Lo Que Está Por Oler

Lo Que Está Por Oler es el trigésimo cuarto relato de mis 52 retos de escritura para 2017.

Se rascó una oreja con entusiasmo. A continuación, se incorporó, se colocó a cuatro patas —justo cuando la Gran Luz Que No Se Mira asomaba el hocico— y bebió un par de largos tragos de agua de la fuente que sus compañeros de piso habían instalado en el comedor. No había sido una semana de grandes aventuras, y los días en el hogar empezaban a resultar tediosos y excesivamente rutinarios. Por esto, se refrescó, y volvió inmediatamente a la cama por un par de horas más: ¿qué se le había perdido en el mundo tan temprano?

Argos era un verdadero ilustrado, y así le consideraban sus congéneres. Un aventurero que había oído hablar de Rugaas, Donaldson, Pryor u O’Heare, a quienes se imaginaba como grandes divulgadores caninos; quien había presenciado grandes momentos de la historia moderna, como las gestas de Colmillo Blanco, la vida de Marley, de Beethoven, o del gran detective Hooch, que se ayudaba de aquel incompetente americano delgaducho… Era el compañero que quieres en tu equipo cuando abandonas la seguridad del territorio y te lanzas hacia Lo Que Está Por Oler, y él no creía en la falsa modestia.

Argos (terraza)
Argos descansando en la terraza.

Aquella era una época de cambios. Había decidido dejar atrás el apartamento en el centro por una casa a pocos kilómetros de allí; una cuestión ampliamente discutida con el resto del grupo sobre la que Javier y Laura estuvieron rápidamente de acuerdo, mientras que Fuego y Dana habían mudado sus reticencias hasta su nuevo hogar. Ahora no estaba dispuesto a confesarlo, pero quizá vivir en la montaña no había sido su mejor idea. Poco había tardado en percibir un cambio de actitud en algunos miembros de la manada…

Por ejemplo, desde que se conocían, Javier, siempre se había levantado prontísimo: entre las ocho y las nueve de la mañana, y tenía la mala costumbre de sorber varias veces al día un líquido amargo en pequeños cuencos con asas casi imposibles de lamer. ¿Aunque para qué iba a lamerlos? Los humanos bebían todo tipo de líquidos extraños: negros, amarillos, rojos… ¡incluso naranjas! ¡NARANJAS! No obstante, últimamente, había advertido un incremento de amarillos y rojos, y eso le preocupaba, puesto que convertía a sus compañeros en seres más irracionales, si cabe. ¿Cómo iba a tolerar eso si la situación se cronificaba? ¡Parecían comportarse como animales salvajes!

Asimismo, había empezado a preocuparse por otra extraña costumbre que se extendía en el tiempo: ambos humanos se sentaban en una silla y se quedaban horas y horas inmóviles frente a todo tipo de extrañas imágenes: era aterrador; a veces, estas se movían y otras, simplemente, mostraban todo tipo de formas que habría jurado que aparecían a medida que sus compañeros golpeaban una de esas cosas sin nombre de perro que sonaba con clics y con clacs. Como buen empirista, había acercado el hocico sin resultados: Javier creyó que quería abrazos y lametones, mientras que Laura le riñó, imaginando que intentaba alcanzar unos macarrones al pesto: en honor a la verdad, Argos sabía que ambas cosas eran compatibles.

Sin embargo, en la montaña algunas cosas habían mejorado también. Corrían sueltos y no con esas estúpidas correas sin sentido alguno: ¡con ellas, era dificilísimo hacer entender a los humanos por dónde querían ir! Lo había comentado con Dana y con Fuego, y opinaban lo mismo. Bueno, Dana. Fuego solo preguntó: «¿Correa?, ¿qué correa?» y siguió estirando, y estirando en cualquier dirección que se le antojase en aquel instante mientras Laura volaba tras él.

En casa se mantenían costumbres lógicas y beneficiosas para todos, como descansar en manada en el dormitorio o tumbarse bajo la Gran Luz muchos mediodías; Javier lo hacía con líquidos amarillos, y el resto de la manada con un gran cuenco de deliciosa agua self-service. Pero había otras que nunca habían entendido, y vivir en la montaña tampoco cambió eso. Por ejemplo, siempre emergía un Palo Mueve Pelusas en el pomo del bufé frío de la cocina. Un día cualquiera, además, él y Dana advirtieron que no eran otros que Javier y Laura quienes tenían esa extrañísima conducta, y todavía hoy se devanaban los sesos en busca de una respuesta. Recogían la casa y, cuando no les dejaban en el exterior, colocaban todo tipo de impedimentos frente a algunas puertas: el Palo Mueve Pelusas, el Palo Moja Patas y, a veces, incluso una extraña tabla, también con patas, que se presentó en casa, pero que nunca habían visto que se usase para nada más que impedirles el paso, por lo que, él mismo, la había bautizado como Tabla Molesta.

