IV Concurso de Historias de la calle: “El brillo de los ojos en las ventanas”

Como ya empieza a ser costumbre, voy subiendo algunos relatos en el Club de Escritura de la Fundación Escritura(s)-Fuentetaja. De este modo, me obligo a preparar algún texto que también puedo compartir por aquí. En esta ocasión se trata de una historia titulada El brillo de los ojos en las ventanas, centrada en una preocupación que mencionaban las bases del concurso y que también he hecho mía: la pérdida de la calle para los niños, la ausencia en los hijos de un espacio amplio y flexible —como mencionan por allí— que sí que tuvieron sus padres y abuelos, y que, en buena parte, les convirtió en los adultos que son hoy.

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Y el Pitu va y se desmonta

El Pitu encañona a la secretaria, chavala pija que se ha caído del Putxet. Testigos: la grapadora (que aún castañetea), el albarán, arrugado del susto, y un archivador tripudo, que le juzgan desde la mesa de recepción.

El mundo hace girar al quinqui del Turó y a la mierda de STAR 9 mm que le ha comprado a otro pieza en el Paralelo. Será, quizá, el descubrir así esta escena (tan de sopetón), que le hace a uno perder el interés en el resto de los elementos que la componen: el mostrador de abedul contrachapado, los nudos marineros que cuelgan de la pared o las letras en azul serigrafiadas en las que se lee escuela náutica, todo esto suspendido sobre los rizos pelirrojos de la chavalita, y las pecas, y esa nariz respingona de putita fina del barrio chino a lo Marilyn Monroe.

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—Tira aquí la caja —exige.

La niña inmóvil, temblando, vuelta del revés, y en estas que aparece por la puerta el matrimonio de los dueños, que viene de desayunar. Ella: corte francés, morena, delgaducha, cuarenta y pocos; él: panzón, con niqui azul del cocodrilo, y pantalones de pinza, y el pelo negrísimo hacia atrás.

Se da la vuelta el Pitu y encañona a los recién llegados.

Pero le cae una hostia que casi lo desmonta.

¡Cagüendios!

Le pitan los oídos.

Le burbujea una oreja.

Baja el arma, coge los caudales y se escurre sin obstáculos hasta la puerta.

Asomado al quicio:

—No me jodas, Niño. Como digas algo en el barrio, vengo y os mato.

Se pierde por las escaleras, y, clic, el seguro, y, tap, tap, tap, esconde el arma en el bolsillo camino a la portería. Allí se encuentra a un tío con cara de sapo sentado tras un escritorio. Ese ya le ha llamado la atención al subir, el muy cabrón, recuerda, y se pierde por la calle Balmes con sus pintas de periferia: el chándal, la chaqueta tejana, las greñas que clarean por delante.

Corre del gris de las prisas al verde de los jubilados: lo hace por Castanyer —callejuela, más que calle— y sube por Roca i Batlle —casi peatonal, y bien lo sabe el golfo—. Sin demora, arranca la motocicleta bajo las escaleras de acceso al parque de la calle Marmellà, de rejas verdes que se encuadran en piedra vieja con gangrena en el rebozo. Las voces de la colina —la pija, la del Putxet— le acercan imágenes de ancianos tostándose al sol en bancos de madera combada, y escapa también de estas, quemando rueda hasta Mitre, a veces en contradirección, para huir de la apatía, del riesgo y de la Barcelona preolímpica que le expulsa en los cruces de miradas, por charnego, y por ladrón.

Ese cabrón ya me ha puesto a los picoletos detrás, piensa. Los semáforos conspiran en su contra, pero él da gas: no deja de dar gas. Las viejas se lanzan en ámbar por Verdi, los ojos de un urbano le apuñalan en Escorial; se atribuye cualquier sirena en su ascenso esquivo por el Guinardó. Llega a su colina: la de la Peira. Se despide de la motocicleta por ahí arriba, donde no se sube si eres de fuera, por Pins, Riberes o Cornudella, donde el laberinto de casas bajas muere y da paso a edificios condenados por aluminosis. Tomando una caña a un par de esquinas, ya ni se acuerda de dónde queda la moto del gafe de turno, y mejor.

