Y el Pitu va y se desmonta

El Pitu encañona a la secretaria, chavala pija que se ha caído del Putxet. Testigos: la grapadora (que aún castañetea), el albarán, arrugado del susto, y un archivador tripudo, que le juzgan desde la mesa de recepción.

El mundo hace girar al quinqui del Turó y a la mierda de STAR 9 mm que le ha comprado a otro pieza en el Paralelo. Será, quizá, el descubrir así esta escena (tan de sopetón), que le hace a uno perder el interés en el resto de los elementos que la componen: el mostrador de abedul contrachapado, los nudos marineros que cuelgan de la pared o las letras en azul serigrafiadas en las que se lee escuela náutica, todo esto suspendido sobre los rizos pelirrojos de la chavalita, y las pecas, y esa nariz respingona de putita fina del barrio chino a lo Marilyn Monroe.

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—Tira aquí la caja —exige.

La niña inmóvil, temblando, vuelta del revés, y en estas que aparece por la puerta el matrimonio de los dueños, que viene de desayunar. Ella: corte francés, morena, delgaducha, cuarenta y pocos; él: panzón, con niqui azul del cocodrilo, y pantalones de pinza, y el pelo negrísimo hacia atrás.

Se da la vuelta el Pitu y encañona a los recién llegados.

Pero le cae una hostia que casi lo desmonta.

¡Cagüendios!

Le pitan los oídos.

Le burbujea una oreja.

Baja el arma, coge los caudales y se escurre sin obstáculos hasta la puerta.

Asomado al quicio:

—No me jodas, Niño. Como digas algo en el barrio, vengo y os mato.

Se pierde por las escaleras, y, clic, el seguro, y, tap, tap, tap, esconde el arma en el bolsillo camino a la portería. Allí se encuentra a un tío con cara de sapo sentado tras un escritorio. Ese ya le ha llamado la atención al subir, el muy cabrón, recuerda, y se pierde por la calle Balmes con sus pintas de periferia: el chándal, la chaqueta tejana, las greñas que clarean por delante.

Corre del gris de las prisas al verde de los jubilados: lo hace por Castanyer —callejuela, más que calle— y sube por Roca i Batlle —casi peatonal, y bien lo sabe el golfo—. Sin demora, arranca la motocicleta bajo las escaleras de acceso al parque de la calle Marmellà, de rejas verdes que se encuadran en piedra vieja con gangrena en el rebozo. Las voces de la colina —la pija, la del Putxet— le acercan imágenes de ancianos tostándose al sol en bancos de madera combada, y escapa también de estas, quemando rueda hasta Mitre, a veces en contradirección, para huir de la apatía, del riesgo y de la Barcelona preolímpica que le expulsa en los cruces de miradas, por charnego, y por ladrón.

Ese cabrón ya me ha puesto a los picoletos detrás, piensa. Los semáforos conspiran en su contra, pero él da gas: no deja de dar gas. Las viejas se lanzan en ámbar por Verdi, los ojos de un urbano le apuñalan en Escorial; se atribuye cualquier sirena en su ascenso esquivo por el Guinardó. Llega a su colina: la de la Peira. Se despide de la motocicleta por ahí arriba, donde no se sube si eres de fuera, por Pins, Riberes o Cornudella, donde el laberinto de casas bajas muere y da paso a edificios condenados por aluminosis. Tomando una caña a un par de esquinas, ya ni se acuerda de dónde queda la moto del gafe de turno, y mejor.

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El bar son dos mesas y tres taburetes, y Pepe Culé —cincuentón, rechoncho, campechano— detrás de la barra; y allí la plancha, el barril, la máquina de café. Eso es todo; todo en lo que se ha fijado el Pitu ahí en su puta vida. Invita a los presentes a picar algo para celebrar el éxito —dos sevillanos y un moro a los que ni mira— y se larga a reventar la caja de caudales al taller de su cuñado, que nunca pregunta.

Mientras el Paco hace su magia, contempla el Pitu la persiana del taller, que ya cierra sus fauces medio muerta de hambre.

—Que son las dos y cuarto, Pitu, me cago en la puta —gimotea el Paco, de panza gorda y patas esmirriadas, de ojos bobos y bolsas viejas que los enmarcan.

—Para un favor que te pido, cabrón.

