y reconozcamos? Complicado, sin duda. En mi opinión, le falta algo de innovación, que ya es difícil encontrar en esta cuarta temporada, y un desenlace menos abrupto, o, por lo menos, más digerible tras tanta metafísica.

4×05 Cabeza de metal

Horrible. Atroz. Y no merece ser Black Mirror. El peor capítulo de toda la serie con muchísima diferencia. No obstante, para que se entienda que no es una crítica bestial sin fundamento y, entendiendo que cualquiera que esté leyendo esto ha visto los episodios o no le preocupan los spoilers, ahí va la sinopsis argumental: unos supervivientes/carroñeros intentan robar en un almacén algo para un tal Graham, que está muy enfermo, y se ven sorprendidos por un robot que los ataca y asesina; la única superviviente escapa y consigue refugiarse en una casa, armarse con una escopeta y destruir a la máquina que la persigue, pero, al morir, esta explota incrustando en su rostro y en su cuello rastreadores para que otros robots la encuentren. En el almacén, la cámara nos enseña que fueron a por un oso de peluche, por lo que se entiende que el enfermo era un niño que quería un juguete y que el mundo está hecho una mierda.

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Vale. ¿Y? No nos importa qué coño era el Mcguffin porque ya no hay conflicto, y lo peor es que, en Cabeza de metal, nunca lo ha habido. Por contexto se presupone que el mundo es una distopía, pero no sabemos ni qué ha pasado, ni qué está ocurriendo ni qué propósito tiene la protagonista, ¡porque no lo tiene! Los americanos que son tan y tan buenos en plantear historias y meternos dentro de ellas rápido, aquí la pifian: no hay trama, no hay presentación, y no hay conflicto más allá de la mera supervivencia típica de las películas de zombis. Para terminar de cagarla, el capítulo se presenta en blanco y negro sin un fundamento lógico; vale, quizá el nivel de detalle de las expresiones y sensaciones de los personajes transmite mejor así, y, de paso, se aleja del gore típico de las películas de terror o los thrillers, pero me importa un bledo —como si es un universo alternativo, o un espacio digital monocromo—, porque no hay historia. De filosofía, moralidad y similares, ni hablamos; es un capítulo estilo Rick Grimes y compañía, pero de los más malos que se te ocurran.

4×06 Black Museum

Por último, el episodio con el que se cierra la temporada es original, diferente y arriesgado, pero funciona. Rolo Haynes es el propietario del Museo Negro, un espacio donde se exhiben extraños objetos de vanguardia con una espantosa historia detrás. Al museo llega Nish en su coche eléctrico, y al comprobar que este necesita tres horas para cargar la batería, decide hacer un tour por el espectáculo circense. Con este planteamiento se nos explican tres historias relacionadas con el pasado de Rolo: el implante neurológico del Dr. Peter Dawson, el oso de peluche donde está atrapada la conciencia de Carrie y el holograma de Clayton Leigh, condenado a sufrir la silla eléctrica una vez, y otra, y otra más, por toda la eternidad.

Sin duda es el episodio más complejo de toda la temporada, tanto en la trama como en la escenografía, que recoge alusiones (huevos de pascua o easter eggs, en inglés) de todos los capítulos de la serie y que, de nuevo, sirve para comprender que muchas de las historias conviven dentro de un mismo universo —o podrían hacerlo—. Las tramas siguen hablando de la identidad, y de cómo esta puede pervertirse mediante el mal uso de la tecnología. Black Museum retoma el discurso del individuo y el yo, y de cómo este puede alterarse y descontrolarse a medida que creamos y superponemos capas de realidad, así como las implicaciones éticas y los sesgos cognitivos que estos pueden causar —hay que tenerlos cuadrados para convencerse de que es buena idea meterte a tu novia en la cabeza, así como  a tu ex en un osito de peluche— como el resto de personajes que se mueven entorno a Carrie en su historia o la ausencia de un proceso legal que prevea la mayoría de los casos en los que Rolo se ve envuelto durante su época como reclutador de investigación neurológica: ¿qué importa más?, ¿el individuo o el avance científico? La respuesta parece obvia.