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El bar son dos mesas y tres taburetes, y Pepe Culé —cincuentón, rechoncho, campechano— detrás de la barra; y allí la plancha, el barril, la máquina de café. Eso es todo; todo en lo que se ha fijado el Pitu ahí en su puta vida. Invita a los presentes a picar algo para celebrar el éxito —dos sevillanos y un moro a los que ni mira— y se larga a reventar la caja de caudales al taller de su cuñado, que nunca pregunta.

Mientras el Paco hace su magia, contempla el Pitu la persiana del taller, que ya cierra sus fauces medio muerta de hambre.

—Que son las dos y cuarto, Pitu, me cago en la puta —gimotea el Paco, de panza gorda y patas esmirriadas, de ojos bobos y bolsas viejas que los enmarcan.

—Para un favor que te pido, cabrón.

El Paco prueba con los clics, y con los clacs, pero termina abriéndola con una cizalla, un mazo y un catapún. En estas, que se escurren por la esquina los tres tenores: el José, el Pepe y el otro Paco, al que llaman Paquito para no confundir. El primero marca el paso, con los náuticos que le trajo de Perpiñán el Niño del Turó, y el Pitu bien lo sabe, y sabe que, para ellos, es como irse a los Estados Unidos: moreno, mitad calé, camisa abierta pese a febrero y chaqueta en mano. Le clava al Pitu la mirada a cincuenta metros, y lo peor es que este también se da cuenta de eso. Detrás, el Pepe viene distraído hablando con el que nos falta por ver, que se mueve fuera de la línea de visión del Pitu, y también del Paco, quien deja los trastos y se asoma a ver quién se acerca armando jaleo.

—Los sapos son sapos, Paquito, y las ratas, ratas —explica el Pepe mordisqueando las palabras. Es el más bajo de los tres, camiseta verdiblanca del equipo del barrio que representan, perfil de águila imperial, costurón en el cuello de oreja a oreja.

—Que sí. ¡Que sí! Yo solo digo que estos son de aquí, y el otro es más de allí que de aquí, ¿me entiendes? —contesta el Paquito junto al taller—. Qué, ¿no hay hambre?

El Pitu se encoge de hombros. Mano en el bolsillo. El José le echa una mirada de esas que dicen: pero tú de qué cojones vas, so mierda. Saca la mano de ahí, y el resto que se miran sin verlas venir. Aparece por la retaguardia el Paquito, que el diminutivo bien saben todos que le queda como a un Cristo dos pistolas: metro noventa y tantos, delgaducho, siempre en chándal, y las greñas prisioneras en una coleta.

Habla el Paco:

—Aquí me tiene el cuñao, que ya se ha hecho la escapada de la semana.

—No jodas —contesta el José, y asiente levantando el hocico al cielo. —¿Un pringado de Pedralbes o más pa’l centro?

—De cerca del Putxet.

—¿Pero pa’la zona del Putxet o del Farró?

—Del Farró, por el otro ni piso, ya lo sabes bien —miente, natural.

El Paco que va a hablar, y el Pitu que lo congela con la mirada.

Se hace un silencio incómodo pese a los cinco.

—Cierra pronto, que a las cuatro te vas a arrepentir —comenta el José, encendiéndose un pitillo apaleado que saca del pantalón.

—Tú me dirás. Por cuatro cochinas perras que ha arramblado este gamberro —croa el mecánico.

—Bueno, tú tira, que ya te cerramos nosotros. Pasamos por tu casa y te dejo las llaves cuando suba a comer algo.

El Paco que mira al Pitu. El Pitu que mira al Paco. Se encoge de hombros uno, y se encoge de hombros el otro. La caja en manos del golfo, y el golfo que cierra la persiana. Tira la caja ahí mismo, junto a unas ruedas viejas y un par de latas de aceite; guarda el fajo en el bolsillo.