Foc y Dana de excursión
¡Foc y Dana se van de excursión!

Harto de tantas irregularidades, decidió que, esa misma tarde, reuniría al Consejo en busca de una respuesta y, cuando la Gran Luz estuvo entre ¡Woof! y ¡Grrruuurr!, dio inicio a la misma.

—Últimamente el ritmo de paseos ha decaído, ¿no creéis? —preguntó al aire.

—Bueno… —concedió Dana. —Cuando la Gran Luz ocupa tantas horas arriba siempre es más difícil, y aquí, muchos humanos confunden territorio con Lo Que Está Por Oler, ya sabes.

—¡Pero no nuestros humanos! —señaló Argos. —Eso es lo que más nos gustó de ellos, ¿recuerdas?

—¿Qué es un Consejo? –preguntó Fuego.

Dana acercó un mordedor de color naranja y lo dejó frente a él.

—¿¡Para !? —preguntó Fuego, y lo agarró a toda prisa, mordisqueándolo y correteando por todo el jardín.

—Sigamos… —dijo Dana.

—Creo que tendríamos que demandar un aumento del número de paseos y de las zonas exploradas de Lo Que Está Por Oler. ¡Estoy harto de ir siempre por el Verde por Oler! A veces está bien, pero seguimos siendo perros urbanitas: ¡y ahora tienen dos coches!

La conversación mantuvo esta misma línea por un buen rato. Fuego se rodeó de todo tipo de juguetes mientras el núcleo duro debatía posibles soluciones ante las problemáticas presentes. Decidieron que tendrían que soportar los incómodos Palo Moja Patas y Palo Mueve Pelusas hasta la siguiente reunión del Consejo, que doblarían esfuerzos para descubrir la función de esa tabla sospechosa y que presionarían a los humanos para aumentar el radio de acción de sus necesarias campañas de exploración.

—¡Por favor! ¡POR FAVOR! —gritó Javier— ¡Basta de ladridos, lleváis así toda la maldita tarde! ¡Basta! ¡Se acabó! ¡SE ACABÓ! ¡Callaos los tres un rato!

—En un rato, cuando baje el sol, podemos ir paseando con ellos hasta el pueblo —comentó Laura.

Y Argos observó al humano con indiferencia, reprimiendo una sonrisa que asomaba en su hocico. Lo habían logrado, otra vez.

Mientras Dana empezaba a recuperar todos los juguetes con los que había sepultado a Fuego, pensó: Los humanos no entienden nada…, y se tumbó a echar una cabezada en su cojín antes de la expedición número 5.791 hacia Lo Que Está Por Oler. El mundo era de los valientes…

Había un sofá

Había un sofá en mi viejo piso de Barcelona. Había un sofá, una mesa, unas sillas y un único mueble en el salón-comedor. Así de pequeño era mi viejo piso, que solo fue mío por un instante, cuando escaparon mis abuelos. Allí, en aquel sofá, empecé a compartir mi vida con un perro, y aprendí a transigir todos los tipos de soledad; allí me dormí abrazado por primera vez a Laura tras una declaración de amor que también fue un robo —o lo hubiese sido, si el corazón de alguien pudiera pertenecer a dos personas a la vez—, y allí fui feliz.

Más tarde, la perra devoró el sofá granate que había pertenecido a mi abuela hasta que se la llevó el cáncer, y los cojines salchicha de color rosa que tanto me gustaban. Y nada más ver la escena, caí tumbado entre sus almohadones, algo triste por la muerte prematura de un recuerdo en vida que se desangraba; por la pérdida de otro sitio especial, donde a menudo dormía, y chateaba con ella a través de aquel dinosaurio al que WhatsApp terminaría por degollar sin piedad; y por esto me negué a desprenderme de él, y coloqué una manta que encontré en un altillo a lo largo de todo el flanco que la pastor alemán había cercenado; y seguí soñando, y escribiendo, y dormitando cuando no podía dormir, mientras la espuma interior robaba una caricia a mis pies desnudos al dar vuelta tras vuelta, o al incorporarme de madrugada, somnoliento.

Dana (2011)
Dana mirando por la terraza del piso de Montbau (verano de 2011).