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Con toda probabilidad, el desenlace de Nish y Rolo es la mayor vuelta de tuerca que encontramos en estos seis episodios, o casi, y, a su vez, se encuentra perfectamente hilada tanto con la última historia, como es lógico, como con las anteriores: el oso de peluche en el coche, la identidad de Nish, el museo en llamas, la justicia poética que se le inflige a Rolo… Como pequeña contrapartida, lo adelanté al inicio del artículo: parece difícil creer que todas estas historias se puedan desarrollar en una misma línea temporal; esperemos que este caramelo que se nos lanza a los espectadores, no se vuelva contra la serie.

En definitiva, la cuarta temporada se cierra con dos conceptos que están mucho más cerca de nosotros de lo que podríamos imaginar: conciencia digital e identidad virtual llevadas, a menudo, a los extremos más espantosos y distópicos que se nos pudieran ocurrir, pero solo en el marco de la falta de probabilidad, no de la imposibilidad. Asusta un poco, ¿eh?


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¡Feliz 2018, por cierto!

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La filosofía detrás de Black Mirror (II)

Contiene spoilers de los capítulos.

Si hace unas semanas dedicaba un par de cientos de palabras a los primeros capítulos de la tercera temporada de Black Mirrorhoy prosigo con los dos grandes episodios que destacan tras el salto a Netflix. Nosedive fue un puente perfecto entre lo que se forjó en el Reino Unido y el salto a la televisión norteamericana, pero Cállate y baila (Shut Up and Dance) es el retorno a las tramas más tecnológicas, a esos blancos y negros, y hacia un futuro distópico que, en realidad, lo sepamos o no, ya es presente.

Cállate y baila (3×03)

Kenny es un chaval como cualquier otro. Suponemos que va al instituto, trabaja a tiempo parcial, discute con su hermana y todas esas cosas típicas de adolescente. Un día cualquiera, unos hackers lo cogen con las manos en la masa encerrado en su habitación (bueno, con las manos en otro sitio) y comienzan a amenazarle para que cumpla sus órdenes o publicarán un vídeo comprometedor en Internet.

Black Mirror (Shut Up and Dance, 3x03; Kenny en el trabajo)

Así empieza Cállate y baila, y así continúa, a través de una trama que basa su desarrollo en el juego de Simón dice, y de situaciones cada vez más anómalas y dantescas; purgando sus pecados Kenny conocerá a Hector, a quien también parecen estar castigando por los delitos que ha cometido. ¿Pero qué ocurre en realidad? ¿Por qué Kenny se preocupa tanto por un vídeo privado donde se masturba? ¿Por qué no busca ayuda? ¿Por qué no llama a la policía?

¿Machacándotela viendo porno? Eso lo hacen todos, probablemente hasta el puto papa.

Hector (3×03 – Shut Up and Dance)

Nos faltan datos, en realidad. Como espectadores, asistimos al desarrollo de una historia sesgada. A oscuras. Decía Javier Meléndez en Yorokobu: «Hitchcock advirtió del peligro de no satisfacer esta pregunta tan básica. Para el maestro del suspense sólo había tres opciones: a) la policía está en el tema; b) el personaje es el criminal y c) el personaje es un falso culpable. Brooker no lo aclara hasta el final y con esto realiza una jugada arriesgada: el público IMAGINA qué información falta y podría llegar a advertir por las escenas de presentación de Kenny que este guarda un secreto terrible.»

Black Mirror (Kenny, protagonista de Shut Up and Dance)

Y lo guarda. Kenny es un joven pedófilo, y lo que estaba haciendo es bastante más grave y chocante de lo que imaginamos en un primer momento. Sin embargo, ¿nuestro protagonista es un criminal o un enfermo? Probablemente, cada sociedad tendrá una respuesta distinta para esta pregunta, y quizá, por ello, nuestra lectura no sea exactamente la anglosajona.