—Venga, que hoy vamos a comer a La Esquinica, que invito yo, eh.

El Paquito sonríe bobalicón, despertando a la sin hueso que se relame antes de tiempo. El José y el Pepe juzgan con asco, y el Pitu las coge al vuelo.

—Tu puta madre La Esquinica —dice el José.

—Anda que ha tardado el maricón —gruñe el Pitu—. Anda que ha tardado en veniros con el cuento, y aún te habrá llamado por el teléfono.

—Tu puta madre ha llamado.

El Paquito que no lo entiende, y, en estas, que el muy sinvergüenza del Pitu se atreve a sacar de nuevo la mierda de STAR del bolsillo con el seguro puesto. Patada en los cojones marca de la casa. El Pepe aparta el pie y el Pitu se dobla sobre sí mismo; aprovecha este para intentar hacerse con el arma, pero el José la caza antes y le regala un sopapo en la cara que lo lleva al suelo.

—Qué se ha dicho siempre, Pitu. Qué se ha dicho de robarnos en el barrio —el Pepe escupe las palabras, una tras otra.

—Tu puta madre se ha dicho.

Le cae una hostia. Luego otra. Y, en estas, el Pitu que se desmonta frente al taller de su cuñado con los billetes en el bolsillo. ¿Y la llave para cerrar? La llave para cerrar la lleva el José, que ha abierto, ha cerrado y luego viene con el vespino a solucionar un par de temas.

***

José Antonio visita a su madre una o dos veces por semana. Ella: viuda, más vieja por el desgaste que por los años, pegada al moño negro y a las gafotas de pasta que no hay cojones de que cambie. Lleva al mediano con él para ver a la abuela, que no sale de aquel piso con aluminosis que hay que derribar. 

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Camina por el Turó de la Peira como lo que es: su barrio; delantero pichichi de tercera regional, compañero de juergas, parte de la cuadrilla. Allí tiene un nombre y un sitio por siempre. Se forró en los negocios, vive dos o tres barrios más allá y trabaja en la otra Barcelona: la pija, la del Putxet y la de Balmes, y la Diagonal, y la Plaza Cataluña… Pero es el Niño del Turó. Sigue siéndolo. Ahora, y siempre. Ayuda a todo dios, y no se deja engañar: si le pides para drogas, nada; para la familia, los chavales, el perro, ahí siempre. Es bueno, pero no idiota, también se sabe eso: si le engañas una vez, a tomar por culo.

El José lo ve de lejos, camina con el Paco, que no el Paquito, y ríen de alguna idiotez que le ha pasado a uno en el Molino, el cabaré del Paralelo, que se ve que le largaron por baboso, y aún le cayeron cuatro hostias, si no cuarenta.

—¡Niño! Qué abandonados nos tienes, cabronazo —dice el José comiéndose la mitad de las sílabas—. Y este chaval tan guapetón quién es, ¿eh? ¿Quién es?

José Antonio se acerca a los compañeros del barrio con naturalidad. Se imagina que lo del Pitu ya lo sabe todo dios, pero no quiere sacar el tema. Va con su hijo mediano, Javier, que siempre se olvida si ya tiene tres o cuatro años. ¿El chaval?, moreno, con cara de pillo y mofletes regordetes que el Paco le estruja segundos antes de que le imite el José.

—Soy el Javi —dice el crío, chulesco.

—¡Mírale el tío! No sabe ni ná tan enano —ríe el José.

—Le llevo a ver a la abuela —comenta el Niño—. A ver si la convencemos para que venga a comer con la Carmela y los otros.

—Pues suerte, maestro, que tu madre a partir del mediodía ni la policía la saca de ahí según la Antonia, que no es pesá la cabrona —contesta el José, y lo hila en seguida—. Oye, que nos hemos enterado de lo del Pitu, pero ya está hablado por aquí.

José Antonio levanta la palma de la mano y, de inmediato, una ceja; el José asiente, con la lengua apuntando al cielo pintado en gris.

