Hablar perro para no matar perros

Este año he dado mis primeros pasos de verdad en una de mis asignaturas pendientes: la educación canina. Lo estoy haciendo a través de cursos, seminarios y, muy probablemente, en breve algún ciclo de formación profesional de educador/adiestrador para seguir aportando más y más en dos de mis proyectos colaborativos: Conectadogs, para el que todo indica que ya tenemos centro, y Dog’N’Roll; y, en verano, lo he acompañado de unas cuantas lecturas de las imprescindibles. Una de ellas es En la mente del perro. Lo que los perros ven, huelen y saben de Alexandra Horowitz (RBA Libros, 2011), que trata temas tan diversos como el unwelt o automundo de cualquier animal, la percepción a través de sus sentidos (en especial, el olfato) y la cognición de los perros: qué ven, qué sienten, cómo sienten.

Quizá por eso estoy más susceptible aún que de costumbre, lo admito, y me tocan mucho los huevos noticias y comentarios sensacionalistas como las siguientes: “Una niña es hospitalizada en Madrid tras ser mordida en un ojo por un perro”, que no cuentan nada de nada, y que tienen (siempre) muy claro quién es el culpable y quién es la víctima, quién es el animal y quién no (porque la mayoría de estos idiotas no saben ni que son primates), y, sobre todo, no son más que fuente de odio y disputa con el desconocimiento como estandarte y con las que dejar el suelo lleno de bilis. Esta noticia del 20 Minutos se suma a otras tantas que recogía ABC sobre brutales ataques de perros peligrosos. Cágate, lorito, que apenas somos morbosos. Ante todo, que no se me malinterprete: todas ellas son desgracias y no busco defender lo indefendible: los perros agresivos existen, aunque la mayoría de las veces esa agresividad haya sido generada por la acción humana desde el refuerzo inconsciente de una conducta a la falta de atención ante el lenguaje del perro.

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Así pues, con el mismo espíritu de clickbait —es broma— voy a desglosar los tres grandes secretos que solventarían el 99,99 % de los problemas de agresividad en perros. Exagero, y tres pueblos, lo sé, pero sí hay algo cierto en lo que os decía: la mayor parte de los problemas por los que se producen ataques de perros se reducen a: personas que no tienen derecho a tener ese perro, o ningún perro, falta de interés en la comunicación perro-persona e imprudencia extrema con niños o personas dependientes.

Cada año se abandonan más de 100.000 perros en España, las perreras y las protectoras están colapsadas, y sé que no os cuento nada nuevo, pero ¿cuántos perros viven sin ningún tipo de estímulo? ¿atados veintitrés horas al día a una cadena? ¿sin pisar la calle, sin relacionarse nunca con personas o con otros perros? Solo en España, hay decenas o cientos de miles de perros de familia que no están equilibrados —pasead por urbanizaciones de cualquier provincia, por ejemplo—, animales de raza con necesidades especiales como los pastores alemanes, los belgas malinois o los border collies a los cuales el síndrome del juntaperros les ha hecho más mal que bien: ahora, el perro lobo checoslovaco va en la misma dirección a causa de la película Alpha. Culpabilizar a un perro cuyos propietarios o guías han desquiciado es la salida fácil, la correcta es actuar con justicia, y no permitir que personas que van a desatender a una mascota y a vejarla a todos los niveles ostenten su propiedad, ¿no crees?

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Esto hay perros a los que les encanta, hay perros que se habitúan, otros lo toleran; y también hay perros que les genera miedo, y estrés, y ansiedad, e inseguridad. Cada perro es un mundo: igual que nosotros.