De cualquier modo, tras el episodio, deberíamos ser capaces de formular varias preguntas: de todas ellas, la principal relativizaría la culpa, y es aquella que nos permite empatizar, no sin ciertos reparos, con el chico al final del capítulo. ¿Merece Kenny ese castigo? ¿Por qué el castigo de Hector es menor? La mayoría de lecturas ven en la infidelidad de este un error menor que merece un castigo menor; otras, consideran que todos los casos están conectados, y que incluso Hector podría estar buscando una prostituta menor de edad, pero la mayoría obvia el punto más básico: el castigo es subjetivo, no es justo y es impartido por personas que no solo ejercen una total autocracia, sino que lo hacen sin temor alguno a represalias.

¿Entonces? Kenny, Hector y el resto de imputados por la ética hacker pasan su propio purgatorio entre atracos a bancos, carreras contrarreloj e incluso duelos a muerte; ¿pero por qué? En el núcleo del episodio, Cállate y baila nos habla de cómo nuestra ética no solo se ve puesta en entredicho tras un error, sino a través de los ojos del prójimo, de la libertad individual, y a cada momento.

Black Mirror (Kenny; Hector)
Bronn… Hector (Jerome Flynn) y Kenny (Alex Lawther) en un coche.

Cualquiera de ellos, y en todo momento, podría detener el acoso de los hackers, enfrentarse a sus demonios, a su Infierno personal —siempre peor que el purgatorio por el que esos desconocidos les hacen pasar—; es el ejemplo más vivaz de que la moral propia es algo vivo, y algo que se debe probar a cada instante como también veremos durante los minutos finales del quinto episodio de esta temporada.

¿Es un cuento moral? Bueno, no todos lo vemos así. También es una crítica hacia quien imparte justicia. Una crítica al secretismo, a la invisibilidad de la red, y a la subjetividad del mismo concepto. ¿Ha cometido un crimen Kenny o son los actos que, de algún modo, decide hacer bajo coacción aquellos que lo condenan? Para mí, la pedofilia es una enfermedad, y el episodio no da señales de que hubiese un crimen detrás: eran fotos, o vídeos, de crímenes; era el apoyo a un criminal incluso, pero no un crimen propio. Hasta que para proteger su moral, la ética que ha llevado a Kenny hasta ese callejón —una ética en construcción, a oscuras, de un chaval que no puede terminar de entender las repercusiones de ninguna de sus acciones—, se le pone en jaque una vez más. Condenarse, es él quien se condena, por supuesto.

¿Pero tras descorrer la cortina se intercambian las máscaras de héroes y villanos? Parece que Brooker, y estoy bastante de acuerdo, nos quiere explicar que no hay héroes ni villanos… y, como ya se ha visto con anterioridad en Oso blanco, la ley del Talión no suele ser solución…

San Junipero (3×04)

Y allá vamos, hacia el mayor temor del salto a la televisión yanqui. Black Mirror se americaniza pero nos regala uno de sus mejores capítulos, decían. ¿Y es cierto? ¿Es San Junipero uno de los mejores capítulos de todo Black Mirror?  En mi opinión, sí.

Pero San Junipero no puede desarrollarse en el universo Black Mirror sin The National AnthemThe Entire History of You,Nosedive. En contexto, el cuarto capítulo es una maravilla a todos los niveles, y empieza en un bar con música disco de los ochenta…

El juego tiene diferentes finales: depende de si estás jugando en modo de uno o dos jugadores.

Empieza un sábado por la noche en la costa de California; San Junípero es un destino turístico (¿o deberíamos decir paradisíaco?) de sol, playa, discotecas y sexo en 1987, donde las recreativas y llenarse la chaqueta con tachuelas siguen de moda. Un sábado donde Yorkie y Kelly se conocen en un bar cualquiera, y ahí empieza una historia de amor que corre de semana en semana.

Black Mirror (Yorkie; Kelly; en San Junipero)
Yorkie (Mackenzie Davis) y Kelly (Gugu Mbatha-Raw) en San Junipero.

Entre medias, un fondo en negro, y un salto hacia delante. Pero eso no es lo único que mosquea al espectador. El contexto es la imagen más pop que podríamos haber imaginado alguna vez: The Lost Boys, de Joel Schumacher, en cartelera, Max Headroom en TV o Heaven Is A Place on Earth de Belinda Carlisle en las pistas de baile. Todo ello agitado, bien removido e impregnado por todas partes con una nostalgia que los primeros minutos del capítulo no nos permiten comprender.