Fue ella quien me convenció de cambiarlo; pero, para ello, tendría que mudarse conmigo. Algo que hizo rápido, y sobre lo que nos mentimos hablando de necesidad. Recuerdo que le rogué que viviera conmigo desde el minuto en que empezó nuestra relación. Porque estoy loco, o no pienso las cosas. Quién sabe. Ella aún cree que fue un error, arrastrado hasta hoy, cuando algún momento del presente moldeó un «nosotros» que hace mucho que ya duerme en el pasado; yo le digo siempre que sí, le miento, y, cuando ya no me ve, sonrío como el idiota feliz que siempre ha conseguido mantenerse cerca de la mujer que amaba.

El segundo sofá era blanco y no conjuntaba con los muebles en caoba y las viejas sillas tapizadas en un cereza oscuro que bailaba entre el ocre y el granate. Su cuerpo era más ancho y rectangular, y conquistaba parte del espacio que antes había reservado a la cama de Dana, la perra que ahora sentía unos celos terribles por tener que compartir su tiempo con una tercera persona, y cuya envidia perruna dejaría una decena de escenas de destrucción masiva por toda la casa.

Sin embargo, la vida del sustituto fue breve y convulsa; tan breve y tan convulsa, como una enorme mancha que un celo más literal dejó en su contorno de marfil; un borrón que resultó imposible de limpiar en su totalidad, pero que fue disimulado con todo el esmero que un hombre enamorado podría conseguir. Aquella fue la marca del diablo, el signo que presagiaba un fin temprano y horrible, y que llegó a los pocos días, cuando unos compañeros de universidad partieron la espina dorsal del sofá blanco y convirtieron su recta figura en una uve de madera quebradiza.

Tras el crimen, Laura se enfadó muchísimo, y envío a la calle a los invitados que todavía deambulaban por el apartamento. Estos se escaparon a perseguir a unos jabalíes que rondaban por el barrio, y, aunque aquí empieza otra historia a la que no tengo intención de dar inicio, acabarían dormidos sobre unos aspersores que esa noche no consiguieron cumplir su verdadero cometido. Un justo castigo, quizá.

Al día siguiente, abandonamos al sustituto junto a la basura, como ya habíamos hecho con el sofá granate que lo precedió, renunciando a ocupar, por tercera vez, ese pequeño gran espacio del salón que nunca más completaríamos. Durante semanas, me sentí incómodo ante la escena; y no fue hasta mucho tiempo después, cuando ya no vivíamos ni tan siquiera en esa misma ciudad, cuando entendí que no era el sofá. Entonces no importó que este hubiera sido aniquilado por la perra y a su suplente le rompieran las vértebras unos borrachos que invitamos a casa por ser, y seguir siendo, nuestros amigos; no importó porque nunca fue el sofá: no era lo que allí hubo, sino lo que anhelaba que hubiese, y lo que restaba después junto a mí; y cuando comprendí que ella seguía ahí, pudimos mudarnos, pero, sobre todo, pude dejar de flagelarme por haberme planteado pagar el alquiler de un trastero en el que guardar un sofá masticado y otro partido por la mitad.

Las moscas que son tus muertos

Cuando era niño, creía en dos verdades absolutas y mágicas: que las moscas eran las cámaras de videovigilancia de Dios, y también nuestros muertos. Muchos de nosotros, como seres imperfectos, creemos que son sucias, y pesadas, y absurdas; estúpidos bichos que revolotean constantemente entre nuestros brazos, frotándose las patitas negras y mirándonos, con insectívora ternura, desde lo alto de la pantalla de nuestro ordenador, desde el mueble del comedor, o la encimera de la cocina.

Esta era una de esas teorías que nadie entendía pese a su infinita lucidez. Destruían los cadáveres de todos nosotros y se convertían en una parte de lo que fuimos. Estaba seguro: las moscas eran nuestros muertos, que volvían a la vida para observar cómo aprovechamos todo lo que nos enseñaron, para juzgarnos por habernos masturbado más de una vez al día, o para ver cuán felices somos con aquella chica que tu abuela no conoció, o a quien tu padre le preguntaba qué había visto en un tarambana irreflexivo como tú. «Tarambana», que era una palabra que usaba tu padre, y que quizá la mosca conserve en su pequeño cerebro de mosca que tú aún desconoces que contiene un fragmento de la esencia de tu padre.

Escena del décimo capítulo de la tercera temporada de Breaking Bad (mosca)

En mi cabeza, no existió nunca espacio para valorar un posible error: las moscas eran las cámaras de Dios, y cuando desaparecían, volvían al Cielo y le zumbaban una defensa vehemente como no te puedes llegar a imaginar. Así te querían tus abuelos, o tu padre, y así lo hará tu madre, o tú mismo, por tus familiares y amigos. Se dejaban las patas, las seis, en farfullar y farfullar sobre todas tus bondades, esas que nunca te dijeron en vida ni aquellos más benévolos; esas que hacen que nos avergoncemos, y que ocultemos cuánto admiramos el amor que un tercero puede tener por los animales, o la bravura que, bien llevada, termina bebiendo de valentía y convicción.