Asimismo, ¿cuántas veces no entendemos qué quiere un perro? Voy a molestar al perro, el perro me gruñe, y le castigo; ¿seguro que eso es lo correcto? Como mucho, inhibirás el gruñido y la agresión vendrá directa. Pero a la mayoría de propietarios/as esto les suena a chino mandarín. ¿Quiere decir eso que un perro debe gruñirte? No, claro que no, pero solventar ese gruñido, que puede atender a cien causas, es algo más que darle un sopapo. El problema entre perros y humanos es que exigimos que ellos hablen humano, pero no nos tomamos el tiempo de enseñarles, y, sobre todo, jamás nos preocupamos de entender su lenguaje gestual. Todo perro hace grandísimos esfuerzos para hacerse entender, pero muchos de nosotros seguimos creyendo que la comunicación con el perro debe ser unidireccional y totalmente jerárquica. Hoy, cualquier familia tiene miles de herramientas, desde cursos de iniciación para mejorar su relación con el perro hasta bibliografía o información gratuita en Internet, empezando por el clásico Las señales de calma de Turid Rugaas y terminando por dibujitos graciosos de Doggie Drawings o la propia Wikipedia. Las ganas para aprender, que las ponga cada cual.

Por último, unido a todo lo anterior, nos movemos entre dos extremos: el animalismo que ve a los perros como seres mágicos de luz —disculpadme la exageración— y los individuos e individuas que solo conciben al perro como un bicho que tengo aquí para decorar o proteger el jardín, como una lámpara o una alarma (deficiente). Pues ni lo uno ni lo otro: el perro es un animal y lo mueve el instinto, pero también siente, se emociona y padece, como nosotros. Y nada de esto debe ser excusa para que un perro y un bebé/niño queden a solas sin supervisión: antropomorfizar, no saber leer o actuar ante un posible problema de comportamiento/ambiente (por ejemplo, de protección de recursos) o la imposibilidad de escaparse ante una situación de estrés o dolor pueden llevar al perro a la agresión. ¿Quién es el guapo o la guapa que me justifica que un perro al que le meten los dedos en los ojos, le gritan y le molestan mientras duerme reaccione negativamente es algo anómalo? No, es que lo que quieres para tu hijo es un peluche, o un Furby, no un perro u otro animal de familia; sobre todo si no tienes el tiempo de controlarles cuando no tiene capacidad de razonar (el niño, digo) ni de enseñar a tu hijo o hija a relacionarse con los animales correctamente.

En definitiva, se trata de hablar perro para no matar perros.

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Ciudadanos de segunda

Ayer me acerqué a una playa para perros. Mi mujer tenía curiosidad. A mí ya no me gusta la playa para mí, imagínate llevarme al perro. Pero a ella le hacía gracia, así que fuimos. Eso también es el matrimonio: apoyar a la jefa, ¿o no? Ahora mismo, tengo cuatro perros en casa, pero solo a uno de los pastores le mueve el agua. Mi opción, no obstante, hubiese sido llevarnos a Argos, que es un mastín muy equilibrado, y no a Foc, que es un pastor alemán llorón y drama queen. Esto último me lo confirmó la mañana, pero después.

Un par de días antes, buscamos información sobre playas habilitadas para perros. Pero hay que decir que nosotros venimos muy mal acostumbrados de la época de Mallorca, donde se pudiese o no —aunque esto fue antes de las modificaciones en la Ley de Costas—, con las debidas precauciones y tratando siempre de no molestar a nadie, nos paseábamos por playas y calas con los perros de la época —Dana, Argos y Caos—, por lo que cinco playas para toda la provincia de Barcelona —solo el área metropolitana da cabida a más de 100.000 perros— nos pareció nada y menos.

No deja de ser un tema complejo, no obstante, y la convivencia requiere de ir paso a paso; de ahí, imagino, que salen las alertas algo absurdas de gente poco convencida, como algún miembro del Colegio Veterinario de Valencia, que decía: no recoger las heces contamina la arena con parásitos que afectan tanto a animales como a personas. Una justificación un poco estúpida para limitar la entrada de animales en la playa, porque no parece contaminar ni más ni menos que cualquier mierda de perro que un (humano) guarro se deje tirada en el parque o en la plaza de su barrio, según el mismo artículo. En las playas incluso me parece todavía menos preocupante, si cabe, porque aunque no he buscado ningún estudio para sustentar la teoría —ni creo que exista—, alguien que dedica el sábado o el domingo a largarse a la playa con su perro, a priori parece que tendrá menos problemas en recoger una caca con una bolsa, ¿no? Supongo que, en algunos casos, nos sorprenderíamos.