El Paco prueba con los clics, y con los clacs, pero termina abriéndola con una cizalla, un mazo y un catapún. En estas, que se escurren por la esquina los tres tenores: el José, el Pepe y el otro Paco, al que llaman Paquito para no confundir. El primero marca el paso, con los náuticos que le trajo de Perpiñán el Niño del Turó, y el Pitu bien lo sabe, y sabe que, para ellos, es como irse a los Estados Unidos: moreno, mitad calé, camisa abierta pese a febrero y chaqueta en mano. Le clava al Pitu la mirada a cincuenta metros, y lo peor es que este también se da cuenta de eso. Detrás, el Pepe viene distraído hablando con el que nos falta por ver, que se mueve fuera de la línea de visión del Pitu, y también del Paco, quien deja los trastos y se asoma a ver quién se acerca armando jaleo.

—Los sapos son sapos, Paquito, y las ratas, ratas —explica el Pepe mordisqueando las palabras. Es el más bajo de los tres, camiseta verdiblanca del equipo del barrio que representan, perfil de águila imperial, costurón en el cuello de oreja a oreja.

—Que sí. ¡Que sí! Yo solo digo que estos son de aquí, y el otro es más de allí que de aquí, ¿me entiendes? —contesta el Paquito junto al taller—. Qué, ¿no hay hambre?

El Pitu se encoge de hombros. Mano en el bolsillo. El José le echa una mirada de esas que dicen: pero tú de qué cojones vas, so mierda. Saca la mano de ahí, y el resto que se miran sin verlas venir. Aparece por la retaguardia el Paquito, que el diminutivo bien saben todos que le queda como a un Cristo dos pistolas: metro noventa y tantos, delgaducho, siempre en chándal, y las greñas prisioneras en una coleta.

Habla el Paco:

—Aquí me tiene el cuñao, que ya se ha hecho la escapada de la semana.

—No jodas —contesta el José, y asiente levantando el hocico al cielo. —¿Un pringado de Pedralbes o más pa’l centro?

—De cerca del Putxet.

—¿Pero pa’la zona del Putxet o del Farró?

—Del Farró, por el otro ni piso, ya lo sabes bien —miente, natural.

El Paco que va a hablar, y el Pitu que lo congela con la mirada.

Se hace un silencio incómodo pese a los cinco.

—Cierra pronto, que a las cuatro te vas a arrepentir —comenta el José, encendiéndose un pitillo apaleado que saca del pantalón.

—Tú me dirás. Por cuatro cochinas perras que ha arramblado este gamberro —croa el mecánico.

—Bueno, tú tira, que ya te cerramos nosotros. Pasamos por tu casa y te dejo las llaves cuando suba a comer algo.

El Paco que mira al Pitu. El Pitu que mira al Paco. Se encoge de hombros uno, y se encoge de hombros el otro. La caja en manos del golfo, y el golfo que cierra la persiana. Tira la caja ahí mismo, junto a unas ruedas viejas y un par de latas de aceite; guarda el fajo en el bolsillo.

—Venga, que hoy vamos a comer a La Esquinica, que invito yo, eh.

El Paquito sonríe bobalicón, despertando a la sin hueso que se relame antes de tiempo. El José y el Pepe juzgan con asco, y el Pitu las coge al vuelo.

—Tu puta madre La Esquinica —dice el José.

—Anda que ha tardado el maricón —gruñe el Pitu—. Anda que ha tardado en veniros con el cuento, y aún te habrá llamado por el teléfono.

—Tu puta madre ha llamado.

El Paquito que no lo entiende, y, en estas, que el muy sinvergüenza del Pitu se atreve a sacar de nuevo la mierda de STAR del bolsillo con el seguro puesto. Patada en los cojones marca de la casa. El Pepe aparta el pie y el Pitu se dobla sobre sí mismo; aprovecha este para intentar hacerse con el arma, pero el José la caza antes y le regala un sopapo en la cara que lo lleva al suelo.

—Qué se ha dicho siempre, Pitu. Qué se ha dicho de robarnos en el barrio —el Pepe escupe las palabras, una tras otra.

—Tu puta madre se ha dicho.

Le cae una hostia. Luego otra. Y, en estas, el Pitu que se desmonta frente al taller de su cuñado con los billetes en el bolsillo. ¿Y la llave para cerrar? La llave para cerrar la lleva el José, que ha abierto, ha cerrado y luego viene con el vespino a solucionar un par de temas.

***

José Antonio visita a su madre una o dos veces por semana. Ella: viuda, más vieja por el desgaste que por los años, pegada al moño negro y a las gafotas de pasta que no hay cojones de que cambie. Lleva al mediano con él para ver a la abuela, que no sale de aquel piso con aluminosis que hay que derribar. 