Un día, no recuerdo cuál, dejé de creer en las moscas. Dejé de ensimismarme al contemplarlas, a curiosear mientras se movían entre saltitos medio ortopédicos por la mesa, la tele o la silla. Dejé de pensar en estupideces, y de decirle a los míos que no matasen más moscas, que eran sus muertos que venían a ver cómo lo estábamos pasando, y a disfrutar, en la medida en que uno puede disfrutar cuando es degradado de humano a insecto post mortem. Mi padre, que era un experto cazador de insectos, siguió matando sucesivas reencarnaciones de sus respectivos padres, y tíos, y amigos, que venían a ver cómo nos iban las cosas.

Yo crecí, y olvidé a los muertos, que son las moscas. Olvidé incluso prestar atención al zumbido y a la forma en la que limpian compulsivamente sus grandes ojos para seguir presenciando en fragmentos de unos pocos días la vida de todos nosotros. Olvidé que los muertos eran las moscas, y también las cámaras de videovigilancia de Dios. Un día, otro, mi padre también se convirtió en mosca. Pero a fuerza de golpes yo había olvidado esa verdad irresoluble, así que transmuté en aquello contra lo que había luchado a capa y espada toda mi infancia. Cuando veía un insecto, acababa con él. Esa era mi legado, una de las misiones que habían traspasado hasta mí; y las moscas empezaron a acumularse en mi piso.

Vestido con el gen del cazador que vivía en mi interior, y que antes lo hizo en el de mi padre, empecé a destruir y destruir insectos; cuando los cadáveres se acumulaban en mi hogar, yo me deshacía de ellos, y como Sísifo en el Inframundo, embestía contra mi propia carga. Lo hice por largo tiempo, hasta que recordé que no había obligación alguna de hacerlo, que no había montaña que recorrer empujando una roca que volvería a caer ladera abajo; que las moscas que se acumulaban en el suelo no traerían de vuelta a mi padre, y que quizá, como aprendí de pequeño, las moscas podían habérselo llevado, pero no podían devolvérnoslo.

Entonces, dejé de matar moscas, y empecé a recibir sus visitas con desdén; y después, con indiferencia, apatía, afecto y pasión. Recordé que las moscas son los muertos, y que en cada una de ellas vive un alma, que no es alma, pero algo es. Pensé en los grandes ojos que tienen muchos insectos que vuelan junto a nosotros, y volví a creer en todo el sentido que eso tiene para aquellos que sabemos mirar alrededor.

Cotidianeidad

Sol ebrio

En un bar del centro un loco se emborracha en su tragedia. Su locura se define por lo inextinguible que resulta; a veces ebria, otras, psicosomática, pero siempre de exterior, siempre de terraza.

Cada tarde se acompaña de una curiosa compañera: una niña, pequeña y desgarbada, quien busca una pizca de atención entre los ojos de un adulto que ya no está hecho para lo intrascendente que sucede alrededor de su próximo trago.

Hoy, ese hombre observa a la niña de cerca, envuelto en una neblina alcohólica que se extiende y complica en su pronóstico desde la sobremesa. La niña, a su vez, mira a una mujer entrada en la cuarentena a través de la cristalera del local; en el interior del bar, su madre no aparta los ojos de la barra mientras se contonea entre desconocidos ansiosos por invitarla a otra copa. ¿Y su padre? Quién sabe.

—La vida es un sinsentido, y tú demasiado pequeña para saber de ello —concluye el borracho apenas al iniciar.

La cría lo mira con ojos cómplices, sin llevar nunca la contraria a su acompañante. En el interior hay risas y obsequios; su madre ya empieza a tambalearse, como todas las tardes al salir de un trabajo del que nunca habla y de un recoger a su hija de la escuela a quien, a menudo, olvida incluso acompañar (o se niega). Por todo ello, ella siempre prefiere la terraza, aun por obligación.

Hemingway y Antonio Ordonez bebiendo y riendo.
Fotografía perteneciente a la Colección Ernest Heminway en el John F. Kennedy Presidential Library and Museum de Boston. En la misma, aparecen Ernest Hemingway y Antonio Ordonez bebiendo y riendo.

Muchas tardes espera hasta después del anochecer, también en verano; algunos días vuelven acompañadas, y consigue algún regalo puntual de manos extrañas: una Coca-Cola o, con suerte, una barra de chocolate. Su madre siempre le roba un sorbo, o un bocado, y ella se siente mal por un instante al pensar que no hay nada suyo que esa mujer no corrompa.