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Caos y yo en Cala Blava (Mallorca, 2012).

¿Y entonces qué me pica? ¿De qué vengo a quejarme hoy? Pues, tómate esto como una opinión 100 % personal, pero me parece que (en muchos casos) es una ida de olla eso de meter cincuenta o sesenta perros más cien/doscientas personas ahí. Nosotros nos acercamos a Cala Vallcarca (Sitges), y también he pasado tres o cuatros veces (sin mis perros) por la Playa de Llevant, en Barcelona ciudad: ambas me han parecido que sufren del síndrome pipicán, es decir, muy poco espacio para tanto perro. Por descontado, cada persona es un mundo, y cada perro también y, por esto, hay un gran porcentaje de animales que no tienen ningún problema en espacios pequeños y saturados, pero otros muchos sí. Estos espacios pueden generar estrés, nerviosismo y reactividad.

En nuestro caso concreto, nos tocó habituar al colega perruno paulatinamente, y nadamos un rato con él, pero la saturación de perros y personas empezó a poner nervioso al pastor-drama queen (repito que cada perro es distinto; por ejemplo, Foc es un pastor adoptado y con algunos problemillas difíciles de corregir a su edad); salimos del agua, nos apartamos y tratamos de volver dos o tres veces cuando se relajaba un poco, pero como el entorno se hacía imposible de controlar, decidí que lo mejor para el perro y para el resto era largarnos.

A grandes rasgos, mi lectura es que esto se da por las limitaciones del entorno, y estoy seguro de que en playas más grandes, como Les Salines (Cubelles, Barcelona) o La Balsa de Arena en Deltebre (Tarragona) no existe este problema; pero la realidad es que muchos de los espacios cedidos donde acercarse y pegarse un baño con tu perro son espacios recuperados (por ejemplo, en Sitges está a escasos metros de una central térmica) o acotados, que tienden rápidamente a sobresaturarse, sin entender que si, para nosotros es poco natural eso de embutirnos como sardinas en la arena, a los perros no solo les ocurre lo mismo, sino que, además, pueden requerir de una habituación más espaciada ante esa situación. Y puede que lo peor no sea esto, en realidad, sino la sensación que transmiten algunos municipios de ceder aquello que nadie quiere —prueba de ello es que, casi siempre, son playas y calas sin servicios— o confinarnos a un pequeño espacio a lo gueto para responder a equis demandas colectivas.

Aunque a mí la playa ni fu ni fa, me fui ayer con sentimientos contrapuestos, y por eso quiero volver unas cuantas veces más. Por un lado, la sobresaturación me da la sensación de que estresa a nuestros perros y los hace corretear de arriba para abajo, pero beneficios claros no los veo. Por el contrario, sí que vi a muchísima gente pasándoselo en grande, entre los que me incluyo, pero sigo defendiendo la opción más lógica para muchos propietarios y propietarias: permitir a los perros sociables el acceso junto a sus guías a la mayoría de las playas e integrar a estos animales también de un modo más natural, no tratarlos como ciudadanos de segunda —ni a ellos, ni a sus familias— y tener que hacinarlos en cuatro puntos contados de todo el territorio. Por ahora, como está montado, mejor que los perros se bañen en ríos, saltos de agua y en aquellas playas para perros que no estén saturadas, si las hay.


NdA: adjunto mapa con playas de perros en toda España. El porcentaje todavía es bajo teniendo en cuenta que España tiene bastantes más de 3.000 playas y 5.978 km de costa.

Llorar por las cosas

Hay una tendencia en alza: cuando detectamos titulares machistas o racistas en la prensa, los denunciamos. El porqué es muy simple: el lenguaje construye realidades. No es lo mismo decir Muere un vecino de Brión que se prendió fuego en su vehículo con su mujer dentroque Un cabronazo intenta asesinar a su mujer encerrándola en el coche y, de paso, se suicida.