—Venga, Javierillo —dice el calé—, que te vienes a los columpios con el tío José.

Y al niño que no hace falta repetírselo, que ya está corriendo al parque frente a la casa de la abuela y columpiándose, y gritando, y riendo.

—José —dice el Paco, mirando serio al Niño del Turó—. Aquí seremos lo que somos, pero honrados, y las cosas que se hacen, se hacen pues pa’salir adelante siempre, ¡a ver si no!

El Paco, gordo, de patas esmirriadas, que viste camiseta Imperio y pantalones de pinza, saca el fajo de billetes y se lo devuelve al Niño.

—Si ya lo sé —contesta el otro—. Olvídate. Ya vendré yo a hablar con tu cuñado, que hoy no me quiero enfadar con el crío por aquí.

—No, Niño. No. El Pitu se ha largado del barrio. Se ha ido a Huelva, que allí tenemos familia: lo hablamos con estos, y hay cosas y cosas —explica el Paco.

—Pues si se ha ido, y él va a estar mejor y en el barrio menos líos, pues mejor para todos. Pero sí que se ha ido lejos —barrunta, inquisitivo.

—No lo sabes tú bien.

—Pues lo siento de veras, Paco. Y guárdate eso, que, al final, el susto a la Carmen y a la otra chavalita pues ahí queda, en un susto, pero las cosas, si hay cosas, las resolvemos quienes las resolvemos —comenta el Niño, incoherente para quien le escuche, excepto para el Paco y la cuadrilla.

—No te pongas metafísico.

Y vuelve el José con el nene, que se come una piruleta que vete tú a saber desde cuándo dormía en la chaqueta vaquera del gitano.

De vuelta:

—Mira, Niño, vete a tomar por saco a casa de tu madre, y cuando os diga que no unas cuantas veces estamos en La Esquinica, echando una caña, y te traes al crío, que para una Coca-Cola tenemos todos.

El Niño del Turó sonríe, porque sabe que hay cosas aquí que no están allá, y cosas allá que nunca estarán aquí. Es la putada de ser un pobre que se ha hecho rico.

—Luego vengo —dice.

Y luego va.

Ladrar a las bombas

Argos y yo tenemos una relación difícil. Los días de sol, mientras tecleo sobre la mesa blanca del despacho, él se queda durmiendo en la terraza de tablones agrietados. De repente, se arranca a ladrar y yo salgo escopetado a reñirle. Eso hago, sí. Le llamo la atención y le invito a entrar en casa, a tumbarse en el colchón que tienen en nuestra habitación; le susurro promesas: que luego iremos a pasear; que jugaremos un rato con la pelota; que descanse, que el día es largo. Pero no soy muy duro, nunca, porque yo también debo molestar al perro con mis mierdas, y Argos no me riñe a mí: él lo soporta todo, estoico. Por esto, aunque sé que hago mal, algunas veces no salgo tras el perro, y le dejo alborotar un poco el vecindario: sin excesos. Hoy, se da esta situación que describo, porque se ha levantado tormenta, y Argos no soporta los truenos, y, durante esos segundos de desatención, le imagino hermanado con un perro sirio, un perro que ladra a las bombas, a los gritos de la gente, al absurdo de la lucha, sin advertir que cada estruendo podría ser su fin; y ladrando a la guerra, que lo despierta una y otra vez de su apacible paz, espero todavía un poco, pensando en que es maravilloso cómo los perros no cesan de preocuparse jamás por su orgullo herido. Y salgo fuera, y ladro con él.

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Una combatiente kurda junto a su perro en Qahtaniya, en la frontera entre Siria y Turquía, el 13 de febrero de 2015.
Fotografía © AFP/Archivos | Delil Souleiman

Noviembre está siendo injusto conmigo

Tengo una decena de entradas por publicar, pero noviembre está siendo injusto conmigo. Sea como sea, no tardaré en recuperar la rutina de blog y, por ahora, os dejo con un par de relatos que he presentado en el Club de Escritura de la Fundación Escritura(s)-Fuentetaja.

