Ciudadanos de segunda

Ayer me acerqué a una playa para perros. Mi mujer tenía curiosidad. A mí ya no me gusta la playa para mí, imagínate llevarme al perro. Pero a ella le hacía gracia, así que fuimos. Eso también es el matrimonio: apoyar a la jefa, ¿o no? Ahora mismo, tengo cuatro perros en casa, pero solo a uno de los pastores le mueve el agua. Mi opción, no obstante, hubiese sido llevarnos a Argos, que es un mastín muy equilibrado, y no a Foc, que es un pastor alemán llorón y drama queen. Esto último me lo confirmó la mañana, pero después.

Un par de días antes, buscamos información sobre playas habilitadas para perros. Pero hay que decir que nosotros venimos muy mal acostumbrados de la época de Mallorca, donde se pudiese o no —aunque esto fue antes de las modificaciones en la Ley de Costas—, con las debidas precauciones y tratando siempre de no molestar a nadie, nos paseábamos por playas y calas con los perros de la época —Dana, Argos y Caos—, por lo que cinco playas para toda la provincia de Barcelona —solo el área metropolitana da cabida a más de 100.000 perros— nos pareció nada y menos.

No deja de ser un tema complejo, no obstante, y la convivencia requiere de ir paso a paso; de ahí, imagino, que salen las alertas algo absurdas de gente poco convencida, como algún miembro del Colegio Veterinario de Valencia, que decía: no recoger las heces contamina la arena con parásitos que afectan tanto a animales como a personas. Una justificación un poco estúpida para limitar la entrada de animales en la playa, porque no parece contaminar ni más ni menos que cualquier mierda de perro que un (humano) guarro se deje tirada en el parque o en la plaza de su barrio, según el mismo artículo. En las playas incluso me parece todavía menos preocupante, si cabe, porque aunque no he buscado ningún estudio para sustentar la teoría —ni creo que exista—, alguien que dedica el sábado o el domingo a largarse a la playa con su perro, a priori parece que tendrá menos problemas en recoger una caca con una bolsa, ¿no? Supongo que, en algunos casos, nos sorprenderíamos.

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Caos y yo en Cala Blava (Mallorca, 2012).

¿Y entonces qué me pica? ¿De qué vengo a quejarme hoy? Pues, tómate esto como una opinión 100 % personal, pero me parece que (en muchos casos) es una ida de olla eso de meter cincuenta o sesenta perros más cien/doscientas personas ahí. Nosotros nos acercamos a Cala Vallcarca (Sitges), y también he pasado tres o cuatros veces (sin mis perros) por la Playa de Llevant, en Barcelona ciudad: ambas me han parecido que sufren del síndrome pipicán, es decir, muy poco espacio para tanto perro. Por descontado, cada persona es un mundo, y cada perro también y, por esto, hay un gran porcentaje de animales que no tienen ningún problema en espacios pequeños y saturados, pero otros muchos sí. Estos espacios pueden generar estrés, nerviosismo y reactividad.

En nuestro caso concreto, nos tocó habituar al colega perruno paulatinamente, y nadamos un rato con él, pero la saturación de perros y personas empezó a poner nervioso al pastor-drama queen (repito que cada perro es distinto; por ejemplo, Foc es un pastor adoptado y con algunos problemillas difíciles de corregir a su edad); salimos del agua, nos apartamos y tratamos de volver dos o tres veces cuando se relajaba un poco, pero como el entorno se hacía imposible de controlar, decidí que lo mejor para el perro y para el resto era largarnos.

A grandes rasgos, mi lectura es que esto se da por las limitaciones del entorno, y estoy seguro de que en playas más grandes, como Les Salines (Cubelles, Barcelona) o La Balsa de Arena en Deltebre (Tarragona) no existe este problema; pero la realidad es que muchos de los espacios cedidos donde acercarse y pegarse un baño con tu perro son espacios recuperados (por ejemplo, en Sitges está a escasos metros de una central térmica) o acotados, que tienden rápidamente a sobresaturarse, sin entender que si, para nosotros es poco natural eso de embutirnos como sardinas en la arena, a los perros no solo les ocurre lo mismo, sino que, además, pueden requerir de una habituación más espaciada ante esa situación. Y puede que lo peor no sea esto, en realidad, sino la sensación que transmiten algunos municipios de ceder aquello que nadie quiere —prueba de ello es que, casi siempre, son playas y calas sin servicios— o confinarnos a un pequeño espacio a lo gueto para responder a equis demandas colectivas.

Aunque a mí la playa ni fu ni fa, me fui ayer con sentimientos contrapuestos, y por eso quiero volver unas cuantas veces más. Por un lado, la sobresaturación me da la sensación de que estresa a nuestros perros y los hace corretear de arriba para abajo, pero beneficios claros no los veo. Por el contrario, sí que vi a muchísima gente pasándoselo en grande, entre los que me incluyo, pero sigo defendiendo la opción más lógica para muchos propietarios y propietarias: permitir a los perros sociables el acceso junto a sus guías a la mayoría de las playas e integrar a estos animales también de un modo más natural, no tratarlos como ciudadanos de segunda —ni a ellos, ni a sus familias— y tener que hacinarlos en cuatro puntos contados de todo el territorio. Por ahora, como está montado, mejor que los perros se bañen en ríos, saltos de agua y en aquellas playas para perros que no estén saturadas, si las hay.


NdA: adjunto mapa con playas de perros en toda España. El porcentaje todavía es bajo teniendo en cuenta que España tiene bastantes más de 3.000 playas y 5.978 km de costa.