Con los animales de compañía, está ocurriendo lo mismo. Cada día somos más conscientes de que no están ahí para hacernos compañía, de que no son un juguete, ni una cosa. Los animales son animales, y, al margen de todo lo que nos queda por aprender, empezamos a comprender que sienten, padecen y merecen un respeto que, en todas partes, y también en España, les llega tarde. Así, en nuestro día a día, nos toca desaprender:  ni dueño ni propietario quizá, aunque se diga, ¿animal de compañía? ¿o de familia?, y, sobre todo, ¿cosa?, nunca más: en todo caso, ser. Pero mejor amigo o compañero.

Llorar por las cosas me parece propio de imbéciles, pero jamás me avergonzaría de hacerlo por mi familia.

Dana (riendo)
¿Cosas? ¡De cosas nada!

A grandes rasgos, esas son dos realidades que encontramos en el lenguaje, y que están cambiando aquella que nos envuelve: las víctimas no mueren, sino que son asesinadas; los animales de compañía no pueden seguir siendo cosas, pues son parte fundamental de nuestra sociedad. Por supuesto, aquí se abre una grieta que aterra: ¿cómo seguir haciendo negocio con animales que no son cosas? Y, sobre todo, como señalaba con acierto Melisa Tuya el pasado martes: preocupa a muchos que perros y gatos seáis los embajadores de otros animales igualmente únicos, que también sienten, pero que nos pillan lejos, en macrogranjas y dehesas por ejemplo.

Para un cambio real, y una respuesta mayoritaria, todavía queda mucho camino por andar. Eso sí, cada cual deberá ahondar en su propia conciencia en busca de aquella realidad, y lenguaje, que mejor le deje dormir: por mi parte, llorar por las cosas me parece propio de imbéciles, pero jamás me avergonzaría de hacerlo por mi familia.


* El Correo Gallego parece que omitió la presencia de la mujer o modificó el titular de la versión digital a posteriori.

El perro fiel

El perro fiel es el trigésimo primer relato de mis 52 retos de escritura para 2017.

El profesor Eisaburō Ueno alcanzó la estación de Shibuya cuando el embarque de pasajeros había cerrado sus puertas. «Qué lástima», dijo, buscando complicidad en los ojos grises de un funcionario entresudado. Este observó el tren, atestado de rostros doloridos que se abandonaban a sus rutinas, y suspiró. Ueno se sentó en un banco de la estación y cargó de tabaco otra pipa. Su perro le observó circunspecto, si es que tal adjetivo alcanza la inteligencia canina, y se estiró en el suelo junto a su dueño. La estación volvió a restallar de personas apresuradas sin verdadera prisa que se agolpaban en el andén impulsadas por la obligación. El can se incorporó empujándose con sus patas delanteras sobre sí mismo, prevenido ante los viajeros acelerados que se precipitaban contra las puertas. El profesor, ya erguido, se perdió un instante en los comprensivos ojos de su perro, Hachikō, en los que vivían ocho amores distintos escondidos entre hebras de blanco y dorado. Sin poder evitarlo, la marabunta humana arrastró y condenó al profesor al interior del expreso que conectaba Shibuya con la Universidad Imperial, y, mientras el revisor comprobaba el billete de Ueno, este atisbó la ventana y maldijo en silencio al mundo que lo separaba por siempre de aquel fiel Akita.

Hachikō esperó paciente; mientras, las hojas, que eran parte de su nombre y de su eterna prórroga, morían y renacían tras cada estación; mientras, sus extremidades con la forma del kanji que lo había bautizado se quebraban un poco más tras cada jornada. Pero la magia de una historia inmortal no admitió hogar para un perro que no vivía en una terminal, sino en un tiempo pasado. El perro fiel esperó junto al tren que robó dos vidas, y su última jornada comprobó cómo el crepúsculo traía al profesor, que le acariciaba el morro con ternura y lo llevaba a casa. Alrededor, un lamento sordo se erigió en estatua, y allí duerme el noble Hachikō, quien solo quiso una cosa desde aquella mañana de un último veintiuno de mayo: volver al hogar.