Cuando Yorkie empieza a saltar entre épocas nos chocamos con Funkytown y un Chrysler Cordoba en 1980, el estreno de El caso Bourne en 2002…y muchos otros detalles que se han recogido en otros artículos durante estos meses (por ejemplo, en este artículo de Hipertextual). Entonces, caemos en la cuenta, o deberíamos empezar a atar cabos: no se trata de un mundo real, sino de realidad virtual; pero San Junípero cuenta con sus peculiaridades, porque allí puedes ir a hacer turismo, como Kelly, pero también mudarte, que es lo que Yorkie pretende. San Junípero pueden ser unas vacaciones, pero también la vida eterna.

La historia de amor y lesbianismo de este capítulo es fresca, novedosa y carente de clichés (eso se agradece), pero, sobre todo, alcanza un nivel ético que bebe de los mismos planteamientos que nos lanzaban The Entire History of You o Be Right Back: ¿la tecnología ha llegado para ayudarnos?, ¿seguro?, ¿o nos está jodiendo la vida? La respuesta en San Junípero es dicotómicamente inversa a estos otros dos episodios, si bien mantiene ese germen tan propio de la serie que no olvida que el responsable último siempre somos nosotros.

Cuando se funde el negro por tercera o cuarta vez, el mundo real aparece ante nosotros. Kelly es una anciana que vive en una residencia geriátrica, mientras que Yorkie es una enferma terminal en coma inducido. Yorkie apenas ha podido vivir en el mundo real; Kelly, en cambio, ha tenido una vida plena: perdió a su marido, con quien compartió cuarenta y nueve años; él rechazó esa vida eterna y ella se observa frente a un abismo: seguirle hacia la nada más probable o pasar la eternidad en San Junípero.

Black Mirror (Yorkie y Kelly en el hospital)
Yorkie y Kelly en el mundo real su realidad no virtual.

La grandeza de un capítulo como San Junipero se empieza a articular a partir de estos últimos minutos: Kelly y Yorkie están enamoradas, y tienen la oportunidad de vivir felices en un mundo sin vejez, sin obstáculos, sin necesidades reales. El final feliz choca con el desarrollo del resto de tramas que hemos visto en los otros doce episodios de Black Mirror. Pero no importa. Hay un poso agridulce detrás, en forma de preguntas a través de las que, como espectadores, nos interrogamos: ¿es real una vida virtual para aquel que la vive?; ¿hasta dónde dependemos de un lugar para ser felices?; ¿se ha convertido (o lo hará) el hombre en un dios a través de la tecnología?, ¿es ético vivir para siempre?; sin temores, sin pérdida, sin futuro. Y, sobre todo, llegado el momento, ¿sabremos o podremos disfrutar de una vida eterna?

San Junipero (final)

Desde luego, para Charlie Brooker hay una cosa que sí está clara, y es que los humanos, a diferencia de las máquinas que despiden el capítulo con el siguiente backup programado de San Junípero, volvemos a lo conocido: por eso, muchos han visto un Infierno en el Quagmire, un Purgatorio en el Tucker’s y un Cielo en la casa de la playa. Yo, por la parte que me toca, veo una historia anómala con final feliz, y muchas preguntas que deberíamos empezar a hacernos como especie.

¡Ah! Y, al final, será verdad. Parece que el Cielo es un lugar en la tierra…

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Narcos y el juicio de los ganadores

Hace unos días, apareció ante mí un tipo; de nombre Juan Sebastián y, de apellidos, Marroquin y Santos. Surgió una tarde cualquiera en mi jardín, allí donde las tablas de madera todavía esperan una segunda mano de barniz, y lo hizo gracias al poder que tiene Internet para conectar a personas con personas de un modo cada vez más natural.

Si me preguntan qué ocurrió, no habría respuesta. Lo hizo. Lo hizo gracias a Netflix, supongo. Gracias a esa empresa estadounidense que se ha lanzado a través de una espiral creativa de material audiovisual y nos ha ofrecido joyas como House of Cards, Stranger Things, Bojack Horseman, y sí, Narcos; bueno, por ahora, Pablo Escobar.