El primero es Trece millas, que ha sido destacado por su calidad por el jurado entre más de cuatrocientos participantes.

La historia es manida, con una pareja de atracadores psicópatas y dos camareras muertas en un bar de carretera en la ruta 66 a su paso por Kansas. Pero el texto resulta sugerente por la voluntad de su autor de darle la vuelta a la atmósfera que tanto le debe a la estética popular norteamericana, hasta casi caricaturizarla, como caricaturiza a los personajes, con un narrador muy visible, que llega incluso a deconstruir varias escenas del relato para remarcar la distancia entre la acción y la narración. (Fuente: III Concurso de Historias de Viaje)

El segundo es Terminó por ser nadaque estoy terminando de pulir, pero que ya podéis leer haciendo clic en el título. Es un relato sobre la despoblación, sobre todos esos pueblos aislados que mueren de soledad a lo largo y ancho de España. Certamen al que me animé a participar tras leer el siguiente párrafo que tanto me recuerda a mis abuelos:

Hay dos Españas, pero no son las de Machado. Hay una España urbana y europea, indistinguible en todos sus rasgos de cualquier sociedad urbana europea, y una España interior y despoblada, que he llamado España vacía. La comunicación entre ambas ha sido y es difícil. A menudo, parecen países extranjeros el uno del otro. Y, sin embargo, la España urbana no se entiende sin la vacía. Los fantasmas de la segunda están en las casas de la primera. (Fuente: Relatos sobre la despoblación)

Cuentos que hay que leer

La semana pasada me estuve muriendo de un resfriado (idiota) de verano. Pero que me estuviese muriendo no iba a evitar que fuese a la última clase de novela en el Laboratori de Lletres. Allí, entre moco y moco, nos recomendaron diez cuentos —que resultaron ser once— de esos que hay que leer, porque molan, porque enseñan a escribir, porque han hecho historia.

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Ernest Hemingway (1899-1961) de juerga.

Hoy, no tengo mucho más que decir, en realidad: ya que los tenía que recopilar para mí, aquí quedan para todos y todas.

Será mi gesto altruista de la semana…

El nadador, de John Cheever (1912-1982)

La noche boca arriba, de Julio Cortázar (1914-1984)

Las ménades, de Julio Cortázar (1914-1984)

Invasió subtil, de Pere Calders (1912-1994)

La noche de Jezabelde Cristina Fernández Cubas (1945)

Los asesinosde Ernest Hemingway (1899-1961)

La tristezade Antón Chéjov (1860-1904)

Catedral, de Raymond Carver (1938-1988)

Punto de vista en Manual para mujeres de la limpieza, de Lucía Berlín (1936-2004)

Un día perfecto para el pez plátano, de J. D. Salinger (1919-2010)

El avión de la Bella Durmiente, de Gabriel García Márquez (1927-2014)

Siempre fui un romántico

Uno debería tratar de ser su mejor personaje. Quizá le dije alguna estupidez así. En esa época me servía de muchas de estas frases que pueden decir mucho en un libro, pero que casi siempre hacen que te veas como un idiota en la vida real. Y en la vida real siempre fui un romántico —lo sigo siendo, supongo—, en el peor de los sentidos. Ya sabes, en el de Tristán e Isolda, y Las penas del joven Werther; aunque yo no tenía sierpes gigantes a las que cargarme, ni un amigote en esa onda demodé —se llamase o no Guillermo— al que calentarle la oreja con la que me gustaba a cada rato.

Antes de todo lo que venía a explicar hoy, aprendí que un tío romántico es la mayor parte del tiempo también un capullo enamoradizo. Esto es que le cuesta poco obviar los defectos de aquellas chicas (o chicos) objetos de su enamoramiento, e incluso ver una parte positiva a los mismos, y hacerse una imagen que adorar en soledad. Ocurrió desde la guardería, cuando perseguía a una niña por semana, hoy de caras y hasta nombres olvidados; en el colegio, donde saqué un par o tres de veces el valor para hacerme un Cyrano bajo los bloques de periferia de Roquetas a Hospitalet, y hasta aterrizar en la universidad, que junto al primer beso, de niños, con la Anaïs, y el empujón correspondiente, y el hacerla llorar, y el Javier eres más malo que la tiña de la profe, es la única espina que tuve clavada un buen tiempo.