Hachiko Monogatari (1987)
Fotograma de la película Hachiko Monogatari (Seijirō Kōyama, 1987).

Este relato está inspirado en la vida del perro Hachikō (Odate, 1923 – Tokio, 1935).

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¿Merecemos a los perros?

Más allá de considerar a nuestros compañeros de cuatro patas parte de nuestra familia, su posición en la naturaleza ha despertado múltiples preguntas recurrentes en los últimos años. En este caso, la que yo lanzo aquí bebe de un artículo que Marta Tafalla —doctora en Filosofía y profesora de Ética y Estética en la Universidad Autónoma de Barcelona— publicó ayer, 5 de septiembre, en el diario Ara con el título ¿Fue un error crear a los perros?

Tafalla plantea en su columna para Ara cómo los seres humanos hemos instrumentalizado cualquier relación con el resto de animales que nos acompañan —obviando que pocas veces es distinto en nuestra especie—, donde todo aquello que nos agrada de nuestros compañeros caninos —y también felinos—: su docilidad, su empatía, su ternura, es, paradigmáticamente, aquello que los hace vulnerables y que los condena; un aspecto que todavía puede rastrearse más fácilmente en los animales para consumo, sean domésticos o no.

El inicio del séptimo párrafo ejemplifica la idea general del texto:

Hemos levantado nuestra civilización sobre el dolor de los animales, sobre la explotación de los domésticos y la caza de los salvajes. Sin los animales que criamos para comer, para usarlos como vehículo de transporte o para trabajar en el campo, nunca habríamos construido ninguno de nuestros imperios. Sin extinguir especies y destruir ecosistemas, no habríamos llegado hasta los 7.000 millones de humanos.

Hacia el final del artículo se vislumbra un remedio, quizá demasiado politizado para que pase desapercibido; quizá demasiado esquemático para que sirva a su cometido: «Cuando la ganadería persigue a los lobos, los dos males se fusionan. La solución es sencilla: los humanos no necesitamos comer carne, pero sí necesitamos ecosistemas sanos y ricos en biodiversidad, y por lo tanto necesitamos lobos.»

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Sé bien lo difícil que resulta plantear soluciones concretas; a menudo, además, estas se confunden o difícilmente pueden llegar de los mismos ojos que han vislumbrado el problema. La selección artificial de los perros no difiere mucho de la elección de aquellas vacas que, generación tras generación, producen más leche o las gallinas que, en vez de los doce huevos anuales, ponen casi uno diario; si acaso, los primeros, a pesar de sufrir y soportar la misma estructura jerárquica que suele definirse entre términos como «capitalismo», «producción en cadena» y «especismo», también pueden llegar a ver la parte más bondadosa de algunas sociedades humanas.

Toda lucha por el antiespecismo es legítima; salvar a los toros, legislar contra el maltrato de animales de compañía, e incluso no matar animales. No obstante, toda lucha también debe existir y entenderse en su propio contexto: el de las gallinas que ponen huevos todos los días del año y el de las vacas que producen una enorme cantidad de leche en las vaquerizas, que solo es una cara menos definitiva de la que muestra a los cerdos abiertos en canal o las terneras inmovilizadas en el suelo. No significa que sea bueno, no significa que esté bien; significa que a los humanos nos encanta jugar a ser dioses, y eso, hoy, supone problemas éticos que tenemos que afrontar y enfrentar, pero desde un marco integral y jamás segmentado.

A nivel comunicativo, estos artículos cumplen una impagable labor divulgativa, y, sin embargo, con los pocos o los muchos recursos con los que cuentan, dejan tras el telón el primer campo de batalla en el que deberíamos lidiar: aquel que explica que todos los animales —incluso nosotros— se encuentran en una situación concreta fruto del contexto, y las circunstancias (propias y ajenas), y si plantear una ética universal aturde, pretender que esta pueda convertirse en moral práctica obviando los cientos de contextos que existen ya solo en España, es irreal.