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Camina por el Turó de la Peira como lo que es: su barrio; delantero pichichi de tercera regional, compañero de juergas, parte de la cuadrilla. Allí tiene un nombre y un sitio por siempre. Se forró en los negocios, vive dos o tres barrios más allá y trabaja en la otra Barcelona: la pija, la del Putxet y la de Balmes, y la Diagonal, y la Plaza Cataluña… Pero es el Niño del Turó. Sigue siéndolo. Ahora, y siempre. Ayuda a todo dios, y no se deja engañar: si le pides para drogas, nada; para la familia, los chavales, el perro, ahí siempre. Es bueno, pero no idiota, también se sabe eso: si le engañas una vez, a tomar por culo.

El José lo ve de lejos, camina con el Paco, que no el Paquito, y ríen de alguna idiotez que le ha pasado a uno en el Molino, el cabaré del Paralelo, que se ve que le largaron por baboso, y aún le cayeron cuatro hostias, si no cuarenta.

—¡Niño! Qué abandonados nos tienes, cabronazo —dice el José comiéndose la mitad de las sílabas—. Y este chaval tan guapetón quién es, ¿eh? ¿Quién es?

José Antonio se acerca a los compañeros del barrio con naturalidad. Se imagina que lo del Pitu ya lo sabe todo dios, pero no quiere sacar el tema. Va con su hijo mediano, Javier, que siempre se olvida si ya tiene tres o cuatro años. ¿El chaval?, moreno, con cara de pillo y mofletes regordetes que el Paco le estruja segundos antes de que le imite el José.

—Soy el Javi —dice el crío, chulesco.

—¡Mírale el tío! No sabe ni ná tan enano —ríe el José.

—Le llevo a ver a la abuela —comenta el Niño—. A ver si la convencemos para que venga a comer con la Carmela y los otros.

—Pues suerte, maestro, que tu madre a partir del mediodía ni la policía la saca de ahí según la Antonia, que no es pesá la cabrona —contesta el José, y lo hila en seguida—. Oye, que nos hemos enterado de lo del Pitu, pero ya está hablado por aquí.

José Antonio levanta la palma de la mano y, de inmediato, una ceja; el José asiente, con la lengua apuntando al cielo pintado en gris.

—Venga, Javierillo —dice el calé—, que te vienes a los columpios con el tío José.

Y al niño que no hace falta repetírselo, que ya está corriendo al parque frente a la casa de la abuela y columpiándose, y gritando, y riendo.

—José —dice el Paco, mirando serio al Niño del Turó—. Aquí seremos lo que somos, pero honrados, y las cosas que se hacen, se hacen pues pa’salir adelante siempre, ¡a ver si no!

El Paco, gordo, de patas esmirriadas, que viste camiseta Imperio y pantalones de pinza, saca el fajo de billetes y se lo devuelve al Niño.

—Si ya lo sé —contesta el otro—. Olvídate. Ya vendré yo a hablar con tu cuñado, que hoy no me quiero enfadar con el crío por aquí.

—No, Niño. No. El Pitu se ha largado del barrio. Se ha ido a Huelva, que allí tenemos familia: lo hablamos con estos, y hay cosas y cosas —explica el Paco.

—Pues si se ha ido, y él va a estar mejor y en el barrio menos líos, pues mejor para todos. Pero sí que se ha ido lejos —barrunta, inquisitivo.

—No lo sabes tú bien.

—Pues lo siento de veras, Paco. Y guárdate eso, que, al final, el susto a la Carmen y a la otra chavalita pues ahí queda, en un susto, pero las cosas, si hay cosas, las resolvemos quienes las resolvemos —comenta el Niño, incoherente para quien le escuche, excepto para el Paco y la cuadrilla.

—No te pongas metafísico.

Y vuelve el José con el nene, que se come una piruleta que vete tú a saber desde cuándo dormía en la chaqueta vaquera del gitano.

De vuelta:

—Mira, Niño, vete a tomar por saco a casa de tu madre, y cuando os diga que no unas cuantas veces estamos en La Esquinica, echando una caña, y te traes al crío, que para una Coca-Cola tenemos todos.

El Niño del Turó sonríe, porque sabe que hay cosas aquí que no están allá, y cosas allá que nunca estarán aquí. Es la putada de ser un pobre que se ha hecho rico.

—Luego vengo —dice.

Y luego va.