Ya lo he dicho por ahí arriba: siempre fui un romántico, pero al llegar a la universidad, cansado estaba de no follar. Y el romántico vive más del deseo que de la acción, eso lo sabe todo quisqui. Así que, decidido a dar un giro de ciento ochenta grados, me dejé arrastrar hasta las fiestas de los Erasmus, y allí conocí a la americana. La americana era una chavala resultona, pero no guapa; con familia catalana que había peregrinado a tierras yanquis, y, según decía ella, relación directa con los Gaudí. Era castaña, delgaducha y solía cubrir sus extraordinarios pechos y su cintura apenas curvilínea con vestidos de diario, algo que me volvía loco entonces, y sigue haciéndolo ahora.

Me fijé en ella por consejo de mi amigo Juan, y ahí debí empezar a sospechar.

—Che, Jevi —así me llamaba él; nosotros a Juan le llamábamos Pipo hasta que se largó a recorrer el mundo con su mujer—. ¿Conocés a la americana? —Venía tambaleándose, medio recostado sobre la pobre chica.

La americana tenía una mirada anodina y marrón, pero era la forma que tenía de mirar lo que le imprimía un matiz encantador. De haber visto mucho ya a los veintitantos, o de saber fingirlo. Esa noche lucía un vestido rojo con escote que le caía de puta madre. Cruzamos unas cuantas palabras sobre el piso, la fiesta, el Erasmus, y Pipo nos dejó a solas; antes de irse y perderse entre la gente, me dio un katxi de cerveza.

Un par de horas antes me había dicho:

—¿Te gusta la mina esa? Es linda, ¿eh? —Yo no tenía a Juan por una Celestina, así que todo aquello me sorprendió un poco. Luego, se convirtió en la norma.

—Es simpática, y está buena, pero…

—No te tenés que casar con ella, pendejo —me cortó—. Disfrutá la noche.

Aquella noche, sin embargo, solo me gané una resaca. Nervios que se tradujeron en demasiada cerveza. Según me explicó Juan, de madrugada, apareció la policía, porque algunos de los chavales se dedicaron a volcar todos los contáineres de la calle Numancia. Cuando llegaron los mossos yo me había quedado dormido en un sofá, y apenas me enteré de que nos estaba largando la policía.

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No tengo ni la más remota idea de dónde salieron esas gafas…

Los días siguientes fuimos —Pipo, yo y otro al que, por razones obvias, apodaremos como el Escarolo— de arriba para abajo con la americana: incluso nos invitó a su casa y conocimos a su padre, artista conceptual, cocainómano y nudista, algo que a él no le supuso ningún problema para estrecharnos la mano, repartir abrazos y salir a un pequeño balcón que daba al Portal del Ángel a despedirse a gritos tal y como llegó al mundo.

—Qué enrollado tu padre, quería darme una bolsa de perico —comentó Juan.

—Sí, él es muy así. Es por nuestra parte francesa, ya sabes: Il est interdit d’interdire.

—Aquí somos más de prohibir y reprimir —comenté yo.

Como respuesta, solo obtuve un suspiro de autosuficiencia. El Escarolo seguía alucinado. Se frotó los rizos indomables y se cerró la trenca. Debía haber cogido frío solo de ver al padre de la otra en el balcón.

Quizá fue todo aquello lo que me empujó a acelerar mis planes, si es que eran míos. Eso, y Juan repitiéndome una y otra vez cuándo iba a hacer algo. Eso, y que el hálito de romanticismo empezaba a evaporarse. Quedamos los cuatro en el Nevermind, que entonces aún era el Valhalla, y el Escarolo se rajó poco antes de la hora. Yo me arreglé todo lo que supe, y tiré para allá desde casa de mis padres, a los pies de Collserola.