Hoy no será uno de esos días, piensa. En el interior, ya están cansados de beber.

—¿Quieres que vaya a por otro cigarrillo? —pregunta la niña. Cada tarde consigue, por lo menos, tres o cuatro, y los raciona con puño de hierro por petición de su peculiar acompañante. Después, cuando el borracho prende uno, disfruta observando cómo los anillos de humo brotan graduales entre sus labios resquebrajados por el licor y una nariz roja de capilares dilatados.

Todo eso lo lee después. O lo apunta en un cuaderno de color cobrizo que oculta y mantiene lejos de su madre; allí lo reserva, lo guarda todo, y busca resolver aquello que el resto de su mundo no puede solucionar ni con actos ni con palabras.

Algunos días, el borracho dice que trabaja; otros, en cambio, no tiene fuerzas ni para arrastrarse hasta el bar. Esas tardes también prefiere quedar fuera. Lejos de palabras que vuelan entre las mesas y que consolidan una realidad cotidiana que amenaza con destruirla. Esos días se acompaña de Pirulo, el verdadero nexo que une a la niña de siete años y a un borracho crónico de cincuenta y tres: un perro. La única heroicidad que el barrio le conoce a lo largo de toda una vida mediocre. Una paliza, una mano rota y toda la energía que aquella terraza iba a robarle en varios días por rescatar al animal de las garras que lo maltrataban.

Durante unas semanas, Pirulo vivió en casa del borracho; ahora vive con ella, aunque lo alimenta el barrio entero. Los detalles de esta otra historia los desconocen los vecinos y, lo que todavía es más sorprendente, también la niña, pero todas la imaginan cubierta de una lúgubre épica donde la madre de la pequeña, a quien nadie le había visto ceder ni desistir ante nada de lo que se le había metido entre ceja y ceja —si bien, y en honor a la verdad, solía tratarse de copas, cigarrillos y caprichos menores—, accedió a convivir con Pirulo bajo su techo tras una breve conversa con aquel cincuentón de terraza.

Niña danzando frente a su oso de peluche
Una niña parisina baila frente a su oso de peluche en 1961.

Su compromiso, sin embargo, no se limitó al perro, sino también a las heridas infringidas a su compañero de tardes por los antiguos dueños del animal. Para aprender a sanarlas, la niña escuchó pacientemente la escueta disertación que le dieron unos y otros; a posteriori, tras contrastar los datos en la biblioteca del barrio, hizo caso omiso de todo lo que se le había dicho y aceptó pacientemente las críticas de la mayoría.

Al escaparse a la biblioteca, lugar que conocía por afán personal, pero que la mayoría de días tenía vetado por desatención activa, corría el riesgo de hacer enfadar a su madre, a quien por suerte no le costaba mucho mirar hacia otro lado siempre que no surgiesen molestias imprevistas; por esta vez, no le importó.

Al pasar de los años, la niña comprendió que ese hombre era familia. No es que le gustase más ni menos que su madre o el barrio, pero al menos él estaba ahí de forma intermitente. Había días en los que el borracho no hacía acto de presencia, pero la niña no se preocupaba en exceso; esas tardes respiraba con calma el aire de ciudad a la espera de un retraso imprevisto o un día de asueto concedido por la borrachera.

Sin embargo, al sexto día consecutivo, la niña empezó a preocuparse, e incluso Pirulo parecía inquieto ante la falta de la vieja galleta que acompaña el café y que el curda no olvidaba traer en el bolsillo ni una tarde. Ese día esperó fuera. También el siguiente. Pensando en que quizá el hombre que la acompañaba todas las tardes había desaparecido de la faz de la tierra. Eso era la muerte: otra cosa que nadie le había explicado.

Ante la duda, la niña se encaminó al interior del bar, seguida de cerca por el can que no la dejaba ni a sol ni a sombra. Dentro no hubo un cliente que no le pusiese cara al borracho, pero pocos sabían su nombre o tenían noticias recientes del mismo. Solo Pepe, el Culé, el quiosquero del barrio le había visto hace un par de días con «cara de muerto en vida», según sus propias palabras; compró el periódico, le comentó que llevaba en cama las últimas noventa y seis horas y volvió a la portería del número 14 de la calle Provincias, donde siempre había vivido.

La niña no sentía especial estima ni orgullo por el hombre de la terraza, pero vio algo necesario y leal en intentar visitarle. De este modo, no solo podría conocer la gravedad del enfermo, sino también devolvería alguna de las escasas, pero constantes, atenciones que el borracho le había ofrecido durante más de cinco años.