Le dije:

—Tú me suenas, Juan. ¿Eres argentino?

—No —contestó con un marcado acento que le delataba—, yo soy colombiano en el exilio, como lo fue mi padre, Pablo Emilio Escobar Gaviria, jefe del cartel de Medellín.

Arrugué una ceja. Pensé: ¿debe ser seguro decir algo así?

—No se preocupe —aclaró, conciliador—, hace años que decidimos abandonar el anonimato, con la presentación del documental Pecados de mi padre, ¿lo sabe usted?

—Supongo que había oído algo—respondí.

Le ofrecí una cerveza. Él aceptó. Entonces, comencé a explicarle que había leído aquel texto explicativo sobre las actividades y acciones de su padre, pero que tampoco entendía qué le molestaba de una ficción que omitía, intencionadamente, unas partes y ficcionalizaba otras.

—Con Pablo Escobar, nada es casual —respondió, repitiendo una y una las palabras que ya había escrito varias veces en redes. —La gente no siempre comprende que no se trata de lo que se dice y no se dice de Escobar, sino de lo que se esconde tras su figura, y los gringos saben mucho de eso.

Pablo Escobar y su hijo frente a la Casa Blanca
Pablo Escobar y Juan Pablo Escobar (hijo) delante de la Casa Blanca, en Washington D.C.

Se refería a cómo la ficción moldea el imaginario popular, a cómo la DEA nunca fue tan incorruptible, a cómo a menudo los grises ocupan la pantalla mientras se emite Homeland, o The Wire, Los Soprano, o Narcos. No importa que sea Virginia, o Baltimore, o Nueva Jersey, o Medellín. Su padre era un cabronazo. Pero también hubo yanquis y colombianos igual de cabronazos.

De acuerdo. Quizá no tanto: narcoterrorismo, Avianca, Centro 93… Podría decirse que la droga destruyó Colombia durante más de una década, no solo Escobar. Pero Escobar ayudó; mucho.

Marroquin interrumpió mis divagaciones:

—¿Dónde estamos? —preguntó.

—En mi casa. A pocos kilómetros de Barcelona.

Me miró, desconcertado.

—Usted ha visto Narcos. Si lo prefiere podemos estar en un parque cualquiera de Medellín, comiendo una fresita, como su padre y su tío Gustavo. Déjeme mirar Google Maps, eso sí, porque nunca fui a Colombia.

—No hay necesidad.

—Claro, eso tampoco ocurrió nunca.

Asintió, visiblemente molesto.

Imité el gesto, conciliador.

Nunca fui un gran fan del realismo mágico, ni de Gabriel García Márquez, pero tenían sus momentos. Así que seguimos en mi jardín, a miles y miles de kilómetros de Latinoamérica, sentados en un par de sillas de multinacional sueca. Después tendría que bajar madera antes de que la humedad empezase a calar; se lo comenté a Juan y recordamos juntos esa escena en la que Escobar quemaba fajos, y fajos, de billetes manchados de sangre. Más tarde quizá se arrepintiese, pero solo vivimos un presente.

Narcos (primera-temporada=
Escena de la primera temporada de Narcos con los actores Wagner Moura, Juan Pablo Raba y Luis Gnecco.

Sebastián Marroquin tenía una constitución similar a la de su padre; tenía un cierto sobrepeso incluso; pero observaba su alrededor con los ojos repletos de intensidad, con la seguridad que ofrece el haber visto lo mejor y lo peor de un país, y con paz; todo ello le confería un aura de fortaleza difícil de transmitir en palabras.

Di un sorbo a la cerveza.

—¿De verdad importa? Si se desea una lectura más concreta, ahí está el verdadero documental, el que se estrenó en 2009, o su libro, el cual en cierto modo se ha beneficiado mucho de la ficción, ¿no cree? Además, cuando su padre muere, o se suicida, usted tiene dieciséis años. ¿Tanto puedes recordar de todo aquello?

Pero dieciséis años son dieciséis años: Juan Pablo ya no era un niño; a esa edad, y mucho antes, cientos de jóvenes colombianos ya habían empuñado, encañonado y asesinado a paisas y no paisas por todo el país.