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En realidad, el lobo es, sin saberlo, uno de los rostros más definitorios que debemos enfrentar sus defensores, que, poco a poco, hemos ido aumentando en número, pero siempre de la ciudad hacia el campo, y no a la inversa, y que se tiene que entender junto a una ganadería de subvenciones europeas y de provincias, y un oficio que dista mucho de ser mayoritario, pero que enfrenta a los defensores del campo que no viven en el campo y a las poblaciones rurales, que quieren hacerlo sin el sudor que se acompaña, y que se entiende al ver a rebaños a mediodía sin una gota de sombra o sin un cercado entre ellos y sus principales predadores.

Los centros de ética animal de las facultades mantendrán que el «veganismo» es la respuesta al maltrato animal y a los problemas de sostenibilidad del planeta; sin embargo, por desgracia, ni el veganismo ni cualquier otra variante es la respuesta al contexto; o, mejor dicho, a los miles y miles de contextos distintos a enfrentar, y ahí, es donde deberíamos seguir trabajando. Si este se aplicase, solucionaría, antes o después, todos los problemas derivados, ¿pero es solución si más del 90 % de la humanidad no desea tomarla?


De cómo los animales viven y mueren (Javier Ruiz - Diversa Ediciones)Este es un texto original creado para Doblando tentáculos. Si te ha parecido interesante, quizá quieras adquirir en papel o en eBook De cómo los animales viven y mueren (Diversa Ediciones, 2016), mi primer libro de temática animalista que trata estos y otros muchos temas similares. ¡También está disponible en Amazon!

El dedo que fue

Cuando llegué habían tirado el dedo al container. Todo el dedo. Falange distal, media, proximal, metacarpianos… No quedaba dedo en el tumor. Pero no era un dedo: era una vida. Recogí a Dana en brazos y la cargué a peso; los analgésicos me robarían a mi compañera más fiel por unas horas más, y durmió en el maletero del Jeep —el Jeep que compramos para ellos— todo el camino hasta casa, y luego en casa, todo el día, hasta el anochecer.

Estuve acariciándola por horas, y me peleé con Laura, que quería que la dejase descansar en paz; sin entender que no quería, pero, sobre todo, que no podía. Me tumbé al lado y fingí leer, pero seguí acariciándola hasta que me solidaricé con ella entre sueños por un rato. En algún momento, trató de levantarse, e intentó alcanzar el balde de agua a trompicones. La ayudamos.

Dana (mirada)

Al final, consiguieron echarme de casa por unas horas, y por fin Dana descansó tranquila en nuestra habitación, con las contraventanas cerradas para evitar el asalto de un sol terrible e impropio del mes de junio. Mientras conducía, pensé en todo lo que se había hecho por salvar su dedo y en lo que escondía la infección; y aunque no se deshizo el nudo del estómago, entendí que la tristeza no se vinculaba a la operación en sí, sino a aquello que mi perra me explicaba entre líneas.

Todo el dedo no era un dedo. Era una vida. Toda una vida. Toda una vida juntos. Era el principio del fin. De las carreras, las siestas, los abrazos y los lametones; todo el dedo no era un dedo, era la vida; la vida que empezó a consumirse desde que nos conocimos y que ahora se materializaba en un tumor, en el pelo blanco, en los ojos algo más cansados que ayer, en la serenidad y el entendimiento que ha crecido durante casi ocho años.

Dana (calle)

Era un dedo, pero era la vida de mi perra. Mi perra, que es lo más parecido que yo tengo a una hija; mi hija, cuyo dedo me dice que todos morimos, poco a poco, pero que seré yo aquel que tendrá que encontrar un lugar para su cuerpo ya inerme; mi perra, que no morirá hoy, y morirá; mi perra, a la que abrazo fuerte, e imploro por no olvidarme ni un día más de disfrutar de un atardecer junta a ella, de una mirada cómplice, de una caricia, de un sentimiento, de una vida.