Pensó en escapar a media tarde, pues era el momento en que su madre menos atención prestaba siempre al exterior, ocupada en conseguir, al menos, dos o tres copas y un hombre que la aguantase las próximas horas.

Sin embargo, en quien más confiaba en el mundo, traicionó con sus ladridos a la niña; en vez de seguirla, Pirulo creyó oportuno esperar en la terraza, y así se lo hizo saber a la cría y a la madre, quien salió del local como una exhalación y le soltó dos tortas. Tras el guantazo, no pudo más que enfadarse por unos segundos con su perro, pero no tardó en observar que sería absurdo ponerse en contra al único ser que verdaderamente se preocupaba por ella.

Aquel séptimo día de ausencia, cuando volvían a casa, la niña intentó convencer con buenas palabras y sinceras promesas a su madre y a su último compañero nocturno, si bien todo lo que ganó fue quedar sin cena y advertida de que, si volvía a preguntar, el castigo no iba a ser tan leve.

No sería hasta la octava mañana cuando, tras un frugal desayuno autoimpuesto, la niña decidiría por primera vez saltarse un día de colegio al que su madre estaba dispuesta a acercarle para aprender lo que significaban los principios y la falta de ellos. Alerta frente a esta posible salida que su madre debió prever, la niña fue acompañada hasta la puerta del colegio en una mañana de numerosas primeras veces, pero decidida a ello, se mantuvo paciente hasta que su progenitora marchase a toda prisa hasta el polígono donde trabajaba, y permitiese una huida sin alborotos.

No quedó ahí la consecución de reiteradas malas patas, sino que la casualidad quiso que aquella mañana la señorita María llegase tarde a la clase del segundo curso y encontrase a la niña emergiendo de uno de los pasillos hacia el exterior. La profesora, de treinta y bastantes bien llevados, sentía cierta simpatía por la situación de la niña, por lo que se dispuso a acompañarla hasta su aula e incluso a navegar entre los posibles amparos que la cría necesitaba como agua de mayo. Durante unos segundos, ambas se miraron en silencio, pero la pequeña, con las cosas claras y el plan trazado de antemano, no quiso arriesgar más de la cuenta, y salió pitando en dirección a la parada del autobús. María, sorprendida, suspiró, y anotó en un papel la necesidad de hablar con su madre de la educación de su hija y de la falta de un núcleo familiar estable; papel que rompería antes del almuerzo tras algún sollozo más.

Niña besando a un cachorrito
Una niña besa a un cachorro en 1950. © Bernard Hoffman

Pese a su edad, y quizá a causa de esa mezcla de resolución y energía, nadie dijo nada a esa niña que entró en el diecinueve como un tornado, picó su abono de transporte y se escurrió hasta la parte trasera del autobús, donde descansó los veinte minutos del trayecto.

A pocos metros de su casa, saludó desde fuera a Pirulo, quien saltó por una ventana que su madre había dejado abierta, y acompañó los restantes sesenta o setenta metros que separaban el número 14 de la calle Provincias y el 138 de Zapateros, donde vivían madre e hija desde que su padre las abandonase.

Presionó varias veces al timbre del tercero, sin prisa, sabiendo que, si estaba aún tan enfermo como le habían dicho, quizá el borracho tendría dificultad para alcanzar rápidamente el interfono. Tras el cuarto timbrazo, se pudo oír:

—¿Sí? —era un sí débil, sin fuerza, carente de espíritu.

—Soy la niña del bar Los Amigos —dijo.

—¿Quieres subir? —preguntó la voz del borracho por el interfono.

—Viene Pirulo conmigo —contestó esta.

Como respuesta, el sonido de la puerta desbloqueándose y la invitación a pegar un empujón a la misma. Al otro lado del interfono, el hombre colgó mucho más rápido de lo que había tardado en coger el cacharro, aunque esperó, de pie y con la puerta abierta, a que la niña y el can ascendiesen corriendo a toda prisa por las escaleras.

Una vez dentro, el borracho cerró la puerta tras de sí y les invitó a sentarse en una de las sillas del salón. Él se dejó caer sin fuerzas en el viejo sofá de felpa gris con marcas de colillas en la tela.

—¿No tendrías que estar en el colegio? —preguntó.

La niña asintió.

—Quería saber si estabas bien. El Culé dijo que estabas enfermo y que hacía días que no salías de casa —agregó.

—Ya estoy mejor. Tengo el hígado enfermo por no cuidarme y me ordenaron reposo tras salir del hospital. Si voy a la calle, seguro que acabo en el bar, ya sabes.

—¿No quieres ir al bar? —preguntó la niña, quien no lo entendía.

—No puedo beber —contestó el borracho.

—¿Nada?