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Devolvernos el tiempo que ha pasado

Si hay un capítulo apasionante en Paseos con mi madre (Javier Pérez Andújar, Tusquets, 2011) no es el primero, que es maravilloso con los submarinos, las mierdas que el curso del río recogía de las cloacas, y los politoxicómanos que se perdieron en el Besós, sino el último: aquel en el que un Pérez Andújar, que ya ha pasado de chupatintas en la redacción del Ajoblanco a periodista de huevos negros en El País, narra aquello que le interesa leer al pueblo: porque sabe casi tanto de la ciudad como de sus límites; por esto nos permite saborear la ambivalencia de un Manolo Escobar que vuelve a la ciudad de Badalona con su mujer, Ana Marx, acompañados de su sobrino, que hace de chófer pero es su representante, y que mira con los mismos ojos de incomprensión que Manolo el barrio de La Salut. Si han pasado por allí, con gesto similar habrán ojeado Llefià, San Roque, La Paz, o las Casas Baratas. No importa en qué lado del río se encuentren, son las infraviviendas y los talleres, la segunda o tercera ola de inmigrantes, la suciedad de las calles, las cuevas y las barracas que hemos enterrado por vergüenza, sin comprender que eran parte de todos nosotros.

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Fotografía que contextualizaba la inauguración de la estatua en homenaje a Manolo Escobar (2014). EFE/El Diario.

Ese capítulo es la hostia: porque Manolo Escobar, un chavalillo que llegó a Badalona con nueve hermanos y una cabra no se reconoce en los magrebíes que han hecho lo mismo después; porque la gente cree que aquel crío, que fue aprendiz de todo y se alzó como cantante de copla, tiene algo que ver con el anciano que vuelve a un barrio donde se le entrecruzan la nostalgia y la aversión; porque Manolo no se siente parte de Badalona, porque Manolo ya no es parte de Badalona y, ¡joder!, qué bien lo explica este hombre: “Existe el espejismo de que en un reencuentro que ha tardado mucho podemos devolvernos los unos a los otros el tiempo que ha pasado.”

Esta idea me caló hondo, y me cogí el coche hasta el centro de Badalona —no cogí el metro, ni el bus, así que, como comprenderéis, hay muchas cosas que yo soy el primero que no puedo entender—, donde tras la muerte de Manolo, le plantaron una estatua artificial que no hace mucho algún imbécil pintó de amarillo. Allí, en el Paseo de la Salut, entre la gente que sube y baja del marítimo entre plataneros, farolas a lo chupachup a medio lengüetear, y adoquín gris y rosa que se malacostumbra al calzado de la clase media, pocas historias nacen de la escultura de bronce del chaval que creció en Badalona y se largó a los veintitantos. Los vecinos de la zona parece que sí que las guardan: el hermano que vive en el Clot, ¡qué majo era Manolo!, el saque de honor en el estadio municipal, los pasodobles… Alguno caerá en la cuenta de que no recuerdan tanto a Manolo, que se dio el piro a Benidorm, como a sus propias historias, y cómo las coplas no son más que la banda sonora de aquellas décadas que se han quedado atrás, barnizadas capa tras capa, con nombres y apellidos, títulos de canciones, marcas de televisores y relatos compartidos.

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Manolo Escobar posando con Barcelona de fondo. Foto: Elisenda Pons

Debe ser entrañable e insólito eso de volver a un sitio que le reconoce a uno, pero que uno ya no reconoce en absoluto. Por el contrario, qué complejo pensar en el hecho de que uno no es la imagen que el mundo se ha hecho de ti, que perteneces y, a la vez, no perteneces a un sitio, y que ese lugar te sigue adorando por lo que cree que eres —el tipo sencillo, el emigrante, el que triunfó y siguió siendo alguien humilde, campechano— y no por lo que eres —un hombre rico de raíces humildes que vivió casi toda su vida en Benidorm, que coleccionaba arte contemporáneo, que vestía cien sueldos de Badalona, pero, sobre todo, que no se reconocía en ninguna de esas almas—. ¿Le pasará lo mismo a Madonna al volver a Michigan a visitar a sus padres? ¿A Tarantino al pisar aquel videoclub de Manhattan Beach? ¿O recordarán lo que les llevó hasta allí? Supongo que Pérez Andújar recuerda, y por eso escribe en castellano, porque el catalán le quedaba muy lejos de aquellos hormigueros humanos que aún se pueden ver en la Verneda y que se convierten en un desorden enfermo en las dos orillas del río, una enfermedad que se ha enquistado en algunos puntos de la periferia y la gran ciudad.