La vida de mi perra, que hoy aún es vida, pero que un dedo amenazó con robármela un instante y, ahora, entre lágrimas, solo pienso en cómo será el vacío que será capaz de dejar ella un día, si un dedo casi me arranca el alma.

Lo Que Está Por Oler

Lo Que Está Por Oler es el trigésimo cuarto relato de mis 52 retos de escritura para 2017.

Se rascó una oreja con entusiasmo. A continuación, se incorporó, se colocó a cuatro patas —justo cuando la Gran Luz Que No Se Mira asomaba el hocico— y bebió un par de largos tragos de agua de la fuente que sus compañeros de piso habían instalado en el comedor. No había sido una semana de grandes aventuras, y los días en el hogar empezaban a resultar tediosos y excesivamente rutinarios. Por esto, se refrescó, y volvió inmediatamente a la cama por un par de horas más: ¿qué se le había perdido en el mundo tan temprano?

Argos era un verdadero ilustrado, y así le consideraban sus congéneres. Un aventurero que había oído hablar de Rugaas, Donaldson, Pryor u O’Heare, a quienes se imaginaba como grandes divulgadores caninos; quien había presenciado grandes momentos de la historia moderna, como las gestas de Colmillo Blanco, la vida de Marley, de Beethoven, o del gran detective Hooch, que se ayudaba de aquel incompetente americano delgaducho… Era el compañero que quieres en tu equipo cuando abandonas la seguridad del territorio y te lanzas hacia Lo Que Está Por Oler, y él no creía en la falsa modestia.

Argos (terraza)
Argos descansando en la terraza.

Aquella era una época de cambios. Había decidido dejar atrás el apartamento en el centro por una casa a pocos kilómetros de allí; una cuestión ampliamente discutida con el resto del grupo sobre la que Javier y Laura estuvieron rápidamente de acuerdo, mientras que Fuego y Dana habían mudado sus reticencias hasta su nuevo hogar. Ahora no estaba dispuesto a confesarlo, pero quizá vivir en la montaña no había sido su mejor idea. Poco había tardado en percibir un cambio de actitud en algunos miembros de la manada…

Por ejemplo, desde que se conocían, Javier, siempre se había levantado prontísimo: entre las ocho y las nueve de la mañana, y tenía la mala costumbre de sorber varias veces al día un líquido amargo en pequeños cuencos con asas casi imposibles de lamer. ¿Aunque para qué iba a lamerlos? Los humanos bebían todo tipo de líquidos extraños: negros, amarillos, rojos… ¡incluso naranjas! ¡NARANJAS! No obstante, últimamente, había advertido un incremento de amarillos y rojos, y eso le preocupaba, puesto que convertía a sus compañeros en seres más irracionales, si cabe. ¿Cómo iba a tolerar eso si la situación se cronificaba? ¡Parecían comportarse como animales salvajes!

Asimismo, había empezado a preocuparse por otra extraña costumbre que se extendía en el tiempo: ambos humanos se sentaban en una silla y se quedaban horas y horas inmóviles frente a todo tipo de extrañas imágenes: era aterrador; a veces, estas se movían y otras, simplemente, mostraban todo tipo de formas que habría jurado que aparecían a medida que sus compañeros golpeaban una de esas cosas sin nombre de perro que sonaba con clics y con clacs. Como buen empirista, había acercado el hocico sin resultados: Javier creyó que quería abrazos y lametones, mientras que Laura le riñó, imaginando que intentaba alcanzar unos macarrones al pesto: en honor a la verdad, Argos sabía que ambas cosas eran compatibles.