—Vas más perdido que turco en la neblina, pibe. Mirá cómo te vestiste, lo mismo de a diario.

—Es ropa limpia, joder.

—Vos querés la chancha y los veinte, Jevi.

—¿Eh?

—Va, tirá, tirá.

Y Pipo desapareció con una copa fuera; luego nos enteramos de que se encaró con el de seguridad porque no podían sacarse bebidas y tuvo que salir corriendo al tirarle el whisky cola a los pies. El Escarolo, que se había decidido a venir, se lo encontró escapando de un bigardo de dos metros, y se perdieron por el Gótico, dejándome, sin saberlo, a solas con la americana.

Hablamos un rato sentados en los taburetes de la barra. Ella se acercó un par de veces hacia mí para hablarme al oído, y me acarició la barba con una de las manos; yo le acaricié el brazo, y ella ignoró el gesto.

Se ve que seguía hablando, y yo ni me había enterado:

—Allí hay más variedad, en estudios y en todo, you know? —Tenía esa puta manía de intercalar palabras en inglés.— No lo digo por enfocarse al mercado laboral, sino a que, aquí, es difícil ver más allá de lo mainstream.

Main… ¿qué?

Después intenté dirigir yo la conversación, pero no había forma. No había modo de competir con Gaudí, su familia francocatalana/angloestadounidense y los viajes en business. Aun así, recuerdo que traté de hablarle del voluntariado en la protectora, lo chungo que era el barrio cuando todavía había jaco en cada esquina —eso fue uno de los temas que se me vino a la cabeza con sus sorpréndeme—, y lo mucho que odiaba con toda mi alma la lógica de segundo orden en la otra facultad.

Pedimos otras dos cervezas, y se me ocurrió probar. Debí silenciar mi yo romántico y mi yo feminista, o estos aún se hallaban contaminados de hormonas (y jamás es excusa), y la cagué del modo siguiente: ella se levantó, yo me levanté; ella sacó un cigarro y me lo mostró, yo la rodeé con mis brazos, y le toqué el culo. La americana se me quedó mirando, visiblemente turbada; aparté la mano, que jamás llegó a magrear nada, y mucho menos alcancé un beso. La chica que tenía delante me dijo que le habría costado menos de procesar un morreo que una tentativa así, pero que, en cualquier caso, no estaba interesada.

—¿Solo amigos? —pregunté.

Sorta —dijo ella, apartándome también con el idioma.

—Eh… Sorry, pues —Sonó tan idiota como se lee—. Juan me dijo que te gustaba, pero la verdad es que tenía que haberme fiado más de lo que veía yo; bueno, o de lo que no veía.

—Que el otro día follásemos Juan y yo no quiere decir que me vaya a enrollar con media facultad, ¿sabes?

—No, no.

—Pues eso.

La americana se largó y yo me quedé con dos cervezas en la barra. Le pedí algo fuerte al Metralleta, que había aparecido al otro lado; me puso un chupito marrón, pero no me dijo de qué.

—Vaya tela, Javierillo. Del Cyrano tienes la nariz y lo que no es la nariz, compadre.

Y yo me acabé las cervezas, el chupito, y, entonces sí, dejé caer la cabeza contra la barra pegajosa de mil bebidas, y ni eso me importó. Sonaban los Platero, y Fito Cabrales cantaba: Somos los Platero pa’lo bueno y pa’lo malo, esto es rock and roll ¡y no somos americanos!