El curda no supo qué contestar a la niña. Se levantó y cogió una chaqueta, de allí sacó unas cuantas galletas de desayuno y las dejó caer al lado de Pirulo.

—Van con intereses hoy, que hace días que no nos veíamos.

—¿Puedo comerme una? —le preguntó la niña.

El borracho negó con la cabeza y la llevó de la mano a la cocina, donde cortó una barra de medio por la mitad y preparó dos bocadillos de pan con tomate y queso que terminaron devorados por uno de los dos.

—No te preocupes, con la medicación no tengo hambre —dijo el hombre, disfrutando de la compañía de otra persona en casa por primera vez en años. A mediodía, la niña se despidió de su compañero de terraza y se dispuso a dejar a Pirulo en casa y volver a la entrada del colegio.

—Podrías bajar al bar por la tarde —comentó la niña.

—Si tú me vigilas las copas que me tomo —dijo.

—¿Cuántas puedes tomar? —preguntó ella, resuelta.

—Ninguna —contestó, con la voz llena de duda.

—Te dejaré fumar algún cigarro de más —concedió la pequeña.

Cuando salía por la puerta, el borracho le hizo una última pregunta a la niña:

—¿Me dejas al perro hasta esta tarde? Así, tengo que bajar seguro.

***

Sol aguado

Por la tarde, ese hombre sin nombre que acompañaba a la niña de apelativo homónimo bajó a la calle con Pirulo y un bocadillo de pan con longaniza. Por primera vez en su vida adulta, cuando salió el camarero de aquel bar, pidió un refresco sin gas y se enfrentó al pitorreo generalizado; a los pocos minutos llegaron madre e hija, quien no advirtió siquiera que el perro de la casa estaba allí, junto a aquel hombre que pasaba la vida en una terraza. La niña le dio un cigarrillo al llegar y consiguió unos cuantos más para acompañar la bebida.

Desde esa misma tarde, unas cuantas cosas cambiaron: el bocadillo se convirtió en una tradición, Pirulo pasó acompañado las mañanas que la niña podía ir a escuela y la nota a pagar se volvió una excusa más que una verdadera necesidad.

Por lo demás, todo siguió igual. Cuando despejó aquella neblina y mejoró el pronóstico, la niña siguió mirando al interior, su madre no apartó los ojos de la barra mientras se contoneaba con un poco menos de garbo cada día. ¿Y su padre? Quién sabe.

De cara a la galería, todo lo encontró la niña fue un pobre sustituto, y a un perro, repletos de complicidad y buenas intenciones.

No quería más.


portada-insolacion-1Este texto forma parte de Insolación (Javier Ruiz, 2016), mi segundo libro de relatos. Si te ha gustado, puedes descargarlo gratis aquí (PDF) o adquirirlo a través de Amazon por 2,99 € para ayudarme a seguir escribiendo.

Una explicación para Sofía

Una explicación para Sofía es el cuadragésimo segundo relato de mis 52 retos de escritura para 2017.

Nada despertó sus sospechas. Tras su última reconciliación, que seguía a una larga pelea, repleta de gritos, reproches, promesas y besos, todo fue bien. Muy bien. Los tres o cuatro días de viaje que Sofía había decidido no posponer, habían ofrecido un interesante giro a una pareja que se necesitaba casi tanto como se amaba. Tras casi una década de relación, Juan percibía a menudo sus actos, y también los de su compañera, como abruptos, irracionales y egoístas. En soledad, sabía que se querían, y, sin embargo, nunca consiguió dominar su pronto, su impulso, su capacidad de dañar aquello que más deseaba proteger.

Pero sobrevivían una jornada más, creyendo salir fortalecidos de las quejas, las malas caras, las soluciones que apenas son parches, y quién sabe cuánto más peso que repartían en sus dos bolsas de vida. Detrás, no había desconfianza —nunca la hubo—, ni celos, ni malestar en la superficie. Se trataba de algo más abisal, más profundo, más insondable, como para que ellos pudiesen encontrar el modo. Terapias de pareja, psicología, psiquiatría, sesiones donde aprender a amarse de otro modo… ¿Era eso posible?

Cuando Sofía arrancó el coche, molesta, y se perdió en la noche, Juan prendió un cigarrillo en la terraza. El termómetro externo marcaba tres grados, pero él siguió ahí; él siguió ahí, esperando, hasta que la fría noche dio paso al día en que moría abril. Aquel día, el sueño amenazó en reiteradas ocasiones con apoderarse del empresario, quien cargaba con unas grandes ojeras que se obligó a pasear por el despacho.

Serge Gainsbourg y Jane Birkin (fotografía)
El polifacético Serge Gainsbourg (1928-1991) junto a la actriz y cantante británica Jane Birkin (1946).