Sin embargo, en la montaña algunas cosas habían mejorado también. Corrían sueltos y no con esas estúpidas correas sin sentido alguno: ¡con ellas, era dificilísimo hacer entender a los humanos por dónde querían ir! Lo había comentado con Dana y con Fuego, y opinaban lo mismo. Bueno, Dana. Fuego solo preguntó: «¿Correa?, ¿qué correa?» y siguió estirando, y estirando en cualquier dirección que se le antojase en aquel instante mientras Laura volaba tras él.

En casa se mantenían costumbres lógicas y beneficiosas para todos, como descansar en manada en el dormitorio o tumbarse bajo la Gran Luz muchos mediodías; Javier lo hacía con líquidos amarillos, y el resto de la manada con un gran cuenco de deliciosa agua self-service. Pero había otras que nunca habían entendido, y vivir en la montaña tampoco cambió eso. Por ejemplo, siempre emergía un Palo Mueve Pelusas en el pomo del bufé frío de la cocina. Un día cualquiera, además, él y Dana advirtieron que no eran otros que Javier y Laura quienes tenían esa extrañísima conducta, y todavía hoy se devanaban los sesos en busca de una respuesta. Recogían la casa y, cuando no les dejaban en el exterior, colocaban todo tipo de impedimentos frente a algunas puertas: el Palo Mueve Pelusas, el Palo Moja Patas y, a veces, incluso una extraña tabla, también con patas, que se presentó en casa, pero que nunca habían visto que se usase para nada más que impedirles el paso, por lo que, él mismo, la había bautizado como Tabla Molesta.

Foc y Dana de excursión
¡Foc y Dana se van de excursión!

Harto de tantas irregularidades, decidió que, esa misma tarde, reuniría al Consejo en busca de una respuesta y, cuando la Gran Luz estuvo entre ¡Woof! y ¡Grrruuurr!, dio inicio a la misma.

—Últimamente el ritmo de paseos ha decaído, ¿no creéis? —preguntó al aire.

—Bueno… —concedió Dana. —Cuando la Gran Luz ocupa tantas horas arriba siempre es más difícil, y aquí, muchos humanos confunden territorio con Lo Que Está Por Oler, ya sabes.

—¡Pero no nuestros humanos! —señaló Argos. —Eso es lo que más nos gustó de ellos, ¿recuerdas?

—¿Qué es un Consejo? –preguntó Fuego.

Dana acercó un mordedor de color naranja y lo dejó frente a él.

—¿¡Para !? —preguntó Fuego, y lo agarró a toda prisa, mordisqueándolo y correteando por todo el jardín.

—Sigamos… —dijo Dana.

—Creo que tendríamos que demandar un aumento del número de paseos y de las zonas exploradas de Lo Que Está Por Oler. ¡Estoy harto de ir siempre por el Verde por Oler! A veces está bien, pero seguimos siendo perros urbanitas: ¡y ahora tienen dos coches!

La conversación mantuvo esta misma línea por un buen rato. Fuego se rodeó de todo tipo de juguetes mientras el núcleo duro debatía posibles soluciones ante las problemáticas presentes. Decidieron que tendrían que soportar los incómodos Palo Moja Patas y Palo Mueve Pelusas hasta la siguiente reunión del Consejo, que doblarían esfuerzos para descubrir la función de esa tabla sospechosa y que presionarían a los humanos para aumentar el radio de acción de sus necesarias campañas de exploración.

—¡Por favor! ¡POR FAVOR! —gritó Javier— ¡Basta de ladridos, lleváis así toda la maldita tarde! ¡Basta! ¡Se acabó! ¡SE ACABÓ! ¡Callaos los tres un rato!

—En un rato, cuando baje el sol, podemos ir paseando con ellos hasta el pueblo —comentó Laura.

Y Argos observó al humano con indiferencia, reprimiendo una sonrisa que asomaba en su hocico. Lo habían logrado, otra vez.

Mientras Dana empezaba a recuperar todos los juguetes con los que había sepultado a Fuego, pensó: Los humanos no entienden nada…, y se tumbó a echar una cabezada en su cojín antes de la expedición número 5.791 hacia Lo Que Está Por Oler. El mundo era de los valientes…