***

Semanas más tarde, la americana se largó a Houston. Lo recuerdo bien porque todos, y sobre todo ella, nos ahorramos un problema. Pero aprendí unas cuantas cosas de ese embrollo, y, tres o cuatro semestres después, cuando volvió a Barcelona, me la encontré y nos reímos de aquello. Entonces le diría que me comporté como un cerdo, y le pediría perdón; y ella, solo me aclaró que no había nada que perdonar, que le había parecido un chaval absurdo e inofensivo, pero que me podía sacar la espina, que, para ella al menos, no era ningún cabrón machista. Y me diría algunas cosas más, que no van a formar parte de esta historia, pero que yo rechazaría, a sabiendas de que prefería aceptar mi estatus de idiota romántico que hacer ver que era alguien que no soy.

Pero ¿os voy a mentir a estas alturas? Me pudo la curiosidad, y cómo el cabrón del argentino se había metido en la cama de media promoción (y del resto no porque eran tíos o le conocían la fama, y ahí se salvaban).

—Pibe, ¿qué querés que te cuente? Le tiré los galgos. Vos tenés que ponerle garra a la cosa…

Pero yo siempre fui un romántico.


NdA: Recordad que esto es un relato, y no seáis nunca tan capullos/as como el protagonista.

Hay cosas peores

En Quatre Camins, las noches de invierno, invierno se acompañan de mala hostia: es por las mantas, sobre todo, o, mejor dicho, por la falta de mantas. A las nueve, nadie se quiere pirar a las habitaciones, que son celdas, pero no lo decimos: ni que son celdas, ni que no queremos tirar para allí a pelarnos de frío; bastante mierda es el trullo para repetirlo todos los días, y putas las ganas de acabar con el culo en aislamiento. Aun así, hay cosas peores que quejarse por las mantas, como lo que se comenta que hacen el Max y el Raúl en el patio del pozo, donde las actividades, que nadie sabe si van a susurrarse cositas a la oreja o algo más, pero se ha enterado el Gitano, y el Gitano no quiere ni oír hablar de eso en el módulo.

—¿Te ha venido a ver la chorba?

Esta vez, el Raúl pregunta con el culo apoyado contra el pozo; pregunta, severo, con sus expresiones de niño de los ochenta. Hay noche de luna llena y Max se fija en los millones de puntitos de la cabeza que se le ilumina delante: una chola rapada al cero. El otro se impacienta y levanta la barbilla, como diciendo: qué pasa. La tocha de halcón le recrudece el gesto.

—Sí, fresco. Para tres meses paso de quitar los vis a vis, pero ya le dije que, cuando salga, hablamos. No quiero líos con el resto.

Y le hace el saludo que simula la corona de la mara, para contextualizar.

—¿No quieres líos? Ya que viene desde Barcelona te la podrías follar.

A este le pasa algo.

quatre camins - persianes lliures
La fotografía corresponde a un taller de arte urbano para internos en la prisión de Quatre Camins (La Roca del Vallés, Barcelona).

Max se acerca al pozo. Max: con su gorra amarilla y negra, su camiseta del Barça, su mejor sonrisa, que hace brillar frente al Raúl. Ya está ahí, con sus ojillos dulces del color de las castañas, con su no-afeitado casi pubescente, con su mano y el no me olvides de oro que acerca hasta la mejilla del Rapado.

—¿Qué le pasa? No sea malito…

El Raúl le interrumpe con una de sus manos contra los pectorales que ha moldeado el talego; lo hace con la palma, con suavidad, y eso no lo sorprende, así que el puño contra el mentón el Max no lo ve venir; es un golpe seco, explosivo: animal. Se desploma contra la hierba del patio. ¿A este man qué coño le pasa? Por el suelo, hay chustas de porros que no deberían estar ahí y cuchillas por las que mejor no preguntar, así que Max opta por otra pregunta, y el Raúl responde:

—¡¿Qué me pasa?! ¡Tú me pasas, marica!

—¿Marica?

—Y el Gitano no quiere maricones en el módulo —interrumpe una voz grave desde la puerta que da al jardín.

El pavo es un funcionario del turno de noche, y Max sabe que esto no ha hecho más que empezar. Por eso, mira hacia donde estaba el Raúl buscando ojos cómplices, pero el Raúl ya se ha ido hasta la puerta, y ahora le da la espalda.