—Sí, no solo tenía edad de recordar, sino que tuvimos que enfrentarnos a todo tipo de situaciones muy duras. Eso no se olvida. No se puede. No son las balaceras: solo fuimos testigos de una, sino todo lo que se mueve a su alrededor.

La muerte de Pablo Escobar
La muerte de Pablo Escobar, de Fernando Botero (Medellín, 1932).

Me incorporé. Los perros también se desperezaron dispuestos a levantarse, y yo me estiré el pantalón tejano hacia arriba; quedé pensativo un instante. Quizá sí es cierto que somos mucho más influenciables de lo que creemos…

—De cualquier modo, toda la información que se aporte es útil. En esta época, tampoco se hacen lecturas simples sobre héroes y villanos; ya no existen; si ve series de televisión, sabrá que eso es gracias a un mafioso italiano y a un profesor que fabrica metamfetamina. Con el cartel de Medellín, Netflix lo volvió a hacer.

—Eso me pareció un acierto. La captura de pantalla de los buenos hablando sobre los malos y la idea que subyace de esa escena tiene mucha fuerza.

—Y no deja de ser una declaración de intenciones.

—Pero las intenciones deben tener un fin —contestó Juan—, no puedes quedarte con una sarta de mentiras que no deseaban mentir tanto. Al fin y al cabo, es justo lo que hicieron.

Frente a mi tenía a un hombre que amenazó a todo un país tras la muerte de su padre. Pero, inmediatamente, tomó el buen camino. Conoció lo mejor y lo peor de algunos de los peores criminales de Colombia y del mundo entero desde una posición de privilegio y de castigo. Se comprometió con una idea, y, hoy, sigue luchando por ella.

Nadie debería cargar con los pecados de un padre. Pero él lo hizo. Se convirtió en la imagen pública del Patrón cuando Colombia festejaba la muerte del narcoterrorista que anhelaba haber sido un verdadero hombre de estado.  Un Robin Hood que se había perdido entre demasiados rastros de sangre y de muerte. Un hombre, un hombre más, uno con tanto poder que pudo destruir una nación entera.

—Creo que le entiendo. Las veintiocho respuestas solo son una nota más en la historia, una invitación a mirar la otra cara que tiene cualquier moneda. También hay un libro y un documental, pero hay que asumir que, en comparación, estos recorrerán la historia de puntillas.

—Lo que yo quiero es la paz y la verdad. Narcos solo trae una que podemos dar cien por cien por cierta: ser narco trae la extradición, la cárcel o la muerte; todo lo demás, es una interpretación que se autoproclama como veraz, y no lo es.

—Entiendo que el aviso inicial no es suficiente para usted, pero lo es para la ley, y, al final, su padre perdió, y ya sabe qué dicen de los ganadores.

—Tengo mucho que decir sobre eso —replicó—, y también sobre ese fingido acento que no debe usted saber ni cómo suena, más allá del paisita, la fresita y el verraquito que ha escuchado por ahí.

En esto, tenía razón. Tengo amigos argentinos, venezolanos y mexicanos, pero no colombianos, que yo sepa.

Pablo Escobar (ficha policial)
Ficha policial de Pablo Escobar.

—Me imagino. Desafortunadamente, este es mi texto —le dije, y lo fundí en negro.

Quedé solo en casa. Los perros también habían marchado, ajenos a la escena cotidiana que había absorbido y expulsado a Juan Pablo Escobar. No lo imaginé tan elegante como la partida mágica de Gustavo Gaviria, pero tampoco le di importancia: solo era un subconsciente de charla consigo mismo.

En este escenario onírico de blancos y negros, preferí seguir surcando el gris hasta que el resto de colores se decidiesen a volver, recordando cuánto me había sorprendido que Juan no hubiese reparado en quién había escrito la historia, y qué nos decía eso.

Imaginé lo que decía ese niño interior que vivía en un colombiano de cuarentena años. Solo se le oía decir: solo quedaba el recuerdo, y hasta eso me arrebataron. Pese a todo lo ocurrido, respeté eso. Yo también echo de menos a mi papá.


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