A media tarde, cuando corroboró que no podía teclear un minuto más frente a la pantalla de su ordenador, se incorporó, estirándose sin remilgos, y escapó a la pequeña terraza que las leyes antitabaco habían convertido en un gulag para adictos a la nicotina. Allí encontró confinada a Laura, una de las analistas sénior de la empresa, quien le ofreció un cigarro y una sonrisa cómplice.

—No todo es malo —comentó la chica a modo de saludo—, así fumamos un buen puñado menos de cajetillas al mes.

—Pero con más ansia, si cabe —señaló Juan.

—De cualquier modo, esto —dijo ella, mostrando el cigarrillo— es lo que te pone un poco más nervioso. Aunque lo que no nos deja dormir suelen ser otras cosas…

Él suspiró, encogiéndose de hombros, y ambos quedaron en silencio, contaminando sus alvéolos un poco más. Cuando apagaron el segundo pitillo, Juan le había confesado a su interlocutora algunos de sus miedos más profundos, que siempre encontraban un Sofía como conclusión; la analista se mostró sorprendentemente empática, y Juan recordaría por largo tiempo que, entonces, se le ocurrió invitarla a un par de copas después del trabajo.

No obstante, no fue necesario. Juan volvió a su oficina, decidido a dar carpetazo a los proyectos que se habían acumulado encima de la mesa y a escapar hasta casa, donde comprobar si, esta vez, ella había vuelto o todo el lugar seguía desangrándose por la ausencia. Pero el pavor que le producía aquella incerteza, no le permitió abandonar esas paredes, así que el trabajo sirvió a su propósito, y lo mantuvo allí, concentrado, abstraído del exterior: absorto.

Beso icónico de Elvis Presley en 1956.
Elvis Presley (1935-1977) besando a una rubia anónima en Virgina, 1956.

Sonreía para sí cuando Laura abrió la puerta y asomó uno de sus brazos; en la mano, mostraba una cajetilla de tabaco, pero a Juan le pareció una oferta difícil de ignorar. Volvieron a la terraza, ya vestida por un manto de noche, y hablaron algo más, entre susurros, movidos por una creciente excitación que se perdía entre las curvas de la analista; ella jugó sus cartas entre pausas, consciente de que una seducción lenta era el mejor modo de extender un instante de pasión o convertirlo en pura magia. Primero, lo atrajo con palabras, y susurros, y silencios; después, con miradas y caricias. Por último, y aunque no existía necesidad, Laura se quitó la americana del traje chaqueta, y atrapó la mirada caoba de su acompañante en su silueta, con esa beldad que desprende la belleza consciente.

Juan enmudeció. Perdiéndose entre los carnosos labios de la chica, explorando con atención cada trazo, respetando las sombras primero, y conquistándolas después, poco a poco. Ella abrió camino y guió a su amante, que la desvestía con palabras y actos, hasta un despacho cercano. Allí, todo el pudor se desvaneció; y desnudos gritaron acometiéndose sin tregua durante mucho tiempo. Viajando entre la rápida pasión de una explosión cercana y el balanceo que ambos exigían en ritmo y cadencia.

Last Kiss (fotografía)
Last Kiss (2012) del fotógrafo estadounidense Mo Gelber.

A altas horas, cuando se sintieron agotados, y consumidos, y exhaustos, a todos los niveles, todavía quedaron desnudos y abrazados por un tiempo. Después, ella hizo una pregunta que esa noche no podía hallar respuesta, y se marchó, dejando ver la blanca y sensual silueta que había dejado que él conquistase hasta yacer exánime. Juan se vistió sin prisa y esperó; tras confirmar que estaba solo, recogió algunos útiles que habían quedado diseminados por el despacho y marchó, inseguro por todo lo que había sucedido, inconsciente de lo que podía suceder.

Al volver a su hogar, encontró a Sofía dormida en la cama de matrimonio. Había cancelado su viaje. Había vuelto a casa. Aquella noche, ella despertó al ver luz en el salón y sonrió a su pareja desde la cama. Juan le devolvió el gesto, quebrado, y se instaló en el salón, a salvo de una retahíla de preguntas que no estaba preparado para responder.

Sofía esperó una explicación que nunca llegó, y, poco a poco, desparecieron las quejas, las malas caras y las soluciones que apenas eran parches; apareció el silencio, la indiferencia, el desinterés. Su relación no murió entre gritos de odio, sino que se desangró en silencio; en un silencio perenne que se calcificó hasta el fin. Fue largo tiempo después cuando Juan entendió que hay distintos tipos de amor, y que el suyo era auténtico, aunque no siempre perfecto.